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Mensajes del libro «Centralidad y universalidad de Cristo, La»
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CAPÍTULO CUATRO

ENTRAR EN EL LUGAR SANTÍSIMO

  Hemos visto la centralidad y universalidad de Cristo: Cristo como una persona central y universal. Además, hemos visto que Él es el Cristo todo-inclusivo y subjetivo. Por un lado, recalcamos el hecho de que Cristo es todo-inclusivo: Él es el centro, la circunferencia y el todo. Por otro lado, queremos ver que este Cristo central, universal y todo-inclusivo es una persona que experimentamos de modo subjetivo. Si no pudiéramos experimentarlo subjetivamente, Él no tendría nada que ver con nosotros, y nosotros no podríamos experimentarlo como vida y como el todo.

  Es fácil darnos cuenta de que con relación a un tema tan vasto como la centralidad y universalidad de Cristo, hay muchísimas cosas que podemos ver. Sin embargo, no estamos aquí hablando meramente de asuntos doctrinales, sino de asuntos relacionados con nuestra experiencia. Por tanto, simplemente nos concentraremos en el punto principal de que Cristo es una persona que experimentamos de modo subjetivo.

CRISTO ESTÁ EN NOSOTROS

  Ya señalamos que el Nuevo Testamento habla en numerosos pasajes acerca de la ascensión de Cristo, pero también dice en muchísimos otros pasajes y de diferentes maneras que Cristo está en nosotros, que mora en nosotros y que está haciendo Su hogar en nuestro ser. Por un lado, las Escrituras nos revelan que Cristo ascendió a los cielos y ahora está sentado a la diestra de Dios (Mr. 16:19; Lc. 24:51; Hch. 1:11; 7:55-56; Ro. 8:34; Ef. 1:20); pero, por otro, nos dice aún más claramente que este Cristo ascendido está ahora en nosotros (Ro. 8:10a; 2 Co. 13:5b). “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27c). “Agradó a Dios [...] revelar a Su Hijo en mí” (Gá. 1:15a, 16a). “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (2:20a). “Cristo sea formado en vosotros” (4:19b). Así pues, hay muchas frases, cláusulas, oraciones, versículos, párrafos, capítulos y libros del Nuevo Testamento que nos hablan de experimentar a Cristo de modo muy subjetivo.

EL LUGAR DONDE CRISTO ESTÁ HOY

  Sin embargo, hay algo más crucial que esto: saber dónde está Cristo hoy. Sabemos que Él está en los cielos y también en nosotros, pero ¿en qué parte de nuestro ser? En el capítulo anterior mostramos claramente que este Cristo es hoy en día el Espíritu. En 1 Corintios 15:45 se nos dice que Cristo como el postrer Adán fue hecho Espíritu vivificante. También vimos que este maravilloso Espíritu vivificante, quien es Cristo mismo, está ahora en nuestro espíritu; éste es el espíritu humano que Dios creó intencionalmente para que nosotros pudiéramos contactarlo a Él, contenerlo, e incluso digerirlo y expresarlo. Cristo hoy como el Espíritu divino, el Espíritu vivificante, está en nuestro espíritu humano. Es por eso que en 1 Corintios 6:17 dice: “El que se une al Señor, es un solo espíritu con Él”.

  Además, Romanos 8:16 dice: “El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”. Puesto que los dos espíritus dan testimonio al mismo tiempo, ellos están mezclados conjuntamente como un solo espíritu. Es por eso que en muchos pasajes del Nuevo Testamento es difícil saber si la frase el espíritu se refiere al Espíritu Santo o al espíritu humano. Esto sucede especialmente en Romanos 8, donde en varias ocasiones la palabra espíritu se refiere a la mezcla de dos espíritus. Es maravilloso que estos dos espíritus, el Espíritu divino y el espíritu humano, puedan unirse y mezclarse como un solo espíritu (1 Co. 6:17).

  Sabemos que estamos identificados con Cristo y que somos uno con Él. Sin embargo, tenemos que comprender que esta unidad únicamente es posible en el espíritu, no en el cuerpo ni en la mente, ni tampoco en la vida anímica. Somos uno con el Señor en el espíritu. El Señor es el Espíritu, nosotros tenemos un espíritu, y estos dos se mezclan como un solo espíritu. El Espíritu divino es vida para el espíritu humano, y el espíritu humano es el recipiente, el vaso, que contiene y expresa al Espíritu divino. No tengo palabras humanas con las que pueda expresar lo que hay en mi corazón y en mi espíritu con respecto a este asunto. Esto es algo extremadamente grande y maravilloso.

