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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Hebreos»
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Mensaje 47

EL CAMINO ÚNICO DE LA FE Y LA DEFINICIÓN DE LA FE

  Entre los libros del Nuevo Testamento, Hebreos, Romanos y Apocalipsis son los que mejor se escribieron. Entre estos tres, se destaca Hebreos en cuanto a composición se refiere. En los primeros diez capítulos de Hebreos se compara de forma clara, minuciosa y completa la economía de Dios y la religión humana. La religión creada por el hombre impide que el pueblo de Dios avance conforme a Su economía. Fue por esta razón que se escribió el libro de Hebreos. Después de presentar en los primeros diez capítulos una comparación detallada entre el judaísmo y la economía de Dios, este libro exhorta a los creyentes hebreos, quienes estaban en peligro de retroceder, a vivir, andar y seguir adelante por fe (He. 10:38-39), es decir, no por vista (2 Co. 5:7). Luego en el capítulo 11 la fe es definida conforme a su historia.

  Supongamos que mientras usted va en su auto, se aproxima a una intersección y ve dos señales. La primera le indica que uno de los caminos ha sido cerrado, y la otra le dice que el otro camino está abierto. ¿Se iría usted por el camino que está cerrado? Si lo hiciera, correría incluso el riesgo de perder la vida. Lo mejor sería que usted se fuera por el camino que está abierto. De la misma manera, las claras comparaciones que encontramos en los primeros diez capítulos de Hebreos son como una señal de tránsito que nos muestra cuál camino está cerrado y cuál está abierto. Junto al camino antiguo se halla un señal que dice: “Camino cerrado, no siga”; mientras que junto al camino nuevo hay otra señal que dice: “Camino recién inmolado, pase”. De modo que, los diez primeros capítulos pueden resumirse en el contraste entre estos dos caminos. Después de mostrarnos este contraste, el escritor nos dice cómo avanzar por este camino recién inmolado: el camino único de la fe.

  Antes de abordar lo que es la fe, quisiera añadir algo más respecto de la salvación del alma. Hebreos 10:39 dice: “Pero nosotros no somos de los que retroceden para ruina, sino de los que tienen fe para ganar el alma”. La Biblia es el libro más coherente que existe. Aunque aborda muchos asuntos y emplea diferentes términos, la idea principal sigue siendo la misma. Los términos glorificación, perfección y ganar el alma, todos apuntan a lo mismo. Como hemos visto, la glorificación equivale a la perfección, y la perfección es lo mismo que ganar el alma. Nosotros hoy somos seguidores de Cristo. Si hemos de seguirle conforme a Su economía, tendremos que pagar un precio. Desde un plano humano, seguir al Señor exige que nos abstengamos de lo que nuestra alma disfruta y de los entretenimientos mundanos. Perder tales cosas equivale a perder nuestra alma. Si no estamos dispuestos a pagar el precio para perder nuestra alma hoy, es decir, si no queremos perder ninguna de las cosas que nuestra alma disfruta ni ninguna de las diversiones mundanas en esta era, no le daremos ninguna oportunidad a la ley de vida para que forje a Cristo en nuestro interior. Perder nuestra alma hoy significa permitir que la ley de vida forje a Cristo en nuestro ser. Esto quiere decir que no consideramos la vivienda, la comida, el vestido, el salir de compras, ni ningún tipo de diversión, como lo más importante, y que lo único que nos importa ahora es la operación que realiza la ley de vida dentro de nosotros. Todos debemos decir: “Estoy dispuesto a pagar cualquier precio para que la ley de vida pueda forjar a Cristo en cada una de las partes internas de mi ser”. Esto es lo que significa ser perfeccionados. Esto también contribuye a nuestra glorificación. Nuestra futura glorificación será la salvación de nuestra alma. Por consiguiente, la perfección, la glorificación y la salvación del alma, se refieren a lo mismo.

