Lectura bíblica: Jn. 3:5-6, 8, 14-16, 29-30, 31-36
Cuando leamos Juan 3, debemos tener la comprensión y el aprecio adecuados acerca de cinco asuntos: el ser humano serpentino (vs. 6, 14), el aumento universal de Cristo (vs. 6, 30), el Cristo ilimitado (vs. 29-36), el Espíritu inmensurable (vs. 5-6, 34) y la vida eterna (vs. 15-16, 36). En realidad, estos cinco asuntos conforman el título de este mensaje: “Las personas serpentinas llegan a ser el aumento universal del Cristo ilimitado por el Espíritu inmensurable con la vida eterna”. Quiero llamar su atención a los adjetivos usados para describir los sustantivos personas, aumento, Cristo, Espíritu y vida. Las personas son serpentinas, el aumento es universal, Cristo es ilimitado, el Espíritu es inmensurable, y la vida es eterna. Ahora pasemos a considerar cada uno de estos cinco asuntos.
En Juan 3 se revela la naturaleza serpentina de los seres humanos. El Señor le dijo a Nicodemo: “Lo que es nacido de la carne, carne es” (v. 6). En el versículo 14 el Señor le dijo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado”. Esta palabra implica que Nicodemo tenía una naturaleza serpentina. Nicodemo pudo haber sido un caballero, pero era un caballero serpentino. Además, es posible que Nicodemo se considerara un hombre moral y bueno. Pero por muy moral y bueno que él haya sido exteriormente, interiormente tenía la naturaleza serpentina. El Señor le indicó a Nicodemo que así como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, así Él sería levantado en la cruz para morir como el Sustituto de Nicodemo. Esto ciertamente indicaba que, como todos los otros seres humanos caídos, Nicodemo era serpentino. Así pues, en este capítulo definitivamente se ha quitado el velo de la naturaleza serpentina.
Juan 3:30 alude al aumento de Cristo. El aumento universal de Cristo se relaciona con el espíritu, la parte espiritual de un ser humano. Juan 3:6b dice: “Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. Nosotros los creyentes tenemos tanto la naturaleza serpentina en nuestro ser como también la parte espiritual de nuestro ser. Todos debemos reconocer el hecho de que tenemos estas dos clases de “ser”. Si no vivimos en nuestro espíritu, entonces ciertamente viviremos en nuestra naturaleza serpentina, no importa si lo que hacemos este bien o esté mal, pues en nuestro ser serpentino podemos hacer cosas tanto buenas como malas.
El título de este capítulo habla de que las personas serpentinas llegan a ser el aumento universal del Cristo ilimitado. Nuestro espíritu regenerado es parte del aumento de Cristo, y este aumento es la multiplicación y reproducción de Cristo. Mediante el proceso de la regeneración, los seres humanos serpentinos pueden llegar a ser parte del aumento de Cristo.
En el capítulo 3 de Juan podemos ver al menos nueve aspectos del Cristo ilimitado. Primero, el Cristo ilimitado viene de arriba, esto es, de los cielos: “El que de arriba viene, es sobre todos; el que procede de la tierra, de la tierra es, y lo que habla procede de la tierra; el que viene del cielo, es sobre todos” (v. 31). En aquel tiempo Cristo estaba en la carne, y la carne procede de la tierra. Pero dentro de Él había una parte que procedía de arriba, de los cielos.
Según 3:31, el Cristo ilimitado no solo viene de arriba, sino que también es sobre todos. Aquel que viene del cielo, es sobre todos. Aun cuando Él estaba en la tierra, bajo los cielos, aun así Él estaba sobre todos. Debido a que Cristo es todo-inclusivo, ilimitado y universal, Él está sobre todos. Mientras estaba en la tierra, Él seguía estando en los cielos (v. 13).
Juan 3:35 dice: “El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en Su mano”. Las palabras el Padre ama al Hijo son muy importantes. Este versículo implica que aparte de Cristo o fuera de Cristo, nada complace a Dios. Nada que se halle fuera de Cristo complace a Dios el Padre. El Padre únicamente ama a una sola persona, y esa persona es Cristo.
Cuando algunos oyen que Cristo es el Único a quien el Padre ama, ellos podrían señalar que Juan 3:16 nos dice que Dios amó de tal manera al mundo. Sin embargo, el amor que Dios le tiene al mundo se relaciona con Cristo. Aparte de Cristo, Dios no ama a nadie ni a nada. Aunque Dios ama al mundo, si no tuviésemos a Cristo, nos perderíamos el amor de Dios.
Debemos poner los versículos 16 y 35 juntos para poder ver donde podemos disfrutar el amor del Padre. Únicamente en Cristo podemos disfrutar el amor de Dios el Padre. Necesitamos estar en Cristo al creer en Él. Si estamos fuera de Cristo, no tenemos nada que ver con el amor de Dios. Dios sí ama al mundo, pero no podemos experimentar ese amor si no estamos en Cristo. Podemos encontrar el amor del Padre sólo en Cristo.