  Quisiera pedirles que lean nuevamente los sesenta y seis libros de la Biblia, y que examinen el universo y reflexionen sobre cuál es el punto central del pensamiento divino. El punto central del pensamiento divino es que este maravilloso Espíritu divino desea entrar en este pequeño espíritu humano. Ésta es la clave, el secreto, de todo el universo, y éste es el meollo mismo de los sesenta y seis libros de la Biblia. Los sesenta y seis libros nos hablan de muchas cosas, pero el meollo de todo lo que se menciona allí es esta maravillosa unidad. Cristo, la sustancia de la Trinidad Divina, quien es el Espíritu, entra en nuestro espíritu para morar en él y ser uno con nosotros. No hay nada que sea más subjetivo que esto.

  Ahora leamos 2 Timoteo 4:22: “El Señor esté con tu espíritu”. Al final de las dos epístolas a Timoteo ustedes encuentran un versículo “oculto”. Digo “oculto” porque estuvo oculto para mí por más de treinta años. Yo había leído el Nuevo Testamento muchas veces, y conocía muchos de los asuntos mencionados en 1 y 2 Timoteo, pero nunca había prestado atención a este versículo que dice: “El Señor esté con tu espíritu”. Es lamentable que muchos cristianos hoy en día ni siquiera sepan que tienen un espíritu. Tenemos al Rey celestial en nuestra casa, pero no sabemos en qué “cuarto” se encuentra. Muchos cristianos simplemente no saben lo que es el espíritu humano ni dónde está. Sin embargo, en 2 Timoteo 4:22 se nos dice que el Señor está con nuestro espíritu.

  Todos ustedes saben dónde están sus oídos, sus ojos, su nariz, sus labios, su lengua, su estómago y sus pies. Asimismo, saben que tienen una mente y un corazón. Sin embargo, ¿saben que además de todo esto tienen un espíritu en su interior? En 1 Tesalonicenses 5:23 se nos dice que el hombre tiene tres partes: un espíritu, un alma y un cuerpo. El espíritu es una parte distinta del alma y del cuerpo. Siento la carga de motivar sus corazones para que presten atención al hecho de que tienen una parte en su ser, la cual es el espíritu. Ustedes tienen un “cuarto” en su “edificio”, pero no saben dónde está. Así que tienen que descubrir el cuarto y abrir la puerta, y entonces verán al Rey celestial allí. En su edificio hay un cuarto muy maravilloso, una recámara secreta, donde Él está.

  Tenemos un espíritu. Si no tuviéramos un espíritu, la Biblia sería una mentira. Todos creemos que la Biblia es la Palabra de Dios. La Palabra nos dice claramente que el Señor está con nosotros en nuestro espíritu. Aun cuando muy pocos cristianos hoy en día saben que tienen un espíritu y muy pocos saben ejercitar su espíritu, la Biblia afirma claramente que el Señor, el Viviente, Aquel que es todo-inclusivo, Aquel que es central y universal, está hoy en nuestro espíritu, lo cual es una experiencia muy subjetiva. Sea que conozcamos este hecho o no, esto es algo que se revela claramente en la Palabra.

EL TESORO EN VASOS DE BARRO

  Ahora leamos 2 Corintios 4:7, que dice: “Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”. A fin de comprender cabalmente este versículo, debemos leer algunos de los versículos del contexto anterior, es decir, del capítulo 3. Leamos 2 Corintios 3:6: “El cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, ministros no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, mas el Espíritu vivifica”. ¿Quién es este Espíritu que da vida? En 1 Corintios 15:45 vimos que el Espíritu vivificante es Cristo mismo.

  Ahora llegamos a 2 Corintios 3:17: “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”. El Espíritu mencionado en este versículo es el Espíritu que da vida mencionado en el versículo 6, en la primera parte del mismo capítulo. El Espíritu que da vida es Cristo mismo. El Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. ¿Dónde está el Espíritu del Señor? Está en nuestro espíritu.

  El versículo 18 añade: “Mas, nosotros todos, a cara descubierta mirando y reflejando como un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Señor Espíritu”. El Señor es el Espíritu, y el Espíritu es el Señor. Este Espíritu es el que nos da vida, nos libera y nos transforma. En estos tres versículos se mencionan tres acciones: dar vida, liberar y transformar. Todas estas acciones están relacionadas con el maravilloso Espíritu, quien es Cristo mismo. Cristo es el Espíritu que da vida, nos libera y nos transforma.

