Lectura bíblica: Jn. 3:3-8, 36; 1:12-13; 1 P. 1:3, 23; Jac. 1:18; 1 Co. 4:15; 1 Jn. 1:2; 2 P. 1:4
Punto central: ser regenerados es tener la vida de Dios de modo que lleguemos a ser Sus hijos y, como tales, vivimos en Su reino según la naturaleza divina.
En las lecciones anteriores pusimos el cimiento en lo referente a la vida. Ahora podemos abordar las experiencias de la vida divina, la primera de las cuales es la regeneración.
Primero, debemos ver qué es la definición de la regeneración. Ser regenerado equivale a nacer de Dios para poder tener la vida divina, la cual nos es dada en adición a nuestra vida humana. Debemos recalcarles a los santos esta clara definición, ya que la regeneración no ha quedado clara para la mayoría de los cristianos. Cuando yo era joven, leí un libro sobre la verdadera definición de la regeneración, pero lo que presentaba estaba equivocado. Este libro afirmaba que la regeneración es el nuevo comienzo que tenemos cuando nos arrepentimos y nuestros pecados son perdonados y son considerados como algo del pasado. Sin embargo, la regeneración no es simplemente un nuevo comienzo. Esta idea concuerda más o menos con la enseñanza de Confucio, quien aseveraba que cuando uno se arrepiente, puede considerar que desde entonces todo es nuevo.
Un día leí un libro del hermano T. Austin-Sparks que decía que nacer de nuevo es recibir otra vida, la vida eterna e increada de Dios, la cual nos es dada en adición a nuestra vida humana. Allí, él presenta una definición breve y a la vez exacta, la cual se quedó profundamente grabada en mí. Quizá no sepamos valorar esta definición, pero tengamos presente que es muy profunda. Es difícil hallar algo parecido en la literatura cristiana. Debemos recordar que por medio de la regeneración recibimos la vida divina como algo adicional a nuestra vida natural y humana.
Ser regenerado consiste en nacer otra vez, nacer de Dios. Esto se revela claramente en Juan 1:13, donde dice que los que reciben a Cristo “no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. Todo aquel que es regenerado es nacido de Dios. Así que, la regeneración no se trata de considerar todas las cosas del pasado y pensar que todo es nuevo hoy. La regeneración no se trata de un modo de considerar las cosas, sino de un verdadero nacimiento. La regeneración consiste en nacer de Dios a fin de que la vida divina sea añadida a nuestra vida humana.
Tengo el sentir profundo de que debemos recalcar para los hermanos y las hermanas que nacer de nuevo significa nacer de Dios a fin de poseer una segunda vida, aparte de nuestra vida natural. Nuestra vida natural es una vida creada y temporal; no es la vida eterna e increada. Al ser regenerados, recibimos otra vida, la vida que es eterna e increada, esto es, la vida divina, la vida de Dios. Debemos dejar esto muy en claro.
Algunos maestros cristianos enseñan que nacer de nuevo es simplemente comenzar otra vez; es tener un nuevo día en nuestra vida humana. Sin embargo, ésa no es la verdad de la regeneración que la Biblia revela. La regeneración se trata de un nacimiento, es un asunto de vida. No se trata del nacimiento de la vida natural, de la vida humana, sino que es el nacimiento a partir de la vida divina y eterna, la vida de Dios. Nacer de nuevo es experimentar otro nacimiento, el nacimiento de la vida de Dios, una vida que es eterna, increada y divina.
Ahora queremos ver la manera en que somos regenerados.
Ante todo, debemos comprender que necesitamos la vida de Dios. Esto se relaciona con el propósito eterno de Dios, que consiste en obtener un pueblo corporativo que lo exprese. A fin de que dicho pueblo le exprese a Él, ciertamente necesita la vida y naturaleza de Dios. Si únicamente poseemos la vida humana, sólo podremos expresar lo humano; no podremos expresar a Dios, el Ser Divino. La vida específica que tiene un ser vivo produce cierta expresión. Por ejemplo, los perros expresan la vida canina, y los gatos la vida felina. Un manzano no puede expresar la vida ni la naturaleza de un duraznero, puesto que no tiene la vida y naturaleza del durazno. Para expresar a Dios, los seres humanos necesitamos la vida de Dios. Génesis 1 muestra que el propósito de Dios para con el hombre es que éste le exprese a Él, y en Génesis 2 vemos que el hombre necesitaba participar del árbol de la vida, la vida de Dios. Tengamos presente que necesitamos la vida de Dios a fin de expresar a Dios.
