Lectura bíblica: 2, Ro. 8:6, 11; Ef. 4:18-19; He. 8:10; 1 Jn. 2:27; Jn. 15:4-5; Fil. 2:13
Ya que hemos visto algo acerca de la comunión de vida, queremos ver algo de lo que es el sentir de vida. Vimos en la lección anterior que la comunión de vida se realiza por el sentir de vida y que éste preserva la comunión de vida.
Romanos 8:6 dice que la mente puesta en la carne es muerte, y que la mente puesta en el espíritu es vida y paz. El versículo 2 de Romanos 8 habla de la ley del Espíritu de vida, y el versículo 11, del Espíritu que mora en nosotros. Luego, tenemos que leer Efesios 4:18-19. En el versículo 18 tenemos la vida de Dios. Los incrédulos son ajenos a la vida de Dios. El versículo 19 dice que ellos “perdieron toda sensibilidad”. Hebreos 8:10 afirma que en el nuevo pacto Dios escribe Sus leyes dentro de los creyentes. Más adelante, 1 Juan 2:27 habla de la unción que enseña a los creyentes todas las cosas. Juan 15:4-5 habla del mutuo permanecer entre nosotros y el Señor, y Filipenses 2:13 habla de que Dios realiza en nosotros así el querer como el hacer por Su beneplácito. Éstos son algunos de los más valiosos versículos del Nuevo Testamento, y todos ellos contienen algo relacionado con el sentir de vida. Sin duda, en el Nuevo Testamento no se puede encontrar ningún versículo que use la expresión el sentir de vida. Sin embargo, los versículos citados ciertamente indican el sentir de vida y se refieren a éste.
Primero, necesitamos entender el significado y definición del sentir de vida.
El sentir de vida, por el lado negativo, hace que nos percatemos del sentir de muerte, un sentir negativo. Esto se revela claramente en Romanos 8:6. Es imprescindible que nos demos cuenta de que este versículo alude completamente a una sensación, ya que afirma que la mente puesta en la carne es muerte. Esto no sólo es un hecho, sino también algo que uno puede sentir, algo de lo que uno puede estar consciente. Cuando uno pone su mente en la carne, tiene el sentir de muerte. Uno percibe que la muerte está presente.
El sentir de muerte es una sensación interna de debilidad, vaciedad, inquietud, desasosiego, depresión, aridez, oscuridad, dolor, etc.; la cual es un sentimiento negativo (v. 6a). Cuando uno se siente débil, vacío, inquieto, intranquilo, deprimido, seco, en tinieblas y afligido por dentro, ello es un indicio de que la muerte está allí. Si la muerte está presente, esto significa que se ha puesto la mente en la carne. Poner la mente en la carne es sencillamente vivir en la carne. La mente es la llave de nuestro andar diario. La llave abre la puerta para que nosotros andemos por cierto camino. Poner la mente en la carne indica que abrimos la puerta de la carne y andamos por el camino carnal. Por lo tanto, cuando sentimos que la muerte esté presente, debemos percatarnos de que estamos viviendo y andando en la carne. Éste es el sentir negativo que recibimos mediante la función del sentir de vida.
Por el lado positivo, el sentir de la vida desempeña la función de hacernos conscientes de las siguientes sensaciones positivas: fortaleza, satisfacción, paz, reposo, sosiego, liberación, riego, luminosidad, consuelo, etc. (v. 6b). Sentimos que somos fuertes y no débiles, no sentimos vaciedad sino satisfacción. En lugar de inquietud y desasosiego, tenemos paz y reposo; y en vez de estar deprimidos, nos sentimos liberados y vivaces. La vivacidad alude a un estado viviente. Tenemos una sensación de ser regados en vez de ser secos, de luminosidad en vez de oscuridad, de consuelo en lugar de dolor. Todas esas sensaciones positivas provienen de la función del sentir de vida. Cuando nos sentimos así, debemos darnos cuenta de que ésa es la operación del sentir de vida.
