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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Hebreos»
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Mensaje 16

COMPAÑEROS DE CRISTO

  En este mensaje hablaremos acerca de los compañeros o los socios de Cristo, de nuestra asociación corporativa con Él. En He. 1 y He. 2 vimos que fuimos constituidos hermanos del Hijo primogénito de Dios y que, como los muchos hermanos, constituimos la iglesia. Considerándolos como una sola unidad, estos dos capítulos revelan que Dios es la fuente y que de Él proceden los muchos hermanos del Hijo primogénito de Dios, los mismos que constituyen la iglesia. La iglesia es sencillamente la expresión de Dios mismo en Cristo. En la iglesia encontramos a Dios y en ella también encontramos al Hijo de Dios, el Heredero designado por Dios. En la iglesia tenemos también al Capitán de la salvación, al Hijo primogénito de Dios y al Hijo del Hombre. Además, en la iglesia se hallan los muchos hermanos del Hijo primogénito de Dios y los compañeros, quienes son los coherederos junto con el Heredero designado por Dios. Todos estos herederos son los compañeros del único Heredero. El resultado de todo esto es una expresión gloriosa de Dios. Un día en la Nueva Jerusalén esto llegará a ocurrir. Allí en la Nueva Jerusalén veremos la gloriosa expresión de Dios en toda su plenitud. En la Nueva Jerusalén estará el trono de Dios, sobre el cual se sienta el Dios todopoderoso (Ap. 22:1). Allí en la Nueva Jerusalén estará el Padre, el Hijo como el Cordero y el Espíritu fluyendo como un río de agua. Los muchos hermanos del Primogénito y los muchos hijos de Dios también estarán allí. En la Nueva Jerusalén veremos al Señor de todos, al Capitán y al Sumo Sacerdote. Aquella ciudad será la expresión plena del Dios glorioso. Ésta es la gloria, el reposo, la buena tierra y la región donde entraremos después de haber cruzado muchos ríos.

  Mientras les hablo, tengo frente a mí una visión gloriosa. ¡Oh, he visto la iglesia! En la iglesia no solamente poseemos la justificación por la fe, la salvación personal y el perdón de pecados, sino que lo poseemos todo. La vida de iglesia es una pequeña ventana que nos permite ver todo el panorama de la Nueva Jerusalén. Todo lo que será plenamente manifestado en la Nueva Jerusalén, lo poseemos hoy en pequeña escala en la iglesia. Tengo la sensación de que en estos días hemos entrado en la gloria, en el reposo. Y esto es sólo un anticipo del disfrute pleno que vendrá. Estamos en la gloria, en la buena tierra. Cristo no solamente es nuestro Dios, sino también el Moisés de hoy. Él es un mejor, más elevado y más excelente Moisés. Él es también nuestro Aarón y nuestro verdadero Josué, y nosotros somos Sus Calebs, Sus socios, camaradas y compañeros.

  En el idioma griego, la palabra que se tradujo “compañeros” se puede traducir también “participantes”. La misma palabra griega encierra estas dos connotaciones. Ser partícipes es completamente distinto a ser compañeros o socios. Yo puedo participar de un desayuno, es decir, ser alguien que disfruta de ese desayuno; pero soy socio de una corporación, es decir, copropietario de dicha corporación. Debido a que la misma palabra griega tiene estas distintas connotaciones, los traductores han encontrado dificultades para traducir esta palabra. En Hebreos 3:14, esta palabra ha sido comúnmente traducida: “participantes” de Cristo, pero creemos que una traducción más precisa y acorde con el contexto debería ser: “compañeros de Cristo”, ya que el pasaje comprendido entre los versículos 7 y 14 del capítulo 3 habla acerca de entrar en la buena tierra. Esta entrada es tipificada por la entrada del pueblo de Israel a la buena tierra bajo el liderazgo de Josué. Josué entró en la buena tierra, y Caleb fue su compañero en esta empresa. No podríamos considerar a Caleb como un “participante de Josué”, ya que Caleb no disfrutó a Josué, sino que más bien era un camarada, un compañero, un socio de Josué en la empresa de entrar y poseer la buena tierra. Cristo hoy es nuestro verdadero Josué, y nosotros debemos ser Sus Calebs. En este sentido no somos participantes de Él, sino Sus compañeros. Así pues, cuando disfrutamos a Cristo, somos participantes de Él, pero cuando le seguimos, somos Sus compañeros. En este mensaje siento la carga de decirles que no solamente disfrutamos de Cristo como participantes de Él, sino que además somos Sus compañeros, aquellos que le siguen. Como Sus compañeros, laboramos y cooperamos junto con Él.

