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Mensajes del libro «Estudio-Vida de 1 Samuel»
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Mensaje 25

LA SIMIENTE DE DAVID Y EL HIJO DE DIOS

  Lectura bíblica: 2 S. 7:12-14a; Ro. 1:3-4; Ef. 3:17; Jn. 14:23

  En este mensaje deseo añadir algo más acerca de 2 Samuel 7.

EL LINAJE DE DAVID LLEGA A SER EL HIJO DE DIOS

  En 2 Samuel 7:12-14a, Jehová le dice a David: “Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo”. Las expresiones tu linaje y mi hijo indican que la simiente de David, una simiente humana, llegaría a ser el Hijo de Dios.

  Este pensamiento continua enfáticamente en el Nuevo Testamento, particularmente en Romanos 1:3-4, donde Pablo escribe: “Acerca de Su Hijo, que era del linaje de David según la carne, que fue designado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor”. Estas palabras presentan la misma idea que 2 Samuel 7:12-14a, o sea, que la simiente de David llega a ser el Hijo de Dios. Por una parte, estos versículos revelan que Cristo es descendiente de David, y por otra, que El, la simiente de David, fue designado Hijo de Dios. Cuando comparamos estos dos pasajes, vemos que tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo revelan que la simiente de David llega a ser el Hijo de Dios.

DAVID ERA UN HOMBRE CONFORME AL CORAZON DE DIOS, MAS NO ERA DIOS EN VIDA Y NATURALEZA

  En 2 Samuel 7 vemos que David tenía un buen corazón para con Dios y quería edificarle casa. Pero Dios intervino y no se lo permitió porque David no tenía una visión completa de la economía de Dios. Después de impedir que David le edificara casa, Dios le dio más revelación en cuanto a Su economía. Por consiguiente, en este capítulo, la revelación divina da un paso gigantesco.

  La Biblia revela que David era un hombre conforme al corazón de Dios (1 S. 13:14). Muchos estudiantes de la Biblia, influidos por estas palabras, han tenido a David en muy alta estima. No hay duda de que David fue un hombre conforme al corazón de Dios, pero como lo muestra el resto de 2 Samuel y el libro de los Salmos, él seguía siendo un hombre en vida, naturaleza y constitución. Sí, él era un hombre conforme a Dios, mas no era Dios en vida y naturaleza. David no podía afirmar: “para mí, el vivir es Cristo”; ni tampoco: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Fil. 1:21a; Gá. 2:20). Lo máximo que David podía ser era una fotografía del corazón de Dios, mas no era Dios en vida y naturaleza.

LA DEIFICACION: LLEGAR A SER DIOS EN VIDA Y NATURALEZA, MAS NO EN SER OBJETO DE ADORACION

  Esto nos lleva a abordar el tema de la deificación, es decir, que Dios desea divinizar a los creyentes en vida y en naturaleza, mas sin que sean objetos de adoración. Atanasio habló de la deificación en el concilio de Nicea en el año 325 d. de C, con estas palabras: “El [Cristo] se hizo hombre para que nosotros lleguemos a ser Dios”. Muchos teólogos y maestros cristianos conocen la palabra deificación, pero en los pasados dieciséis siglos sólo unas pocas personas se ha atrevido a enseñar sobre la deificación de los creyentes.

  En cuanto a la deificación del hombre no he sido influido por ninguna enseñanza, sino que he aprendido estudiando la Biblia, que Dios desea divinizar a los creyentes en vida y naturaleza, mas no como objeto de adoración. Por ejemplo, en 1 Juan 3:2 leemos: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal como El es”. Este versículo revela claramente que seremos como Dios.

  Dios nos hace igual a El al impartirnos Su vida y Su naturaleza. En 2 Pedro 1:4 leemos que hemos llegado a ser “participantes de la naturaleza divina”. Juan 1:12-13 dice que nacimos de Dios, que El nos regeneró con Su vida. Por ser hijos de Dios, somos “pequeños dioses” que poseen la vida y la naturaleza de Dios, mas sin ser objeto de adoración. Sólo Dios es digno de adoración, y todos debemos adorarlo a El.

  Por haber nacido de Dios, poseemos Su vida y Su naturaleza y somos parcialmente como El. Un día, cuando El venga, seremos semejantes a El de manera completa.

  David era un hombre conforme al corazón de Dios. No obstante, aunque esto era maravilloso, no era suficiente. Dios desea que podamos testificar: “Yo no soy solamente una persona conforme al corazón de Dios, sino que soy Dios en vida y naturaleza, mas sin ser objeto de adoración”. Por una parte, el Nuevo Testamento revela que la Deidad es única y que sólo Dios debe ser adorado, y por otra, también enseña que nosotros, los que creemos en Cristo, poseemos la vida y la naturaleza de Dios y que estamos llegando a ser Dios en vida y naturaleza, mas nunca compartiremos Su adoración.