Algunos maestros de la Biblia afirman que la razón por la cual necesitamos ser regenerados es que caímos y somos pecaminosos. Este concepto es erróneo. Debemos proclamar que aunque el hombre no hubiese caído, de todos modos necesitaría ser regenerado. Incluso antes que el hombre cayera, necesitaba la vida divina. El propio hombre a quien Dios puso frente al árbol de la vida no había caído; era puro, bueno, perfecto y no tenía pecado, pero era simplemente humano, no divino. Es por eso que Génesis 2 indica claramente que este hombre que no tenía pecado, que era perfecto, bueno y puro, necesitaba la vida de Dios. Tenemos que ser depurados de la idea errónea y tradicional de que la regeneración se hizo necesaria por la caída del hombre. Según este concepto, si el hombre no hubiera caído, no habría tenido necesidad de ser regenerado. No obstante, la Biblia revela que aunque el hombre nunca hubiese caído, necesitaría ser regenerado.
A fin de ser regenerados, debemos comprender primero que necesitamos la vida divina. En Juan 3:3 el Señor dijo: “De cierto, de cierto te digo: El que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. En la esfera espiritual ver equivale a entrar (v. 5). Si uno no ha nacido de Dios, no puede entrar en la esfera del reino de Dios, ni verla. Si uno carece de la vida de las aves, no puede entrar en el reino de ellas. Si no tiene la vida animal, no puede entrar en el reino animal. A fin de entrar en algún reino, es necesario poseer la vida correspondiente; de lo contrario, no puede entrar en ese reino, en ese ámbito, ni puede entender en realidad lo que hay allí.
Si no tuviésemos la vida humana, no podríamos pertenecer al reino humano, el reino del hombre. Pero nacimos con la vida humana en el reino de los hombres. Ahora necesitamos nacer con la vida divina para poder entrar en el reino de Dios. Si sólo fuésemos hombres, sólo podríamos estar en el reino de los hombres y jamás tendríamos acceso al reino de Dios. Para estar en el reino de Dios, necesitamos nacer de Dios, o sea, nacer de nuevo. Juan 3:3 demuestra que necesitamos la vida de Dios.
A fin de ser regenerados, es necesario comprender que nuestro ser natural debe ser sepultado en el agua del bautismo. En Juan 3:5 el Señor Jesús dijo: “De cierto, de cierto te digo: El que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”. Cuando el Señor Jesús le dijo a Nicodemo que tenía que nacer de nuevo, éste preguntó: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” (v. 4). Entonces el Señor le explicó que nacer de nuevo es nacer de agua y del Espíritu.
Juan 3:5 es un versículo que muchos eruditos a lo largo de los siglos han interpretado mal. Una de las enseñanzas más raras es que el agua a la que alude este versículo es el agua en el vientre de la madre. Pero ésa no es la manera de interpretar la Biblia. Es imprescindible interpretar la Biblia tomándola como base y ajustándose a ella misma. Nicodemo era un fariseo. Antes que Nicodemo se acercara al Señor, los fariseos habían oído a Juan el Bautista decir: “Yo os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí [...] os bautizará en el Espíritu Santo” (Mt. 3:11). Juan les había dicho que él vino y bautizaba en agua y que el que venía después de él bautizaría en el Espíritu. Cuando el Señor habló con Nicodemo, usó las palabras de agua y del Espíritu. Esas palabras, seguramente le eran familiares y claras a Nicodemo sin necesidad de explicación, puesto que Juan el Bautista ya se las había dicho a los fariseos.
El agua y el Espíritu se refieren a dos ministerios. El agua es el agua del bautismo, que fue el tema central del ministerio de Juan el Bautista, un ministerio de arrepentimiento. El ministerio de Juan con respecto al arrepentimiento consistía en sumergir a las personas en el agua, o sea, sepultarlas, poner fin a las personas de la vieja creación. Todo aquel que venía arrepentido a Juan era bautizado en el agua para que se le diese fin con el propósito de que recibiera a Cristo, quien había de venir y los sumergiría en el Espíritu de vida. Por lo tanto, el agua se refiere al ministerio de Juan, y el Espíritu, al del Señor Jesús. El hombre es regenerado por medio de estos dos ministerios.
No sólo debemos comprender que necesitamos la vida de Dios, pero también debemos darnos cuenta de que nuestro ser natural tiene que llegar a su fin. En el uso del Nuevo Testamento, la palabra arrepentimiento significa comprender que uno sólo sirve para ser sepultado. Supongamos que uno se ha alejado de Dios, pero reconoce que debe dar un giro y regresar a Él. Cuando uno se vuelve a Dios, cuando uno da un giro, es imprescindible que llegue a su fin, sea sepultado, sumergido bajo el agua. Después de esta sepultura, viene la resurrección, la cual procede del Espíritu. El agua es esencial para la sepultura, para ser aniquilados, y el Espíritu es esencial para resucitarnos de los muertos, para hacernos germinar. Estos dos aspectos constituyen lo que es la regeneración.
