En el mensaje anterior abarcamos varios aspectos referentes al acto de creer. Hemos visto que, como creyentes, hemos recibido a Aquel que es la Palabra, Dios mismo y la luz verdadera al creer en Su nombre; que hemos creído en Aquel que es tanto el Hijo de Dios como el Hijo del Hombre a fin de tener una unión orgánica con Él; que hemos creído en Cristo Jesús a fin de ser justificados con la justicia de Dios; que pusimos nuestra fe en el Señor Jesús a fin de ser salvos; que creemos en Cristo al oír la Palabra; y que hemos creído en el evangelio. En este mensaje abarcaremos más aspectos referentes al acto de creer. Después de considerar estos asuntos hemos de tener una descripción precisa y minuciosa de nuestro creer en Cristo.
Creemos con el corazón que Dios levantó al Señor Jesús de los muertos (Ro. 10:9), y este creer con el corazón es “para justicia” (v. 10). En muchas instancias la palabra griega aquí traducida “para” significa “dar por resultado”. El resultado de creer con el corazón es justicia. Con el corazón creemos en el hecho de que Dios levantó a Cristo de entre los muertos, y creer de este modo resulta en justicia. Esto significa que, al creer con nuestro corazón que Dios levantó a Cristo de los muertos, nosotros somos justificados. Si queremos ser justificados, es decir, obtener la justicia de Dios, tenemos que creer con nuestro corazón que Dios levantó al Señor Jesús de los muertos.
No solamente creemos con el corazón, sino que al creer también usamos nuestra boca a fin de confesar al Señor Jesús e invocar Su nombre para salvación. Romanos 10:9-10 dice: “Que si confiesas con tu boca a Jesús como Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación”. Así como creer con el corazón resulta en justicia, también confesar con la boca resulta en salvación. Internamente creemos en nuestro corazón que Dios levantó al Señor Jesús de los muertos, y externamente confesamos con nuestra boca al Señor Jesús e invocamos Su nombre para salvación (vs. 12-13). Somos justificados delante de Dios, lo cual es algo interno, algo en nuestro corazón. Somos salvos delante de los hombres, lo cual requiere que de manera externa confesemos al Señor Jesús e invoquemos Su nombre.
Romanos 10:9-10 revela claramente que creer es una acción que tiene dos aspectos: un aspecto interno y un aspecto externo. El aspecto interno es creer en nuestro corazón el hecho de que Dios levantó a Cristo Jesús de entre los muertos. El aspecto externo consiste en confesar audiblemente y delante de los demás al Señor Jesús, invocando Su nombre. Confesar e invocar de este modo resulta en salvación delante de los hombres, pues los demás pueden ver que hemos sido salvos.
Romanos 10:12-13 dice: “No hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos y es rico para con todos los que le invocan; porque: ‘Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo’”. Invocar al Señor es distinto de meramente orar a Él. La palabra griega para “invocar” significa llamar a una persona, llamar a alguien por nombre. Aunque es posible orar en silencio al Señor, invocarle requiere que le llamemos o nos dirijamos a Él de manera audible. A fin de ser salvos debemos invocar el nombre del Señor. Sin embargo, invocar Su nombre no es solamente para salvación, sino que también es la manera en que recibimos las riquezas de Cristo. El Señor es rico para con todos los que le invocan. Cuando le invocamos, participamos de Sus riquezas y las disfrutamos. Tenemos una boca para invocar al Señor a fin de que seamos llenos de Él, y tenemos un corazón para creer en Él y retenerle.
Que creamos es un don que Dios nos da. Esto significa que la fe es iniciada por Dios, formada por Él y dada a nosotros por Él. Por tanto, es de Dios que nosotros podamos creer al oír la palabra del evangelio.
Efesios 2:8 dice: “Por gracia habéis sido salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. La fe es lo que da sustantividad a lo invisible. Por medio de la fe damos sustantividad a todo lo que Cristo ha realizado por nosotros. Es mediante esta capacidad de dar sustantividad que hemos sido salvos por gracia. La acción gratuita de la gracia de Dios nos salvó mediante nuestra fe que da sustantividad a lo invisible.