  En 10:39 el escritor dice que “nosotros no somos de los que retroceden para ruina”. Debido a que hemos sido limpiados con la preciosa sangre del Señor y hemos sido regenerados, y debido a que ahora el Espíritu Santo mora en nosotros, nos hemos convertido en material útil para la economía de Dios, y la ley de vida ahora puede forjar a Cristo en nuestro ser. Si no estamos dispuestos a pagar el precio para que esto suceda, y en lugar de ello retrocedemos, seremos arruinados y ya no podremos ser un buen material para la economía de Dios, el material con el que la ley de vida pueda trabajar. Pero si avanzamos, seguiremos siendo buen material y la ley de vida podrá forjar a Cristo en nuestro ser. Retroceder nos impide ser el buen material debido a que caemos en los placeres del alma, en las diversiones mundanas y en las actividades religiosas. La palabra griega traducida “ruina” significa lo mismo que destrucción. Esto quiere decir que si nosotros, siendo buen material para la operación de la ley de vida, retrocedemos apartándonos de la economía de Dios, seremos completamente destruidos y dejaremos de ser buen material. En los años pasados he visto a muchos que, siendo buen material, fueron destruidos por haber retrocedido y haberse apartado de la economía actual de Dios. A pesar de que vieron la economía que Dios tiene para el tiempo presente, no estuvieron dispuestos a pagar el precio por ella. Así que, retrocedieron y fueron arruinados. Debemos tener cuidado de no hacer lo mismo.

  Ser arruinados significa salvar nuestra alma hoy y perderla en el futuro. También significa vender nuestra primogenitura en lo que se refiere a nuestra glorificación, es decir, renunciar a nuestro derecho de ser plenamente perfeccionados. Los que en el futuro perderán su alma son aquellos que hoy no muestran ningún interés por su futura perfección, glorificación y salvación de su alma. Lo único que les importa son los deleites del alma del tiempo presente. Si estamos dispuestos a pagar el precio y perdemos nuestra alma hoy, en el futuro la ganaremos, y seremos perfeccionados y glorificados. El escritor, en su deseo de alentar a los creyentes hebreos a que avanzaran en este asunto, les dijo al final del capítulo 10 que nosotros somos de “los que tienen fe para ganar el alma”. Después de haberles hecho una comparación detallada entre el judaísmo y la economía de Dios, él animó a los creyentes hebreos a seguir adelante por fe. Es inmediatamente después de esto que sigue el capítulo 11, el cual nos habla del camino único de la fe.

I. EL CAMINO ÚNICO DE LA FE

A. Recibir la palabra del evangelio por fe

  La fe en este libro se menciona por primera vez en los capítulos 3 y 4. En 4:2 vemos que la fe es el único camino para recibir la palabra del evangelio. El evangelio apropiado es el evangelio que nos presenta los legados. Si alguien ha de recibir este evangelio, debe hacerlo por fe. Supongamos que alguien le ofrece a usted un documento que dice que una gran suma de dinero ha sido depositada en su cuenta bancaria. Para recibir este documento, usted debe tener fe. Si no tiene fe, seguramente dirá: “Esto es sólo un pedazo de papel, y no significa nada para mí”. Cuando predicamos el evangelio debemos infundir fe en las personas. El poder que nos acompaña cuando predicamos el evangelio de una manera apropiada, infunde fe en las personas a tal grado que ellas están dispuestas a creer todo lo que les digamos. La gente debe tener fe si han de recibir la palabra del evangelio.

B. Tomar a Dios por fe

  Hebreos 6:1 habla de la “fe en Dios”. Ya que no podemos ver a Dios, debemos tomarlo por fe. Aunque Dios es grande y maravilloso, algunas personas dicen: “Para mí Dios no significa nada”. Si tenemos fe, Dios lo es todo para nosotros; pero si no tenemos fe, Él no significará nada para nosotros. Siempre que ministremos Dios a las personas, debemos ser capaces de infundirles fe; de lo contrario, todo lo que les ministremos será en vano. Si las personas han de aferrarse a Dios, deben tener fe.

C. Entrar en el reposo por fe

  Hebreos 4:3, refiriéndose al reposo sabático, dice: “Porque los que hemos creído entramos en el reposo”. El único camino para entrar en el reposo sabático es la fe. Todo aquél que no crea no podrá entrar en este reposo. En este asunto debemos ejercitar nuestra fe.

