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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Marcos»
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Mensaje 32

LAS ACTIVIDADES QUE EL SALVADOR-ESCLAVO REALIZO EN SU SERVICIO EVANGELICO

(16)

  Lectura bíblica: Mr. 10:32-52

  En este mensaje estudiaremos 10:32-52. Estos versículos abarcan la última sección del Evangelio de Marcos que trata de las actividades que el Salvador-Esclavo realizó en Su servicio evangélico.

EN CAMINO A JERUSALEN

  El capítulo diez describe varios eventos que ocurrieron mientras el Señor Jesús iba en camino a Jerusalén. Como hicimos notar, en Mr. 10:1 el Señor salió de Galilea y vino a la región de Judea, lo cual hizo intencionadamente para poder morir en Jerusalén y cumplir así el plan eterno de Dios. De ahí que, estar en camino a Jerusalén equivale a estar en el camino que conduce a la muerte de Cristo. Luego, por medio de la muerte, entramos en Su resurrección. Así que, el camino que lleva a Jerusalén es el camino que lo conduce a uno a la muerte y la resurrección de Cristo.

  Después de Marcos 10, ya no se relata ningún milagro de sanidad en este evangelio. Al final de dicho capitulo, el servicio evangélico del Salvador-Esclavo concluye con la sanidad de Bartimeo, un mendigo ciego. Después de esta sanidad, el Señor y Sus seguidores entraron a Jerusalén. Su objetivo era entrar en la muerte, la resurrección y la ascensión. Los últimos seis capítulos de este evangelio, del once al dieciséis, revelan cómo Cristo y Sus seguidores entraron en una muerte que todo lo incluye, una maravillosa resurrección y una admirable ascensión.

  Como dijimos en mensajes anteriores, el Señor enseñaba a Sus seguidores mientras iban en camino a Jerusalén, cómo conducirse con relación al matrimonio, la vejez y el dinero, cada uno de los cuales está estrechamente relacionado con nuestra entrada al reino de Dios. Lo que aconteció en 10:32-52 también sucedió mientras iban en camino a Jerusalén.

  Marcos 10:32a dice: “Iban por el camino subiendo a Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos; y ellos estaban asombrados, y los que iban atrás tenían miedo”. En estas palabras vemos que el Señor Jesús se mostró determinado, osado y ansioso. Caminando delante de los discípulos, tomó la iniciativa para ir a Jerusalén con ansiedad. Los seguidores del Señor se asombraron en gran manera, quizás hasta se conmovieron, al ver la valentía del Señor. Este versículo dice que los que iban atrás tenían miedo.

  ¿Por qué fue tan valiente el Señor Jesús al subir a Jerusalén? Con respecto a esto, Lucas 9:51 dice: “Estando para cumplirse los días en que El había de ser recibido arriba, afirmó Su rostro para ir a Jerusalén”. El Señor afirmó Su rostro de manera determinada porque sabía que el tiempo de Su muerte estaba cerca. Para ese entonces, quedaba aproximadamente una semana para que se le diera muerte y no quería ser detenido, obstaculizado ni estorbado por nada al subir a Jerusalén. Si algo lo detenía, llegaría después del día de la Pascua, el día en que debía morir como el Cordero de Dios. Por esta razón el Señor fue valiente al caminar delante de todos los discípulos mientras iba camino a Jerusalén.

EL SEÑOR REVELA SU MUERTE Y SU RESURRECCION POR TERCERA VEZ

  En Marcos 10:32b-34, mientras el Señor iba rumbo a Jerusalén reveló Su muerte y Su resurrección por tercera vez: “Y tomando aparte de nuevo a los doce, les comenzó a decir las cosas que le iban a suceder: He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le escupirán, y le azotarán, y le matarán; y después de tres días resucitará”. La primera vez que el Señor reveló Su muerte a los discípulos fue en Cesarea de Filipo, antes de Su transfiguración (8:31), y la segunda vez fue en Galilea, después de Su transfiguración (9:31). Ahora debemos ver que la tercera revelación ocurrió mientras iban en camino a Jerusalén. Esta revelación fue una profecía, la cual era totalmente ajena al concepto natural de los discípulos; sin embargo, se cumpliría literalmente en todos sus detalles.