I. CRISTO FUE DESIGNADO POR DIOS

A. Para cumplir el plan de Dios

  Dios lleva a cabo una gran operación en el universo, y la meta de esta operación es obtener una expresión gloriosa. Esta expresión gloriosa es la meta a la cual todos entraremos. Nuestra visión debe ampliarse de modo que nos permita ver que la operación que Dios realiza en todo el universo consiste en obtener una expresión gloriosa de Sí mismo. El Hijo de Dios fue designado para llevar a cabo el plan de Dios. Él fue designado para dirigir esta gran empresa. En la eternidad pasada, Él fue designado para desempeñar este cargo.

B. Fue ungido por Dios

  Cristo fue designado por Dios en la eternidad pasada y fue ungido en el tiempo (1:9). Aquella unción constituyó la investidura celestial y divina. Dios inicialmente invistió a Su Heredero designado al ungirlo, a fin de que tomara posesión de Su cargo. Luego Dios el Espíritu, al derramarse como el aceite de la unción sobre este Heredero designado, lo ungió para que fuera el Ejecutor de la operación divina.

  Como compañeros de Cristo, nosotros compartimos Su unción. Él fue designado en la eternidad pasada y fue ungido en el tiempo. Su ungimiento nos incluye a nosotros. Quisiera remitirlos al salmo 133 donde vemos que el ungüento derramado sobre la cabeza de Aarón, el sumo sacerdote, desciende sobre todo su cuerpo hasta el borde de sus vestiduras. Esto significa que todos los miembros del cuerpo del sumo sacerdote comparten su unción. Nosotros los participantes participamos de la unción del único Heredero. Como les he mencionado anteriormente, la unción constituyó Su investidura inicial. Por consiguiente, todos nosotros participamos de Su investidura. En esta investidura celestial, divina y eterna, nosotros somos Sus compañeros, Sus socios. Él ha obtenido la unción, y nosotros compartimos dicha unción con Él porque somos Sus compañeros. Esto quiere decir que todos nosotros hemos sido ungidos. A todos se nos ha puesto en el mismo cargo. Por ende, no solamente somos participantes de Cristo, aquellos que le disfrutan, sino que además somos Sus compañeros, los que participan en Su operación. Yo tengo la absoluta certeza de que al dar este mensaje estoy participando en Su operación. Él logrará Su objetivo de obtener una expresión plena de Dios en gloria, y nosotros ahora estamos en esta empresa cooperando con Él. He escuchado muchos testimonios de que somos participantes de Cristo y estamos disfrutándole, pero hasta ahora no he escuchado ningún testimonio de que somos compañeros de Cristo. De ahora en adelante, debemos escuchar en las iglesias más testimonios de que somos compañeros de Cristo y de que participamos en Su operación. Recientemente muchos se han sentido motivados por el Señor a ir a las universidades a predicar el evangelio elevado. Esta clase de predicación es la manera en que podemos participar en la operación que realiza el Heredero ungido. Somos los coherederos de Cristo y Sus compañeros, aquellos que cooperan con Él y participan en Su operación. Su cargo también debe ser el nuestro.

  Hebreos 1:9 dice: “Has amado la justicia, y aborrecido la iniquidad, por lo cual te ungió Dios, el Dios Tuyo, con óleo de júbilo más que a Tus compañeros”. Nótese que este versículo dice: “Dios, el Dios Tuyo”. ¿De quién es Dios este Dios? Ya vimos que el Hijo es Dios. ¿Cuántos dioses hay entonces? Sólo hay un Dios. Es posible que algunos de los que leen este mensaje, sin darse cuenta se sigan aferrando al concepto de que hay tres dioses, aunque no se atreverían a decirlo en esos términos. Conforme a la verdad hallada en la Biblia, hay un sólo Dios (1 Co. 8:4). No podríamos decir que existe más de un Dios. No obstante, en lo más profundo de su ser, muchos cristianos sin darse cuenta aún se aferran al pensamiento de que existen tres dioses, lo cual se conoce como triteísmo. Por tanto, les pido que se olviden de las enseñanzas tradicionales que recibieron en el pasado. No tenemos más que un solo Dios. Dios es uno y aun así es el Padre, el Hijo y el Espíritu (Mt. 28:19). Pero esto no quiere decir que existan tres dioses diferentes.

