En este capítulo siento la carga de tener comunión con ustedes con respecto a cómo contactar al Cristo todo-inclusivo y subjetivo.
En los capítulos anteriores vimos claramente no sólo lo que Cristo es en Sí mismo, sino también lo que Él es para nosotros. Él es el centro, la Cabeza, la vida y la esperanza. Él es una persona que experimentamos de manera muy subjetiva. Cristo es más una persona que experimentamos de modo subjetivo que una persona objetiva. Nosotros tenemos que conocerlo y experimentarlo como el Cristo subjetivo. Todas nuestras experiencias de Cristo se basan en nuestro verdadero conocimiento de Él en el aspecto subjetivo. Nuestra necesidad más urgente hoy es conocerlo de modo subjetivo. Si deseamos llevar una genuina vida de iglesia, es preciso que comprendamos que todos los asuntos relacionados con la vida dependen de que experimentemos verdaderamente al Cristo subjetivo.
Ciertamente tenemos al Cristo que es central, universal, quien es todo-inclusivo y subjetivo, pero ¿cuál es la manera apropiada de contactar a este Cristo? Esto es algo que se revela claramente en las Escrituras, y también es algo que muchos cristianos de experiencia han visto con claridad. Sin embargo, el común de los cristianos no entiende este asunto. Muchos cristianos no saben cómo contactar a Cristo de una manera viva y práctica.
Ante todo debemos saber que si queremos contactar a Cristo, al Cristo vivo, al Cristo subjetivo, tenemos que conocer lo que Él es. No digo quién Él es, sino lo que Él es. Hablar de lo que Él es, es diferente de hablar de quién es Él. Por ejemplo, aquí tenemos una mesa. Esta mesa está hecha de madera; así que, decimos que es de madera. ¿Qué es Cristo? Debemos conocer primero lo que Él es, y luego sabremos cómo contactarlo.
Leamos 1 Corintios 15:45: “Así también está escrito: ‘Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente’; el postrer Adán, Espíritu vivificante”. Este versículo habla de dos Adanes: el primer Adán y el postrer Adán. El primer Adán fue hecho alma viviente, y el postrer Adán, Cristo, fue hecho Espíritu vivificante. La palabra griega traducida “vivificante” es la forma verbal del sustantivo vida. Cristo es el Espíritu que da vida o el Espíritu vivificante. Esto es muy importante. Yo estuve en el cristianismo por muchos años bajo la influencia de algunos buenos maestros. Ellos me enseñaron que Cristo es Dios, el Señor, la Cabeza, el Amo y muchas cosas más, pero nunca me enseñaron que Cristo es el Espíritu. Me enseñaron que el Espíritu Santo es parte de la Deidad, pero jamás me enseñaron que Cristo es el Espíritu, el Espíritu vivificante.
Hay otros versículos que nos confirman el hecho de que Cristo es el Espíritu. En 2 Corintios 3:17 se nos dice: “El Señor es el Espíritu”. Según el contexto de este versículo, el Señor aquí se refiere a Cristo el Señor (2:12, 14-15, 17; 3:3-4, 14, 16; 4:5). Esto es, pues, una prueba contundente en la Biblia que nos dice categóricamente que Cristo es el Espíritu.
Luego tenemos Romanos 8:9, que dice: “Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él”. Primero dice: “El Espíritu de Dios mora en vosotros”, y luego añade: “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo”. Primero tenemos que “el Espíritu de Dios mora en vosotros”, y luego esto cambia a “el Espíritu de Cristo”. Esto demuestra que el Espíritu de Cristo es el Espíritu de Dios. No debemos considerarlos dos Espíritus diferentes. Luego, el versículo 10 dice: “Pero si Cristo está en vosotros”. En el versículo 9 tenemos “el Espíritu de Dios”; luego “el Espíritu de Cristo”; y después, en el versículo 10, “Cristo” mismo. ¿Será que éstos —el Espíritu de Dios, el Espíritu de Cristo y Cristo— son tres o son uno? Por supuesto, si leemos el contexto de este pasaje comprenderemos que estos tres son uno. El Espíritu de Dios es el Espíritu de Cristo, y el Espíritu de Cristo es Cristo mismo. Así que, estos versículos nos permiten saber con certeza que Cristo es hoy en día el Espíritu, el Espíritu vivificante. Luego tenemos que leer Juan 6:63, que dice: “El Espíritu es el que da vida”. ¿Quién es este Espíritu? La respuesta la encontramos en 1 Corintios 15:45: “Fue hecho [...] el postrer Adán, Espíritu vivificante”.
