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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Hebreos»
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Mensaje 65

SOMOS CONFORMADOS A LA IMAGEN DEL HIJO PRIMOGÉNITO POR LA OPERACIÓN DE LA LEY DE VIDA

EL HIJO PRIMOGÉNITO ES NUESTRO PROTOTIPO

  El concepto fundamental que nos comunica la Biblia es que Dios desea obtener muchos hijos que le expresen. A fin de cumplir Su deseo, Dios primero tenía que tener un modelo, un prototipo. Este prototipo es Jesucristo, el Hijo de Dios. Cuando Cristo vino por primera vez, Él vino como el Hijo unigénito de Dios, y como tal, Él llegó a ser un hombre auténtico en la carne. Aunque era un hombre verdadero y poseía la naturaleza humana, Él seguía siendo el Hijo unigénito de Dios. Mientras estuvo en la tierra, a menudo se refirió a Sí mismo como el Hijo de Dios o el Hijo del Hombre (Jn. 10:36; 5:25; 1:51; Mt. 8:20). Cuando los demonios salieron a Su encuentro, lo llamaron Hijo de Dios (Mt. 8:29), pero Él les ordenó que no dijesen esto. Era como si el Señor les dijese: “Vosotros demonios, seguidores del diablo, debéis entender que estoy aquí como el Hijo del Hombre. He venido como un hombre en la carne para destruir al diablo y también a vosotros”. Fue cuando murió en la carne que Cristo destruyó al diablo (He. 2:14). Es por eso que el diablo y todos los demonios le temían como el Hijo del Hombre. Cuando el diablo tentó al Señor en el desierto le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes” (Mt. 4:3). El Señor Jesús respondió diciendo: “Escrito está: ‘No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’” (Mt. 4:4). Era como si el Señor hubiese dicho: “Satanás, es preciso que sepas que no he venido como el Hijo de Dios, sino como el hombre que fue prometido en el libro de Génesis. He venido como un hombre para aplastar tu cabeza”.

  En el cristianismo de hoy podemos encontrar a los llamados modernistas. Los modernistas de la antigüedad eran los saduceos, quienes no creían en los ángeles, ni en los demonios ni en la resurrección (Hch. 23:8). En realidad, podríamos decir que los modernistas de hoy son seguidores de los saduceos. Los saduceos, al igual que los fariseos, pensaban que el Señor Jesús era simplemente un judío y que sus padres eran María y José. Por eso, cada vez que Jesús se encontraba con alguno de ellos, hacía énfasis en el hecho de que Él era Hijo de Dios (Jn. 5:17-18, 25). Mientras los demonios temían a Jesús como Hijo de Hombre, los modernistas, inspirados por el diablo, no lo reconocían como Hijo de Dios. Cuando los demonios reconocen que Jesús es el Hijo del Hombre, son destruidos, y cada vez que un hombre confiesa que Él es Hijo de Dios, es salvo (Jn. 20:31). ¿Quién es Jesús? Él es el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Para nosotros, Él es el Hijo de Dios, y para el enemigo, Él es el Hijo del Hombre.

  Hace poco dos jóvenes de dieciocho y veintiún años de edad, se acercaron a mí con un espíritu contencioso, diciendo: “En Juan 3:16 dice que Jesús es el Hijo unigénito de Dios, y en Hebreos 13:8 dice que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. ¿Cómo puede usted decir que el Unigénito llegó a ser el Primogénito? Eso daría a entender que Jesús ha cambiado. Sin embargo, la Biblia dice que Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos”. Antes de Su encarnación, Cristo era solamente el Hijo unigénito de Dios, pero no era un hombre. ¿No implicaba Su encarnación un gran cambio? Juan 1:14 dice: “El Verbo se hizo carne”, lo cual indudablemente implica un cambio. Si Cristo nunca hubiera experimentado tal cambio, nuestra condición seguiría siendo muy deplorable. Si Él nunca hubiera llegado a ser hombre sino que hubiera permanecido para siempre en Su condición de Hijo de Dios, poseyendo sólo divinidad, ¿cómo podríamos nosotros haber sido salvos? Sin lugar a dudas Cristo experimentó un cambio. Él dejó de ser solamente el Hijo de Dios y vino a ser un hombre. Consideremos la encarnación del Señor. Antes de Su encarnación, Él era Hijo de Dios, y no poseía la naturaleza humana. Él era única y exclusivamente el Hijo divino de Dios, y sólo contaba con divinidad. Él no tenía carne ni sangre. Pero mediante Su encarnación, Él experimentó un cambio radical. En este cambio, Él no se despojó de Su divinidad, sino que, aún conservando Su divinidad, Él se vistió de humanidad. Por lo tanto, en Su encarnación, Él vino a ser una persona divina y humana. A muchos cristianos hoy sólo se les ha enseñado que Jesús es el Hijo unigénito de Dios, pero nunca han escuchado que este Hijo unigénito de Dios llegó a ser el Hijo primogénito.