  Isaías 9:6 y 2 Corintios 3:17 demuestran que el Padre, el Hijo y el Espíritu son uno. Isaías 9:6 dice: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos ha sido dado [...] Se llamará Su nombre [...] ‘Dios fuerte’, ‘Padre eterno’”. Si usted cree que el niño nacido en el pesebre era el Dios fuerte, entonces debe también creer que el Hijo que nos fue dado es el Padre eterno. En Isaías 9:6 encontramos dos líneas de pensamiento: que el niño que nos es nacido es el Dios fuerte y que el Hijo que nos es dado es el Padre eterno. Todos los cristianos fundamentalistas, incluyéndonos a nosotros, creemos que el niño que aquí se menciona es también el Dios fuerte. Sin embargo, me apena tener que decir que muchos cristianos solamente creen en la primera parte de Isaías 9:6, pero no en la segunda parte de este versículo.

  Algunos cristianos no se atreven a tocar el tema de que el Hijo es llamado el Padre eterno. Incluso ha habido quienes han distorsionado esta afirmación para adaptarla a sus conceptos tradicionales. Ninguno de nosotros tiene la capacidad de entender plenamente la Trinidad. Dios no nos hizo tan inteligentes. El asunto de la Trinidad sobrepasa nuestro entendimiento. Ni siquiera podemos entender el hecho de que somos hombres tripartitos. Por ejemplo, ¿dónde está su corazón? ¿Dónde se halla su conciencia? Las personas creen entender claramente el asunto de la Trinidad, cuando ni siquiera se conocen a sí mismas. ¿Dónde está su alma? ¿En qué se diferencian su espíritu, alma, corazón, mente, voluntad, conciencia y parte emotiva? Si ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos, ¿cómo podemos pensar que conocemos cabalmente a Dios?

  Debemos olvidarnos de las enseñanzas tradicionales y regresar a la Biblia. Les ruego que reciban toda la Biblia. El tema de la Cristología ha sido un objeto de debates desde fines del primer siglo. Nadie puede resolver esta cuestión; ninguno puede entenderla cabalmente. Nosotros debemos ser humildes y simplemente aceptar todo lo que la Biblia dice, ya sea que concuerde con nuestros conceptos o no. Isaías 9:6 dice que un niño sería llamado “Dios fuerte” y que un Hijo sería llamado “Padre eterno”, y 2 Corintios 3:17 afirma: “Y el Señor es el Espíritu”.

  En mi juventud los maestros de la Asamblea de los Hermanos me enseñaron las verdades según el conocimiento que tenían de la Biblia. Nos enseñaron que no debíamos orar al Hijo, sino al Padre en el nombre del Hijo y por el poder del Espíritu Santo. Se nos dijo que no oráramos al Espíritu. Ellos nos dijeron que bajo ciertas circunstancias podíamos orar al Señor Jesús directamente, pero que no debíamos hacerlo muy a menudo. Así pues, debíamos orar al Padre en el nombre del Señor Jesús y por el poder del Espíritu Santo. Más adelante el Señor me guió a que estuviese con el hermano Nee. Cierto día él invitó a un predicador chino de “La Misión al interior de la China” para que hablara en nuestras reuniones. En su mensaje este predicador dijo: “No deben considerar que el Señor Jesús es alguien aparte del Espíritu Santo”. Cuando ese orador procedió a afirmar que el Señor Jesús es el Espíritu Santo, el hermano Nee dijo: “Amén”. Después de la reunión me acerqué al hermano Nee, y él me dijo: “Esto es exactamente lo que necesitamos; debemos aceptar esta palabra”. Esto produjo un cambio radical en mí. En ese momento verdaderamente crucé el río para abandonar las enseñanzas de la Asamblea de los Hermanos y entrar en la buena tierra de la verdad. No mucho después, el hermano Nee nos habló a algunos de nosotros sobre Juan 14, mostrándonos que hoy el Señor Jesús es el Espíritu Santo. Él dijo: “El Espíritu mencionado en el versículo 17 es el mismo Señor que habla en el versículo siguiente”. Al escuchar esto, mis ojos fueron abiertos y la luz resplandeció. Así, pues, el versículo 17 dice que el Espíritu estará en nosotros, y después el versículo 20 afirma que el Señor estará en nosotros. ¿Cuántos son los que están en nosotros, uno o dos? Ciertamente uno solo. ¿Quién es éste, el Señor Jesús o el Espíritu? Ambos, puesto que los dos son uno. Luego los versículos del 9 al 11 nos dicen que el Señor Jesús no es sólo el Espíritu, sino también el Padre. No debemos ser tan insensatos como para ser los Felipes de hoy. Cuando Felipe le pidió al Señor que les mostrara el Padre, el Señor Jesús le dijo: “El que me ha visto a Mí, ha visto al Padre”, por cuanto Él y el Padre son uno (Jn. 10:30).