D. Heredar las promesas por fe

  La fe es camino único para heredar las promesas de Dios (6:12). Dios nos ha dado muchas promesas en las Escrituras. Si hemos de heredar estas promesas necesitamos que Dios nos infunda fe. Ya que la mayoría de las cosas que Dios nos ha prometido no se ven sino que se esperan, necesitamos fe para darles sustantividad.

E. Retener firme hasta el fin la confianza inicial

  Si queremos retener firme hasta el fin la confianza inicial, debemos tener fe (3:14). La palabra confianza en 3:14 se refiere a la fe práctica y genuina, la cual hemos tenido desde el principio. Debemos retener firme hasta el fin esta fe práctica y genuina, así como lo hicimos al principio.

F. Debemos acercarnos al Lugar Santísimo y a la dispensación del nuevo pacto de Dios en plena certidumbre de fe

  Debemos acercarnos al Lugar Santísimo y avanzar a la dispensación del nuevo pacto de Dios en plena certidumbre de fe (10:22). En estos mensajes hemos hablado mucho acerca de la economía de Dios. Si cerramos los ojos de nuestra fe, todo desaparecerá y lo que hemos dicho hasta ahora será en vano. Pero si ejercitamos nuestra fe, veremos todo lo que encierra la economía de Dios. Si no tenemos fe, todo se desvanecerá; pero si tenemos fe, habrá un cúmulo de riquezas frente a nosotros. En estos mensajes hemos recibido la visión acerca de la ley de vida. Debemos seguir adelante a la luz de esta visión y no basarnos más en el conocimiento de la religión.

G. Mantener firme la confesión de nuestra esperanza sin fluctuar

  Nuestra esperanza es Cristo. Su vida indestructible, la cual nos fue impartida junto con la ley de vida que opera en nosotros, así como Su sacerdocio real y divino, mediante el cual Él nos ministra todas las riquezas de Dios, son también nuestra esperanza. Esta debe ser nuestra confesión. Debemos ejercitar nuestra fe para mantener firme, sin fluctuar, la confesión de nuestra esperanza. Únicamente por la fe podemos hacer real la confesión de nuestra esperanza en Cristo.

H. Vivir por fe al sufrir por la promesa del galardón

  Tomar el camino del nuevo pacto de Dios y seguir al Señor por este camino nos ocasiona muchos sufrimientos en las cosas materiales. Por esta razón, Dios nos ha prometido un gran galardón (v. 35) para que hoy en la tierra vivamos por fe y no por vista. La vida de aquel que sigue al Señor conforme a la economía de Dios, es una vida de fe.

I. Para ganar el alma por fe

  Para ganar nuestra alma en la era venidera del reino se requiere que tengamos fe (10:39; 1 P. 1:9). Si hemos de menospreciar los deleites del tiempo presente y preocuparnos por el día venidero, es imprescindible que tengamos fe. También necesitamos fe para estar seguros de que recibiremos algo mejor en el futuro y que para obtenerlo vale la pena sacrificar los placeres y diversiones de hoy. Como veremos más adelante, la fe es la convicción de lo que no se ve. Ya que no podemos ver hacia el futuro, ¿cómo podemos saber que nos espera un futuro glorioso? Lo sabemos por fe. En lo más profundo de mi ser, estoy plenamente convencido de que me espera un futuro glorioso. Esta convicción viene por la fe.

J. La advertencia en cuanto a tener un corazón malo de incredulidad

  En Hebreos 3:12 y 19 encontramos una advertencia en cuanto a tener un corazón malo de incredulidad. A los ojos de Dios, nadie es tan malo como el que no cree en Él. El corazón de incredulidad es el corazón más maligno. Nada insulta tanto a Dios como nuestra incredulidad, y nada lo honra tanto como nuestra fe en Él. Debemos creer todo lo que Dios nos dice en Su palabra. Si nuestro corazón no cree a la palabra de Dios, dicho corazón es maligno e incrédulo ante Sus ojos.

