Oración: Señor, te adoramos desde lo más recóndito de nuestro ser. Tú eres el Señor, la Fuente y la Cabeza. Te damos gracias por habernos reunido en Tu nombre una vez más esta noche. Creemos que Tú estás aquí. Estamos aquí para buscarte en Tu Espíritu. Señor, creemos que te revelarás a nosotros en Tu palabra. Todos estamos aquí. Te pedimos que Tu sangre nos limpie de muchas maneras, para que podamos recibir Tu unción y Tu rico derramamiento. Señor, tranquiliza nuestros corazones para que estemos completamente abiertos a Ti y seamos totalmente liberados de nosotros mismos para estar en Tu Espíritu. Que Tu Espíritu imparta gracia a cada uno de los que estamos aquí. Señor, opera en esta reunión y en lo más recóndito de todos los que estamos aquí, para que ninguno se quede por fuera ni ninguno se vaya sin ser tocado, sino que todos recibamos una palabra de parte Tuya. Señor, te pedimos que impartas Tu gracia a cada uno de los que asisten a esta reunión, no importa quién sea. Después que acabe esta reunión, te pedimos que nadie la olvide, sino que siempre recordemos el tiempo en que estuvimos reunidos aquí, y recordemos que es aquí que tuvimos contacto contigo y que fuimos tocados por Ti y que también te tocamos en nuestro espíritu. Señor, danos la palabra viva y el rico suministro. Transmítenos Tu deseo, Tu amor, Tus pensamientos e incluso Tu expresión. Señor, queremos que seas un solo espíritu con nosotros y que hables en nuestro hablar. Señor, vindica Tu camino, avergüenza a Tu enemigo y bendice a cada uno de los que te buscan. Amén.
En el mensaje anterior vimos dos puntos principales. El primero es la Trinidad Divina, y el otro es la impartición divina. La Trinidad Divina es nuestro Dios único y verdadero. Él es Aquel en quien creemos y Aquel a quien adoramos. Con respecto a Él, tenemos la distinción del Padre, Hijo y Espíritu. El Padre se expresa en el Hijo, y el Hijo es hecho real como Espíritu. El Hijo es la manifestación del Padre, y el Espíritu es la realidad del Hijo. Estos tres no son tres dioses, sino un solo Dios. Este Dios único es el Padre, el Hijo y el Espíritu con un propósito específico, el cual es impartirse en Sus creyentes. Él es un solo Dios Triuno, pero puede impartirse en millones de personas. Esto es algo misterioso. Aunque hemos explicado cómo el Dios Triuno —el Padre, el Hijo y el Espíritu— se imparte en nosotros dando el ejemplo de la sandía que es cortada en pedazos y luego es puesta bajo presión para convertirse en jugo, en realidad el hecho no es tan sencillo, sino que es demasiado profundo. Es tan profundo que no alcanzamos a desentrañarlo ni a entenderlo. Sin embargo, sí existe tal cosa en el universo.
Este Dios Triuno tuvo un beneplácito y un deseo en la eternidad pasada antes de la creación del mundo. Según este beneplácito y deseo, la Trinidad Divina celebró una conferencia de la Deidad y tomó la decisión de crear al hombre a Su imagen y conforme a Su semejanza, para que a partir de un hombre creado, pudiese propagarse a muchos hombres. Antes que el tiempo empezara, y antes que los cielos y la tierra fuesen creados, Él nos predestinó conforme a Su presciencia y previsión y marcó un destino para nosotros. De esta manera, un día escuchamos el evangelio y, sin saber por qué lo hicimos, creímos. Además, cuanto más avanzamos, más firmemente creemos. Incluso nosotros mismos nos maravillamos y nos preguntamos cómo esto sucedió. En realidad, nada de esto depende de nosotros, pues hemos sido escogidos por Él. Incluso si nosotros no lo queremos, Él todavía nos quiere.
En lo que a nosotros se refiere, la salvación es simplemente una pequeña experiencia. Pero en lo que a Dios se refiere, no es algo sencillo. En primer lugar, Él tuvo que crear todas las cosas. Luego tuvo que crear al hombre. Después de crear al hombre, y debido al fracaso por parte del hombre, tuvo que esperar cuatro mil años. Al final, Él mismo se hizo hombre. Cuando creó todas las cosas, Él pudo llamar las cosas que no son como existentes. Pero cuando se hizo carne, tuvo que operar conforme a la ley de la propagación que Él creó en el hombre. Un día, el Espíritu Santo vino a la virgen María, y algo maravilloso le ocurrió a ella. Lo santo fue concebido en ella. El Santo concebido en ella era Dios, la Palabra eterna (Mt. 1:20). El Dios que era la Palabra entró en el vientre de la virgen María y permaneció allí por nueve meses. Cuando se cumplió ese tiempo, Él nació con una naturaleza humana. Éste fue el Señor Jesús. Lo que entró fue Dios, pero lo que salió al nacer fue Dios con humanidad. Esto es lo que dice Isaías 9:6, de que un niño nos es nacido, y un hijo nos es dado. Ese niño es el Dios Fuerte, y ese Hijo es el Padre Eterno.