  Juan 1:14 dice que el Verbo se hizo carne, y 1 Corintios 15:45 dice que el postrer Adán fue hecho Espíritu vivificante. En 1 Corintios 15:45 encontramos otro gran cambio implícito en las palabras “fue hecho”. Originalmente, Cristo era el Hijo de Dios. En Su encarnación Él llegó a ser carne, y luego, como un hombre en la carne, Él fue hecho Espíritu vivificante. Nosotros creemos en Juan 1:14 que dice que el Verbo se hizo carne, y también creemos en 1 Corintios 15:45 que dice que el postrer Adán fue hecho Espíritu Vivificante. Por decir que Jesús llegó a ser el Espíritu he sido tratado de hereje. Según sus enseñanzas viejas y tradicionales con respecto a la Trinidad, los opositores dicen que el Padre es el Padre, que el Hijo es el Hijo, y que el Espíritu es el Espíritu. Pero ahora ellos se sienten turbados porque en 1 Corintios 15:45 dice que Cristo fue hecho el Espíritu vivificante. ¿Cuántos Espíritus hay? Ciertamente uno solo. ¿Es Cristo el Hijo o el Espíritu? Él es tanto el Hijo como el Espíritu, y también un hombre. Eso no quiere decir que cuando Cristo se hizo hombre hubiera dejado de ser el Hijo de Dios, ni tampoco que cuando Él llegó a ser el Espíritu hubiera dejado de ser un hombre y el Hijo de Dios. Él es todo-inclusivo.

  Supongamos que usted tiene un vaso de agua pura. Cuando usted le añade té, eso no significa que el agua haya desaparecido. Aún más, cuando usted añade leche sigue teniendo agua y té. El agua, el té y la leche es una bebida “todo-inclusiva”. Si bebemos el agua, beberemos también el té y la leche. La base de esta bebida es agua, que ha sido “enriquecida” con los elementos del té y la leche. ¿Quién es Jesús hoy en día? Él es el Espíritu vivificante que posee tanto divinidad como humanidad. Nuestro salvador hoy no es igual a como era antes de la encarnación, ni como lo fue cuando estuvo en la tierra. Antes de Su encarnación, Él era solamente divino, y no tenía el elemento humano. Sin embargo, cuando nació de María en el pesebre en Belén, se mezcló con la humanidad y se vistió de la naturaleza humana. Mientras estuvo en la tierra, Él era tanto divino como humano. Como el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre, Él era tanto Dios como hombre. Luego, por medio de Su resurrección, Él vino a ser el Espíritu vivificante. Esto no significa en absoluto que Él hubiera dejado de ser el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre; más bien quiere decir que, como Hijo de Dios, Él ha introducido al Hijo del Hombre en el Espíritu.

  En mi juventud sólo me enseñaron que el hombre Jesucristo era el Hijo de Dios, pero nunca se me dijo que por medio de la resurrección este maravilloso Dios-hombre llegó a ser el Espíritu vivificante. Sólo me dijeron que Él había muerto en la cruz por nuestros pecados, resucitado de los muertos y ascendido al cielo, donde ahora está sentado como el Salvador viviente y poderoso, quien es capaz de salvarnos por completo (He. 7:25). Sin embargo, como era un joven que todo lo cuestionaba, me preguntaba cómo Jesús podía salvarme por completo. Me decía a mí mismo: “¿Cómo puede hacer esto? Si Él está sentado en el cielo muy lejos de mí, y yo me encuentro aquí en la tierra muy lejos de Él, ¿cómo puede Él salvarme por completo?”. Traté de encontrar una respuesta pero fue inútil. Sin lugar a dudas, Jesús se encuentra ahora sentado en el trono en el cielo, entonces, ¿cómo puede Él salvarnos por completo? Él puede hacerlo porque no sólo está en el cielo, sino también está en nuestro espíritu. Esta persona maravillosa está en cielo y a la vez en nuestro espíritu. He usado muchas veces el ejemplo de la electricidad. La electricidad que aplicamos en nuestras casas también se encuentra en la central de energía eléctrica. La misma electricidad está en ambos lugares al mismo tiempo.

