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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Filipenses»
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Mensaje 6

MAGNIFICAR A CRISTO AL VIVIRLE

  Lectura bíblica: Fil. 1:19-21

  En este mensaje abordaremos el tema de magnificar a Cristo viviéndole (1:19-21). En el versículo 20, Pablo declara: “Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte”. Cuando el apóstol padecía en su cuerpo, Cristo era magnificado, es decir, era exhibido y declarado ilimitado, exaltado y loado. Los padecimientos que experimentó el apóstol le dieron la oportunidad de expresar a Cristo en Su grandeza ilimitada. El apóstol Pablo deseaba que únicamente Cristo fuese magnificado en él, no la ley ni la circuncisión. La epístola de Filipenses nos muestra cómo experimentar a Cristo. Magnificar a Cristo bajo cualquier circunstancia es experimentarlo como nuestro máximo disfrute.

I. MAGNIFICAR A CRISTO

  En el versículo 20 encontramos varias expresiones que se relacionan con la declaración de Pablo de que Cristo sería magnificado en él: “con toda confianza”, “como siempre”, “ahora también”, “en mi cuerpo” y “o por vida o por muerte”. El no solamente dice “con confianza”, sino “con toda confianza”. Luego, especifica que Cristo sería magnificado en su cuerpo. Dijo esto porque su cuerpo estaba encadenado. Pablo se hallaba atado a un guardia en la noche y quizás también durante el día. Pero a pesar de que su cuerpo se hallaba en cadenas, él declaró que en su mismo cuerpo Cristo sería magnificado. Incluso dijo que estaba dispuesto a magnificar a Cristo o por vida o por muerte. Esto indica que Pablo tenía el anhelo de que Cristo fuera magnificado en él, sin importar cuál fuera la situación en que se encontrara.

  Ahora debemos preguntarnos qué quiere decir “magnificar a Cristo”. El verbo magnificar significa engrandecer. Tal vez nos preguntemos cómo puede ser magnificado Cristo, dado que El es infinitamente grande. Según Efesios 3, las dimensiones de Cristo, es decir, Su anchura, longitud, altura y profundidad son inmensurables. Sus dimensiones son tan vastas como las del universo. Sin embargo, a pesar de que Cristo es tan vasto, extenso e inmensurable, a los ojos de la guardia pretoriana del César, El no era nadie. A los ojos de ellos no existía tal persona llamada Jesucristo. Sin embargo, Pablo magnificaba a Cristo, es decir, lo engrandecía a los ojos de los demás, y en especial delante de aquellos que lo custodiaban en la cárcel. Esto hizo que algunos de ellos se convirtieran a Cristo. Hallamos un indicio de esto en 4:22, donde Pablo habla de los santos de la casa de César, lo cual comprueba que incluso algunos de la casa de César fueron salvos debido a que Pablo magnificó a Cristo.

  En el tiempo en que Pablo estuvo encarcelado, los romanos despreciaban a los judíos. Los romanos eran los conquistadores, y los judíos, los conquistados. Entre los conquistados se encontraba un hombre llamado Jesús. Aunque El es ciertamente grande y maravilloso, no significaba nada para los romanos. Pero Pablo, mientras se hallaba en una prisión romana, magnificó a Cristo a tal grado que lo hizo grandioso a los ojos de aquellos guardias.

  Nosotros también debemos magnificar a Cristo en nuestro diario vivir, de tal modo que El sea engrandecido a los ojos de los demás. Puede ser que sus compañeros de trabajo o de estudio menosprecien a Cristo. Puede ser que aun lo ridiculicen o tomen Su nombre en vano, quebrantando así el tercer mandamiento. Por consiguiente, usted debe hacer que otros vean a Cristo, no de manera insignificante, sino agrandada, magnificada.

  Asimismo debemos magnificarle en nuestro hogar. Es probable que los padres de algunos jóvenes aún no hayan creído en Cristo y que incluso lo menosprecien. Por lo tanto, ustedes jóvenes tienen la responsabilidad de hacer que Cristo sea agrandado ante los ojos de sus padres. En lugar de conformarse con predicar a Cristo, deben magnificarlo. Debemos ver que no solamente necesitamos la vida, sino también el vivir. Si nuestro diario vivir es apropiado, Cristo será engrandecido ante los demás. Jóvenes, permitan que sus padres vean la grandeza de Cristo en ustedes.

