Lectura bíblica: 1 Jn. 1:2-3, 5-7, 9; 1 Co. 10:16; 2 Co. 13:14; Fil. 2:1; Jn. 15:4-5; Flm. 6
Punto central: la comunión de vida, por ser el fluir de la vida divina, proviene de la vida de Dios y es preservada por el sentir de vida para suministrarnos las riquezas de la vida divina.
En esta lección queremos ver algo en cuanto a la comunión de vida. Queremos ver el verdadero significado de la palabra comunión.
En Filipenses 2:1 el apóstol Pablo habla de la comunión de espíritu. Algunos traductores han entendido que el espíritu mencionado en este texto es el Espíritu de Dios. Pero, en realidad, no se trata del Espíritu de Dios, sino de nuestro espíritu. Sabemos que es así porque figura en la lista de nuestras virtudes espirituales. En Filipenses 2:1 Pablo habla de la consolación que hay en Cristo, del consuelo de amor, de la comunión de espíritu, del afecto entrañable y de las compasiones. Éstas no son virtudes de Dios, sino nuestras virtudes espirituales; por lo tanto, el espíritu al que se alude debe ser nuestro espíritu. Es necesario aclarar esto a los santos. Es de suma importancia porque este versículo nos dice que la comunión de vida se lleva a cabo en nuestro espíritu, o sea, que el lugar donde tenemos comunión con el Señor y con los santos es nuestro espíritu.
En Juan 15:4-5 no se menciona la palabra comunión, aunque vemos que estos versículos se refieren a ella. En estos dos versículos el término que indica comunión es permaneced. El Señor dice: “Permaneced en Mí, y Yo en vosotros”. El permanecer muto es en realidad la comunión.
La palabra griega que se traduce “comunión” significa “compartir algo en común”. En 1 Corintios 10:16 se nos dice: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?”. Participamos del Cuerpo del Señor en comunión y participamos de la copa también en comunión; así que el Cuerpo y la copa vienen a ser nuestra comunión. En Filemón 6 Pablo habla de “la comunión de tu fe”. Filemón tenía cierta fe, y en ésta había una especie de común participación.
La comunión de la vida es el fluir de la vida divina en nosotros (1 Jn. 1:2-3, 6-7). Podemos demostrar esto usando dos ejemplos. Primero, la circulación de la sangre muestra muy bien lo que es el fluir de la vida divina. Nuestra sangre fluye o circula por nuestro cuerpo constantemente, lo cual ofrece un buen cuadro de lo que es la comunión espiritual de la vida divina. Otro ejemplo que podemos usar es el de la corriente eléctrica, la cual es la circulación de la electricidad. Del mismo modo, la comunión de la vida divina es la circulación, el fluir, de la vida divina en nosotros. Todos sabemos que la circulación sanguínea requiere vasos sanguíneos, y la electricidad requiere cables; así que nosotros somos como vasos y cables por los que fluye la vida divina.
El fluir de la vida divina en nosotros en primer lugar es vertical; es decir, entre el Padre, el Hijo y nosotros (vs. 6, 3).
El fluir de la vida divina, la comunión de vida, también se realiza horizontalmente, o sea, entre nosotros y unos con otros (v. 7). El aspecto horizontal depende del aspecto vertical. En 1 Juan 1 se afirma que primero tenemos comunión con el Padre y el Hijo; y luego tenemos comunión unos con otros. Si no tenemos la debida comunión verticalmente, con el Padre y el Hijo; entonces no podremos tener comunión a nivel horizontal, unos con otros ya que la comunión horizontal entre nosotros depende de la comunión vertical que tengamos con el Padre y con el Hijo.
Esta comunión vertical y horizontal es como la elaboración de un tejido. En la comunión vertical y horizontal, tenemos la mezcla del Dios Triuno —el Padre, el Hijo y el Espíritu— con todos los santos. De hecho, la verdadera comunión es la mezcla del Dios Triuno con todos los santos redimidos. En otras palabras, la comunión llega a su consumación en la unidad que tiene el Dios Triuno con el Cuerpo de Cristo. Dicha comunión es el fluir de la vida del Dios Triuno en nosotros.