  Cristo es el Espíritu vivificante. En este Espíritu vivificante se halla la divinidad poderosa e indestructible, y también la humanidad apropiada y elevada. Nadie tiene una humanidad tan justa y apropiada como la de Jesús. Esta divinidad maravillosa y esta humanidad elevada, se encuentran ahora en el Espíritu, así como el té y la leche se encuentran en el agua. Cuando bebemos el agua, bebemos también el té y la leche, y cuando invocamos el nombre del Señor Jesús, quien es ahora el Espíritu vivificante, recibimos Su divinidad y Su humanidad.

  Dios primero desea obtener un modelo o prototipo. Este prototipo es Dios el Hijo, quien vino a ser un hombre. Este hombre, quien es la corporificación de Dios, vivió en la tierra por treinta y tres años y medio, y experimentó todos los sufrimientos de la vida humana. Luego fue a la cruz y allí murió. Por medio de Su muerte, la vieja creación fue eliminada, el problema del pecado fue resuelto y todos los enemigos y adversarios de Dios fueron destruidos. Su muerte en la cruz fue una muerte todo-inclusiva que realizó todo lo relacionado con la economía de Dios. Pero aquí no acabó todo, ya que después, Él resucitó con Su divinidad y Su humanidad. Su divinidad se exhibió y manifestó plenamente en Su resurrección, y Su humanidad fue transformada de lo físico a lo espiritual. No existen palabras para explicar esto, pues es muy misterioso. Después de Su resurrección, Él llegó a ser esta Persona tan maravillosa. No puedo explicar adecuadamente todos los aspectos de esta maravillosa Persona. En esta maravillosa Persona, que hoy es nuestro Salvador, se encuentra la divinidad poderosa, eterna e ilimitada; la humanidad transformada y elevada; el vivir humano apropiado; la muerte todo-inclusiva que resolvió el problema del pecado, venció al enemigo y acabó con la vieja creación; y la resurrección. ¡Cuánto tenemos en Él! Él ahora expresa a Dios por medio de la humanidad apropiada. El pecado está bajo Sus pies, Satanás ha sido derrotado y la vieja creación ha sido eliminada. Éste es el prototipo o modelo de la expresión de Dios.

ES IMPOSIBLE IMITAR A CRISTO

  ¿Puede usted imitar a esta Persona? Ni siquiera podemos hacer una imitación de té. No trate de producir una imitación de té; más bien, beba el té verdadero. Toda imitación no es más que una falsedad. En el cristianismo se le enseña a la gente a imitar a Cristo, pero esto es imposible. Todos sabemos lo que son las flores artificiales. Son flores de plástico hechas con el color, la forma y el aspecto de las flores auténticas. Cuando aparecieron en el mercado por primera vez me gustaron mucho, pero después de cierto tiempo dejaron de gustarme debido a que no tienen vida. El hombre podrá imitar, pero no crear. Alabamos al Señor porque a pesar de que nos es imposible imitar a Cristo, Él ha encontrado la manera de reproducirse en nosotros.

