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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Marcos»
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Mensaje 22

LAS ACTIVIDADES QUE EL SALVADOR-ESCLAVO REALIZO EN SU SERVICIO EVANGELICO

(6)

  Lectura bíblica: Mr. 7:24-30

  El Evangelio de Marcos sigue una secuencia progresiva, ya que es un relato cronológico de la vida que llevó el Señor en la tierra. Sin duda, todo lo que El experimentó ocurrió de manera providencial, pues Dios dispuso las circunstancias que hicieron posible que El pasara por determinadas experiencias durante Su vida.

  Hasta ahora hemos visto el contenido del servicio evangélico del Salvador-Esclavo, las diversas maneras de llevar a cabo dicho servicio y los hechos suplementarios del mismo. También vimos que en el capítulo cuatro el Señor Jesús habló claramente del elemento intrínseco del reino de Dios. Posteriormente, ejerció Su autoridad, la autoridad del reino, para tocar la situación exterior del hombre. Al respecto, Marcos presenta un cuadro de la condición de la sociedad, y otro que muestra la actitud de la gente del mundo para con el evangelio del Señor. Luego, en el capítulo siete se da un viraje: de la situación exterior del hombre, a la condición interior de su corazón.

LA MUJER SIROFENICIA Y EL PAN DE LOS HIJOS

  En este mensaje estudiaremos el caso de la mujer sirofenicia (7:24-30). Marcos 7:24 dice que el Señor “fue a la región de Tiro”. Allí una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, vino y se postró a Sus pies (v. 25). “La mujer era griega, y sirofenicia de nación”. Era siria por lengua y fenicia de origen (véase Hch. 21:2-3), y por ser los fenicios descendientes de los cananeos, ella era cananea (Mt. 15:22). Es difícil determinar cómo llegó a ser griega, si por religión, matrimonio o algún otro factor. En el Nuevo Testamento la palabra griego se usa para referirse al mundo gentil. Esta mujer era una gentil típica, y podemos decir que lo era por varias razones: era griega, sirofenicia y cananea. No obstante, vino a pedirle al Señor que hiciera algo por ella. Quería que expulsara de su hija a un demonio (v. 26).

  Puesto que esta mujer sirofenicia era gentil, el Señor Jesús le dijo: “Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos” (v. 27). El Señor parecía decirle: “Por ser gentil, tú eres un perrillo, y no puedo darte el pan de los hijos. No reúnes los requisitos para ser uno de los hijos, y puesto que debo saciar a los hijos primero, no puedo tomar el pan de ellos y dártelo a ti”.

  En el capítulo seis del Evangelio de Juan, el Señor claramente dice a los judíos que El es el pan de vida (Jn. 6:35). Les dice que El es el pan de Dios, “Aquel que desciende del cielo y da vida al mundo” (Jn. 6:33). El descendió del cielo para ser el pan de vida y satisfacer el hambre del mundo. Aunque dijo esto claramente en Juan 6, estas palabras no se encuentran en los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). No obstante, en Marcos 7:27 el Señor Jesús usó la palabra pan. Dijo que el pan debe darse a los hijos primero.

  Lo que el Señor dice en cuanto al pan de los hijos en el versículo 27 indica que El no vino simplemente a hacer milagros, sino a alimentar a los hijos hambrientos. Sus palabras muestran que lo que hacía en los capítulos anteriores era realmente alimentar a las personas.

ALIMENTAR E IMPARTIR

  Alimentar es una especie de impartición. Al estudiar la palabra griega que se traduce mayordomía (oikonomía), descubrí que su raíz significa distribuir alimento. José, quien estaba en Egipto, es un ejemplo de uno que hacía esto. El era un buen mayordomo, y su mayordomía era una oikonomía, una distribución del suministro alimenticio.

  Podemos decir que el verdadero José es el Señor Jesús, el Salvador-Esclavo. En el capítulo siete del Evangelio de Marcos lo vemos distribuyéndose como pan, como alimento nutritivo. El se imparte como provisión de vida para saciar a los hambrientos.

  Cuando la mujer sirofenicia, una gentil típica, vino al Señor y le pidió que echase fuera de su hija al demonio, El se reveló a ella. Le dio a conocer que El era el pan que alimenta a los hijos hambrientos, que El se distribuye a las personas como suministro de vida.