Por eso, en Romanos 8:6 lo más importante que queda allí implícito es el sentir de la vida. Poner la mente en el espíritu es vida y paz. Esto realmente se trata de sensación y percepción. Dicha percepción es el sentir de vida. Su función no es sólo guiarnos, sino también gobernarnos, regirnos y dirigirnos. El sentir de muerte y el sentir de vida y paz son dos aspectos del sentir de vida y su significado.
Tanto en el lado negativo como en el positivo el sentir de vida se relaciona con la percepción de la conciencia. Efesios 4:19 dice que los incrédulos “perdieron toda sensibilidad”. Aquí, “sensibilidad” se refiere principalmente al sentir que percibe la conciencia. A los incrédulos, en general, no les preocupa lo que su conciencia sienta. Las personas que más pecan son las que son muy descuidadas con respecto a su sentir interior. Los incrédulos que tratan de ser rectos hacen caso a su sentir interior. Tener que ser gobernado por la ley o la policía indica que uno se rige por principios morales. Incluso con respecto a los incrédulos, alcanzar un estándar moral elevado requiere que uno sea regido por el sentir interior de la conciencia. Obviamente, para el creyente el sentir de vida no se limita a obedecer la conciencia, sino que se relaciona con la percepción de la conciencia en conformidad con el sentir de la vida, es decir, la vida de Dios.
Todo tipo de vida tiene su propio sentir. Si un ser no siente, es porque no tiene vida; es algo inerte. Una piedra no siente nada, pero todo ser vivo tiene sensibilidad. Cuanto más elevada sea la clase de vida, más intenso será el sentir. La vida divina, por ser la más fuerte y la más elevada, tiene el sentir más rico, más intenso y más agudo (v. 18). La vida divina es el primer aspecto de la fuente del sentir de vida. Según Efesios 4:18-19, los incrédulos perdieron toda sensibilidad por estar alejados de la vida de Dios. Si somos uno con Dios, tendremos el sentir más rico, más intenso y más agudo.
La ley de vida es la capacidad y la función innatas de la vida (Ro. 8:2; He. 8:10) y es otro aspecto de la fuente de vida. Puesto que esta ley de vida actúa en nosotros, produce cierta sensación; por eso, decimos que es un aspecto del origen del sentir de vida. Romanos 8:2 habla de la ley del Espíritu de vida, y Hebreos 8:10 dice que esta ley está inscrita en nuestros corazones.
El Espíritu Santo —el aceite de la unción— también es un aspecto de la fuente del sentir de vida (Ro. 8:11; 1 Jn. 2:27). Éxodo 30 habla del aceite de la unción, el ungüento compuesto que se usaba para ungir el tabernáculo y los sacerdotes. En la antigüedad, el tabernáculo con todos sus utensilios así como los sacerdotes eran ungidos con este ungüento. En la actualidad, el Espíritu Santo es el ungüento para toda la iglesia y para todos los santos. El Espíritu nos unge continuamente, y esta unción es una especie de obra y acción interna que nos proporciona el sentir de vida. Este Espíritu también es la fuente del sentir de vida.
El Cristo que permanece en nosotros también es otro aspecto de la fuente del sentir de vida (Jn. 15:4-5). De hecho, Su permanecer en nosotros es la función misma de la vida y nos da el sentir de la misma.
Dios opera en nosotros continuamente (Fil. 2:13). Su operación interna nos da el sentir de vida. Por consiguiente, dicha operación es una fuente del sentir de vida.
Independientemente de cuán morales sean los incrédulos, solamente se pueden regir por su conciencia humana, la cual sufrió mucho daño por la caída del hombre. Hasta el día de hoy la conciencia de muchos incrédulos ha sido perjudicada y a veces insensibilizada por pecados cometidos a diario. Su conciencia dañada no funciona como debería. Pero aun si la conciencia de los incrédulos realizara normalmente su función, eso sería todo lo que ellos tendrían para regirse.
Las enseñanzas de Confucio se centran totalmente en el desarrollo de la conciencia, a la cual él llama “la virtud brillante”. Sus enseñanzas sobre la ética y las enseñanzas positivas de los buenos filósofos giran en torno al desarrollo de la conciencia humana. El desarrollo de la bondad en una persona es el desarrollo de su conciencia, la cual fue creada por Dios.