LA PROPAGACIÓN DEL PROTOTIPO EN TODO NUESTRO SER

  En una fábrica, primero se elabora un prototipo. Luego se lleva a cabo la producción masiva conforme a dicho prototipo. En un buen sentido, nuestro Cristo maravilloso es un prototipo. La manera en que Dios opera consiste en depositar este prototipo en nosotros. Este modelo viviente es una Persona viva que posee divinidad, humanidad, vivir humano, crucifixión y resurrección. Tal modelo, que contiene todos estos elementos maravillosos, ha entrado en nuestro ser. La manera humana y religiosa consiste en corregir al hombre o tratar de enmendarlo. Pero la manera que Dios opera consiste en depositar a Cristo en nosotros. ¿Quién es Cristo? Es el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre y el Espíritu vivificante. Dios ha depositado esta Persona maravillosa en lo más profundo de nuestro ser. Si estamos de acuerdo y cooperamos con este Cristo maravilloso, y abrimos nuestro ser a Él, Él se extenderá desde nuestro espíritu a nuestra alma. Esto no es una imitación, sino la propagación del prototipo dentro de nuestro ser. Esto es a lo que la Biblia llama filiación. Cristo ha entrado a nosotros como el Hijo para ser la vida del Hijo en nosotros. Según Romanos 8:15, tenemos el espíritu de filiación. Hemos recibido la filiación que nos constituye en hijos verdaderos. La filiación no es otra cosa que nuestro modelo maravilloso, el Hijo primogénito de Dios. Así pues, en nosotros está la vida del Hijo, el Espíritu del Hijo y la filiación.

  Retomemos el ejemplo de la bolsita de té que ponemos en el vaso de agua. Cuanto más agitamos el agua, más se satura de té. El té se difunde en el agua y se mezcla con ella hasta convertirse en agua de té. Nadie puede imitar al Señor Jesús. Si pudiéramos imitarlo, entonces seríamos como un mono que imita a un muchacho. Cristo es una Persona maravillosa. ¿Cómo podríamos imitarlo? Por tanto, no se trata de que imitemos a Jesús, sino de que seamos saturados de la filiación, así como el té satura el agua. El Hijo, quien es la filiación misma, ha entrado en nosotros. Por ser la filiación, Él es la vida, el Espíritu, y la posición y el derecho que le corresponde al Hijo. Esta filiación requiere de nuestra cooperación, a fin de que Él pueda propagarse en todo nuestro ser.

EL HIJO UNIGÉNITO LLEGA A SER EL PRIMOGÉNITO

  Tanto en Hebreos como en Romanos se aborda el tema de la filiación. En Hebreos se nos dice que Cristo, después de Su primera venida, llegó a ser el Hijo primogénito mediante la resurrección (1:5-6). Antes de Su encarnación Él era el Hijo unigénito de Dios, pero mediante la resurrección, Él nació como el Hijo primogénito de Dios. Cuando leí las Escrituras años atrás, no lograba entender Salmos 2:7, que dice: “Mi hijo eres Tú; Yo te engendré hoy”. Este versículo se cita en Hechos 13:33, y también en Hebreos 1:5. Así que me preguntaba: “¿No era Cristo ya el Hijo de Dios? Puesto que Él ya era el Hijo de Dios, entonces ¿por qué necesitaba nacer de Dios a fin de ser el Hijo de Dios?”. Más tarde comprendí que antes de Su encarnación, Cristo era el Hijo de Dios pero no tenía la naturaleza humana. Cuando Él se encarnó, se vistió de humanidad. Con respecto a Su elemento divino, Él era Hijo de Dios, pero con relación a Su elemento humano, aún no lo era. Por consiguiente, le era necesario resucitar para que Su elemento humano pudiera nacer de Dios. Por medio de este nacimiento, el Hijo unigénito de Dios llegó a ser el Hijo primogénito de Dios. En otras palabras, el Hijo unigénito aún no tenía la humanidad que había sido engendrada por Dios. Fue en el momento en que llegó a ser el Hijo primogénito de Dios que Su humanidad nació de Dios. De este modo, Él llegó a ser el Hijo primogénito de Dios, y el Hijo primogénito se convirtió en el prototipo o modelo. Esto es lo que significa que Cristo sea el Primogénito entre muchos hermanos (Ro. 8:29). El Hijo primogénito es el prototipo, y los muchos hermanos son la producción en serie del prototipo. Nuestro modelo hoy es una Persona viva, el Señor Jesucristo, quien es la totalidad de la filiación divina. Cuando esta Persona viva entra a nosotros, recibimos la filiación y llegamos a ser hijos de Dios. Ahora somos hijos de Dios, y el Señor Jesús, quien es nuestro modelo, está operando y actuando en nosotros.

