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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Filipenses»
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Mensaje 13

ENARBOLAR A CRISTO

  Lectura bíblica: Fil. 2:14-16

  En este mensaje llegamos a Filipenses 2:14-16. Estos versículos son la continuación de lo que Pablo dijo sobre llevar a cabo nuestra salvación. En el versículo 12, el apóstol nos exhorta a llevar a cabo nuestra salvación, y en el versículo 13 declara que Dios opera en nosotros. Luego, en el versículo 14, advierte: “Haced todo sin murmuraciones y argumentos”. Las murmuraciones tienen que ver con nuestra parte emotiva, y provienen principalmente de las hermanas; los argumentos o razonamientos están relacionados con nuestra mente, y proceden principalmente de los hermanos. Ambos impiden que llevemos a cabo nuestra salvación completamente y que experimentemos y disfrutemos a Cristo al máximo.

  El contexto aquí indica que las murmuraciones y los argumentos muestran que en nosostros hay desobediencia. Obedecer a Dios elimina toda murmuración y argumento. Si hemos de llevar a cabo nuestra salvación, debemos obedecer al Dios que opera en nosotros. Dios mismo es nuestra salvación, así que, al obedecerle, llevamos a cabo nuestra salvación. Las hermanas deben estar conscientes de que cada vez que murmuran están desobedeciendo al Dios que opera en ellas. Del mismo modo, los hermanos deben saber que cada vez que argumentan, están siendo rebeldes a Aquel que opera en ellos. Sólo la obediencia acaba con las murmuraciones y los argumentos.

  El hecho de que Pablo se refiriera en 2:14 a las murmuraciones y los argumentos, indica una vez más que esta epístola no está relacionada con la doctrina sino principalmente con la experiencia. Las murmuraciones y los argumentos son dos factores cruciales que nos estorban en nuestra vida cristiana. Pablo sabía por experiencia que para que pudiéramos llevar a cabo nuestra salvación, teníamos que hacer todo sin murmuraciones y sin argumentos. Por lo general, cuando se trata de tomar decisiones importantes, no murmuramos ni argumentamos. Es en los asuntos insignificantes que comúnmente murmuramos y argumentamos, y siempre que lo hacemos, desobedecemos a la operación interna del Dios Triuno. ¡Cuánto necesitamos que el Señor nos libre de nuestras murmuraciones y argumentos!

  En el versículo 15 Pablo agrega: “Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo”. La preposición “para” indica fin o propósito. Por tanto, debemos hacerlo todo sin murmuraciones ni argumentos a fin de ser irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha. La palabra griega traducida “sencillos” significa también simples, ingenuos o inocentes (Mt. 10:16). La raíz en el griego significa “sin mezcla”. La expresión “irreprensibles” describe nuestro comportamiento externo, y “sencillos” nuestro carácter interno. Ser ingenuos significa no ser diplomáticos. No se le puede llamar sencilla a una persona que es diplomática. Si somos ingenuos, seremos también sencillos e irreprensibles.

  En el versículo 15, Pablo habla acerca de los hijos de Dios sin mancha que están en medio de una generación torcida y perversa. Como hijos de Dios, tenemos Su vida y Su naturaleza (2 P. 1:4), y como tales, somos luminares que reflejan la luz del sol (Cristo). Por lo tanto, somos hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa. “Sin mancha” es la calidad de una persona irreprensible y sencilla. La palabra griega traducida “perversa” significa deforme o torcida. No cabe duda que la generación actual está deformada y torcida. En medio de esta generación, debemos resplandecer como luminares en el mundo.

  En el versículo 16 Pablo dice: “Enarbolando la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado”. La palabra griega traducida “enarbolando” significa también aplicando, presentando u ofreciendo. Como hijos de Dios, debemos presentar la palabra de vida a los demás. Si los filipenses hicieran esto, el apóstol podría gloriarse en el día de Cristo de no haber trabajado en vano. El día de Cristo se refiere al día de la segunda venida del Señor, a la cual se le llama “el día del Señor” (1 Ts. 5:2; 2 Ts. 2:2; 1 Co. 1:8; 2 Co. 1:14) y “aquel día” (2 Ti. 1:18; 4:8). Ese día, todos los creyentes comparecerán ante el tribunal de Cristo para recibir la recompensa que cada uno merezca (2 Co. 5:10; Mt. 25:19-30).