  Cristo como el Espíritu nos ha dado vida, y ahora Él espera encontrar una oportunidad para liberarnos y transformarnos. ¿Cómo puede Él hacer esta obra? ¿Podría Él hacer esto mientras está lejos, muy lejos de nosotros en el cielo? Él puede hacer esta obra únicamente estando en nosotros. Al morar en nosotros, Él opera para liberarnos y transformarnos. Él nos libera de muchas ataduras y nos transforma de la vida natural a la imagen del Señor.

  En 2 Corintios 4:7 se nos dice que “tenemos este tesoro en vasos de barro”. Cristo como el maravilloso Espíritu, el Espíritu vivificante, el Espíritu que libera y el Espíritu que transforma es el tesoro en vasos de barro. Nosotros somos vasos de barro, vasos hechos de arcilla, de tierra. Así como los radios transistores tienen un receptor capaz de recibir sonidos, del mismo modo, nosotros tenemos en nuestro interior un pequeño órgano con el que podemos recibir a Cristo. El estómago es el órgano donde recibimos el alimento; asimismo, dentro del ser del hombre hay un espíritu humano que es el órgano con el cual podemos recibir en nuestro ser a Cristo como el tesoro. Este tesoro está en vasos de barro; no se encuentra afuera, ni sobre, ni por encima de dichos vasos. Esto es muy subjetivo. “Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros”. Eso significa que tenemos que expresar a Dios, hacerlo manifiesto, desde nuestro interior.

LAS TRES COSAS QUE CONSTAN DE TRES PARTES EN EL LIBRO DE HEBREOS

  Hebreos 4:9 dice: “Por tanto, queda un reposo sabático para el pueblo de Dios”. Este reposo sabático es Cristo como nuestro reposo, tipificado por la buena tierra de Canaán. Luego el versículo 11 dice: “Procuremos, pues, con diligencia entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia”. Hay un reposo que nos espera, y nosotros tenemos que ser diligentes, laborar y esforzarnos para entrar en él, a fin de que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia, el ejemplo del desobediente pueblo de Israel. Ciertamente, la mayoría de ellos murieron en el desierto y no entraron al reposo, la buena tierra.

  Después del versículo 11 viene el versículo 12, el cual empieza con la palabra porque, indicando que lo que sigue es una continuación de lo dicho anteriormente: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Debemos examinar cuidadosamente este versículo. ¿Por qué se menciona aquí la división del alma y del espíritu? ¿Por qué se habla de discernir? ¿Por qué no se habla de esto en otros pasajes o en otros libros de la Biblia? Si hemos de entender este versículo, debemos tener en cuenta el contexto. Los versículos anteriores nos dicen que aún queda un reposo sabático al cual debemos entrar, y que tenemos que ser diligentes, laborar y esforzarnos para entrar en él. Luego este versículo nos dice que tenemos que dividir el alma del espíritu, a fin de discernir entre el alma y el espíritu. ¿Por qué? Debemos escudriñar todo el libro de Hebreos para encontrar la respuesta a esta pregunta.

El tipo del tabernáculo con tres partes

  El libro de Hebreos nos habla de tres cosas que constan de tres partes. La primera de ellas es el tabernáculo o el templo, el cual constaba de tres partes: el Lugar Santísimo, el Lugar Santo y el atrio. El Arca de Dios no estaba en el atrio ni en el Lugar Santo, sino en el Lugar Santísimo. El Arca de Dios es el testimonio de Dios, que es Cristo mismo. Cristo es el testimonio y el testigo de Dios (Ap. 1:5; 3:14). Cristo no está en el atrio ni en el Lugar Santo, sino en el Lugar Santísimo. El libro de Hebreos nos exhorta y anima a entrar en el Lugar Santísimo (10:22).

  Tenemos que examinar el cuadro completo de este tipo. En la antigüedad cuando el pueblo de Israel venía a adorar a Dios, la mayoría de ellos entraba al atrio, donde se hallaban el altar del holocausto y el lavacro. Sólo un pequeño grupo de sacerdotes entraba al Lugar Santo, donde estaban la mesa del pan de la Presencia, el candelero y el altar del incienso. Por tanto, estar en el Lugar Santo era mucho mejor que estar en el atrio. En el atrio uno solamente tiene acceso al altar para ofrecer sus sacrificios y al lavacro para lavarse; pero cuando se entra al Lugar Santo, uno puede disfrutar del pan de la Presencia, de la luz y del incienso para agradar a Dios. Esto es mucho mejor; sin embargo, no es lo mejor. Por consiguiente, el atrio es bueno, el Lugar Santo es mejor, pero el Lugar Santísimo es lo mejor. En el Lugar Santísimo estaba el Arca, que tipifica a Cristo mismo. Únicamente el sumo sacerdote tenía derecho a entrar al Lugar Santísimo; pero hoy en día todos somos sacerdotes (1 P. 2:9; Ap. 1:6; 5:10), y se nos exhorta y anima a entrar en el Lugar Santísimo.