EL LINAJE DE DAVID ES DIVINO Y HUMANO

  David deseaba edificarle casa a Dios, pero Dios le dio a entender que esto no era lo que El ni David necesitaban. Dios le dijo a David que levantaría a uno que sería su linaje, el cual se llamaría el Hijo de Dios. Este linaje sería divino y humano. Hebreos 1:5 indica que esto se refiere a Cristo en calidad de Hijo primogénito de Dios. Además, como hemos visto, Romanos 1:3-4, que corresponde con 2 Samuel 7:12-14a, dice que en resurrección, el linaje de David fue designado Hijo de Dios. Según el significado intrínseco, 2 Samuel 7:12-14a y Romanos 1:3-4 revelan a una persona humana y divina.

NUESTRA NECESIDAD ES QUE DIOS, EN CRISTO, SE FORJE EN NOSOTROS Y SEA NUESTRA VIDA, NATURALEZA Y CONSTITUCION

  De la misma manera que la fotografía de una persona no tiene la vida ni la naturaleza de ésta, asimismo David, como una fotografía del corazón de Dios, no tenía la vida ni la naturaleza de Dios. A pesar de ser un hombre cuyo corazón era conforme a Dios, no tenía ninguna relación orgánica con Dios. Lo que David necesitaba es lo que nosotros necesitamos hoy, que Dios, en Cristo, se forje en nuestra humanidad y sea nuestra vida, naturaleza y constitución. Si experimentamos esto, no sólo seremos personas conforme al corazón de Dios, sino que seremos Dios en vida y naturaleza, mas no como objeto de adoración. Nosotros hoy no tenemos una posición tan alta como la que alcanzó David; sin embargo, podemos afirmar que poseemos la vida, la naturaleza y la constitución de Dios.

  Para lograr esto, Dios en Cristo se hizo hombre, y como tal pasó por un proceso que lo transformó en una persona divina. En resurrección, El fue designado Hijo primogénito de Dios. En ella, Cristo, el Hijo primogénito de Dios, fue hecho el Espíritu vivificante, quien ahora entra en nosotros y se nos imparte como vida para ser nuestra constitución interna, para hacernos Dios-hombres como El. El era Dios y se hizo hombre, y nosotros somos hombres que llegan a ser Dios en vida y en naturaleza, mas no en ser objeto de adoración.

DIOS EN CRISTO DESEA FORJARSE EN NOSOTROS Y PRODUCIR UNA MORADA MUTUA

  Muchos cristianos se esfuerzan por comportarse y vivir de tal manera que concuerde con el corazón de Dios. Ellos no entienden que Dios, en Cristo, desea forjase en nuestro ser. Lo que El forje en nosotros será tanto Su morada, como la nuestra. Así que, llega a ser una morada mutua. La Nueva Jerusalén es esta morada. Por una parte, la Nueva Jerusalén es la morada de Dios, y por otra, es también nuestra morada eterna (Ap. 21:3, 22). Por toda la eternidad, la Nueva Jerusalén será el cumplimiento de las breves palabras que el Señor expresa en Juan 15:4: “Permaneced en Mí, y Yo en vosotros”.

  Efesios 3:17 revela que Cristo está en nosotros y que se forja en nuestro ser a fin de producir la morada mutua. A menudo decimos que Cristo vive y opera en nosotros. Ahora debemos preguntarnos: ¿Con qué propósito se forja Cristo en nosotros? Para edificar la habitación de Dios.

  David quería edificar una casa de cedro para Dios, pero Dios, en Cristo, quería forjarse en David. Lo que Dios forjara en David sería tanto la casa de Dios como la casa de David. Esta morada mutua también se revela en Juan 14:23: “El que me ama ... Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”. En esta morada no sólo habitará el Dios Triuno sino también nosotros. Lo que Dios forja en nosotros constituye la morada de Dios y también la nuestra.

  Es menester que nos demos cuenta de que Dios obtiene Su habitación, no por nuestras propias obras, sino porque El la edifica. Cristo es quien edifica la iglesia (Mt. 16:18) al entrar en nuestro espíritu y extenderse de ahí a nuestra mente, parte emotiva y voluntad, hasta ocupar nuestra alma completamente. Entonces la iglesia se convierte tanto en la habitación de Dios como en la nuestra. Esto es lo que necesitamos, y esto mismo deseamos recalcar.

EL DIOS TRIUNO LLEGA A SER NUESTRA CONSTITUCION INTRINSECA

  No es necesario que edifiquemos nada para Dios. Lo que Dios en Cristo desea es forjarse dentro de nosotros como vida, naturaleza y esencia. Finalmente, el Dios Triuno llegará a ser nuestra constitución intrínseca; El estará forjado en nuestro ser. Esto será la simiente de David y el Hijo de Dios, algo divino y humano que satisfará la necesidad de Dios y la nuestra de tener una morada donde ambos moremos el uno en el otro, cuya consumación será la Nueva Jerusalén. Todos estaremos allí.

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