Después que el Señor Jesús nació, Herodes intentó matarlo, y José y María tuvieron que llevarlo a Egipto y buscar refugio allí. Más tarde ellos regresaron a una pequeña aldea en Galilea, llamada Nazaret, donde estuvo treinta años en la casa de una familia pobre. A la edad de treinta, que según las Escrituras es la edad en que un sacerdote empieza a asumir sus responsabilidades, Él fue bautizado y fue ungido por el Espíritu Santo. Además de esto, fue probado. Desde entonces, empezó a hablar por Dios y a laborar. Adondequiera que iba hablaba acerca de Dios, expresaba a Dios y revelaba a Dios a los hombres. Tres años y medio después, fue traicionado, atado y condenado, y fue crucificado en el monte Gólgota a las afueras de la ciudad de Jerusalén. Juan nos dijo que este Jesús crucificado tiene tres estatus. En primer lugar, es el Cordero de Dios, para ser nuestro Redentor y, como tal, quitó el pecado del mundo. En segundo lugar, es la serpiente de bronce y, como tal, fue colgado en el madero para quitar la naturaleza satánica que estaba en nosotros. Tercero, es el grano de trigo que cayó en la tierra y murió, librando así la vida divina y produciendo los muchos granos.
Además, todo Su ser —espíritu, alma y cuerpo— resucitó y fue transfigurado en el Espíritu vivificante. Este Espíritu es un Espíritu compuesto y vivificante. En este Espíritu está la divinidad, la humanidad, el vivir humano de Jesús y Su muerte todo-inclusiva con el poder de Su resurrección. Éste es el ungüento santo que se describe en Éxodo 30. Es la mezcla de un hin de aceite de oliva con cuatro clases de especias. El Espíritu como el ungüento santo que nos unge interiormente nos capacita para participar de todos los elementos del Dios Triuno. De esta manera, por medio de la encarnación, el vivir humano, la crucifixión y la resurrección en la que llegó a ser el Espíritu vivificante, el Dios Triuno logró algo muy grande, a saber, llevar a cabo Su impartición divina. Hoy en día nuestro Dios ya no es sencillamente la Palabra que estaba allí en el principio. Él se hizo carne, laboró por Dios en la tierra, fue a la cruz, efectuó la obra de la redención, entró en el Hades, venció la muerte y salió de ella. En la resurrección Él llegó a ser el Espíritu vivificante, y ahora está muy disponible a nosotros. En tanto que creamos en Él e invoquemos Su nombre, Él se impartirá a nosotros. ¡Éste es el evangelio!
Hoy debemos predicar este evangelio a otros. No debemos predicar el evangelio superficial que predica el cristianismo. Ese evangelio les dice a las personas que han pecado y que tienen que sufrir el castigo de irse al infierno, pero que Dios ha tenido misericordia de ellos y les ha dado a Su Hijo amado para que muriera por ellos a fin de redimirlos y resucitar por ellos, y que en tanto que ellos se arrepientan y crean en Él, recibirán la vida eterna e irán al cielo. Les dice también que aunque el mundo está lleno de sufrimientos, ellos pueden confiar en Él, aprender a hacer el bien y glorificar a Dios. Aunque éste es el evangelio, es un evangelio inferior. El evangelio elevado que nosotros predicamos dice que la Palabra que era Dios en el principio se hizo carne, experimentó el vivir humano, fue crucificado, resucitó y llegó a ser el Espíritu vivificante para efectuar la gran obra de la impartición divina.
Hoy en día Jesús no sólo es nuestro Redentor y nuestro Salvador, sino que también es el Dios que se imparte en todos los que creen en Él. Cuando se imparte en nosotros, los creyentes, Él llega a ser nuestra gracia y nuestra realidad, a fin de que tengamos un contenido sustancioso y ya no estemos vacíos. Nuestras vidas hoy tienen un propósito y una meta. Puesto que Cristo efectuó esta impartición divina, llegó a ser el Espíritu vivificante y ahora está en todas partes, Él puede ahora entrar en los que invocan Su nombre en cualquier momento y en cualquier lugar. En cualquier momento, en cuanto una persona crea en Él e invoque Su nombre, Él entrará en ella y llegará a ser su vida y su todo.