Cuando yo era joven en la vida cristiana, siempre tenía el concepto equivocado de que Cristo y el Espíritu Santo eran dos personas diferentes. Es preciso comprender que Cristo mismo es el Espíritu vivificante. Si usted tiene al Espíritu, tiene a Cristo porque el Espíritu es Cristo mismo. El Espíritu es la realidad de Cristo. Aparte del Espíritu Santo, usted no puede hallar a Cristo ni reunirse con Cristo. Aparte del Espíritu Santo, no hay Cristo. Cristo es el Espíritu. Si queremos contactar a Cristo, tenemos que saber que Él es el Espíritu.
Ahora tenemos que averiguar dónde está el Espíritu hoy. Algunos cristianos pueden pensar que saben mucho, pues conocen las Escrituras y las doctrinas en cuanto a la Trinidad, la predestinación, la justificación por la fe, la santificación por la fe, etc. Pero todo esto no es más que conocimiento objetivo; ellos carecen del conocimiento verdadero, viviente, práctico, útil y subjetivo. Muchos cristianos saben que Cristo es el pan de vida, el pan vivo, pero casi nadie es capaz de explicarles cómo tomar a Cristo como el pan de vida. Si usted sólo tiene el conocimiento de Cristo como el pan vivo, mas no sabe cómo experimentarlo, ¿de qué le sirve tal conocimiento? Tal vez sepa que Cristo es la vida, pero ¿conoce la manera apropiada, real, práctica y viviente de experimentarlo como vida? Muchas veces, lo que sabemos es simplemente algo que está en nuestro intelecto según la letra, pero desconocemos la realidad de ello en nuestro espíritu de una manera viva. Casi siempre conocemos las Escrituras sólo según las enseñanzas teológicas tradicionales, pero no tenemos la experiencia personal, viviente, individual y práctica de las Escrituras.
Ahora debemos regresar a esta pregunta: “¿Dónde está Cristo el Espíritu hoy?”. La respuesta es que Cristo, quien es el Espíritu, está en nuestro espíritu. Afirmamos esto basándonos en Romanos 8:16, que dice: “El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu”. Esto significa que el Espíritu Santo ciertamente está en nuestro espíritu. Él no puede dar testimonio con nuestro espíritu a menos que esté en nuestro espíritu. Además, en 1 Corintios 6:17 se nos dice: “El que se une al Señor, es un solo espíritu con Él”. Somos un solo espíritu con el Señor. Si no tuviéramos espíritu, jamás podríamos ser un solo espíritu con el Señor. Pero alabado sea el Señor porque tenemos un espíritu, un espíritu humano creado por Dios. Es en este espíritu que somos uno con el Señor, porque el Señor mismo es el Espíritu. Estos dos espíritus se mezclan como un solo espíritu. Ahora nos queda claro que, primeramente, Cristo es hoy el Espíritu, el Espíritu vivificante, y, en segundo lugar, este maravilloso Espíritu está ahora en nuestro espíritu. Por tanto, experimentamos a Cristo de modo subjetivo, aun al grado en que Él llega a ser uno con nosotros.
Debemos percatarnos de la realidad de que nosotros y Cristo somos uno. Esto no debe ser simplemente una doctrina, sino una realidad, un hecho, en nuestra experiencia. No podemos pelear la batalla con nada que sea objetivo. Debemos tener algo que sea real, viviente y fuerte. Éste es el Cristo vivo, el Viviente, quien es el Espíritu y que vive en nuestro espíritu. Tenemos que conocerlo como tal.
En mi juventud, después de que fui salvo, empecé a sentir un gran aprecio por la Biblia. Cada vez que estudiaba la Biblia, ejercitaba mi mente y hacía todo lo posible por captar, aprehender y entender todas las enseñanzas de las Escrituras. Pero cuanto más leía la Biblia y la estudiaba, más lejos estaba de Cristo y más vacío me sentía. Mi mente estaba llena, pero mi espíritu estaba vacío. En aquel entonces mi estudio de la Palabra no tenía nada que ver con Cristo de una manera subjetiva. Pero hoy en día, por la misericordia del Señor, puedo tener comunión con ustedes y decirles que cuando reflexiono en la Biblia tan sólo un poco, mi espíritu tiene contacto con el Viviente. No puedo separar Su Palabra de Él. Si no estamos en el espíritu sino simplemente en nuestra mente, entonces la Palabra escrita en blanco y negro se separará del Viviente, quien es Cristo. Por tanto, tenemos que saber que Cristo, el Viviente, quien es el Espíritu, está en nuestro espíritu. Ésta es una realidad y un hecho.