II. LA DEFINICIÓN DE LA FE

A. La fe es lo que da sustantividad a lo que se espera

  Ahora llegamos a la definición de la fe. Aunque en nuestro interior percibimos la fe, es difícil definirla. La fe es simplemente fe. Sin embargo, el escritor de Hebreos, siendo inspirado por el Espíritu Santo, dijo: “La fe es lo que da sustantividad a lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (11:1). La fe es lo que da sustantividad a lo que se espera. Por lo tanto, es la seguridad, la confianza, la confirmación, la realidad, la esencia la base de sustentación, de lo que se espera, es decir, el fundamento que sustenta lo que se espera. La palabra griega traducida “sustantividad” en este versículo es la misma palabra traducida substancia en 1:3 y confianza en 3:14 y en 2 Corintios 11:17 (en la cual uno sabe que tiene un fundamento seguro). Además, puede traducirse confirmación, realidad, esencia (lo cual denota la naturaleza verdadera de las cosas en contraste con la apariencia), fundamento, o base de sustentación. La versión inglesa King James de la Biblia, en vez de la frase “lo que da sustantividad”, utiliza la frase “es la substancia”; sin embargo, aquí no se está hablando de algún tipo de materia. La palabra griega denota aquí una acción y es por eso que debe traducirse como una cláusula verbal. Por ejemplo, el papel en el cual han sido impresos estos mensajes es una substancia; sin embargo, es sólo cuando usted toca el papel con sus manos que puede darle sustantividad. De este modo, el papel llega a ser real para usted, es decir, usted puede sentirlo y tomar plena conciencia de él. Esto es la acción de dar sustantividad a algo. Del mismo modo, la fe no es una substancia, sino la acción de dar sustantividad a algo. Tener fe no significa poseer un elemento que de sustancia sino más bien la capacidad de dar sustantividad a algo. Aunque ciertas cosas no las podamos ver, oír ni tocar, no obstante, en nuestro interior tenemos la capacidad para darles sustantividad. Esto es la fe. La Biblia dice que todo aquel que crea tendrá vida eterna (Jn. 3:15). Cuando escuchamos esta palabra sentimos que nos transmite algo real, y aunque nadie puede verlo ni tocarlo, la fe que está en nosotros es capaz de sustantivar lo que dicha palabra nos transmite.

  La Biblia es un testamento lleno de legados para nosotros. Sin embargo, un incrédulo diría que esto es absurdo, pues para él no es más que un libro difícil de entender. Pero para nosotros, los llamados de Dios, la Biblia es un libro lleno de legados. Cuando escuchamos esto, algo dentro de nosotros responde para darle sustantividad. Esta acción de sustantivar es lo que llamamos fe. ¿Cómo sabe usted que tiene vida eterna? ¿Cómo puede saber que el Señor Jesús está en su espíritu? Sabemos estas cosas por medio de la fe. No podemos ni explicar ni demostrarle a la gente que Cristo mora en nuestro espíritu. No obstante, sí podemos sustantivar esto para nosotros mismos.

  Esta capacidad de dar sustantividad no es nada insignificante, pues es como tener un sexto sentido. Cada uno de los cinco sentidos que tenemos posee su propia capacidad de dar sustantividad. Por ejemplo, con nuestra nariz percibimos los olores y con nuestros ojos vemos los colores. La fe es un sentido específico y particular, además de nuestros otros cinco sentidos. Es el sentido con el cual podemos dar sustantividad a lo que no vemos o a lo que esperamos.