Yo sé con certeza que soy salvo. También sé exactamente cuándo fui salvo. En abril de 1925 una joven vino de Shanghái a predicar el evangelio, y yo fui a escuchar por curiosidad. Cuando escuché la palabra, fui apresado por el Señor. No di un grito ni tampoco salté ni brinqué. Simplemente sentí que había sido apresado por el Señor. Le dije al Señor que no quería que Satanás me usurpara más; tampoco quería más el mundo. Después de la reunión, mientras iba camino a casa, y antes de llegar, alcé mi cabeza al cielo y dije: “Señor, de hoy en adelante, aunque me den todo el mundo, no lo aceptaré. Deseo ir y predicar a Jesús”. Después de uno o dos años, descubrí que había ocurrido un cambio en mí. Los entretenimientos mundanos que anteriormente había disfrutado ya no me ataban. Desde ese día, empecé a amar al Señor, a buscarle y a servirle. A lo largo de mi vida cristiana, muchas cosas me han confirmado que las experiencias espirituales son normales. Cuanto más normal sea la experiencia, más apropiada es. De hecho, es milagrosamente normal. La razón de ello es que el Dios Triuno se ha impartido en mí para ser mi vida.
Después que el Señor efectuó Su impartición divina, envió a los hombres a predicar el evangelio. Cuando escuchamos el evangelio, nuestra única alternativa es creer. Una vez que creemos e invocamos el nombre del Señor, sucede lo siguiente. Primeramente somos regenerados. Cuando recibimos al Señor, la impartición del Dios Triuno empieza a operar en nosotros. El Espíritu que fue producido por medio de la muerte y la resurrección del Señor Jesús entra en nuestro espíritu, y nosotros recibimos al Espíritu de vida de Dios, el cual engendra la vida de Cristo en nuestro espíritu (Jn. 3:3-6). En otras palabras, recibimos la vida de Dios además de nuestra vida en la carne. A partir de ese momento, nacemos de Dios y llegamos a ser hijos de Dios (1:12-13). Dios es nuestro Padre, y nosotros somos Su familia.
Cristo no sólo es nuestra vida para regenerarnos, sino que también es el aliento santo que hemos de inhalar. Juan 20:22 dice que cuando el Señor Jesús se puso en medio de los discípulos, les dijo: “Recibid al Espíritu Santo”. Esto significa que cada creyente puede inhalar al Señor invocando Su nombre. Inhalar de esta manera es inhalar al Cristo pneumático como inhalamos el aire (v. 22). La estrofa 2 de Himnos, #41 dice: “Respirar, Jesús, Tu Nombre / Me da vida en verdad”.
Tercero, inhalar el nombre del Señor Jesús no sólo es inhalar al Señor como el aire que respiramos, sino también beber al Cristo pneumático, quien es el agua viva (4:10, 14; 7:37-39). Por lo tanto, Él no sólo es nuestra vida y nuestro aire, sino también nuestra agua viva.
Además de esto, podemos comer al Cristo que está en la palabra viva de vida como alimento espiritual. El Señor dijo en Juan 6:63: “Las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida”. Es este Espíritu y esta vida lo que nos capacita para obtener el suministro de la vida espiritual. En 2 Timoteo 3:16 también se nos dice que toda la Escritura es dada por el aliento de Dios. Lo que Él exhala, nosotros lo inhalamos. De esta manera, recibimos el suministro de vida.
Aunque la Biblia contiene muchas enseñanzas y exhortaciones, cuando las recibamos, debemos recibir primero su suministro y después recibir la enseñanza. La mayoría de la gente recibe primero la enseñanza; pero eso no es lo correcto. La Biblia es el aliento de Dios; contiene el propio elemento de Dios, y es para nuestro suministro. En Romanos 10:5-8 Pablo citó la palabra de la ley en Deuteronomio 30:12-14. Allí él aplicó la palabra de la ley a Cristo, porque aunque era la palabra de la ley, ésta procedía de la boca de Dios, y Cristo es Aquel que salió de Dios. Por consiguiente, tanto la palabra escrita de la Biblia como la palabra viva de Cristo son la palabra de Dios. Cuando el Señor Jesús fue tentado, Él citó tres veces la palabra de Deuteronomio para resistir a Satanás. Él le dijo al tentador que no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt. 4:4). La palabra de Dios puede nutrir al hombre, porque la palabra de Dios es simplemente Cristo mismo.