Efesios 2:8 indica que la fe no se produce a raíz de nuestras obras, ni porque nos esforcemos o luchemos para ello; más bien, la fe es don de Dios, para que nadie se gloríe (v. 9). La fe no procede de nosotros mismos. Aunque somos nosotros los que creemos, la fe con la cual creemos no se origina con nosotros. En nosotros mismos no tenemos fe. Sin embargo, cuando nos arrepentimos y confesamos a Dios en el nombre del Señor Jesús, la capacidad de creer fue impartida en nosotros. Antes que fuéramos salvos, nos era imposible creer. Pero el día que fuimos salvos, nos fue impartida fe y creímos. Aunque jamás hubiéramos visto al Señor Jesús, no pudimos evitar creer en Él. Esta fe no es de nosotros mismos, sino que forma parte de la gracia que nos fue transmitida.
En realidad la fe es un aspecto de Cristo. Ésta es la razón por la que el Nuevo Testamento habla de la fe de Cristo (Ro. 3:22). En Gálatas 2:20 Pablo dice: “La vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí”. La fe es Cristo mismo. La fe que nos ha sido dada es la fe común a todos los creyentes (Tit. 1:4). La fe es dada, la fe es recibida y la fe es común a todos los creyentes. Cuando consideramos todos estos hechos en su conjunto, vemos que esta fe es Cristo mismo.
Nuestra fe en Cristo no procede de nosotros, sino de Él. Tenemos fe en Cristo porque Él es por completo digno de tal fe. Cuando sentimos aprecio por Cristo, la fe es impartida en nosotros. Por tanto, no es irrazonable afirmar que la fe es Cristo. Esto es como afirmar que la santidad, el amor, la justicia, la paciencia y la perseverancia son Cristo.
Debido a que la única fe es Cristo mismo, quienes creemos en Él participamos de una fe que es común a todos nosotros. No es que usted tenga una clase de fe y que yo tenga otra clase de fe. Cuando Cristo vino a usted, usted creyó; y cuando Él vino a mí, yo creí. Siempre que Cristo viene a una persona, esa persona cree en Él. Éste es un indicio adicional de que la fe no procede de nosotros, sino de Cristo. Debido a que la fe es un don de Dios y no algo que proceda de nuestras obras, ninguno de nosotros tiene derecho a gloriarse. Por el contrario, todos debiéramos con humildad agradecer al Señor y alabarle por haberle recibido a Él como nuestra fe.
La fe, un don de Dios, es dada mediante la revelación divina de la palabra de la verdad en la economía neotestamentaria, cuyo contenido presenta al Cristo todo-inclusivo en Su persona todo-inclusiva y en Su obra todo-inclusiva como un “paisaje panorámico” ante nuestros ojos. Dios forma el don de la fe y nos lo da mediante la revelación divina de la palabra de la verdad en el Nuevo Testamento. La Biblia entera revela a Cristo. Especialmente el libro de Apocalipsis, como conclusión, compleción y consumación de toda la Biblia, es “la revelación de Jesucristo” (Ap. 1:1). Mediante la predicación del evangelio, el Cristo todo-inclusivo —tanto en Su persona todo-inclusiva como en Su obra todo-inclusiva— fue presentado como un paisaje panorámico ante nuestros ojos. Cuando oímos el evangelio, lo que oímos fue el hablar de la palabra de la verdad del Nuevo Testamento. Mientras esta predicación tenía lugar, vino a nosotros una revelación comunicándonos al Cristo todo-inclusivo a manera de un “paisaje panorámico” presentado ante nuestros ojos. Podríamos decir que nosotros somos como una cámara fotográfica, que nuestro espíritu es el rollo de película y que la revelación divina como paisaje es el objeto que será fotografiado.
Al ser oída la palabra de la revelación divina (Ef. 1:13), el Espíritu genera internamente en los oyentes la visión del “paisaje” divino. Primero, el paisaje panorámico del Cristo todo-inclusivo es revelado en la palabra del evangelio. Después, el Espíritu genera internamente en los creyentes la visión de este paisaje.
La fe implica todos los elementos que componen el paisaje del Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento tenemos un cuadro completo de este paisaje. ¿Pero de qué manera este paisaje puede entrar en nosotros? Mediante la obra del Espíritu, la cual genera la correspondiente visión en nosotros. Ésta fue nuestra experiencia cuando fuimos salvos y regenerados. Al oír la predicación del evangelio, se produjo un “clic” del “obturador” de la “cámara”, y la luz entró en nuestro ser. Como resultado de ello, pudimos ver el paisaje divino.