INCLUIDOS EN LA MUERTE DEL SEÑOR

  Puesto que el tiempo en que había de morir el Salvador-Esclavo se había acercado, El fue a Jerusalén por Su propia voluntad, yendo aun delante de Sus seguidores con una rapidez y una valentía que los asombró. Así obedeció a Dios hasta la muerte (Fil. 2:8), conforme al consejo de Dios (Hch. 2:23), para cumplir Su plan redentor (Is. 53:10).

  El Señor Jesús sabía que por medio de Su muerte sería glorificado en resurrección (Lc. 24:25-26) y que Su vida divina sería liberada para producir muchos hermanos que fueran Su expresión (Jn. 12:23-24; Ro. 8:29). Por el gozo puesto delante de El, menospreció el oprobio (He. 12:2) y se entregó voluntariamente a los líderes judíos, usurpados por Satanás, para que se le condenara a muerte. Por lo cual, Dios lo exaltó a los cielos, lo sentó a Su diestra (Mr. 16:19; Hch. 2:33-35), le dio el nombre que es sobre todo nombre (Fil. 2:9-10), le hizo Señor y Cristo (Hch. 2:36), y le coronó de gloria y de honra (He. 2:9).

  La muerte del Señor Jesús en Jerusalén incluyó no sólo al Señor mismo, sino también a Sus seguidores. De hecho, nosotros también fuimos incluidos en Su muerte. Cuando el Señor entró en Su muerte, llevó a todos Sus seguidores con El. Es importante que tengamos está perspectiva mientras examinamos lo que falta del capítulo diez y los últimos seis capítulos de este evangelio.

  Cuando el Señor Jesús murió en la cruz, todos Sus creyentes murieron con El. En el relato de Marcos podemos ver que particularmente a Pedro, Juan y Jacobo se les dio muerte junto con el Señor Jesús. El intencionadamente los introdujo a ellos y a los otros discípulos en Su muerte, y como resultado, pudieron participar de Su resurrección e incluso ser testigos de Su ascensión.

  En el día de Pentecostés, diez días después de la ascensión del Señor, el Espíritu, quien es en realidad el propio Señor, fue derramado sobre todos los que entraron en la muerte de Cristo, participaron de Su resurrección y vieron Su ascensión. Cuando Cristo como Espíritu vivificante se derramó sobre ellos, pudieron comprender en su experiencia que verdaderamente estaban en la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo. Además, ellos podían aplicar en su vivir la crucifixión, la resurrección y la ascensión del Señor. En el día de Pentecostés, Pedro y los ciento veinte eran personas que estaban en la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo. Eran uno con El; de hecho, eran Su corporificación. En aquel día ellos comenzaron a vivir a Cristo. Todos debemos ver este cuadro maravilloso.

  El hecho de que en el día de Pentecostés los ciento veinte dieran testimonio del Cristo crucificado, resucitado y ascendido no fue una casualidad. Ellos lo habían seguido y habían pasado con El por la muerte y entrado en resurrección. También habían visto Su ascensión. En el día de Pentecostés, ellos estaban en la realidad de la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo.

LA CEGUERA DE LOS SEGUIDORES DEL SEÑOR

  Mientras el Señor y Sus discípulos iban en camino a Jerusalén, El quería que ellos asimilaran el hecho de que El sufriría una muerte que le pondría fin a todo y que experimentaría una maravillosa resurrección. Así que, por tercera vez les habló de esto. No obstante, los discípulos no pudieron comprenderlo, pese a que ésta era la tercera vez que el Señor les hablaba de Su muerte y Su resurrección.

  Los acontecimientos narrados en 10:35-45 comprueban que los discípulos no miraban la visión acerca de la muerte y la resurrección del Salvador-Esclavo. Inmediatamente después de que el Señor revelara Su muerte y Su resurrección por tercera vez, Jacobo y Juan vinieron a El y le dijeron: “Maestro, queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos” (v. 35). El Señor les respondió: “¿Qué queréis que haga por vosotros? Ellos le dijeron: Concédenos que en Tu gloria nos sentemos el uno a Tu derecha, y el otro a Tu izquierda” (vs. 36-37). Esta petición puso de manifiesto que Juan y Jacobo, como hijos del trueno, seguían siendo naturales. Ciertamente no habían sido reemplazados por Cristo; tampoco habían sido crucificados ni introducidos en Su resurrección.