  Muchos de los que se beneficiaron del ministerio del Señor no se daban cuenta de que al mismo tiempo que El les ministraba, los alimentaba. De igual manera, hoy muchos cristianos no se dan cuenta de que el Señor desea distribuirse en ellos como pan. Algunos creyentes valoran las sanidades y los milagros. Pero ¿habían oído alguna vez que las sanidades y los milagros auténticos tienen como fin que el Señor alimente a las personas hambrientas? Esto fue lo que el Señor Jesús reveló a la mujer sirofenicia.

  Al conversar con esta mujer, el Señor le mostró que el objetivo de lo que El hacía no era sólo realizar milagros, sino alimentar a las personas. En realidad, El no obraba milagros; se impartía en ellas como pan, como provisión alimenticia.

  En las secciones anteriores de este evangelio, se hallan el contenido del servicio evangélico, las diversas maneras de llevarlo a cabo, las acciones complementarias de dicho servicio, lo dicho acerca del elemento intrínseco del reino, un cuadro de la sociedad, un cuadro de la actitud de las personas del mundo para con el evangelio, y la revelación de la condición del corazón del hombre. Después de ver esto, debemos notar que en 7:24-30 el Señor se distribuye a Sí mismo como la provisión alimenticia que todos necesitamos. Nosotros realmente no necesitamos un milagro, ni siquiera sanidad. El pan, el suministro de vida, constituye nuestra verdadera necesidad. Y el Señor Jesús la llena al impartírsenos como alimento.

UN PASO ADICIONAL EN EL SERVICIO EVANGELICO DEL SALVADOR-ESCLAVO

  En 7:24-30 el Salvador-Esclavo da un paso adicional en el cumplimiento de Su servicio evangélico. Ya vimos que en 7:1-23 el Señor usa los Diez Mandamientos para revelar la condición del corazón del hombre, lo cual también constituye un paso adicional en Su servicio evangélico. Después de dar ese paso, indica que Su servicio evangélico no consiste meramente en realizar milagros. El significado intrínseco de Su servicio no era ese, sino distribuirse como alimento.

  El Señor Jesús parecía decir a la mujer sirofenicia: “Tú piensas que me necesitas para que sane a tu hija. En verdad, lo que necesitas es que Yo sea tu pan. Además, tengo que decirte cuál es tu posición. Tu posición es la de un perrillo gentil. Como tal, no tienes derecho a disfrutar de la porción de los hijos. Yo soy la porción de los hijos, los israelitas, el pueblo escogido, y vine del Padre para alimentarlos”.

  ¿Había notado que el Evangelio de Marcos revela que el Señor Jesús es nuestro pan? Al progresar el relato, avanzando paso a paso y ascendiendo nivel tras nivel, finalmente nos trae a este asunto crucial: Jesús es nuestro pan.

  Si el Señor no hubiese dicho que El era el pan de los hijos, no nos daríamos cuenta de que en Su servicio evangélico El se distribuía a Sí mismo como pan. No es muy difícil entender que el Señor es el Médico, el Novio y el Emancipador; es fácil conocerle en estos aspectos. Pero ¿a quién se le hubiera ocurrido pensar que el Señor es el pan? Como Dios-Hombre, El es el Médico, el Novio y el Emancipador. Pero ahora vemos por lo que le respondió a la mujer sirofenicia, que El es el pan de los hijos. ¡Qué maravilloso!

ASUMIR LA POSICION CORRECTA

  Examinemos el versículo 27 nuevamente: “Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos”. En griego perrillos se refiere a perros domesticados.

  En el versículo 28 encontramos la respuesta de la mujer sirofenicia: “Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos”. Al responder así, ella parecía decir: “Sí, Señor, has dicho bien. No niego que sea un perrillo. Pero aun los perrillos que están debajo de la mesa tienen derecho a comer de las migajas de los hijos”.

  Su respuesta indica que ella tomó la palabra del Señor como base para pedirle algo. ¿Cuál era esta base? Su base consistía en que ella era un perrillo que estaba debajo de la mesa. Según la palabra griega, ella no era un perro montés, sino un perro doméstico. Esto indica que como gentil, ella era uno de los animales domésticos de Dios. Podemos decir que hoy los gentiles son los animales domésticos de Dios.