Ver el paisaje divino introduce al Cristo pneumático en los creyentes, y Él llega a ser en ellos el elemento de la fe y su capacidad para creer a fin de que, espontáneamente, crean en Él. De este modo, Él llega a ser la fe de ellos y, por tanto, el Autor de su fe (He. 12:2), una fe que es llamada la fe de Cristo (Gá. 2:16, 20; Fil. 3:9). Primero, la revelación divina es presentada como un paisaje ante nuestros ojos. Segundo, el Espíritu genera en nosotros la visión de este paisaje. Después, ver este paisaje divino introduce al Cristo pneumático en nosotros de modo que Él llega a ser nuestra fe. Ésta es la fe con la cual hemos creído. Es de esta manera que creemos.
Un día nosotros, quienes éramos pecadores típicos en Adán, oímos la predicación de la palabra conforme al Nuevo Testamento, la cual nos habló acerca de Cristo, Su muerte y Su resurrección. Espontáneamente, la revelación divina como paisaje panorámico fue presentada ante nuestros ojos. Sin que nos percatásemos de ello, la “cubierta” del “lente” de nuestra “cámara” fue quitada. Esto significa que nuestra mente fue abierta para recibir el paisaje de la revelación divina. Después, en un momento dado se produjo un “clic”, y el Espíritu, la luz celestial, generó en nuestro interior la visión de este paisaje. El paisaje quedó grabado en la “película” de nuestro espíritu, y nosotros creímos en el Señor Jesús. Creer de este modo fue producido por el Cristo pneumático, el Espíritu que ilumina, quien fue revelado mediante la predicación de la palabra de la revelación divina. Una vez que este Cristo pneumático entró en nuestro ser, Él se convirtió en el elemento de fe y en nuestra capacidad para creer. Ésta es la fe formada por Dios y que Él nos dio como un don. Este don, en realidad, es Cristo mismo.
La fe con la cual creemos no es de nosotros, sino de Dios. Esta fe es formada por Dios y nos es dada por Él. Cuando el Cristo pneumático fue revelado en nosotros mediante la predicación del evangelio, Él se convirtió en el elemento de fe y en nuestra capacidad interna para creer. De este modo creímos en Él, habiendo recibido el don de la fe al escuchar la palabra y ver el paisaje divino.
Debido a que Cristo es el elemento de fe en nosotros y nuestra capacidad para creer, Él es el Autor de nuestra fe. Hebreos 12:2 dice: “Puestos los ojos en Jesús, el Autor y Perfeccionador de nuestra fe”. Como Autor de nuestra fe, Cristo es el Originador, el Inaugurador, el origen y la causa de la misma. En nuestro hombre natural no tenemos ninguna capacidad para creer; sin embargo, obtenemos la fe mediante el don de Dios. Cuando ponemos los ojos en Jesús, Él como Espíritu vivificante se transfunde en nosotros como elemento de fe. Entonces, espontáneamente, cierta clase de fe surge en nuestro ser, y así tenemos la fe para creer en Él. Esta fe no proviene de nosotros, sino de Aquel que se imparte en nosotros como el elemento de fe y como la capacidad de creer para creer por nosotros. Por tanto, Cristo mismo es nuestra fe.
Esta fe es llamada la fe de Cristo. Gálatas 2:16 se refiere a la fe de Cristo, y el versículo 20, a la fe del Hijo de Dios. En Filipenses 3:9 Pablo nuevamente menciona la fe de Cristo. Esta fe denota nuestra acción de creer en Cristo. Tal fe proviene de nuestro conocimiento de Cristo y de nuestro aprecio por Él. Es Cristo mismo, infundido en nosotros mediante nuestro aprecio por Él, que viene a ser nuestra fe en Él y nos introduce en una unión orgánica con Él.
La fe genuina es creer en el Señor Jesús por Su fe. Creemos en Jesucristo por Su fe, pues no tenemos una fe que proceda de nosotros, y Él es el Autor de nuestra fe. Por tanto, la fe no es producto de nuestra invención; no puede ser iniciada por nosotros. Es imposible para nosotros generar tal fe. La fe es un aspecto de Cristo mismo. No vivimos por nuestra propia fe —pues no tenemos fe propia—, sino que vivimos por la fe del Hijo del Dios vivo, quien posee fe y es fe para nosotros. Si nos miramos a nosotros mismos, jamás encontraríamos fe; pero si nos olvidamos de nosotros, nos volvemos al Señor Jesús e invocamos Su nombre, la fe surgirá inmediatamente en nosotros. Esta fe es la fe de Cristo, o podríamos decir que es Cristo quien cree dentro de nosotros. Por tanto, la frase por la fe en Jesucristo hallada en Gálatas 2:16 significa creer en Cristo por medio de Su fe.