Por lo tanto, cuando leamos la Biblia, debemos primero ejercitar nuestro espíritu para invocar el nombre del Señor antes de leer. De este modo, nuestro espíritu recibirá el suministro de Cristo. Entonces cuando usted trate de entender el significado de la palabra del Señor, recibirá más, porque Cristo no sólo le impartirá un suministro a su espíritu, sino que también abrirá su entendimiento e iluminará su mente para que entienda el significado de la palabra de Dios. Al final, el suministro que usted recibirá no sólo estará en su espíritu, sino que también estará en su mente, en su parte emotiva y en su voluntad. En esto consiste comer a Cristo como alimento espiritual.
Además, Cristo es también la vid verdadera. Nosotros somos pámpanos de Él, el árbol. Si permanecemos en Él para disfrutar de todas Sus riquezas, creceremos en Su vida. Si le inhalamos, le comemos y le bebemos, Su impartición divina entrará en nosotros para ser nuestro aire, nuestra agua viva y nuestro alimento espiritual. De este modo, podremos permanecer en Él para disfrutar de la abundante suministración que proviene de Él como vid.
Esto nos permite ver que inhalarle, comerle y beberle a Él es cierta clase de impartición. Permanecer en Él para absorber Sus riquezas es también una especie de impartición. Durante el día, en cualquier momento, en tanto que nos volvamos a Él, Su impartición continuará ocurriendo en nuestro interior.
Por esa razón, de ahora en adelante, tenemos que cambiar nuestro concepto. No sólo podemos orar-leer dos versículos en la mañana, sino que durante el día siempre podemos invocar el nombre del Señor. En cuanto contactamos la palabra del Señor o invocamos Su nombre, el suministro viene. Esto es aún más necesario en la vida matrimonial. Cuando dos personas viven juntas es imposible evitar los problemas. Por lo tanto, debo decirles un principio espiritual: cada vez que la otra persona lo contraríe y lo haga enojar, dígase a sí mismo que primero debe invocar al Señor Jesús. Ésta es una dosis todo-inclusiva. En el momento en que usted invoque, diciendo: “Oh Señor Jesús”, todo el enojo se irá. Cada vez que tengamos un problema, la mejor manera de tratarlo es invocar al Señor.
Si ustedes me preguntan por qué soy tan saludable, les diré que es porque siempre hago cierto ejercicio, el cual consiste en caminar un poco después de comer. Dar unos cuantos pasos me es de gran ayuda. Lo mismo sucede con respecto a nuestra vida espiritual. En medio de las ocupaciones de nuestro trabajo, si nos detenemos por unos minutos e invocamos al Señor y pensamos en Él un poco, seremos fortalecidos. Un himno dice que si le decimos sólo unas cuantas palabras al Señor, todo estará bien. Cada vez que afrontemos tentaciones, sólo debemos decirle unas palabras al Señor, y todo estará bien. Ya sea que la esposa esté enojada con el esposo, o el esposo haya sido maltratado por la esposa, no es necesario que ellos se digan ni una sola palabra. Siempre y cuando hablen con el Señor, el enojo desaparecerá. Esto es real y práctico. No debemos dejarnos afectar por algunas enseñanzas que dicen que uno debe ayunar o abstenerse de dormir para que algo suceda. Lo único que necesitamos hacer es sencilla y habitualmente invocar al Señor. Así, espontáneamente recibiremos un suministro de la vida del Señor. Si invocamos el nombre del Señor continuamente, le inhalamos, le bebemos, le comemos usando las palabras de la Biblia y permanecemos en Él para recibir Su suministro, creceremos en la vida de Dios.
Cuando disfrutemos y apliquemos la impartición divina de esta manera, habrá cinco resultados. En primer lugar, de nosotros correrán ríos de agua viva (Jn. 7:38-39). Segundo, produciremos frutos de vida (15:5, 16a). Tercero, apacentaremos los corderos del rebaño (21:15; 10:16). Cuarto, llegaremos a ser la novia de Cristo, que es el Cuerpo de Cristo como Su aumento (3:6b, 29-30). Quinto, llegaremos a ser el organismo del Dios Triuno procesado y así expresaremos al Dios Triuno mismo (15:1, 5, 8). Ésta es nuestra vida cristiana y también nuestra vida de iglesia.
(Mensaje dado por el hermano Witness Lee en Kota Kinabalu, Malasia, el 25 de octubre de 1990)