NECESITAMOS SER SATURADOS INTERIORMENTE

  Aunque ahora somos hijos de Dios en virtud de la filiación que tenemos en nosotros, aún no nos parecemos al Hijo de Dios. Supongamos que pusiera una bolsita de té en cinco galones de agua. Aunque ponga el té en el centro de la jarra, el agua aún no adquirirá el color del té. El té tiene que difundirse en el agua hasta saturarla. Gradualmente, toda el agua será “teificada” y se convertirá en té. De igual forma, nosotros nacimos de Dios cuando recibimos a Cristo en nuestro espíritu. Pero después de entrar en nosotros, aún no ha tenido muchas oportunidades de difundirse mucho en nuestro ser. Esto no tiene nada que ver con cambiar nuestro comportamiento, sino con el hecho de ser saturados interiormente.

  Hebreos nos dice que el Hijo unigénito llegó a ser el Hijo primogénito. El Hijo primogénito regeneró a muchos hijos, y ahora es el modelo por excelencia perfecto, completo y glorificado. Si bien, Él es perfecto y completo, nosotros, los muchos hijos que poseen la filiación, aún no hemos sido perfeccionados, completados y glorificados en esta filiación. Hoy en día estamos en el proceso de ser perfeccionados, completados, transformados y glorificados.

LA FILIACIÓN Y LA CONFORMACIÓN

  El libro de Romanos, y en especial el capítulo 8, nos habla de este asunto. Muchos líderes cristianos han escrito un gran número de libros acerca de Romanos 8. Sin embargo, dan mayor énfasis al Espíritu y hablan muy poco acerca de la ley de vida y del hecho de ser conformados a la imagen del Hijo primogénito de Dios. Difícilmente uno puede encontrar un libro cristiano que trate sobre el tema de la conformación. Sin embargo, la conformación es indispensable para que se complete la filiación, es decir, para que se completen los muchos hermanos del Primogénito. Aunque somos hermanos del Hijo primogénito de Dios, aún no nos parecemos mucho a Él. No obstante, estamos en proceso de ser conformados a Su imagen. El grado en que esta filiación se lleve a cabo en nosotros depende de cuán dispuestos estemos a ser conformados a la imagen de Cristo. Esto no depende de obras externas que hagamos, sino más bien de si estamos dispuestos o no a ser conformados a la imagen del Primogénito.

LA FILIACIÓN Y EL TESTIMONIO DEL ESPÍRITU

  Si queremos saber cómo somos conformados a la imagen de Cristo, debemos leer muchas veces Romanos 8. Este capítulo es un verdadero baúl lleno de tesoros en medio de una gran tienda de tesoros. Allí podemos encontrar toda clase de riquezas. En dicho capítulo encontramos la ley de vida, la filiación y la conformación. Los versículos 14-16 nos hablan claramente sobre la filiación. El versículo 14 dice: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”, y el versículo 15 dice que hemos recibido “espíritu filial”. Sabemos que hemos recibido el espíritu de filiación porque “el Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (v. 16). En lo más profundo de nuestro ser tenemos una confirmación clara de que somos hijos de Dios. Muchos de nosotros podemos declarar con toda confianza: “Yo sé que todavía no me parezco a Cristo, pero tengo la plena certeza de ser un hijo de Dios. No me importa cuánto ustedes me critiquen o menosprecien, pues yo sé que he nacido de Dios”.

  Este testimonio lo percibimos en nuestro espíritu, no en nuestra mente. Si usted se vuelve a su mente, empezará a dudar y a preguntarse: “No creo que haya nacido de nuevo. Si en verdad fui regenerado, ¿por qué sigo siendo el mismo que antes? Pienso que debería orar: ‘Oh Señor, ten misericordia de mí. Si aún no he nacido de nuevo, te pido que me hagas nacer de nuevo ahora mismo”. Esto fue exactamente lo que hice en el pasado. No obstante, mientras que las dudas invaden nuestra mente, hay algo que nos da testimonio en lo profundo de nuestro espíritu de que hemos nacido de Dios. Esto no es una enseñanza, sino nuestra propia experiencia. Todo aquel que invoca el nombre del Señor Jesús es regenerado, y el espíritu de filiación, que es Cristo mismo, le da testimonio en su espíritu de que él es un hijo de Dios. No importa cuán malos seamos ni cuántas derrotas experimentemos en nuestra vida cristiana, algo en nuestro interior nos da testimonio en nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Éste es un hecho indiscutible. No es un asunto insignificante el haber nacido de nuevo.