La fe dada por Dios es asignada a todos los creyentes como una preciosa porción común a todos ellos (2 P. 1:1). La fe que Dios nos dio es la porción de nuestra herencia, la cual nos fue asignada por Dios. Siempre y cuando tengamos este don, tendremos nuestra porción asignada de la herencia de Dios, pues la fe viva equivale a nuestra porción asignada de la herencia de Dios. Ésta es la porción común a todos los creyentes.
En 2 Pedro 1:1 se hace referencia “a los que se les ha asignado [...] una fe igualmente preciosa que la nuestra”. Así como a los hijos de Israel se les asignó una parcela de la buena tierra (Jos. 14:1-5), a nosotros se nos asignó en heredad una fe igualmente preciosa. Esto implica que “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad” (2 P. 1:3), incluyendo la naturaleza divina (v. 4) de la que participan los creyentes por medio de la fe igualmente preciosa conforme a las preciosas y grandísimas promesas, constituyen la verdadera herencia que Dios les da a los creyentes en el Nuevo Testamento.
La buena tierra, la porción asignada a los hijos de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, tipifica al Cristo todo-inclusivo. Según Colosenses 1:12, Cristo es nuestra porción. Así como la buena tierra era la porción asignada a los santos del Antiguo Testamento, igualmente Cristo es la porción asignada a los creyentes del Nuevo Testamento. Además, en el Antiguo Testamento la buena tierra fue asignada a las doce tribus, y en el Nuevo Testamento la fe preciosa nos es asignada a todos los creyentes. Pero ¿de qué manera la fe puede llegar a ser nuestra porción asignada? Según la Biblia, Cristo es nuestra porción. Esto significa que es Cristo quien nos fue asignado en heredad; pero en 2 Pedro 1:1 se nos dice que lo que nos ha sido asignado es una fe igualmente preciosa. Simplemente hablar acerca de Cristo como nuestra porción podría ser bastante doctrinal. Afirmar que la fe es nuestra porción se relaciona más estrechamente con nuestra experiencia. Si Cristo fuera para nosotros únicamente Cristo, sin ser también la fe, no podríamos participar de Él o tener parte en Él. A fin de poder participar de Cristo, Él tiene que llegar a ser nuestra fe. Tal fe nos ha sido asignada por Dios a todos los creyentes en Cristo como nuestra porción común.
La fe no es apenas un medio para obtener algo, sino también una porción que nos es asignada. Un medio es un instrumento a través del cual obtenemos algo, pero una porción es aquello que obtenemos. En 2 Pedro 1:1 la fe no es un medio; más bien, es el objeto, aquello que recibimos. Por tanto, en este versículo la fe equivale a la herencia. La fe es la porción asignada de la herencia neotestamentaria. Sí, según el Nuevo Testamento, la fe en cierto sentido es un medio; más específicamente, la fe es el medio por el cual recibimos la salvación y la vida eterna. Pero en 1:1 Pedro considera que la fe no es meramente un medio, sino que además es una porción asignada, la porción de la herencia neotestamentaria asignada a nosotros por Dios.
Debe causarnos una profunda impresión el hecho de que la fe en 2 Pedro 1:1 sea equivalente a la herencia neotestamentaria. Nuestra porción es Cristo, la corporificación del Dios Triuno. Este Cristo es revelado en el Nuevo Testamento y comunicado a nosotros mediante el Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento es el recipiente del Cristo que es la corporificación del Dios Triuno. Este recipiente nos comunica a Cristo principalmente por medio de la predicación y la enseñanza de la Palabra. Por tanto, la fe proviene del oír, y el oír, por medio de la Palabra.
El Cristo todo-inclusivo no solamente es la Palabra, sino también el Espíritu vivificante. Mientras Cristo es predicado a nosotros por medio de la Palabra y comunicado por ella, Él simultáneamente opera en nuestro interior como Espíritu para producir fe en nosotros. El resultado de la fe producida en nuestro interior es que se imparte en nosotros todo lo que Cristo es conforme a la palabra del Nuevo Testamento. Como resultado de ello, llegamos a tener la realidad de Cristo.