  Antes de su encarcelamiento, el hermano Nee publicó un extenso himnario que contenía mil cincuenta y seis himnos. Algunos de los mejores himnos de nuestro himnario fueron extraídos de esa publicación. Uno de ellos, el 204 de nuestro himnario, fue escrito por el hermano Nee y traducido por nosotros. En la quinta estrofa dice:

  Padre una vez se te llamó,     Ahora el Santo Espíritu; Y como tal en nuestro ser,     Nos llenas con Tu plenitud.

  En el idioma original, esta estrofa está aún más clara; textualmente dice: “Una vez Tú fuiste el Padre; ahora Tú eres el Espíritu”. Ahora ya saben ustedes de dónde obtuve la verdad de que Cristo es el Espíritu. Esta verdad ha sido llevada a la práctica, proclamada y puesta a prueba en mi propia experiencia. Repito que no nos importan las doctrinas; lo que nos importa es la experiencia.

  Así pues, la expresión: “Oh Dios [...] el Dios Tuyo” en Hebreos 1:8-9 alude al Hijo. Ya que el Hijo es Dios mismo, Él es Dios; por eso dice: “Oh Dios”. Pero como también el Hijo es un hombre, Dios es Su Dios, y es por eso que dice: “El Dios Tuyo”.

II. EL CAPITÁN DE LA SALVACIÓN

A. Él como el Precursor, el Pionero, entró en el reposo y en la gloria

  El Heredero ungido por Dios, quien es el Capitán de la salvación, entró en el reposo y en la gloria mediante la muerte y la resurrección (6:20). Él hizo esto como Pionero y Precursor. Él fue el primero en seguir por el sendero de la cruz para luego entrar en el reposo y en la gloria. Él ahora está sentado a la diestra de Dios (1:3, 13) coronado de gloria y honra (2:9), para poder ser el Capitán de nuestra salvación y de este modo conducirnos por la senda de la cruz hacia la buena tierra de reposo y gloria.

B. Nosotros como Sus compañeros participamos con Él de todo lo que Él logró y obtuvo

  En Su presciencia, Dios resolvió que este Heredero único requeriría de un grupo de coherederos. Dios decidió que no bastaba con que solamente Cristo entrara a la buena tierra. Él quiso que este único Heredero entrara a la buena tierra de la expresión gloriosa del Ser Divino, junto con un grupo de coherederos. Cuantos más coherederos haya, mayor será la gloria. Examinemos el ingreso de Josué en la buena tierra con los hijos de Israel. Ciertamente Dios pudo haber hecho que Josué entrara solo a la buena tierra. Supongamos que Josué entrara marchando solo a la buena tierra, diciendo: “He venido aquí en nombre del Dios todopoderoso para conquistar la tierra”. Aunque esto podría haber sucedido, no habría sido glorioso. Cuando Josué asumió el liderazgo para entrar a la buena tierra, por lo menos dos millones de personas marcharon con él. Esto infundió pavor en los cananeos. No fue un solo heredero el que entró a la buena tierra, sino un ejército de coherederos. Todos sabemos lo que sucedió en Jericó. Dios pudo haber hecho el mismo milagro con Josué solamente, pero si hubiese hecho eso, no habría sido tan glorioso. Un ejército marchó alrededor de Jericó, y todos los demonios quedaron aterrorizados. Ésta fue la manera tan gloriosa en que tomaron posesión de la buena tierra. La entrada en la buena tierra fue un hecho glorioso. Nosotros entraremos a la buena tierra marchando. Contamos con un Capitán, el verdadero Josué. Todos debemos ser Sus compañeros para tomar la buena tierra.

  Pero antes de ser Sus compañeros, debemos primero ser partícipes de Él disfrutándole. Cuando le disfrutamos y participamos de Él, Su título no es el Cristo, sino el Espíritu Santo. Somos partícipes del Espíritu Santo (6:4). Pero como el Capitán, Él es Jesucristo; no es el Espíritu Santo. Cuando Él es nuestro disfrute, Él es el Espíritu Santo; pero cuando Él es nuestro Capitán, nuestro Líder, Él es el Cristo.

