En esta lección queremos continuar con nuestra comunión acerca del sentir del espíritu y de conocer el espíritu. En la lección anterior vimos cuatro cosas que se relacionan con el sentir del espíritu: la vida, la ley de vida, la paz y la muerte. Veamos ahora lo que es estar conscientes de estas cuatro cosas y cómo conocer el espíritu por el sentir del espíritu.
La vida tiene su propia conciencia, es decir, está consciente de sí misma; tiene su propio sentir. Cuanto más elevada sea la vida, más consciente es de sí misma. La vida vegetal es la vida más rudimentaria; por eso, casi no tiene conciencia. Luego, dentro de la vida animal hay varios niveles de conciencia. El grado de conciencia que exhibe la vida está determinado por el nivel al cual pertenece. La vida humana es más elevada que la vida animal; por consiguiente, tiene una conciencia más rica. Obviamente, la vida divina tiene la conciencia más elevada de todas.
Entre los diferentes niveles de vida, la vida divina es la vida más elevada; por lo tanto, tiene una conciencia muy superior a todas las demás.
La vida divina que está en nosotros nos hace extremadamente conscientes de lo espiritual. Cuanto más seamos llenos de la vida divina, más conscientes estamos de los asuntos espirituales, lo cual nos hace aptos para percibir el espíritu y también permite percibir las cosas del espíritu. Ésta es la conciencia de la vida.
La ley de la vida no es una ley de algo que carece de conciencia, sino que es la ley de una vida que está consciente de sí misma. Por eso, pertenece a la esfera de la conciencia.
La ley del Espíritu de vida se encuentra en la esfera de la conciencia y está plenamente consciente de sí misma.
La paz que tenemos no proviene de las circunstancias, sino que se halla en nuestro interior y está determinada por nuestra conciencia. Sabemos que tenemos paz interiormente por la conciencia que tenemos interiormente.
Estar conscientes de la paz nos indica si estamos en el espíritu. Si no tenemos paz, eso indica que no estamos en el espíritu. Si tenemos paz y tenemos el sentir de paz por dentro, esto nos indica que estamos en el espíritu.
Primero la muerte hace que perdamos la percepción, la conciencia, ya que un muerto no tiene conciencia alguna.
Por un lado, la muerte hace que perdamos toda conciencia, que seamos totalmente insensibles; pero, por otro, hace que estemos conscientes de la muerte misma. El sentir de muerte es la sensación de inquietud, incomodidad, depresión, opresión, oscuridad y vaciedad. Cuando sentimos estas cosas por dentro, ello es una indicación de que la muerte está en nuestro interior.
Después de percibir la conciencia de la vida, de la ley de vida, de paz y de muerte, podemos conocer el espíritu por el sentir del espíritu
La vida divina se halla contenida en el Espíritu Santo. Según Romanos 8:2, el Espíritu Santo es el Espíritu de vida.
Cuando fuimos regenerados, el Espíritu Santo se mezcló con nuestro espíritu (v. 16; 1 Co. 6:17).
La vida divina se menciona en Romanos 8:2, donde se habla de la ley del Espíritu de vida. Con el tiempo, la vida divina llega a ser no sólo la vida del Espíritu Santo, sino también la vida de nuestro espíritu, puesto que el Espíritu Santo, quien contiene la vida divina, se mezcla con nuestro espíritu. Estos dos espíritus han llegado a ser uno solo; de tal manera que la vida divina llega a ser la vida de los dos espíritus: el Espíritu Santo y nuestro espíritu.
Podemos conocer el espíritu por el sentir interior del espíritu. La vida divina que se halla en el Espíritu Santo nos da, por medio de nuestro espíritu, un sentir de frescura, vigor, fortaleza, resplandor, santidad, realidad y satisfacción.
Podemos conocer el espíritu por el sentir de vida. La percepción de todo lo anterior en lo más recóndito de nuestro ser es el sentir de vida, y este sentir de vida demuestra que andamos conforme al espíritu (Ro. 8:4).
También podemos conocer el espíritu por el sentir de la ley de vida. Dicha ley es la función espontánea y natural de la vida divina, pues concuerda con su naturaleza divina. Esto significa que la ley de vida desempeña su función según la naturaleza divina de esta vida.
La ley de vida tiene la función de aprobar y aceptar lo que corresponda a la naturaleza divina y de oponerse a todo lo que es ajeno a la naturaleza de Dios y rechazarlo.
La ley de vida siempre produce una sensación en nosotros. Algunas veces surge un sentir espontáneo y natural, por el lado positivo, lo cual indica que estamos en el espíritu. Pero otras veces el sentir es de algo que no es natural, por el lado negativo, lo cual nos indica que no estamos en el espíritu.
Sabemos que estamos en el espíritu por este sentir natural de la ley de vida; y sabemos que estamos fuera del espíritu por el sentir de la misma ley que nos indica que algo no es natural. Estas dos sensaciones contrastan entre sí.
La vida del Espíritu Santo es la vida de Dios, y la vida que mora en nuestro espíritu es Dios mismo. La expresión la vida de Dios (Ef. 4:18) significa que la vida es Dios.
La vida que se encuentra en nuestro espíritu es Dios mismo; y nuestro espíritu junto con la vida divina contenida en el Espíritu Santo constituye el nuevo hombre.
Dios como vida es contrario a nuestro yo.
Además, el nuevo hombre es contrario a nuestro hombre viejo.
Cuando andamos y vivimos por la vida divina que está en nuestro nuevo hombre, tenemos una sensación de paz, de algo natural, de reposo, de bienestar y de calma.
Cuando tenemos el sentir interior de paz y tenemos la sensación de bienestar, armonía, reposo, alegría y libertad, entonces sabemos que estamos viviendo en el espíritu.
Romanos 8:6 dice: “La mente puesta en la carne es muerte”. La carne incluye nuestro viejo hombre. La muerte es el producto de la carne, la cual incluye nuestro viejo hombre.
Romanos 8:6 nos muestra que la muerte es lo opuesto a la vida y la paz. La mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el espíritu es vida y paz.
La muerte produce la sensación de vejez, aridez, debilidad, vaciedad, depresión, desolación, oscuridad, embotamiento, inseguridad, incomodidad, falta de naturalidad, tristeza, conflictos internos, etcétera.
Cuanto tenemos esas sensaciones negativas, estamos percibiendo la muerte, y al detectar estas sensaciones, sabemos que no estamos en el espíritu.