  Puesto que somos cristianos, sin lugar a dudas, hemos experimentado el altar del holocausto —el cual tipifica la cruz— y el lavacro —el cual tipifica el poder limpiador del Espíritu Santo—, los cuales estaban en el atrio. Algunos de nosotros probablemente ya hayamos entrado al Lugar Santo, y estemos disfrutando a Cristo aquí: como el pan, el suministro de vida; como el candelero, la luz de vida; y como el incienso, el hecho de ser aceptados por Dios en la resurrección de Cristo. De este modo, hemos experimentado más de Cristo. Sin embargo, esto aún no es lo mejor. Se nos alienta a entrar en el lugar más santo, el Lugar Santísimo, para disfrutar a Cristo mismo. Debemos proseguir a disfrutar no sólo a Cristo como vida, como luz y como lo que nos permite ser aceptados por Dios, sino también disfrutar a Cristo mismo como el Arca que está en el Lugar Santísimo.

El ejemplo de la historia de Israel, la cual se lleva a cabo en tres etapas

  Después de esto, el libro de Hebreos también nos habla sobre el tipo de la buena tierra de Canaán. Aquí tenemos que tener en cuenta la historia de los hijos de Israel, la cual se llevó a cabo en tres etapas o periodos, que tuvieron lugar en tres lugares: en Egipto, en el desierto y en la buena tierra de Canaán. Si examinamos esto detenidamente delante del Señor, veremos que Egipto corresponde al atrio. Fue en este atrio donde los hijos de Israel disfrutaron a Cristo, en tipología, como la ofrenda por el pecado y como el Cordero pascual, inmolando al cordero el día de la pascua. Después de esto, ellos entraron al desierto, el cual era mejor que Egipto, pues en el desierto ellos gozaron de libertad y también participaron del maná celestial, del agua viva e incluso del tabernáculo. El desierto sencillamente corresponde al Lugar Santo. Cuando ellos estuvieron en el desierto, eso significaba que ellos estaban en el Lugar Santo, no en el atrio ni en el Lugar Santísimo. Ellos definitivamente no estaban en Egipto, pero tampoco estaban en la buena tierra de Canaán; más bien, se encontraban en un lugar intermedio. El desierto es mejor que Egipto, pero es inferior a la buena tierra de Canaán. Por consiguiente, aquí tenemos tres lugares que corresponden a las tres secciones del tabernáculo. Egipto corresponde al atrio; el desierto, al Lugar Santo; y la buena tierra de Canaán, al Lugar Santísimo. Mientras este libro nos anima a entrar en el Lugar Santísimo, al mismo tiempo nos dice que tenemos que entrar en el reposo de la buena tierra. Por tanto, tenemos el Lugar Santísimo y la buena tierra de Canaán.

El hombre se compone de tres partes

  Por último, Hebreos 4:12 nos muestra que somos seres tripartitos, seres compuestos de tres partes: el cuerpo, el alma y el espíritu. El cuerpo corresponde al atrio y a Egipto; el alma corresponde al Lugar Santo y al desierto. Todos los cristianos anímicos están vagando en el desierto de su alma. No hay duda de que ellos están buscando al Señor, pero toman el camino menos directo. Todo el tiempo ellos andan en círculos en el desierto, en el Lugar Santo, en el alma. Ellos aman al Señor, le buscan y le disfrutan como el maná del cielo, pero están en su alma y no encuentran reposo. Mientras usted esté vagando, andando en círculos en su alma, no encontrará reposo.

  Tal vez usted sea mejor que los cristianos que todavía están en Egipto. Ellos disfrutan a Cristo simplemente como su Redentor, el Cordero pascual, pero aún permanecen en Egipto, en el mundo. Todavía pasan mucho tiempo en la carne, en el cuerpo caído. En cambio, usted está en una mejor condición, pues ya abandonó Egipto, cruzó el mar Rojo y experimentó un aspecto de la muerte de Cristo. Además, usted ama al Señor, le busca y está avanzando por causa del Señor. Ciertamente está marchando adelante; pero lo está haciendo en círculos, pues todo el tiempo está en su vida anímica, en su alma. Todavía no ha entrado en el espíritu, el cual corresponde al Lugar Santísimo y a la buena tierra de Canaán. Cuando usted entra en su espíritu, entra en el Lugar Santísimo, donde está el arca, esto es, donde está Cristo. Asimismo, cuando entra en el espíritu, se encuentra también en la buena tierra, la cual es Cristo mismo. Puesto que el Espíritu divino está en el espíritu humano, cuando usted contacta el espíritu humano, tiene contacto con el Espíritu divino, quien es Cristo mismo.