  Del mismo modo en que los filipenses podían gloriarse de Pablo en Cristo, Pablo también deseaba gloriarse y regocijarse por causa de ellos en el día de Cristo. Su anhelo era gloriarse de no haber corrido ni trabajado en vano. Sin embargo, al escribir esta epístola, a Pablo le preocupaba estar corriendo o trabajando en vano. Esto estaría determinado por lo que hicieran los creyentes de Filipos. Supongamos que ellos hubieran hecho todo sin murmuraciones ni argumentos, y que por ende, fueran irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa. Supongamos además que estuvieran resplandeciendo como luminares en el mundo, y que presentaran la palabra de vida a los que estuvieran a su alrededor. Si esta fuera la condición de ellos, Pablo podría regocijarse y gloriarse al regreso del Señor.

I. VIVIR A CRISTO, EXPRESARLO, Y LLEVAR A CABO NUESTRA SALVACION

  El título de este mensaje es “Enarbolar a Cristo”. Enarbolar a Cristo consiste en vivirlo, expresarlo y en llevar a cabo nuestra salvación. Ya mencionamos que llevar a cabo nuestra salvación significa obedecer al Dios Triuno que realiza en nosotros así el querer como el hacer por Su beneplácito. Por consiguiente, tenemos aquí cinco expresiones importantes que están relacionadas entre sí: llevar a cabo nuestra salvación, obedecer a Dios, vivir a Cristo, expresar a Cristo, y enarbolarle. Aunque la obediencia a Dios es un tema muy conocido entre los cristianos, la mayoría sólo tiene una comprensión superficial de ello. Por otra parte, las demás expresiones: vivir a Cristo, expresarlo, enarbolarlo y llevar a cabo nuestra salvación, no son familiares para muchos, e incluso las consideran extrañas. Sería de gran ayuda incorporar estas expresiones a nuestro vocabulario cuando tenemos comunión con otros. Cuando hablemos, debemos motivarnos mutuamente a vivir y expresar a Cristo y también recordarnos unos a otros que debemos enarbolar a Cristo y llevar a cabo nuestra salvación. Si usamos estas expresiones, nos será más fácil ministrar Cristo a los demás, y en especial a los creyentes que recientemente han recibido al Señor. No debemos hablar del evangelio o de la salvación de una manera común. En lugar de ello, debemos usar las expresiones que Pablo escribió en Filipenses, a fin de despertar en los demás el deseo de experimentar al Señor en su espíritu. Es muy importante que incorporemos estas expresiones a nuestras conversaciones diarias, a nuestras oraciones, a nuestra comunión con otros, y a nuestros testimonios en las reuniones de la iglesia. Esto enriquecerá la manera en que nos expresamos. Espero que todos hablemos acerca de vivir a Cristo, de expresarlo, de enarbolarlo como la palabra de vida, y de llevar a cabo nuestra salvación.

II. HACER TODO SIN MURMURACIONES NI ARGUMENTOS

  Como mencionamos anteriormente, las murmuraciones provienen de las emociones, y los argumentos, de la mente. Las murmuraciones se presentan principalmente entre las hermanas, mientras que los argumentos, entre los hermanos. Debemos tener presente las palabras de Pablo en 2:14. Las hermanas que viven juntas, no deben murmurar cuando les toca lavar los platos. Cuando los hermanos se reúnen para coordinar asuntos relacionados con el servicio y la vida de iglesia, no deben olvidar que deben hacerlo todo sin argumentos. No deben argumentar en nada, sino más bien, limitarse a servir al Señor en la iglesia.

III. SER IRREPRENSIBLES Y SENCILLOS

  Si hacemos todo sin murmuraciones y argumentos, seremos irreprensibles y sencillos. ¡Cuán importante es no murmurar ni argumentar! Sin embargo, aún no he sabido de hermanas que no murmuren ni de hermanos que no argumenten. Las murmuraciones y los argumentos se presentan principalmente en la vida matrimonial. Por ejemplo, una esposa puede murmurar debido a que su esposo no corresponde al cariño y cuidado que ella le brinda. Algunos hermanos han descubierto que pueden aplacar las murmuraciones de sus esposas pronunciando dos frases sencillas: “¡perdóname!” y “¡gracias!” Si usted usa estas dos expresiones, su vida matrimonial será mucho más feliz. Si un hermano nunca se disculpa con su esposa ni le expresa su agradecimiento, ciertamente habrá murmuraciones. Cuando logremos eliminar las murmuraciones y los argumentos, seremos irreprensibles y sencillos.