Cuando usted tiene contacto con la Palabra escrita, debe tener en su espíritu el sentir de que está contactando la Palabra viva. La Palabra viva es la esencia misma, la sustancia misma, de la Palabra escrita. Usted no puede separar la Palabra escrita de la Palabra viva. Sólo podemos tener contacto con la Palabra viva estando en nuestro espíritu, no en nuestra mente. Debemos aprender a conocer, a experimentar, a Cristo en nuestro espíritu de una manera verdadera y sustanciosa. Si estamos en el espíritu, en nuestro espíritu humano, en nuestro propio espíritu, percibiremos que Cristo es el Espíritu. Él nos está hablando, revelándonos algo, avivándonos e impartiéndose en nosotros. Él, como Espíritu viviente, vive en nosotros, y continuamente busca una oportunidad para impartirse a nuestro ser, para sellarnos consigo mismo, y revelarse más y más a nosotros.
Es preciso que sepamos cómo ejercitar nuestro espíritu, ya que nuestro espíritu es el interruptor. Por ejemplo, la electricidad está instalada en este salón para cumplir diferentes propósitos. Sin embargo, tenemos que saber dónde está el interruptor y cómo activarlo. Si no sabemos dónde está el interruptor ni sabemos cómo activarlo, la electricidad no nos brindará ningún beneficio aun cuando haya sido completamente instalada en este salón. Alabado sea el Señor porque el maravilloso Espíritu, quien es Cristo mismo, está instalado en nuestro espíritu, y porque hemos descubierto que nuestro espíritu es el interruptor.
Ahora debemos preguntarnos cómo podemos ejercitar nuestro espíritu para activar el interruptor espiritual. Podemos ejercitar nuestro espíritu por medio de la oración. Cuando una persona camina, ejercita sus pies. Antes de que un niño aprenda a caminar, tiene que gatear. Conozco a muchos cristianos que no saben orar ejercitando su espíritu. Ellos oran considerando algo en su mente. Saben orar ejercitando su mente, mas no su espíritu. ¿Ora usted ejercitando su mente o incluso su parte emotiva, o más bien, ora ejercitando su espíritu? Debe examinar la manera en que ora. Como regla general, debemos orar ejercitando el espíritu. Éste es el órgano apropiado que debemos usar cuando oramos. Como sabemos, tenemos muchos órganos que cumplen diferentes funciones. Con los oídos podemos oír, con los ojos podemos ver y con la lengua podemos saborear. En nuestro cuerpo físico, las manos sirven para tocar las cosas, y los pies sirven para caminar. Si vamos a pensar o reflexionar, usamos nuestra mente. Pero tenemos que comprender que la oración es algo diferente de todas estas cosas; nosotros oramos con nuestro espíritu, es decir, oramos ejercitando nuestro espíritu.
Hay algunos versículos de las Escrituras que nos muestran que debemos orar con el espíritu y en el espíritu. Por ejemplo, Romanos 8:26 dice: “De igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Efesios 6:18 dice: “Con toda oración y petición orando en todo tiempo en el espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y petición por todos los santos”. Judas 20 dice: “Orando en el Espíritu Santo”. Estos versículos confirman que la oración debe llevarse a cabo en el espíritu. Andar o correr es ejercitar los pies, ver es ejercitar los ojos y oír es ejercitar los oídos. De la misma manera, orar es ejercitar el espíritu.
El problema es que muchas veces cuando oramos, no ejercitamos nuestro espíritu; en lugar de ello, ejercitamos nuestra mente. A veces nos ponemos muy emotivos cuando estamos contentos. Quizás hayamos recibido cierta cantidad de dinero o hayamos conseguido un buen trabajo. Así que nos sentimos emocionados cuando oramos al Señor. Me temo que esta clase de oración no sea una oración hecha en el espíritu, sino una oración hecha en la parte emotiva. Algunas veces si usted se siente triste, deprimido e incluso oprimido, cierra la boca y no puede orar por largo tiempo. Esto sencillamente significa que usted no es fuerte en su espíritu. A veces cuando nos reunimos, hay hermanos que componen una oración muy buena y agradable usando las mejores expresiones, frases y terminología; sin embargo, es una oración hecha con la mente. Esta clase de oración no puede tocar los espíritus de las personas.