  No se turben con todos estos títulos. Como les mostré en los primeros dos capítulos de Hebreos, vemos que el Hijo de Dios es Dios mismo. Este Hijo de Dios es también el Capitán y el Sumo Sacerdote. Esto es similar a Zacarías 2 donde vemos que Jehová de los ejércitos envía a Jehová de los ejércitos. Allí Jehová de los ejércitos es tanto el que envía como el enviado. De igual modo, en Hebreos 1 se nos dice que Dios habló en el pasado, que ahora Dios nos habla en el Hijo y luego dice que al Hijo se le llama: “Oh Dios”. Inmediatamente después se nos dice que Él es el Capitán de nuestra salvación y nuestro Sumo Sacerdote. ¡Qué estupendo y maravilloso es esto! Como nuestro Capitán, Él es el Cristo; y como nuestro deleite, Él es el Espíritu Santo. Cuando Él toma la iniciativa de marchar adelante, Él es nuestro Capitán; pero cuando Él entra en nosotros para ser nuestro disfrute y sustento, Él es el Espíritu Santo.

  Somos compañeros de Cristo al igual que somos participantes de Él. Cuando le disfrutamos, somos participantes de Él, y cuando le seguimos, somos Sus compañeros. ¿Es usted un participante de Cristo? Eso quiere decir que aun en medio de las dificultades le disfrutamos al participar de Sus riquezas y nutrimento. Una vez que le disfrutamos, Él se convierte en nuestro Capitán, quien asume el liderazgo, y nosotros le seguimos como compañeros Suyos. Cuando Él marcha, nosotros marchamos con Él. Él es el Capitán y nosotros somos el ejército. Es así como entraremos en Su reposo (4:8-9) y seremos introducidos en Su gloria (2:10).

III. EL JOSUÉ Y EL CALEB DE HOY

  Cristo, el Capitán de nuestra salvación, es el verdadero Josué que conduce al pueblo de Dios a conquistar y a poseer la tierra. Nosotros Sus compañeros somos los verdaderos Calebs que participamos con Él en la toma y posesión de la tierra. Debemos dedicar suficiente tiempo para estudiar lo que significa tomar la buena tierra, ya que no entendemos esto tan claramente como debiéramos. La concepción más pobre de la buena tierra es la que afirma que cuando un santo muere, cruza el río Jordán para entrar en la buena tierra. Hay muchas canciones que hablan de cruzar las aguas frías del Jordán. Incluso Juan Bunyan interpretó la buena tierra de esta manera en su libro El progreso del peregrino. Los hermanos de la vida interior, los llamados espirituales, afirman que Canaán no puede referirse al tercer cielo, ya que Canaán era una tierra llena de demonios, gigantes, enemigos y cananeos. Ya que no hay enemigos en el tercer cielo, los hermanos de la vida interior repudiaron el pobre concepto de que la buena tierra fuera el cielo. Sin embargo, ellos tampoco nos dicen claramente lo que representa Canaán. Algunos de ellos afirman que Canaán simboliza los aires, las regiones celestes, donde están los principados, las potestades y los espíritus malignos. Desde mi juventud me sentí insatisfecho con la idea de que Canaán representara el cielo; pero como un joven que buscaba al Señor, sí acepté la idea de que Canaán pudiera representar las regiones celestiales, las cuales estaban llenas de cananeos, principados y potestades. No obstante, después de algún tiempo también comencé a dudar de esta interpretación. Si Canaán representa a las regiones celestiales donde están los espíritus malignos, entonces ¿dónde está el reposo? Lo que quiero enfatizar al mostrarles esto es que toda la operación que Cristo realiza tiene como objetivo obtener y poseer la buena tierra de Canaán. Sin la buena tierra, el propósito de Dios no podría cumplirse. La empresa en la que Cristo está involucrado consiste en tomar y poseer la buena tierra, y en edificar la casa de Dios en ella. Así pues, la buena tierra representa el cumplimiento del propósito de Dios en Cristo, el cual consiste en obtener una plena expresión de Sí mismo. Es para esto que Cristo fue constituido como el Ejecutor, y nosotros como Sus socios o compañeros. Somos Sus socios en esta empresa. Hemos sido investidos juntamente con Cristo para este propósito. Hemos sido investidos juntamente con Cristo para participar de Su cargo a fin de que, juntamente con Él, podamos conquistar y poseer la tierra, y edificar la casa de Dios. Finalmente ésta será la tierra de gloria. ¡Alabamos al Señor por habernos hecho Sus socios! Ser participantes de Él tiene como propósito que lleguemos a ser Sus compañeros. ¡No sólo somos participantes de Cristo, sino también Sus compañeros!

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