IV. HIJOS DE DIOS SIN MANCHA EN MEDIO DE UNA GENERACION TORCIDA Y PERVERSA

  En 2:15, Pablo afirma que los creyentes son hijos de Dios, lo cual implica la regeneración, el nuevo nacimiento. Ser hijos de Dios significa que hemos nacido de Dios, que El ha sido engendrado en nosotros. Cuando nacimos de Dios en nuestro espíritu, nos mezclamos con El. La concepción siempre precede al nacimiento. Cuando llegamos a ser hijos de Dios, Dios fue concebido en lo profundo de nuestro ser. En realidad, esto implica mucho más que una mezcla, pero no tenemos mejores palabras que describan el vínculo tan profundo que se produjo entre Dios y nosotros cuando El fue concebido en nosotros. El fue concebido en nosotros y nosotros nacimos de El, y así llegamos a ser hijos Suyos.

  Puesto que nacimos de Dios, necesitamos comerlo y beberlo. Todo lo que comemos y digerimos es asimilado por nuestro organismo y se mezcla con nosotros. El Señor Jesús declaró que El es el pan que descendió del cielo y que todo aquel que le coma, vivirá por causa de El (Jn. 6:50, 57). El se comparó con el alimento que comemos, digerimos y asimilamos. Los que se oponen a la enseñanza de que los creyentes se mezclan con Dios, carecen del conocimiento adecuado. No han entendido que cuando se convirtieron, Dios fue concebido en ellos y que ellos nacieron de El. A partir de ese momento, se produjo una unión maravillosa entre Dios y el hombre, entre lo divino y lo humano. Luego, después de nuestro nacimiento espiritual, necesitamos nutrirnos de Dios cada día. El Dios Triuno es nuestro alimento y nuestra bebida. Podemos declarar que la comida que ingerimos y el agua que bebemos no sólo se unen a nosotros, sino que se mezclan con nosotros. No podemos negar que el alimento y la bebida que ingerimos y asimilamos se mezclan con nosotros, saturándonos metabólicamente. Conforme al mismo principio, el Dios Triuno se mezcla con nosotros y nosotros con El cuando lo tomamos como nuestro alimento y nuestra bebida. Sin embargo, debemos entender que en la mezcla de Dios con el hombre, no se produce una combinación confusa de divinidad y humanidad. Por un lado, se produce verdaderamente una mezcla, pero por otro, no hay confusión.

  La expresión “hijos de Dios” es muy rica en significado. Implica que Dios verdaderamente ha nacido en nosotros y que nosotros poseemos Su vida y naturaleza. Los cristianos a menudo dicen: “¡No soy más que un pecador que ha sido salvo por gracia!” Esta afirmación es cierta, pero es muy superficial si la comparamos con la revelación neotestamentaria. Cuando lleguemos a conocer la verdad de la Palabra, ya no diremos que somos pecadores salvos por gracia, sino que declararemos confiadamente: “¡Soy un hijo de Dios nacido del Espíritu!” Si usted tiene la clara visión de que es un hijo de Dios, estará lleno de gozo, agradecimiento y alabanzas. Si usted fuese el hijo del presidente de los Estados Unidos, ¿no se sentiría especial? ¿No se sentiría orgulloso de su condición? Indiscutiblemente ser hijo de Dios es infinitamente más elevado que ser hijo del presidente. En un buen sentido, debemos gloriarnos de nuestra posición como hijos de Dios. No hay duda de que somos pecadores que han sido salvos por la gracia de Dios, pero por haber nacido de El, ahora somos Sus hijos. ¡Cuán maravilloso es este hecho!

  En 2:15, Pablo declara que debemos ser hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa. La generación en la cual vivimos es perversa, deformada y torcida. Sin embargo, nosotros, los hijos de Dios, debemos ser distintos. Debemos ser irreprensibles y sencillos, sin mancha.