Cuando una persona ora en el espíritu, su oración tocará el espíritu suyo. Por tanto, tenemos que aprender a ejercitar nuestro espíritu para orar. La palabra ejercitar implica que tenemos que aprender o practicar. Conozco a muchos cristianos que aman al Señor, pero que no saben cómo orar para contactar al Señor de una manera viviente. A veces simplemente oran de una manera sencilla ejercitando su mente para expresar unas palabras con su boca. Esta clase de oración es una oración muerta y seca, debido a que no oran en su espíritu. Si al orar ejercitamos nuestro espíritu, nuestra oración será viviente y refrescante. Nuestra oración refrescará los espíritus de los demás.
Algunos de entre nosotros quizás digan que no saben orar. Pero alabamos al Señor porque hay una manera de orar para los que no sabemos orar; y esa manera consiste en gemir. Muchas oraciones que se ofrecen con palabras entendibles no son oraciones genuinas. Si oramos con muchas palabras entendibles, es posible que nuestra oración proceda de la mente. Cuando las oraciones genuinas son expresadas, muchas veces tartamudeamos o gemimos. Romanos 8:26 habla de “gemidos indecibles”. Quisiera sugerirles algo. Si no tienen palabras claras para expresar lo que sienten internamente, no se pongan a pensar, a reflexionar ni a ejercitar su mente. Olvídense de su mente. Simplemente ejerciten su espíritu; y si no saben qué decir, simplemente giman. Si gimen por unos minutos, serán regados y refrescados por el Señor, y no se sentirán secos. Después de que hayan gemido por un rato, tendrán muchas cosas que decir. Sin embargo, si van al Señor con su mente de la misma manera que van a un laboratorio, cuanto más oren, se sentirán cada vez más secos. Aprendan a rechazar su mente. Pasamos demasiado tiempo en nuestra mente. Debemos aprender a ejercitar nuestro espíritu.
Creo que ahora nos ha quedado claro que Cristo es el Espíritu, y que este Espíritu, quien es Cristo mismo, está en nuestro espíritu. La mejor manera y, de hecho, la manera apropiada de contactar a Cristo, es ejercitar nuestro espíritu para orar. Debemos aprender a orar ejercitando nuestro espíritu. Sé que cada vez que acudimos al Señor llevamos muchos problemas en nuestra mente. Nos sentimos perturbados por los problemas, aflicciones, dificultades, pruebas, tribulaciones, tristezas y dolores, y por la manera injusta en que otros nos han tratado. Nada nos perturba más que el hecho de ser tratados injustamente. Quizás un hermano lo haya tratado injustamente al punto de que usted no lo olvidará por la eternidad. En tal caso le es muy difícil orar con él porque la manera injusta en que lo trató quedó grabada en usted y lo afectó a tal punto que jamás podrá olvidarlo; esto lo perturba todo el tiempo. Es por eso que digo que cuando usted acuda al Señor, debe olvidarse de los pensamientos que están en su mente. Olvídese de todo. Olvídese de sus problemas, tristezas, penas, pruebas, tribulaciones y demás cosas, y simplemente acuda al Señor en el espíritu y por medio del espíritu. Cuando usted ore, no trate de recordar tantas cosas. Hay personas que tratan de pensar en demasiadas cosas cuando acuden al Señor en oración. Algunos me han preguntado: “Hermano Lee, si usted habla de esa manera, ¿qué dice entonces de nuestra lista de oración?”. Mi respuesta es que si usted acude al Señor de una manera viviente, sabrá qué hacer con su lista de oración.
Ahora sabemos que necesitamos contactar al Señor ejercitando nuestro espíritu. Además, a fin de ejercitar nuestro espíritu, debemos olvidarnos de muchas cosas. Si tantas cosas ocupan nuestro ser, esto sólo contribuirá a que ejercitemos nuestra mente e impedirá que ejercitemos nuestro espíritu. De ahora en adelante, cada vez que acudamos al Señor, olvidémonos de todo lo que está en nuestra mente y en nuestra memoria.
Un esposo podría preguntar: “Mis hijos están enfermos, y mi esposa no se encuentra muy bien; ¿no debo recordar estas cosas delante del Señor? ¿Debo olvidarme de ellas?”. O tal vez una esposa diga: “Mi esposo se quedó sin trabajo; ¿no debo orar por esto?”. Yo les diría que si ustedes pudieran olvidarse de estas cosas, serían muy bendecidos. Su esposa y sus hijos se sanarían pronto, y su esposo conseguiría un mejor trabajo. Usted está demasiado preocupado en su mente, en su entendimiento y en su comprensión. Se encuentra demasiado ocupado por otras cosas, y no por Cristo. Aprendamos a darnos cuenta de que hoy en día Cristo como el Espíritu está en nuestro espíritu. La única manera, la manera apropiada, en que debemos contactarlo a Él es orar ejercitando nuestro espíritu. Una vez que usted empiece a orar de esta manera, con el tiempo descubrirá que no es sólo usted el que ora, sino que Él también está orando en usted. Comprenderá que mientras ora, Él está orando. Él ora con usted y ora en usted. Él llega a ser su oración.