Los incrédulos tienen la conciencia humana, pero los creyentes no sólo tenemos la conciencia que Dios creó originalmente, sino también una conciencia renovada. Nuestra conciencia es parte de nuestro espíritu (Ro. 9:1 cfr. 8:16) y fue renovada cuando éste fue regenerado. Además de tener una conciencia renovada, tenemos cinco realidades grandiosas: la vida divina, la ley de la vida divina, el Espíritu Santo, Cristo y Dios. Por lo tanto, no hay comparación entre la conciencia creada que tienen los incrédulos, y la conciencia renovada que tienen los creyentes, en quienes mora el Dios Triuno como vida.
Los cristianos debemos ser personas de sentimientos profundos, y no debemos ser insensibles ni estar embotados. Debemos ser muy sensibles, capaces de percibir muchas sensaciones, puesto que somos vivientes y tenemos una vida muy rica. Esto se debe a que tenemos un espíritu regenerado y una conciencia renovada. Además, tenemos la vida divina, la ley de la vida divina, al Espíritu Santo, a Cristo y a Dios. Es por eso que el sentir de vida es tan elevado, rico, intenso y agudo en nosotros.
Ahora queremos examinar la función del sentir de vida
Si vivimos por la vida natural, tendremos la sensación de muerte, la cual es una esfera enteramente negativa. Entonces experimentaremos el sentir de muerte y todos los efectos negativos que lo caracterizan. Si vivimos en la vida divina, tendremos la sensación de vida, la cual es una esfera enteramente positiva. Entonces experimentaremos el sentir de vida y paz junto con todos los efectos positivos que los caracterizan. El sentir de vida nos indica si estamos viviendo en la vida natural o en la vida divina. El sentir de vida nos guía, nos gobierna, nos controla y nos dirige. Esta verdad ha desaparecido por completo entre los cristianos, pues casi todo lo que ellos enseñan se centra en la moral y la buena conducta. Ellos no tienen interés en que el sentir interior de vida desempeñe la función de mostrarles si están viviendo en la vida natural o en la vida divina. Puesto que procuramos experimentar a Cristo como nuestra vida, debemos prestar atención al sentir de vida. Si no tenemos las sensaciones positivas de fortaleza, satisfacción, paz, reposo, liberación, vivacidad, riego, luminosidad y consuelo, debemos concluir que no estamos viviendo en la vida divina, sino en la vida natural.
La función del sentir de vida es mostrarnos si estamos viviendo en la vida natural o en la vida divina. Pero vivir en la vida natural es una cosa, y vivir en la carne es otra. Uno tal vez piense que son la misma cosa, pero aun así hay algún punto de diferencia. La carne siempre es maligna, y nada bueno hay en ella. Sin embargo, es posible que la vida natural a veces sea buena. La vida natural se opone a la vida divina, y la carne se opone al espíritu.
Por lo tanto, la función del sentir de vida tiene dos aspectos. El primero nos muestra si estamos viviendo en la vida divina, y el segundo, si estamos viviendo en nuestro espíritu. En un sentido negativo, nos indica si estamos viviendo en la vida natural como una persona natural, y también si estamos viviendo en la carne. En nuestra experiencia siempre podemos diferenciar entre estas dos. Muchas veces tenemos el sentir de que estamos viviendo, andando y actuando en la carne. Algunas veces no actuamos de modo muy carnal, pero percibimos que estamos andando en la vida natural, en nuestro hombre natural, y no en la vida divina.
Antes de compartir esta lección con los santos, necesitamos orar mucho y ahondar en estos puntos. Esta lección no debe ser mera doctrina ni conocimiento en la letra. Debe ser algo de la vida y fruto de nuestra experiencia. Necesitamos orar mucho para entrar en el sentir de vida. Entonces podremos compartir algo no simplemente a modo de enseñanza, sino en comunión de modo práctico. Nuestro mensaje será una especie de comunión en la que expresamos cómo hemos experimentado estas cosas, cuán real y práctico ha sido para nosotros el sentir de vida, y cómo estamos bajo este elemento que nos controla, nos guía y nos dirige interiormente día tras día.