  La mujer sirofenicia, al tomar la base apropiada, parecía decir: “Señor, acepto que soy un perrillo, pero no soy un perro montés, un perro callejero. Soy una mascota, un perro doméstico que permanece debajo de la mesa mientras el Amo alimenta a los hijos. Puesto que soy tu perro, te complaces en mí. Sí, Tú amas a Tus hijos, pero también te complaces en mí. Mientras tus hijos comen en la mesa, tu perro se da vueltas debajo de ella. Señor, ¿acaso no soy Tu perro? ¿Acaso no te complaces en mí? Yo no tengo derecho a sentarme a la mesa, pero sí puedo estar debajo de ella”.

EL PAN QUE ESTA SOBRE LA MESA Y EL QUE ESTA DEBAJO DE ELLA

  Podemos decir que la mujer sirofenicia aceptó la palabra del Señor. Inmediatamente después de que El empleó la expresión perrillos, ella se apoderó de ella y respondió: “¡Muy bien, Señor! Tú dices que yo soy un perrillo. Esto me basta. No tengo que ser un hijo que se sienta a la mesa. Por ser un perrillo que está debajo de la mesa, tengo derecho a comer las migajas que caen de ella”.

  En realidad, en 7:24-30 el Señor Jesús no era el pan que estaba sobre la mesa, sino el que estaba debajo de ella. Debemos recordar que este acontecimiento ocurrió en la región de Tiro, al norte de la tierra santa, una región que puede ser llamada “la región que está debajo de la mesa”. La tierra santa era la “mesa”. Pero los judíos, como “niños malcriados”, tiraron el pan de la mesa, y éste cayo debajo de ella. El Señor, como migajas que estaban debajo de la mesa, podía ser la porción de los perrillos gentiles.

  En 7:29 el Señor Jesús dijo a la mujer sirofenicia: “Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija”. Cuando ella volvió a su casa, “halló a la niña acostada en la cama, y que el demonio había salido” (v. 30). Pero lo importante no es que se expulsa al demonio de la hija de la mujer sirofenicia, sino que el Señor, en Su servicio evangélico, se distribuye a Sí mismo en las personas como pan, como suministro.

NECESITAMOS AL SEÑOR COMO NUESTRO SUMINISTRO DE VIDA

  En el movimiento pentecostal o carismático, la carencia más grande que tienen es que no se dan cuenta de que necesitan al Señor Jesús como pan, como suministro de vida. Los que están en esos grupos valoran las sanidades y los milagros, pero no aprecian al Señor como pan, como el suministro de vida. Aun si recibiéramos alguna sanidad de parte del Señor, lo necesitamos como nuestro suministro de vida. Experimentar un milagro sin recibir al Señor como nuestro suministro vital es vano. Entre los que hacen hincapié en lo milagroso, es posible que haya sanidades o milagros auténticos, pero en la experiencia saben muy poco lo que es alimentarse interiormente del Señor como nuestra provisión de vida. Necesitamos comprender que aun cuando le experimentamos como sanador, el Señor Jesús también es nuestro pan.

  En el capítulo siete del Evangelio de Marcos, el Señor se reveló a la mujer sirofenicia para darle a saber que El era su alimento. Ella lo necesitaba no sólo como Aquel que sanaría a su hija, sino aun más para que fuera su alimento, su pan.

  La revelación contenida en 7:24-30 es más profunda que la que se halla en 7:1-23. En el paso que el Señor dio en Su servicio evangélico según se narra en 7:1-23, sacó a luz la verdadera condición del corazón humano a fin de que supiéramos cuál es nuestra necesidad. Nuestra necesidad no es externa, sino interna. No necesitamos un lavamiento externo, sino una limpieza interna, una limpieza en nuestro corazón. Luego, en 7:24-30 el Señor da un paso adicional: nos ayuda a ver que si sólo experimentamos una limpieza interna, seguiremos vacíos. No es suficiente que nuestro corazón sea limpiado y purificado, pues un corazón limpio puede estar todavía vacío. Así que, además de la limpieza de nuestro corazón, necesitamos que el Señor sea nuestro pan. Esta revelación de Sí mismo como nuestro pan es un paso adicional que el Señor dio en Su servicio evangélico.

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