Juan 3:35 no sólo dice que el Padre ama al Hijo, sino que también el Padre ha entregado todas las cosas en Su mano. El Padre ha entregado todo a Cristo, incluyéndonos nosotros. El universo entero ha sido entregado a Cristo, a quien Dios el Padre ama. Él es el único receptor del amor y los dones del Padre. Esto implica que si no estamos en Cristo, no recibiremos ningún don del Padre. Cristo es el único objeto del amor del Padre y también el único receptor de los dones que han sido entregados por el Padre. Si queremos disfrutar el amor del Padre, necesitamos estar en Cristo. De igual manera, si queremos participar en lo que Dios da, también necesitamos estar en Cristo. Pablo dice que todo es nuestro y que nosotros somos de Cristo (1 Co. 3:21-23). Si nosotros mismos no somos para Cristo, nada puede ser para nosotros.
Aquel que viene de arriba, que es sobre todos, a quien el Padre ama, y al cual el Padre le ha entregado todas las cosas, también fue enviado por Dios. El versículo 34 dice: “El que Dios envió, habla las palabras de Dios; pues no da el Espíritu por medida”. Cristo es el Embajador de Dios. Él fue enviado por Dios y viene de Dios.
El Señor Jesús no sólo fue enviado de Dios, sino que también fue enviado “de-con” Dios. Juan 6:46 dice: “No que alguno haya visto al Padre, sino Aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre”. La preposición griega traducida “de”, en este versículo, es pará, que significa “al lado de”; aquí significa literalmente “de con”. El Señor no sólo viene de Dios, sino también viene con Dios. Aunque Él viene de Dios, también está siempre con Dios. Además, cuando el Señor vino como el enviado de-con el Padre, el Padre venía con Él.
Conforme a 3:34, Cristo como Aquel que fue enviado por Dios habla las palabras de Dios. El vocablo griego traducido “palabras” es réma, la cual denota la palabra hablada para el momento. Difiere de lógos, que se refiere a la palabra constante, como se usa en Juan 1:1. En Juan 6:63 el Señor Jesús dijo: “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida”. Aquí también se usa la palabra griega réma. El Espíritu es viviente y verdadero, no obstante es misterioso e intangible y difícil de ser entendido por nosotros; pero las palabras del Señor son tangibles, concretas. Primero, el Señor indicó que para poder darnos vida, Él debería llegar a ser el Espíritu. Luego dijo que las palabras que Él hablaba son espíritu y vida. Lo que nos muestra que las palabras que habló son la corporificación del Espíritu vivificante. Él ahora es el Espíritu vivificante en resurrección, y el Espíritu se halla corporificado en Sus palabras. Cuando recibimos Sus palabras, al ejercitar nuestro espíritu, recibimos al Espíritu, quien es vida.
La naturaleza y esencia de la Deidad es Espíritu. Juan 4:24 dice: “Dios es Espíritu”. En este versículo la palabra Espíritu no denota la persona de Dios; más bien, denota la esencia o la naturaleza de Dios. Así como la esencia de una silla de madera es madera, así también la esencia de Dios es Espíritu. El Espíritu es la esencia de Dios.
¿Cómo es posible que la esencia de Dios entre en nuestro ser? Esto es posible por medio de Cristo como Aquel que fue enviado de Dios. Como el Enviado de Dios, Cristo es el primer y principal Apóstol. En cuanto a esto, Hebreos 3:1 dice: “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra confesión, Jesús”. El Apóstol es Aquel que nos fue enviado de Dios y con Dios. Como Apóstol, Cristo vino a nosotros con Dios para compartir a Dios con nosotros a fin de que pudiéramos participar de Su vida y naturaleza. Además, como el Apóstol, el Enviado y el Embajador, Cristo habla las palabras de Dios. Las palabras que Cristo habla son réma, la palabra que es espíritu y vida.
Muchos de nosotros podemos testificar que cuando tocamos la Palabra de Dios apropiadamente, al ejercitar nuestro espíritu, la palabra que entra en nosotros llega a ser espíritu, y cuando llega a ser espíritu, también llega a ser vida. Cuando alguno habla la palabra, ésta sigue siendo la palabra. Pero una vez que la palabra entra en nosotros, llega a ser espíritu y vida. Entonces, a medida que hablamos la palabra que ha llegado a ser espíritu y vida dentro de nosotros, ésta viene a ser nuevamente la palabra. Cuando dicha palabra entra dentro de otros, la palabra de nuevo se convierte en espíritu y vida. Es así como Dios, quien Él mismo es Espíritu y vida, es la palabra hablada dentro de nosotros. Por este medio la propia esencia de Dios entra en nuestro ser como la palabra.
La palabra del Señor Jesús es realmente la esencia de Dios. Por lo tanto, cuando esta palabra entra en nuestro ser, la esencia de Dios penetra en nuestro ser. Esta esencia es el Espíritu.