  Por consiguiente, tenemos estas tres cosas que constan de tres partes: el tabernáculo que tiene tres partes, la historia de Israel que se lleva a cabo en tres partes, y nuestro ser que se compone de tres partes. Todas estas partes concuerdan unas con otras.

  Ahora como cristianos que somos, debemos preguntarnos y fijarnos dónde estamos hoy. ¿Estamos en el atrio, en el Lugar Santo o en el Lugar Santísimo? ¿Estamos en Egipto, en el desierto o en la buena tierra? ¿Estamos en la carne, en el alma o en el espíritu, donde está Cristo y el cual es el Lugar Santísimo para Cristo? En primer lugar, es posible que usted diga que se encuentra en Egipto, en el atrio o en el cuerpo carnal; en segundo lugar, es posible que diga que está en el desierto, en el Lugar Santo o en el alma; y tercero, es posible que diga que está en la buena tierra de Canaán, en el Lugar Santísimo o en el espíritu. ¿Está usted en la primera parte, en la segunda o en la tercera? Algunos tal vez digan que están en la segunda. Estar en la segunda parte es estar en una posición neutral, es ser tibios. Si usted permanece en una posición neutral, si es tibio, entonces no es ni frío ni caliente, y el Señor lo vomitará de Su boca (Ap. 3:15-16). Por tanto, debemos avanzar. Considere la historia de los hijos de Israel. Ellos desagradaron al Señor simplemente por estar vagando en el desierto.

  Debemos ver ahora que la meta que el Señor ha puesto delante de nosotros es el Lugar Santísimo, es decir, el espíritu. El espíritu es la parte más recóndita del ser humano. Es el lugar donde Cristo está hoy. El espíritu es para Cristo el Lugar Santísimo. Asimismo, estar en nuestro espíritu equivale a estar en la buena tierra. En nuestro espíritu está el Espíritu de Cristo; por ende, esta buena tierra es Cristo mismo. Hebreos 10:19 dice que tenemos confianza para entrar en el Lugar Santísimo. Allí se nos dice, se nos anima y se nos exhorta a tener confianza para entrar en el Lugar Santísimo.

  Algunos maestros cristianos afirman que el Lugar Santísimo está en el cielo. Por un lado, estoy de acuerdo en que el Lugar Santísimo hoy en día está en el cielo, donde el Señor Jesús está (He. 9:12, 24). Sin embargo, si el Lugar Santísimo estuviera únicamente en el cielo, ¿cómo podríamos nosotros entrar en él hoy mientras estamos en la tierra? Así que, por un lado, el Lugar Santísimo está en el cielo, pero, por otro, está en nuestro espíritu humano. El Cristo que está en el cielo está ahora también en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22). Él, como la escalera celestial (Gn. 28:12; Jn. 1:51), une nuestro espíritu con el cielo y trae el cielo a nuestro espíritu. Por tanto, hoy en día el cielo está en nuestro espíritu. Nuestro espíritu regenerado, nuestro espíritu recobrado, nuestro espíritu purificado, es hoy en día el Lugar Santísimo. Así pues, nos resulta fácil entrar en el Lugar Santísimo. Dondequiera que estemos, allí estará el Lugar Santísimo, porque ésta es la parte más recóndita de nuestro ser. Por tanto, cada vez que nos volvamos a nuestro espíritu, entraremos en el Lugar Santísimo.

  El problema es que muchos de nosotros no sabemos dónde está nuestro espíritu. Yo estuve viviendo en una casa por muchos meses sin saber que tenía un cuarto secreto. De igual manera, muchos de nosotros hemos sido cristianos por muchos años, pero no nos hemos dado cuenta de que hay una recámara secreta en nosotros, la cual es el Lugar Santísimo, donde Cristo está hoy. Esta recámara secreta es nuestro espíritu humano, donde mora Cristo, el Viviente, el Espíritu vivificante, el Espíritu que libera, el Espíritu que transforma, el maravilloso Espíritu. Es preciso que nos percatemos de esto.