La fuente de la comunión de vida es la vida eterna de Dios. En 1 Juan 1:2-3 leemos que la vida eterna se ha anunciado para que tengamos comunión. Esto demuestra que la comunión procede de la vida eterna y que ésta es su origen. Tal como la corriente eléctrica procede de la central eléctrica, así la comunión proviene de la vida eterna.
La mayor parte del pueblo cristiano piensa que la comunión es una especie de relación social que tiene cabida en un grupo social de actividades sociales. Pero la comunión no es una relación social; debemos rechazar esa idea, pues no debe suceder tal cosa. La verdadera y genuina comunión que se produce entre nosotros tiene su origen en la vida divina y eterna. Si ése no es el origen, entonces la comunión no es genuina.
El medio por el cual se lleva a cabo la comunión de la vida es el Espíritu Santo; por eso se le llama la comunión del Espíritu Santo en 2 Corintios 13:14. El Espíritu Santo es el instrumento o el medio por el cual se realiza esta comunión. De hecho, es extremadamente difícil que en nuestra experiencia logremos hallar la diferencia entre la comunión, la vida y el Espíritu, ya que estos tres son una sola cosa. La vida es la fuente, la comunión es el fluir, y el Espíritu es el portador, el medio. Podemos diferenciar estos tres al explicarlos, pero no podemos hacerlo en nuestra experiencia.
La comunión de la vida se halla en nuestro espíritu, lo cual podemos comprobar con Filipenses 2:1. Debemos señalar con firmeza y claridad que si nuestra relación con los demás hermanos no se da en el espíritu, en el acto se convierte en una simple actividad social. El contacto que tenemos con los demás debe ser en el espíritu. Entonces eso viene a ser comunión. Esto se debe a que el fluir de la vida divina no se halla en nuestra alma, nuestra vida natural, sino en nuestro espíritu.
La comunión de vida la lleva a cabo el Espíritu de Dios en nuestro espíritu. Aunque nuestra mente pueda comprenderla, la comunión no se encuentra allí. Tal vez nuestras emociones se exalten y gocen, pero la comunión de vida tampoco está en nuestra parte emotiva. Sólo se da en nuestro espíritu. Por lo tanto, si somos independientes de nuestro espíritu o estamos fuera de éste, en el acto, cualquier contacto que tengamos con los demás no pasa de ser una reunión social y no es la comunión de la vida divina. La comunión de vida sólo se da en nuestro espíritu.
Si la comunión de la vida no tuviera función, carecería de sentido. Su función es suministrarnos todas las riquezas de la vida divina (Jn. 15:4-5). Cuanto más fluye en nosotros la vida divina más suministro de vida nos trae. Una buena descripción de esto se ve en el fluir del río de agua de vida que corre en la Nueva Jerusalén (Ap. 22:1-2). En ese río se encuentra el árbol de la vida. El árbol de la vida representa el suministro que viene con el fluir del río de agua de vida, y tal fluir es la comunión de la vida. Por consiguiente, el que el árbol de la vida crezca junto al río indica la función que tiene el fluir del río de agua de vida. Dicha función consiste en suministrarnos las riquezas de la vida divina.
Juan 15:4-5 dice que nosotros permanecemos en la vid y que la vid permanece en nosotros, lo cual nos suministra la savia vital de la vid. Sabemos esto porque si permanecemos en la vid, el resultado es que llevamos fruto, lo cual demuestra que al permanecer en la vid, recibimos la rica vida de la vid. La comunión de la vida actúa de esta manera única: nos suministra las riquezas de la vida de Cristo.
El primer resultado de la comunión de la vida es que nos trae la luz (1 Jn. 1:5-7). Dios es luz, y si tenemos comunión con Él, estamos en luz.
La comunión de vida no sólo nos da luz, sino que también nos trae el lavamiento práctico de la sangre. Quizás, este lavamiento sea una simple doctrina y un simple hecho objetivo para nosotros. En términos doctrinales es un hecho que no tendrá nada que ver con nosotros, a menos que estemos verdaderamente en la comunión. En 1 Juan 1:7 se nos dice que cuando estamos en luz, tenemos comunión, y la sangre nos limpia. Si no estamos en comunión, podemos decir que aplicamos la sangre y tal vez creamos que ésta nos limpia, pero en realidad no se produce tal limpieza. La sangre se nos aplica y nos limpia en verdad cuando tenemos verdadera comunión. Este punto tiene una importancia vital.