  Podemos magnificar a Cristo en situaciones donde es difícil, o aun imposible hablar acerca de El. Aunque los maestros no tengan libertad de predicar el evangelio a sus estudiantes, pueden magnificar a Cristo en sus aulas. Pueden engrandecer a este Cristo a los ojos de sus estudiantes. No creo que Pablo tuviera la libertad de predicar a Cristo en la cárcel. Al contrario, él se encontraba muy limitado y bajo una estricta vigilancia. Sin embargo, pese a tales circunstancias adversas, magnificaba a Cristo en su cuerpo, y procuraba con toda confianza magnificarlo siempre.

  Pablo declaró que Cristo sería magnificado en él, o por vida o por muerte. Sin importar lo que le sobreviniera, ya fuera que siguiera viviendo o sufriera el martirio, él mantenía el firme propósito de magnificar a Cristo. Pablo magnificaba a Cristo en su vivir, lo cual significaba magnificarlo por vida. Ahora, mientras esperaba el martirio, también lo magnificaba, lo cual significaba magnificarlo por muerte. Por lo tanto, Pablo magnificaba a Cristo en su cuerpo encarcelado y encadenado, o por vida o por muerte. Esto no era una mera doctrina para él, sino una verdadera experiencia de Cristo.

  En Filipenses 1:19 Pablo habla de la abundante suministración del Espíritu de Jesucristo. Si permitimos que la abundante suministración del Espíritu opere en nosotros, nuestro diario vivir no será el mismo. Sentiremos la carga de magnificar a Cristo siempre y con toda confianza. Al magnificarlo, los demás verán Su grandeza y lo ilimitado que es El. Magnificar a Cristo de este modo, sin duda alguna, equivale a vivirlo.

  Cuando Pablo escribió su epístola a los filipenses, él ya era anciano. Seguramente los guardias pensaban que su encarcelamiento lo agotaría. Pero al contrario, Pablo estaba lleno de gozo y se regocijaba en el Señor. Estoy seguro de que él irradiaba a Cristo y lo expresaba. Dicha expresión era un testimonio viviente de la grandeza ilimitada de Cristo y una declaración de lo inagotable de Su persona.

  Tarde o temprano, el amor humano se acaba, pero Cristo como nuestro amor nunca se agotará. Nuestra paciencia natural también tiene sus límites, pero Cristo como nuestra paciencia es ilimitado. Todos tenemos la capacidad de ser pacientes, pero sólo hasta cierta medida. De ahí en adelante, nos exasperamos y nos enfurecemos. Por ejemplo, un hermano puede tener paciencia con su esposa. Sin embargo, su paciencia llegará a un límite y se enojará con ella. Pero a pesar de que nuestra paciencia es tan limitada, Cristo como paciencia es inagotable e inmensurable.

  Es muy probable que mientras Pablo estaba en la cárcel sufría maltratos; no obstante, al regocijarse demostró la grandeza ilimitada de Cristo. En particular, él dio testimonio de la paciencia inagotable de Cristo. Indudablemente Cristo era magnificado en el cuerpo físico del apóstol. Día tras día Pablo estaba feliz en el Señor. Su gozo no disminuía con el tiempo, y mediante su gozo, él exhibía al Cristo inmensurable que experimentaba y disfrutaba. De este modo, el apóstol expresó, presentó, exaltó y alabó a Cristo. No creo que Pablo se ofendiera con los carceleros ni que él los ofendiera a ellos. Más bien, pienso que él era un testigo viviente de Cristo que daba testimonio de la capacidad, el poder, la paciencia, el amor y la sabiduría de Cristo, los cuales son ilimitados. Seguramente los guardias consideraron a Pablo una persona extraña y peculiar, y que poseía algo que ellos no tenían. Lo que observaron en Pablo era en realidad a Cristo, siendo magnificado. En la cárcel, Pablo expresó al máximo la grandeza de Cristo. El magnificaba a Cristo con toda confianza tanto por vida como por muerte. Al magnificarlo de esta manera, el apóstol podía trascender sobre cualquier situación.