APRENDER A EJERCITAR NUESTRO ESPÍRITU PARA CONTACTAR A CRISTO

  Ahora que hemos descubierto el Lugar Santísimo en nuestro espíritu, tenemos que aprender a entrar en él. Tenemos que aprender a entrar en el espíritu, en el Lugar Santísimo, en el lugar donde encontramos reposo. Es por eso que en el capítulo anterior les recalqué la importancia de ejercitar el espíritu por medio de la oración. Mi intención no era hablarles de la oración, sino, más bien, ayudarlos a ejercitar su espíritu. Si ustedes desean contactar a Cristo, tienen que ejercitar su espíritu. Cada contacto que tenemos con Cristo equivale a una verdadera oración en el espíritu. Debemos aprender a ejercitar nuestro espíritu todo el tiempo, día y noche, a fin de contactar a Cristo. La verdadera oración consiste en que hablemos en nuestro espíritu con el Cristo que vive en nosotros.

  Muchas veces me han hecho esta pregunta: “Hermano Lee, ¿podría decirme cuántas veces usted ora al día?”. En realidad, no les sabría decir cuántas veces, pues ¿acaso pueden contar las veces que respiran durante el día? Si pueden hacerlo, me temo que no serían personas saludables. Uno no alcanza a contar las respiraciones de una persona saludable, pues ella respira todo el tiempo. Mientras estoy ministrando a los santos, yo oro en mi interior. No podría ministrar sin tener contacto con Cristo. En ocasiones algunas hermanas se han acercado para preguntarme: “Hermano Lee, yo me enojo con mucha facilidad. ¿Cuál es la mejor forma de controlar mi mal genio?”. Les he dicho que es mejor no tratar de controlar el mal genio. Cada vez que usted esté a punto de enojarse, lo mejor es que tenga contacto con Cristo. Entonces ganará más de Cristo.

  Debemos aprender a orar sin cesar (1 Ts. 5:17), no con la mente sino con el espíritu. Mantenga continuamente una conversación viva con Él, el Viviente que está en su espíritu. Él es maravilloso, todo-inclusivo, central y universal; sin embargo, Él es tan pequeño para usted porque Él esta confinado e incluso encarcelado en su ser. Usted lo tiene “en una cárcel” y por ello se ha vuelto tan pequeño en usted. Tenemos que aprender a experimentar a Cristo como Aquel que es central, universal, todo-inclusivo, subjetivo y maravilloso. Es imposible agotar los abundantes aspectos de Su persona.

  ¿Necesita usted consuelo? Cuando usted tiene contacto con Él tan sólo un poco, recibe consuelo. ¿Necesita recibir aliento? Simplemente contacte a Cristo ejercitando su espíritu, no su mente. A veces ni siquiera es necesario expresar palabras claras; simplemente puede decir: “Oh Señor, oh Señor”. Gima tan sólo un poco de esta manera, y se sentirá animado. ¿Necesita poder? Simplemente tenga contacto con Él y tendrá poder. Él es el Poderoso y el poder mismo. ¿Necesita dones? Tenga contacto con Él. Él es el Dador de los dones. Usted debe valorarlo a Él, el Dador, por encima de los dones. ¿Necesita sanidad? Tómelo como el Sanador, y recibirá sanidad. ¿Necesita sabiduría? ¿Necesita recibir dirección? Simplemente contáctelo; entonces tendrá sabiduría y recibirá dirección. Es muy sencillo; dondequiera que usted pueda respirar, allí puede tener contacto con Él. Él está muy cerca de usted, muy disponible y muy a mano. Él está aún más cerca de usted que el aire que respira, porque el aire está fuera de usted pero Él está en su interior. Aprenda a tener contacto con Él continuamente.

  Aprenda a estar siempre delante del Señor. Nunca se aleje de Él. Cada vez que vengan los problemas, las pruebas, las dificultades, las cargas y las penas, contáctelo inmediatamente. Si tiene contacto con Él por un breve momento, si tan sólo lo toca ligeramente, obtendrá el poder, la energía y la fuerza. Él es la universalidad; Él lo es todo. Si usted necesita amor, Él es amor; si necesita paciencia, Él es paciencia; y si necesita humildad, Él es humildad. Simplemente aprenda a tener contacto con Él en su espíritu. Esto es muy sencillo, pero necesitamos practicarlo continuamente.