La fe y Cristo son uno. La fe que es la respuesta al contenido de la Palabra, en realidad es Cristo mismo. Esto significa que la respuesta es uno con Aquel a quien responde. En otras palabras, la fe (nuestra respuesta) y Cristo son uno. Cuando en la experiencia nuestra respuesta y el Cristo comunicado a nosotros mediante la predicación de la Palabra llegan a ser uno, la fe es producida dentro de nosotros. Por tanto, nuestra fe y Cristo, quien es el objeto de nuestra fe, en realidad son uno. Ésta es la porción de la herencia neotestamentaria que Dios nos asignó.
La fe no es iniciada por nosotros, y tampoco es algo que proceda de nosotros. Por el contrario, la fe procede de Dios, es iniciada por Dios y nos es asignada por Dios. ¿De qué manera la fe nos es asignada? La fe viene a nosotros mediante la palabra en la revelación de Dios. Cuando esta palabra es predicada a nosotros, ella nos comunica la realidad de la herencia neotestamentaria. Además, al ser predicada esta palabra a nosotros, el Espíritu opera simultáneamente con ella. En realidad, según la Biblia, la palabra y el Espíritu son uno. En Juan 6:63 el Señor Jesús dijo: “Las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida”. La palabra es el Espíritu, y el Espíritu es la palabra (Ef. 6:17). Por tanto, mediante la palabra hablada y por la operación, la inspiración, del Espíritu, la fe es producida en nuestro interior. De este modo, Dios nos asigna la fe igualmente preciosa. Mediante la palabra hablada y el Espíritu inspirador, Dios infunde fe en nuestro ser. Una vez que esta fe ha sido impartida en nosotros, tenemos la porción que nos fue asignada de la herencia neotestamentaria.
En 2 Pedro 1:1 Pedro nos dice que nos fue asignada “una fe igualmente preciosa”. La palabra griega traducida “igualmente” literalmente significa de igual valor u honra, por ende, igualmente preciosa. Esto no significa que sea igual en cuanto a su medida, sino que es igual en cuanto a valor u honra para todos los que la recibieron. Todas las porciones de la preciosa fe no son iguales en medida, en cantidad, sino en calidad. Por ejemplo, la parcela de la buena tierra asignada a cada una de las doce tribus difería en cuanto a su tamaño, pero pese a ello, todas ellas eran equivalentes en cuanto a calidad. Por esta razón, cada una de las parcelas asignadas era igualmente preciosa. El principio es el mismo con respecto a la fe igualmente preciosa.
La fe es lo que da sustantividad a la verdad (He. 11:1), la cual es la realidad del contenido de la economía neotestamentaria de Dios. El contenido de la economía neotestamentaria de Dios se compone de “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad”, es decir, del Dios Triuno que se imparte a nosotros internamente como vida y externamente como piedad. La fe igualmente preciosa, que Dios nos asignó por medio de la palabra de Su economía neotestamentaria y del Espíritu, responde a la realidad de tal contenido y nos introduce en la realidad, haciendo de su sustancia el elemento mismo de nuestra vida y nuestra experiencia cristianas. Tal fe es asignada como porción a todos los que creen en Cristo, y es igualmente preciosa para todos los que la han recibido. Por ser tal porción procedente de Dios, esta fe es objetiva para nosotros en la verdad divina; pero introduce en nosotros todo el contenido de aquello a lo cual ha dado sustantividad, con lo cual hace que este contenido, juntamente con ella (la fe), sea subjetivo para nosotros en nuestra experiencia. Esto puede compararse con el paisaje (la verdad) y la acción de ver (la fe), los cuales son objetivos para la cámara (nosotros). Pero cuando la luz (el Espíritu) imprime el paisaje en la película (nuestro espíritu) que está dentro de la cámara, tanto la acción de ver como el paisaje mismo llegan a ser subjetivos para la cámara.