Andrew Murray dijo una vez que la mejor oración es la oración que el Cristo que está en nosotros hace al Cristo que está en lo alto. Eso significa que el Cristo que está en nosotros, o sea, el Cristo que mora en nosotros, ora al Cristo ascendido. Este pensamiento lo expresan las últimas dos líneas de las estrofas 8 y 9 de Hymns, #762 escrito por A. B. Simpson. La estrofa 8 dice: “¡Enséñanos! Ora en nosotros, hasta que nuestra oración sea / ¡El Cristo que está en nosotros orando al Cristo que está en lo alto!”. Y la estrofa 9 dice: “¡Enséñanos! Ora en nosotros, hasta que nuestra oración sea / El Dios que está en nosotros respondiendo al Dios que está en lo alto”. La verdadera oración es algo que se efectúa en el espíritu. Mientras oramos en nuestro espíritu, Cristo como el Espíritu que mora en nosotros ora junto con nosotros. Él ora en nuestra oración, y nosotros oramos en Su oración. Estamos mezclados con Él.
Cuanto más usted ore de esta manera, más disfrutará a Cristo, pues absorberá algo de Cristo. Asimismo, su oración será contestada. Sin embargo, el hecho de que su oración sea contestada es algo secundario; lo más importante es que mientras usted ore de esta manera, disfrutará a Cristo y lo absorberá. Cuanto más usted ore en el espíritu, más contacto tendrá con Cristo como el Espíritu. Entonces comprobará que Él es la vida, el alimento y su suministro interior. Al orar, usted lo disfrutará a Él, y podrá aplicarlo a todo lo que le suceda en su vida cotidiana. Ésta es la manera apropiada de tener contacto con Cristo.
Cuando usted se mezcla con Cristo al grado que sea uno con Él, les resultará difícil a los demás saber si la persona que ora es usted o es Cristo. Ni siquiera usted mismo sabrá con claridad qué parte es su oración y qué parte es la oración de Cristo, por cuanto estará completamente mezclado con Él. Ésta es la oración genuina, y éste es el principio neotestamentario de vida. El principio neotestamentario de vida consiste en que el Dios Triuno —Dios el Padre, en Dios el Hijo y por medio de Dios el Espíritu— se mezcla con nosotros en nuestro espíritu.
Sin embargo, a fin de que esto ocurra, debemos darle al Señor la libertad de obrar en nosotros. Esto significa que debemos orar ejercitando nuestro espíritu. Cuanto más ejercitemos nuestro espíritu, más cabida le daremos al Señor en nosotros. Entonces Él nos ocupará, nos saturará y se mezclará con nosotros para llegar a ser nosotros y para que nosotros lleguemos a ser Él. Entonces seremos uno con Él en el espíritu de manera práctica. Es de esta manera que podemos vencer muchas dificultades y pecados que son contrarios a Cristo. Es únicamente cuando estamos en Cristo, viviendo por Cristo y compenetrándonos con Cristo, que Su victoria llega a ser nuestra. Cuando estamos en Cristo, le disfrutamos como el todo: como vida, como poder y como la luz que resplandece en nuestro interior para guiarnos continuamente. Todas estas cosas son subjetivas en nuestro interior. Esto es exactamente lo que necesitamos hoy.
Si somos uno con Cristo y nos compenetramos con Él, nos será fácil recibir sanidad cuando la necesitemos. Sin embargo, nuestro enfoque no es la sanidad, sino el Sanador; y nuestro centro no son los dones, sino el Dador. Por supuesto, si tenemos al Sanador y al Dador, tendremos la sanidad y los dones. Asimismo, tampoco daremos mucha importancia al poder, sino que estaremos satisfechos y contentos con el Poderoso. Lo que poseemos no son cosas, sino una Persona viva. No poseemos algo de Cristo, sino a Cristo mismo (véase Himnos, #235 escrito por A. B. Simpson). Ésta es la realidad de la vida cristiana. Ésta también es la realidad de la vida de iglesia. Esto es lo que Dios anhela y lo que Cristo busca. Debemos comprender que Cristo es tal persona que vive en nosotros a fin de que lo experimentemos de una manera viva y práctica. Que Dios tenga misericordia de nosotros.