1. La vida del creyente es una vida de las cosas por las que esperamos

  La vida del creyente es una vida que gira en torno a las cosas que se esperan, una vida de esperanza que siempre acompaña la fe y permanece con ella (1 P. 1:21; 1 Co. 13:13; Ro. 4:18). Los incrédulos, puesto que no tienen a Cristo, tampoco tienen esperanza (Ef. 2:12; 1 Ts. 4:13). Pero nosotros los que creemos en Cristo somos un pueblo de esperanza. El llamamiento que recibimos de Dios nos trae la esperanza (Ef. 1:18; 4:4). Fuimos regenerados para una esperanza viva (1 P. 1:3). Nuestro Cristo, quien está en nosotros, es la esperanza de gloria (Col. 1:27; 1 Ti. 1:1), la cual dará por resultado la redención, la transfiguración, de nuestro cuerpo en gloria (Ro. 8:23-25). Esta es la esperanza de salvación (1 Ts. 5:8), una esperanza bienaventurada (Tit. 2:13), una buena esperanza (2 Ts. 2:16), la esperanza de la vida eterna (Tit. 1:2; 3:7); también es la esperanza de la gloria de Dios (Ro. 5:2), la esperanza del evangelio (Col. 1:23), la esperanza guardada para nosotros en los cielos (Col. 1:5). Siempre debemos mantener esta esperanza (1 Jn. 3:3) y gloriarnos en ella (Ro. 5:2). Nuestro Dios es el Dios de esperanza (Ro. 15:13) y por medio del ánimo que las Escrituras nos infunden podemos tener esperanza (Ro. 15:4) en Dios todo el tiempo (1 P. 1:21) y regocijarnos en esta esperanza (Ro. 12:12). Este libro nos exhorta a retener hasta el fin el gloriarnos en la esperanza (3:6), a mostrar diligencia hasta el fin para plena certeza de nuestra esperanza (6:11), y a echar mano de la esperanza puesta delante de nosotros (6:18). También nos dice que el nuevo pacto nos trae una mejor esperanza por medio de la cual nos acercamos a Dios (7:19). Nuestra vida debe ser una vida de esperanza, la cual acompaña la fe y permanece con ella (1 P. 1:21; 1 Co. 13:13). Debemos seguir a Abraham, quien creyó en esperanza contra esperanza (Ro. 4:18).

2. La fe es lo que da sustantividad a lo que esperamos

  Todas las cosas que esperamos podemos darles sustantividad por medio de la fe. Si tenemos fe, todas ellas son reales para nosotros; pero sin fe, nos parecerán vanas. Necesitamos contactar a Dios para que Él infunda fe en nosotros y así podamos sustantivar todo lo que Él nos ha prometido como nuestra esperanza.

B. La fe es la convicción de lo que no se ve

  El versículo 1 también dice que la fe es “la convicción de lo que no se ve”. La palabra griega traducida “convicción” puede traducirse también como “evidencia” o “prueba”. La palabra convicción también implica acción. De manera que, la fe no es una substancia, sino la convicción, acción, evidencia y prueba de las cosas que no se ven. Todas las cosas que se esperan son cosas que no se ven (Ro. 8:24-25). Si algo puede verse, entonces no necesitamos esperarlo. Como personas de esperanza, no debemos dirigir nuestra vida hacia las cosas que se ven, sino hacia las que no se ven, dado que lo que se ve es temporal, pero lo que no se ve es eterno (2 Co. 4:18). Por lo tanto, andamos por fe, no por vista (2 Co. 5:7). Nuestra meta es el Lugar Santísimo y la Nueva Jerusalén, los cuales no podemos ver. No obstante, estamos plenamente convencidos de que estas cosas que no se ven son reales. La fe nos da la certeza respecto de las cosas que no se ven, y nos da la convicción de lo que no vemos. Por tanto, ella es la evidencia o prueba de las cosas que no se ven.

  La fe, el camino para aprehender y disfrutar las cosas de Dios, no forma parte de nuestro ser natural. Más bien, se trata de una capacidad divina que nos ha sido infundida. La fe apropiada es el elemento divino, incluso Dios mismo, que se infunde en nuestro ser como la capacidad que nos permite sustantivar las cosas que no vemos. Este elemento llega a ser la capacidad con la cual sustantivamos lo que no vemos. Cada vez que tenemos contacto con Dios o escuchamos Su palabra, esta capacidad que Dios mismo ha infundido en nuestro ser, espontáneamente empieza a hacer realidad a las cosas de Dios, las cosas que se esperan y que no se ven, y sencillamente las creemos. Como hemos visto, la fe es un sentido especial además de los cinco sentidos que recibimos en nuestro nacimiento natural. Este sentido da sustantividad a las cosas de Dios, las cuales no podemos ver. Ya que la vida cristiana es una vida de esperanza y gira en torno de las cosas que no se ven, necesitamos más de la transfusión e infusión de Dios para adquirir esta capacidad, la fe, a fin de dar sustantividad a lo que esperamos y poder tener la convicción de lo que no se ve.

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