La fe preciosa dada por Dios internamente a nosotros mediante el Espíritu como poder y Cristo como elemento, es la clave para que recibamos la economía neotestamentaria de Dios, del mismo modo en que la ley, dada por Dios externamente a Israel mediante los ángeles y Moisés (Gá. 3:19), fue la clave para la dispensación antiguotestamentaria de Dios (vs. 23, 26). En Gálatas 3 destacan dos palabras: la ley y la fe. Antes que la fe viniera se tenía la ley, que fue la clave para la dispensación antiguotestamentaria de Dios. Ahora en el Nuevo Testamento la clave ya no es la ley, sino la fe. La fe es la clave para que recibamos la economía neotestamentaria de Dios. La fe ha venido a reemplazar la ley. Ésta es la fe que Dios produce, forma y nos da. Ahora esta fe viva es la clave para que recibamos todas las bendiciones, incluso todos los legados, de la economía neotestamentaria de Dios.
La ley fue el principio según el cual Dios se relacionaba con Su pueblo en Su economía antiguotestamentaria. “Antes que viniese la fe, estábamos bajo la custodia de la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada” (v. 23). Estar bajo custodia equivale a ser resguardados, ser guardados, en un redil. Estar bajo la custodia de la ley puede compararse a encerrar las ovejas en un redil (Jn. 10:1, 16). La ley fue usada a manera de redil para guardar al pueblo escogido de Dios hasta que Cristo viniera. Puesto que Cristo ha venido, el pueblo de Dios ya no debe ser guardado bajo la custodia de la ley.
La palabra griega traducida “para” en Gálatas 3:23 también puede traducirse “con miras a”. Esto indica que el encierro tiene un determinado objetivo o meta, a saber, debe resultar en llevar a la fe a quienes fueron guardados bajo tal encierro.
Gálatas 3:24 dice: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe”. La palabra griega traducida “ayo” también puede traducirse “escolta”, “tutor” o “custodio”, lo cual denota a uno que se encarga de un niño menor de edad y lo conduce al maestro. Dios usó la ley como custodio, tutor, ayo, para que vigilara a Su pueblo escogido antes que viniese Cristo, y para que los escoltara y condujera a Cristo cuando éste viniera en el tiempo apropiado.
Gálatas 3:25 añade: “Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo”. Puesto que ha venido la fe en Cristo, ya no necesitamos estar bajo la ley que nos custodiaba.
Así como la ley era el principio básico según el cual Dios se relacionó con Su pueblo en el Antiguo Testamento, la fe es el principio básico conforme al cual Él se relaciona con Su pueblo en el Nuevo Testamento. Todos aquellos que se rehúsan a creer en Cristo, perecerán, mientras que los que crean en Él serán perdonados de sus pecados y recibirán la vida eterna. En Juan 16:9 se nos dijo que el Espíritu convencerá al mundo de pecado por cuanto no creen en el Hijo de Dios. Esto indica que el único pecado que hace que la gente perezca es la incredulidad. El mandamiento dado por Dios a los pecadores es que crean en el Hijo de Dios.
Gálatas 3:23 y 25 se refieren a la venida de la fe. El versículo 23 dice: “Antes que viniese la fe, estábamos bajo la custodia de la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada”. Este versículo indica claramente que hubo un tiempo cuando la fe vino y fue revelada. La fe no habría de ser hallada en el Antiguo Testamento, sino que vino con Jesucristo. Cuando Cristo vino, la gracia vino, y también vino la fe. La fe ha venido para reemplazar a la ley. Por tanto, Gálatas 3:25 dice: “Venida la fe, ya no estamos bajo ayo”. Según este versículo, ahora que la fe ha venido ya no estamos bajo la ley como nuestro ayo. La fe y la ley no pueden coexistir. Antes que la fe viniese, estábamos bajo la ley. Pero ahora que la fe ha venido y ha sido revelada, esta fe reemplaza a la ley. La ley nos guardaba y nos conducía a Cristo, pero ahora, en nuestra experiencia, la ley debe ser reemplazada por la fe. La fe caracteriza a quienes han creído en Cristo y los distingue de quienes guardan la ley (Hch. 6:7; 1 Ti. 3:9). Nosotros no somos los que guardan la ley, sino los que creen en Cristo. Somos un pueblo de fe.
Gálatas 3:7 y 9 hace referencia a aquellos que “son de la fe”. Según la versión New Translation de Darby, esta expresión denota el principio rector de la fe. En su traducción, él adoptó la frase “el principio de la fe”. Ser de la fe significa ser una persona conforme al principio de la fe. Somos aquellos que toman la fe como principio rector. Todo cuanto hagamos debe conformarse a este principio. Es conforme a este principio rector que venimos a Cristo, le recibimos y llegamos a ser uno con Él en una unión orgánica.