  A fin de ser hijos de Dios, necesitamos poseer Su vida. ¡Cuán maravilloso es tener la vida de Dios! Todos los verdaderos hijos de Dios deben saber que poseen la vida divina.

  La vida divina que está en nosotros desea crecer. Hace poco me llamó mucho la atención la rapidez con la que creció y se desarrolló una palmera en mi jardín. Es increíble ver cuánto creció. La altura de la palmera muestra el vigor y las riquezas de su vida interior. Al contemplarla, pensé que la vida divina que está en mí es mucho más vigorosa que la de la palmera. ¡Alabado sea el Señor porque tenemos la vida de Dios! Es muy triste el hecho de que tan pocos cristianos conozcan esta vida y vivan por ella.

  Además de la vida divina, tenemos la naturaleza divina (2 P. 1:4) la cual no es fácil definir cabalmente. Sin embargo, sabemos que como hijos de Dios participamos de ella y que dicha naturaleza está en nosotros.

  Todos los seres vivos se comportan según su propia naturaleza. Todo lo que hacen proviene de su naturaleza. Por ejemplo, un árbol de duraznos produce duraznos porque esa es su naturaleza. Sería absurdo pedirle a un árbol de duraznos que no produzca manzanas, sino únicamente duraznos. Sin embargo, en principio, esto es exactamente lo que sucede entre muchos cristianos. Al exigir que otros se comporten de cierta manera o traten de cambiar por sí mismos, ellos olvidan que, como hijos de Dios, todos los cristianos genuinos poseen la naturaleza divina. Simplemente permitamos que esta naturaleza nos gobierne y nos dirija. Todo lo relacionado con la vida cristiana debe hacerse conforme a la naturaleza de Dios. ¡Cuan maravilloso es poseer la vida y la naturaleza de Dios!

V. RESPLANDECER COMO LUMINARES EN EL MUNDO

  Los creyentes resplandecen como luminares en medio de esta generación torcida y perversa. En realidad, no tenemos ninguna luz en nosotros mismos; antes bien, somos luminares que reflejan la luz del sol (Cristo). Cristo es el único sol y la iglesia es la luna que lo refleja. ¡Alabado sea el Señor porque tenemos una fuente de luz que podemos reflejar!

VI. ENARBOLAR LA PALABRA DE VIDA

  En 2:16, Pablo nos exhorta a “enarbolar la palabra de vida”. La palabra de vida, la cual difiere de la doctrina de la letra muerta, es el aliento viviente de Dios (2 Ti. 3:16), el Espíritu que da vida (Jn. 6:63). Tenemos al Señor Jesús como nuestro modelo (vs. 6-11), al Dios que opera en nosotros (v. 13), y somos los hijos de Dios, que poseen Su vida y naturaleza divinas (v. 15). Además de esto, somos luminares capaces de reflejar la luz divina de Cristo (v. 15), y tenemos la palabra de vida que podemos enarbolar, presentar a otros. ¡Qué rica y divina provisión! Por medio de tal provisión podemos llevar a cabo la obra salvadora de Dios hasta su punto culminante.

  De hecho, Cristo mismo es la palabra de vida que debemos enarbolar (Jn. 1:1, 4). Si queremos experimentar a Cristo como se revela en la epístola de Filipenses, debemos tomarle como nuestro modelo, permitir que el Dios Triuno opere en nosotros, ser los hijos de Dios que poseen la vida y naturaleza divinas, y ser los luminares cuya función es reflejar a Cristo mismo. Todos estos asuntos son necesarios para experimentar a Cristo.

VII. PARA QUE EL APOSTOL PUDIERA GLORIARSE EN EL DIA DE CRISTO

  Si enarbolamos a Cristo, la palabra de vida, en el día de Cristo el apóstol podrá gloriarse de no haber corrido ni trabajado en vano. Esto equivale a completar Su gozo. En 2:1-16 vemos que podemos completar el gozo del apóstol al buscar a Cristo, vivirlo, expresarlo y llevar a cabo plenamente la salvación de Dios. Ya que el apóstol representa a Dios, eso significa que Dios mismo estará feliz al vernos llevar tal vida. Luego, en el día de Cristo, al regreso del Señor, el apóstol podrá gloriarse y regocijarse.

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