II. VIVIR A CRISTO

  En el versículo 21, Pablo añade: “Porque para mí, el vivir es Cristo”. La conjunción “porque” al principio de este versículo es muy significativa, pues indica que lo que sigue después de ella es la explicación del versículo anterior. Cristo era magnificado en el cuerpo de Pablo porque él vivía a Cristo. Si hemos de magnificar a Cristo, ciertamente debemos vivirlo. Vivir a Cristo es un tema de suma importancia, pero a pesar de ello muy pocos cristianos han prestado la debida atención a este asunto. La conjunción “porque” del versículo 21 nos ayuda a ver que Pablo magnificaba a Cristo porque para él, el vivir era Cristo. Cristo era exaltado, loado, alabado y exhibido en el cuerpo encadenado de Pablo, porque él vivía a Cristo.

  Si hemos de vivir a Cristo, debemos tomarlo como nuestra persona y ser uno con El. El y nosotros debemos llegar a ser uno de manera práctica. En Gálatas 2:20, Pablo declaró: “Vive Cristo en mí”. Para Pablo, esto no era una simple doctrina, sino un hecho. También para nosotros esto debe ser una realidad. Es triste ver que algunos cristianos no creen que Cristo realmente vive en ellos. Tampoco creen que podemos morar en Cristo y El en nosotros. Sin embargo, la Biblia afirma claramente que Cristo está en nosotros y que vive en nosotros. Además dice que debemos morar en El y permitirle que more en nosotros.

  Pablo no sólo declaró que Cristo vivía en él, sino que para él, el vivir era Cristo. Por un lado, Cristo vivía en Pablo; y por otro, Pablo vivía a Cristo. Cristo era la vida interior de Pablo, y también era su vivir práctico. Por lo tanto, él y Cristo tenían una misma vida y un mismo vivir. La vida de Cristo era la de Pablo, y el vivir de Pablo era el de Cristo. Ambos vivían como una sola persona. En 1 Corintios 6:17 se hace referencia a tal vivir. En ese versículo, Pablo declara que somos un solo espíritu con el Señor. La unión orgánica que existe entre nosotros y Cristo nos hace tan cercanos a El que podemos ser un solo espíritu con El.

  Vivir a Cristo no consiste meramente en llevar una vida santa ni en expresar santidad en el vivir. Vivir a Cristo consiste en vivir a una persona. Admitimos que “vivir a Cristo” es una expresión nueva, pero la usamos deliberadamente. Anteriormente hablamos de “expresar a Cristo en el vivir”, y aunque no es incorrecto decir esto, se aleja un poco del verdadero sentido. Simplemente debemos vivir a Cristo. La vida que llevamos debe ser Cristo mismo.

  Por experiencia puedo testificar que lo más difícil en la vida cristiana es vivir a Cristo. Podemos ser “santos”, “espirituales” y “victoriosos” sin que vivamos a Cristo. Podemos ser todas estas cosas, y aún permanecer en nuestra vida natural. Esto significa que no estamos viviendo a Cristo.

  Por naturaleza, soy una persona rápida. Recuerdo que después de que recibí al Señor, mi hermana se puso muy contenta y quiso ayudarme a vencer mi rapidez natural. En lugar de reprenderme o corregirme, me habló de algunas personas que eran más calmadas en su manera de hablar y actuar. Al comprender lo que ella trataba de enseñarme, le dije al Señor que me arrepentía por ser tan rápido y le pedí que me hiciera más lento. Pero mi conducta se asemejaba a la de un mono que trata de imitar a un hombre; aunque lograba hacer las cosas pausadamente por algunos días, después volvía nuevamente a mi carácter rápido. No lograba disminuir mi rapidez debido a que yo era así por nacimiento. Mi hermana tenía buenas intenciones al enseñarme a que no fuera tan rápido, pero no me ayudaba a vivir a Cristo. Ahora, después de más de cincuenta años, puedo ser más lento y paciente. También soy capaz de controlar mi enojo. En cierto sentido, puedo ser santo, espiritual y victorioso, pero he descubierto que eso se puede lograr sin vivir a Cristo.

  Si hemos de vivir a Cristo, debemos tomarlo como nuestra persona y nuestra vida misma. Aunque he avanzado al respecto, debo admitir que todavía no he alcanzado absoluto éxito. Casi todas las mañanas le digo al Señor: “Señor, te agradezco por darme otro día para vivirte. Señor, por mí mismo no puedo hacerlo. Te pido que me recuerdes que debo vivirte y concédeme la gracia necesaria para ello”. Pero aun así, me doy cuenta de que poco después de haber hecho tal oración, me es muy fácil volver a vivir por mí mismo en lugar de vivir a Cristo. Quizás mi manera de vivir sea buena, pero no vivo a Cristo. Aún no puedo declarar con confianza las palabras de Pablo: “Para mí, el vivir es Cristo”.