NEGARNOS AL YO PARA CONTACTAR A CRISTO

  Sin embargo, hay algo más de lo cual quisiera hablarles, y ello es la obra de la cruz. Es cierto que Cristo es maravilloso, pero si hemos de disfrutarlo a Él, tenemos que negarnos al yo. Tenemos que repudiarnos a nosotros mismos. Esto es un problema. Por un lado, sabemos que somos aborrecibles a los ojos de Dios, pero, por otro, nos consideramos las personas más encantadoras. Estoy seguro de que en nuestra propia opinión, no hay otra persona en todo el mundo que sea tan buena, amable, humilde y paciente como nosotros. Nos amamos a nosotros mismos y pensamos que somos mejores que los demás. Muy pocos se consideran inferiores a los demás. Así pues, pese a que somos cristianos, todo lo que hacemos, lo hacemos por nosotros mismos. Cuando somos humildes, simplemente somos humildes por nosotros mismos. Cuando venimos a las reuniones, nos mostramos humildes, aun cuando no lo seamos en nuestra casa. Esto es algo que hacemos por nosotros mismos. ¡Cuánto necesitamos negarnos al yo para poder disfrutar a Cristo!

  Ahora vemos cuál es la manera de negarnos al yo. Cada vez que vayamos a mostrar amor por otros, tenemos que contactar a Cristo. Tenemos que decirle: “Señor, este yo, este ego, tiene que ser crucificado. Ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí. Señor, fortaléceme a no amar por mí mismo, sino a amar por medio de Ti. Ama Tú por medio de mí”. Tenemos que aprender a aplicar la cruz a nuestro yo. Hay muchas enseñanzas y escritos acerca de la cruz, pero se aplica muy poco la cruz al yo. Tenemos que aprender a aplicar la cruz de Cristo a nuestro yo diariamente de una manera práctica. Cuando usted vaya a contactar a cierto hermano, aprenda a contactar al Señor primero, diciendo: “Señor, tengo mucho temor de contactar a mi hermano por mí mismo. Señor, ayúdame a crucificar este ego. Ayúdame a aplicar Tu muerte, Tu obra aniquiladora, a este horrible yo, a este detestable ego. No quiero ni me atrevo a amar a otros ni a relacionarme con ellos por mí mismo. Incluso la mejor acción que hago por mí mismo es muy pecaminosa. Tengo temor de mi yo; estoy temblando. Señor, quiero aprender a vivir por Ti, a amar a otros por medio de Ti, y a ser humilde, paciente, bueno y amable por medio de Ti. Todo lo que soy, todo lo que hago, todo lo que hablo y todo lo que expreso, deseo hacerlo por medio de Ti”.

  Debemos aprender la lección de aplicar la cruz a nuestra vida anímica. Nuestro ego, nuestro yo, debe ser sepultado bajo las aguas del Jordán, así como las doce piedras fueron sepultadas en el Jordán cuando los hijos de Israel lo cruzaron (Jos. 4:9). Ya no vivimos nosotros, mas vive Cristo en nosotros (Gá. 2:20). Así como la primera generación de los hijos de Israel murió y fue sepultada en el Jordán, de la misma manera, nuestro ego, nuestra vida natural, murió y fue sepultada mediante la muerte de Cristo en la cruz. Ahora podemos entrar en la buena tierra de Canaán. Si nuestro ego aún sigue existiendo, eso significa que todavía estamos en el desierto, en la tierra al oriente del Jordán.

  Aprendamos a aplicar la muerte aniquiladora de Cristo a nuestro ser. En todas las cosas —en el ministerio, en el ancianato, en la administración de la iglesia, en el servicio de los diáconos y diaconisas— tenemos que aprender a negarnos al yo. Si hacemos esto, la buena tierra será nuestra, y las riquezas, el producto de la buena tierra, será sobreabundante. Tendremos un abundante suministro de Cristo que podremos llevar a los hijos de Dios y a la iglesia.

  Por consiguiente, hay dos cosas que son muy importantes. La primera es darnos cuenta de que nuestro espíritu hoy es el Lugar Santísimo. Tenemos que ejercitar el espíritu y aprender a entrar continuamente en el Lugar Santísimo. La segunda es ver que tenemos el ego, la vida vieja, la vida natural, el alma, el desierto. También tenemos la carne, tipificada por Amalec en el Antiguo Testamento, que se opuso al pueblo de Dios (Éx. 17:8-16). Puesto que nuestra carne y nuestra vida natural siempre están estorbándonos y frustrándonos, tenemos que aplicar la cruz. Necesitamos primero el espíritu, y luego la cruz. Tenemos que aplicar la cruz a nuestro ego, a nuestra vida natural, a nuestra vida anímica, y entonces podremos estar en la buena tierra y en el Lugar Santísimo. Entre el Lugar Santo y el Lugar Santísimo hay un velo, el cual es la carne, el hombre natural. Éste tiene que ser rasgado; entonces estaremos en el Lugar Santísimo. Cuando usted cruza el río Jordán y su yo queda sepultado allí, entrará en el reposo y disfrutará de la vida resucitada en la buena tierra de Canaán. Disfrutará de las riquezas de Cristo y de la presencia de Dios en el Lugar Santísimo.