Muchos cristianos piensan que la sangre los limpia, pero la limpieza no se les aplica en la práctica porque no están en comunión. La sangre no nos limpia en la práctica si estamos fuera de la comunión; por eso, tenemos que estar en comunión. En toda la Biblia existe un solo versículo que nos dice cómo puede aplicarse la limpieza de modo práctico. Éste es 1 Juan 1:7, donde dice que cuando estamos en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado.
Como resultado de la comunión nosotros permanecemos en el Señor (Jn. 15:4-5). En realidad, permanecer es tener comunión, y tener comunión es permanecer.
Si no tenemos el sentir de vida, no podemos aprehender la comunión de vida, ya que dicha comunión se conoce, se percibe y se aprehende por el sentir de vida. ¿Cómo podemos saber que tenemos dentro de nosotros la comunión de vida, el fluir de la vida divina? Por el sentir de vida. Podemos usar como ejemplo nuestro cuerpo físico. Cuando éste se encuentra sano y sin problema, no sentimos nada, pero cuando nos enfermamos, empezamos a sentir muchas cosas. Cuando sentimos algo en el estómago, esto es un indicio de que tenemos algún problema allí. Si no sentimos nada en ese órgano, se debe a que está sano. Lo mismo sucede con la comunión de la vida divina.
Por lo general, cuando tenemos la comunión de vida, no percibimos ningún sentir, pero cuando algo está mal con la comunión de vida, con el fluir de la vida divina, lo podemos percibir. Si andamos en luz, en la comunión de vida, no tenemos ningún sentir en particular. Pero si tenemos algún sentir negativo o anormal, eso demuestra que tenemos la comunión de vida y que además algo está mal en nuestra comunión. Así que, la comunión de vida se realiza por el sentir de vida.
La comunión de vida es preservada, salvaguardada, protegida por el sentir de vida. Sucede lo mismo con nuestro cuerpo físico. El hecho de que sintamos dolor o alguna molestia nos protege y nos salvaguarda. Así que, el sentir de vida hace que conozcamos la comunión de vida, la protege, la salvaguarda y la preserva.
La relación que tenemos en la vida con el Padre jamás puede ser quebrantada, pero la comunión sí puede interrumpirse. Interrumpir la comunión es como detener el flujo de la corriente eléctrica. Lo más leve puede causar un corto eléctrico, lo cual interrumpe la corriente eléctrica.
Los pecados son lo primero que puede interrumpir la comunión de la vida. Si hacemos algo que sabemos que es pecaminoso, ello interrumpe, o se detiene, la comunión de vida.
Si desobedecemos a Dios, esto sin duda interrumpirá la comunión de la vida divina.
Debemos prestar atención al sentir de vida, pues de lo contrario, nuestra comunión de vida se interrumpirá.
Las cosas principales que por lo general interrumpen la comunión de vida son los pecados, la desobediencia, no prestar atención al sentir de vida y no seguir la dirección de la unción interior. En 1 Juan 2:27 se nos dice claramente que tenemos que permanecer en el Señor según nos enseña la unción.
Después que la comunión de la vida divina es interrumpida, es necesario restaurarla.
Debemos confesar nuestros pecados. En 1 Juan 1:9 leemos que si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda injusticia. Él nos perdona fielmente conforme a Su palabra y con justicia en conformidad con la obra redentora de Cristo. Por consiguiente, al confesar nuestros pecados, la comunión de vida que se había interrumpido puede ser ciertamente restaurada.
La confesión de los pecados nos corresponde a nosotros, y a Dios le corresponde limpiarnos. Si nosotros confesamos los pecados, indudablemente la sangre nos limpia y restaura la comunión que ha sido interrumpida.
El punto central de esta lección es que la comunión de vida, por ser el fluir de la vida divina, proviene de la vida de Dios y es preservada por el sentir de vida a fin de suministrarnos las riquezas de la vida divina.