  A menudo en la vida cristiana, tendemos a seguir ciertas prácticas. Por ejemplo, quizás nos demos cuenta de que hablamos demasiado y nos propongamos limitar nuestro hablar. Tal vez logremos restringirnos, pero nos olvidamos de vivir a Cristo. Una cosa es adoptar cierta práctica, y otra muy distinta es vivir a Cristo. A Dios no le interesa cuán santos, espirituales y victoriosos seamos en nosotros mismos. En realidad, llevar una vida así por esfuerzo propio es lo mismo que intentar guardar la ley. Lo que realmente cuenta para Dios es Cristo y el hecho de que lo vivamos. Con respecto a esto, la situación actual de los creyentes no corresponde con el deseo de Dios. Es por eso que luchamos por vivir a Cristo de una manera genuina. Dios anhela que Su pueblo viva a Cristo. No nos distraigamos con la santidad, la espiritualidad o la victoria, ni con nuestras virtudes o atributos naturales. Más bien, debemos centrar toda nuestra atención en vivir a Cristo, con el único propósito de que El sea magnificado en nosotros.

  En la epístola de Filipenses Pablo nos alienta a tener un solo pensamiento (2:2), a saber, vivir a Cristo. Nuestra única preocupación debe ser vivir a Cristo y magnificarle. En lugar de tratar de ser santos, espirituales y victoriosos, debemos aspirar a vivir siempre a Cristo y magnificarlo con toda confianza, ya sea por vida o por muerte. El deseo de Dios hoy es que vivamos a Cristo.

  No permita que nada lo distraiga de su experiencia directa y personal con Cristo. Es cierto que necesitamos conocer el trasfondo de esta epístola y comprender cuál es la condición actual de la religión; además, debemos discernir los diferentes motivos por los que se predica a Cristo. Sin embargo, nada debe desviarnos de Cristo mismo. Hoy debemos centrar nuestra atención en este único pensamiento: vivir a Cristo.

III. VIVIR A CRISTO NO ES CUMPLIR LA LEY NI LA CIRCUNCISION

  La vida de Pablo consistía en vivir a Cristo. Para él, el vivir no era la ley ni la circuncisión, sino Cristo. El no deseaba vivir la ley sino a Cristo, y tampoco quería ser hallado en la ley, sino en Cristo (3:9). Cristo no sólo era su vida, sino también su vivir. El vivía a Cristo debido a que Cristo vivía en él. Era uno con Cristo tanto en vida como en el vivir. El y Cristo llevaban una sola vida y un solo vivir. Ambos vivían juntos como una sola persona. Cristo vivía en Pablo como la vida de éste, y Pablo manifestaba a Cristo como el vivir de Cristo. La experiencia normal del creyente debe ser vivir a Cristo, y vivirlo es magnificarlo siempre, sin importar cuáles sean las circunstancias.

  Pablo vivía a Cristo mientras estaba encarcelado. El no se hallaba en la ley, sino en Cristo. Los hombres, los ángeles y los demonios podían hallarlo siempre en Cristo. De la misma manera, nosotros también debemos ser hallados en Cristo, y no simplemente en nuestra buena conducta. Jóvenes, sus padres deben hallarlos en Cristo. Ellos deben ser capaces de percibir que ustedes son diferentes de los demás. Asimismo, nuestros parientes, amigos y colegas deben hallarnos en Cristo.

  Si deseamos ser hallados en Cristo, debemos vivirlo. La única forma en que los hombres, los ángeles y los demonios nos hallen en El es que le vivamos. Pero si nos preocupamos por guardar la ley, seremos hallados en la ley y no en Cristo. No estamos aquí para expresar o magnificar la ley; nuestra meta es expresar y magnificar a Cristo. Debemos orar de esta manera: “Señor, ten misericordia de mí y sálvame de todo lo pecaminoso y también de lo bueno, incluso sálvame de las cosas espirituales que te reemplazan a Ti en mi vida diaria. Señor, sálvame de todo y haz que me vuelva a Ti. También te pido que me concedas la gracia necesaria para vivirte en realidad y ser hallado en Ti”. Puedo testificar que esta clase de oración es eficaz. Espero que todos anhelemos y busquemos esta única cosa: vivir a Cristo y magnificarlo.

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