PERMANECER EN EL PRINCIPIO NEOTESTAMENTARIO

  El principio neotestamentario consiste en que algo del interior del espíritu fluye para alcanzar a otros. El principio antiguotestamentario es que algo por fuera viene a nosotros. En el Antiguo Testamento, el Espíritu de Jehová, el Espíritu del Señor, siempre descendía sobre ciertas personas, y ellas hablaban algo por el Señor, diciendo: “Así ha dicho Jehová”. “Así ha dicho Jehová” no corresponde al principio del Nuevo Testamento, sino al principio del Antiguo Testamento. Hoy en día el enemigo, Satanás, está haciendo todo lo posible para llevar a los creyentes del Nuevo Testamento de regreso al Antiguo Testamento. El principio conforme al cual se profetiza en el Antiguo Testamento consiste en decir: “Así ha dicho Jehová” (Is. 10:24; 50:1; Jer. 2:2; Ez. 2:4). Sin embargo, en el Nuevo Testamento no encontramos este tipo de expresiones. En ninguna de las epístolas escritas por los apóstoles se encuentra esta manera de hablar.

  En 1 Corintios 7:10 Pablo dijo: “A los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor”. Éste es el principio de encarnación, el cual es según el Nuevo Testamento. Conforme a dicho principio, el Señor no habla desde arriba desde los cielos, sino que habla en nuestro interior. Todo lo que decimos, Él lo dice con nosotros, por medio de nosotros, en virtud de nosotros y en nosotros. Asimismo, todo lo que hacemos, Él lo hace por medio de nosotros y con nosotros. Éste es el principio que nos presenta el Nuevo Testamento.

  La Iglesia Católica ha llevado al cristianismo de regreso al judaísmo al mixturar muchas de las formas del Antiguo Testamento con las cosas del Nuevo Testamento. Algunos cristianos hacen todo lo posible por llevar a los creyentes neotestamentarios de regreso al principio antiguotestamentario, no en cuanto a las formas sino en cuanto a ciertas enseñanzas y movimientos. Esto es equivocado. Debemos permanecer en el principio neotestamentario.

  El Señor descendió y entró en nosotros para ser uno con nosotros. Todas las epístolas fueron escritas en el estilo de sus escritores: “Yo (Pablo) os digo. Yo (Pedro) os digo. Yo (Juan) os digo. Pero no soy yo, sino Cristo. El Señor habla en mí”. En el Antiguo Testamento, Dios era un Señor objetivo, que obraba de forma milagrosa fuera de Su pueblo. Pero hoy en el Nuevo Testamento, el Señor es una persona que experimentamos de modo subjetivo. Él no le da mucha importancia a la manifestación objetiva, sino que centra toda Su atención en la obra interna.

  Pablo tenía un aguijón en su carne (2 Co. 12:7), el cual debió ser cierta clase de sufrimiento físico en su cuerpo. Así que, acudió al Señor tres veces para pedirle que se lo quitara (v. 8), pero el Señor le respondió: “Bástate Mi gracia” (v. 9a). El Señor no quiso quitarle el aguijón externo, sino que, más bien, prefirió ser la gracia que le bastaba a Pablo en su interior. Así que, Pablo tuvo que aprender a experimentar al Señor mismo como la gracia interna, no como el Señor que obra milagros externos. Éste es el principio neotestamentario.

  El sutil enemigo, Satanás, hace todo lo posible por conducir a los creyentes neotestamentarios de regreso a la época del Antiguo Testamento. ¿Queremos seguir vagando en el desierto? Por supuesto que no. Que el Señor tenga misericordia de nosotros. Entremos al reposo en el Lugar Santísimo, en la buena tierra, en el espíritu, y aprendamos a conocer al Cristo que está con nosotros en nuestro espíritu. El Señor ha dicho: “Bástate Mi gracia”, pero ¿dónde se encuentra la gracia del Señor? Gálatas 6:18 dice: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu, hermanos. Amén”. Tenemos que comprender que la gracia no denota cosas externas como milagros o señales, ni cosas físicas ni materiales. La gracia del Señor Jesucristo está con nuestro espíritu y en nuestro espíritu. Tenemos que experimentar Su gracia en nuestro espíritu internamente, no como algo externo. Creo firmemente que el apóstol Pablo es el mejor ejemplo de todos los creyentes. Tenemos que seguirlo a él. Debemos ser los creyentes neotestamentarios, y no personas del Antiguo Testamento.

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