¿Han oído alguna vez que el Espíritu es la esencia de Dios y que esta esencia se transmite mediante la palabra que Dios habla? Me entristece profundamente el hecho de que muchos cristianos no conocen esto. En realidad, en lo que al Espíritu se refiere, hay gran confusión entre los creyentes hoy en día.
En el Antiguo Testamento Dios habló de diversas maneras, de diferentes formas, por medio de los profetas. Pero en el Nuevo Testamento Dios habla únicamente por medio de una sola persona, y esa persona es Su Hijo. Al respecto, Hebreos 1:1-2a dice: “Dios, habiendo hablado en muchas ocasiones y de muchas maneras en tiempos pasados a los padres en los profetas, al final de estos días nos ha hablado en el Hijo”. Todos los ministros del Nuevo Testamento que imparten la Palabra forman parte del hablar de Dios en el Hijo. Por ejemplo, el hablar de Pablo en su ministerio era parte del hablar de Dios en Su Hijo. De igual manera, hoy nosotros hablamos la palabra de Dios en el Hijo, porque todos estamos en el Hijo. No hablamos la palabra de Dios fuera del Hijo; más bien, hablamos la palabra de Dios en el Hijo.
En nuestro hablar deseamos ser un solo espíritu con Cristo, el Hijo de Dios. A menudo, antes de ministrar la Palabra, yo oro: “Señor, sé un solo espíritu conmigo mientras hablo. Señor, al hablar Tu palabra, quiero practicar ser un solo espíritu contigo”. Si no tengo la certeza de que soy un solo espíritu con el Señor, no tengo ningún deseo de hablar.
Ser un solo espíritu con el Señor mientras hablamos la palabra significa que en verdad estamos en el Hijo de Dios. Todos los que genuinamente hablan la palabra divina del Nuevo Testamento forman parte del hablar de Dios en el Hijo. Hoy Dios el Padre habla en el Hijo, y el Hijo incluye a todos los ministros de la Palabra del Nuevo Testamento.
¿Qué es lo que hacemos al llevar a cabo el ministerio de la palabra? Hablamos Dios y lo introducimos en las personas. Al hablar impartimos la esencia divina en ellas. Hablamos la esencia de Dios a los demás y se la impartimos. Muchos de nosotros pueden testificar que, como resultado de haber oído el ministerio genuino de la palabra, recibimos la esencia de Dios. Oímos la palabra y la recibimos. Y después de que recibimos la palabra, ésta llega a ser espíritu y vida en nosotros. El Espíritu es en realidad la esencia de Dios, quien llega a ser la vida misma dentro de nosotros. Todo mensaje que escuchemos que no llegue a ser espíritu y vida en nosotros, no es un mensaje apropiado. Ese mensaje, tal vez sea correcto en un sentido doctrinal y bíblico, pero no transmite la esencia de Dios. La palabra en nuestro ministerio debe ser la esencia misma de Dios.
El Cristo ilimitado viene de arriba, es sobre todos, es amado por el Padre, le han sido entregadas todas las cosas de parte del Padre, y fue enviado por Dios como Apóstol de Dios. Ahora debemos ver que Él habla la palabra de Dios. Él no habla Sus propias palabras ni las palabras de otro; Él únicamente habla la palabra de Dios. Esta palabra, es espíritu y vida, y es la esencia de Dios mismo.
En nuestro hablar debemos ser un solo espíritu con el Señor, a fin de poder hablar la esencia de Dios e impartirla en los demás. Cuando predicamos el evangelio, debemos predicar la esencia de Dios e impartirla en los pecadores. Cuando damos un mensaje, debemos impartir la esencia de Dios en los santos. Cuando ministramos la palabra, debemos impartir la esencia de Dios en los demás. Esto quiere decir que en el ministerio de la palabra somos los mayordomos que servimos la esencia de Dios a los santos como su nutrición. Como un mesero le sirve a la gente comida, así también los que ministran la palabra de Dios deben servir a los santos la esencia de Dios. La esencia de Dios es transmitida a nosotros mediante la palabra de Dios.
El Cristo ilimitado y todo-inclusivo continuamente nos está hablando para impartir la esencia de Dios en nosotros. Por esta razón, todo lo que hablemos en las reuniones de la iglesia debe ser el hablar de esta Persona. Esto significa que Él habla en nuestro hablar. Solamente Él ha venido de arriba y es sobre todos. Solamente Él es amado por el Padre, al cual el Padre le ha entregado todo, y ha sido enviado por el Padre para hablar Dios e impartirlo a nosotros. Hoy en día, no debemos separarnos de Él mientras hablamos la palabra. Más bien, debemos ser unidos a Él como un Espíritu y hablar junto con Él para que Él hable en nuestro hablar. El Señor sigue hablando hoy. Él no habla ninguna palabra que no sea la palabra, el réma de Dios, que es espíritu y vida.