  Según el Evangelio de Mateo, fue la madre de los hijos de Zebedeo la que hizo esta petición (Mt. 20:20-21). Ella era hermana de María, la madre del Señor, y por consiguiente, tía del Señor. Con esto vemos que Jacobo y Juan eran primos del Señor, y es posible que esto los haya llevado a pensar que puesto que tenían una estrecha relación natural con El, tenían derecho a pedirle que en Su gloria, el uno se sentara a Su derecha y el otro a Su izquierda.

  El Señor había dicho a Sus discípulos que estaba a punto de morir. Pero ellos tenían ambición por sentarse uno a Su derecha y el otro a Su izquierda. La petición de ellos fue completamente natural.

LA COPA DEL SEÑOR Y SU BAUTISMO

  En Marcos 10:38 el Señor dijo a Jacobo y a Juan: “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que Yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que Yo soy bautizado”. La copa y el bautismo se refieren a la muerte del Salvador-Esclavo (Jn. 18:11; Lc. 12:50). La copa indica que Su muerte era la porción que Dios le dio y que El tomó para redimir a los pecadores para Dios. El bautismo denota que Su muerte fue ordenada por Dios como el camino que tuvo que pasar para efectuar la obra redentora de Dios por los pecadores.

  La respuesta del Señor muestra que si queremos sentarnos a la derecha y a la izquierda del Señor en Su gloria, tenemos que estar dispuestos a beber la copa de sufrimiento. Sufrir la cruz es el camino que conduce al reino (Hch. 14:22). La petición egoísta de Juan y Jacobo brindó al Señor la oportunidad de revelar el camino que lleva al reino.

  Cuando Jacobo y Juan dijeron al Señor que estaban dispuestos a beber Su copa y a ser bautizados con Su bautismo, El les dijo: “La copa que Yo bebo, la beberéis, y con el bautismo con que Yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a Mi derecha o a Mi izquierda, no es Mío darlo, sino que es para quienes está preparado” (vs. 39-40). El Señor en Su posición de hombre, estaba totalmente sujeto al Padre; no asumió ningún derecho para obrar independientemente del Padre.

EL CAMINO QUE CONDUCE AL REINO

  Los diez discípulos se indignaron con Jacobo y Juan (v. 41). Mas Jesús, llamándolos les dijo: “Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y sus grandes ejercen sobre ellos potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (vs. 42-44). Lo que el Señor dice en este pasaje es absolutamente contrario a la mente natural que se centra en sus propios intereses. La indignación de los diez discípulos también dio al Señor la oportunidad de revelar la manera de entrar en el reino, a saber, estar dispuestos a servir a otros como esclavos, en lugar de regirlos.

EL ESCLAVO DE DIOS QUE SIRVE A LOS PECADORES

  En el versículo 45, el Señor añade: “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos”. Esta es la afirmación más explícita que afirma que el Salvador-Esclavo, como Hijo del Hombre en Su humanidad, era el Esclavo de Dios que sirve a los pecadores dando Su vida por ellos. Además, la palabra rescate indica que aun la redención efectuada por el Salvador-Esclavo era un servicio que El daba a los pecadores por causa del plan de Dios.

MENDIGOS CIEGOS

  Como veremos más detalladamente en el siguiente mensaje, la petición de Juan y Jacobo mostraba que ellos estaban más ciegos que el hijo de Timeo, un mendigo ciego (v. 46). Lo que ellos dijeron en cuanto a sentarse a la derecha y a la izquierda del Señor en Su gloria fueron palabras de personas ciegas.

  Podemos decir que Jacobo y Juan eran en efecto mendigos ciegos. En el capítulo diez los vemos mendigar una posición, el uno a la derecha del Señor y el otro a Su izquierda. Por tanto, es muy significativo que este capítulo concluya con la sanidad del ciego Bartimeo. Ellos mismos, Jacobo y Juan, necesitaban esta sanidad. Como hombres ciegos que mendigaban una posición, necesitaban que el Señor abriera sus ojos para que lo vieran a El, Su muerte y Su resurrección. Debemos aprender de Marcos 10 que si todavía ambicionamos una posición en la vida de iglesia, también nosotros somos hijos de Timeo, mendigos pobres y ciegos que necesitan que el Señor los sane.

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