LA MANERA DE SER CONFORMADOS A LA IMAGEN DEL PRIMOGÉNITO

  Sin embargo, no debemos contentarnos con el mero hecho de haber nacido de nuevo. Romanos 8 menciona el Espíritu de vida en el versículo 2, la filiación en los versículos 14-16, y la conformación en el versículo 29. Ahora nos encontramos en el proceso de ser conformados a la imagen del Hijo primogénito de Dios. Pero ¿cómo podemos ser conformados a Su imagen? La respuesta a esta pregunta se encuentra en Romanos 8:6: al poner la mente en el espíritu. La mente puesta en el espíritu es vida. En todo lo que hagamos y digamos, debemos asegurarnos de que nuestra mente esté en nuestro espíritu. Cuando nuestra mente no está puesta en el espíritu, somos como un aparato electrodoméstico que ha sido desconectado. Si nos damos cuenta de que nuestra mente no está puesta en nuestro espíritu, debemos detenernos inmediatamente e invocar el nombre del Señor Jesús. Muchos de nosotros podemos testificar que después de haber invocado el nombre del Señor Jesús, tuvimos la profunda sensación de que nuestra mente se había vuelto al espíritu. Aunque se trata de un asunto muy sencillo, es a la vez muy crucial.

  Quisiera pedirles a las hermanas que piensen cuál ha sido su experiencia al salir de compras. Muchas veces, cuando ustedes van de compras a los grandes centros comerciales se dan cuenta de que su mente no está puesta en el espíritu, y aun así hacen sus compras. Si examinan su experiencia, se darán cuenta que su mente estaba muy lejos de su espíritu. Si al salir de compras usted percibe que su mente está en su espíritu, entonces prosiga; de lo contrario, debe detenerse. Esto es exactamente lo que significa andar y conducirnos conforme al espíritu.

ANDAR CONFORME AL SENTIR INTERIOR DE VIDA

  Hoy en día el Espíritu no se encuentra lejos de nosotros en los cielos, sino que está en nuestro ser. Romanos 8:6 nos da a entender que nosotros podemos percibir al Espíritu en nuestro espíritu. ¿Cómo sabemos que poner nuestra mente en la carne es muerte? Lo sabemos por el sentir interior. En lo profundo sentimos que nos hemos separado de Él y que estamos muertos. Esto es lo que percibimos cada vez que ponemos nuestra mente en la carne. No necesitamos que nadie nos lo diga; nosotros mismos lo sabemos. Un hermano puede decirle a su esposa: “Mientras discuto contigo, estoy en mi espíritu. ¿No te das cuenta de esto?”. Mientras pronuncia estas palabras, él sabe en lo más profundo de su ser que su mente no está puesta en el espíritu. Esto es muy claro para mí porque lo he experimentado muchas veces. Aunque digamos que tenemos la razón, en nuestro espíritu sabemos que estamos equivocados, porque el sentir de vida no respalda ni justifica lo que hacemos. Así, por este sentir interior, sabemos que nos hemos separado de Él. Ésta es una luz roja de alerta para nosotros. Siempre que se encienda esta luz roja debemos detenernos; y cuando tengamos el sentir interior que la luz está en verde, entonces podremos proseguir. Esto es lo que significa seguir al Espíritu que mora en nosotros, y lo que significa vivir, andar y conducirnos conforme al sentir interior de vida.

  Somos conformados a la imagen de Cristo únicamente cuando mantenemos nuestra mente puesta en el espíritu. La mente de una persona caída es representativa de todo su ser, ya que él se conduce y actúa según su mente. Esto mismo se aplica a los creyentes que no andan conforme a su espíritu. Por consiguiente, cuando nuestra mente está puesta en el espíritu, significa que todo nuestro ser está en el espíritu. En nuestra vida diaria, en todo lo que somos y hacemos, debemos asegurarnos que nuestra mente esté puesta en nuestro espíritu. Poner la mente, todo nuestro ser, en el espíritu, es vida. Esto es conforme al trabajo que efectúa la ley de vida.

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