La regeneración pone fin a las personas de la vieja creación junto con sus obras, y hace germinarlas en la nueva creación con la vida divina. Nacer del agua significa ser sepultado, llegar a su fin, y nacer del Espíritu es ser levantado de entre los muertos para ser resucitado, germinado. Esto es lo que significa nacer de Dios. La verdadera regeneración consiste en nacer de agua y del Espíritu, es decir, llegar a su fin y ser sepultado en agua, y ser germinado y resucitado con el Espíritu a fin de tener otra vida.
Ser regenerado es nacer del Espíritu de Dios en nuestro espíritu (Jn. 3:5, 6b). Nosotros nacimos de nuevo, no de padres terrenales, sino del Espíritu de Dios, no en nuestro cuerpo ni en nuestra alma, sino en nuestro espíritu. Juan 3:6b dice: “Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. En otras palabras, aquello que nace del Espíritu de Dios es nuestro espíritu, lo cual indica que la regeneración es el renacimiento del Espíritu que tiene lugar en nuestro espíritu. La regeneración la produce el Espíritu Santo en nuestro espíritu humano con la vida de Dios, la cual es increada y eterna. Es un asunto que depende exclusivamente del Espíritu divino en nuestro espíritu humano.
Es necesario explicar todo esto a los santos. No estoy muy convencido de que muchos que han estado en nuestro medio por años entiendan esto claramente. Necesitamos un adiestramiento básico para estar saturados de este conocimiento fundamental. Debemos comprender que nacimos de nuevo, es decir, que nacimos del Espíritu de Dios en nuestro espíritu. Ésta es la verdad esencial y fundamental acerca de la regeneración.
Nacimos del Espíritu de Dios en nuestro espíritu al creer en el Hijo de Dios. Juan 3:36a dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”.
Nacemos del Espíritu de Dios en nuestro espíritu mediante la palabra de Dios contenida en el evangelio. Tenemos que recibir la palabra del evangelio. Cuando creímos en el Señor Jesús, fuimos regenerados por la palabra de Dios contenida en el evangelio. En 1 Pedro 1:23 se nos dice que fuimos regenerados por la palabra de Dios, la cual vive y permanece para siempre, y Jacobo 1:18 dice que Él nos engendró por la palabra de la verdad. Por último, en 1 Corintios 4:15 Pablo afirma: “Yo os engendré por medio del evangelio”. Así que, la palabra de Dios contenida en el evangelio es la semilla de nuestro renacimiento.
Después de ver la manera en que somos regenerados, queremos ver qué es el resultado de la regeneración.
El primer resultado de la regeneración es que somos resucitados con Cristo. En 1 Pedro 1:3b leemos que fuimos regenerados por la resurrección de Cristo, y Efesios 2:5a añade que Dios nos dio vida juntamente con Cristo. Cuando Cristo fue resucitado, nosotros también fuimos resucitados con Él. Desde el punto de vista de Dios, nosotros ya resucitamos juntamente con Cristo y ya fuimos regenerados por medio de Su resurrección. Pero esto se lleva a cabo en nuestra experiencia y nos es aplicado cuando somos regenerados dentro del tiempo. Por lo tanto, el resultado de nuestra regeneración es que somos resucitados con Cristo.
Cuando fuimos regenerados, Dios puso Su vida eterna e increada en nuestro ser (1 Jn. 1:2).
Ya que Dios puso Su vida en nosotros, llegamos a ser Sus hijos. Juan 1:12 dice que tenemos autoridad de ser hijos de Dios. Esta autoridad es la vida que Dios puso en nosotros. La propia vida que Dios puso en nosotros es nuestro derecho, nuestra autoridad, para ser hijos de Dios.
La regeneración hace que participemos de la naturaleza divina de Dios. Puesto que nacimos de Dios, obviamente somos Sus hijos y no sólo tenemos Su vida, sino también Su naturaleza. En 2 Pedro 1:4 se nos dice que somos participantes de la naturaleza divina.
Dado que nacimos de Dios, espontáneamente nacimos en el ámbito de Dios, en la esfera de Dios, o sea, en Su reino (Jn. 3:5). Éste es el fruto, el resultado, de haber sido regenerados.
Debemos recalcar el punto central de esta lección, expresada en la siguiente oración: ser regenerados es tener la vida de Dios de modo que lleguemos a ser Sus hijos y, como tales, vivimos en Su reino según Su naturaleza divina.