Ya hemos visto en la lección diez que el Espíritu Santo es la expresión máxima del Dios Triuno, y que El es el Dios Triuno que alcanza a los creyentes y entra en ellos. Por lo tanto, el Espíritu Santo es para nuestra experiencia del Dios Triuno. Para experimentar al Dios Triuno debemos tener la experiencia práctica del Espíritu Santo. Gran parte de nuestra experiencia práctica del Espíritu Santo está relacionada con ser llenos de El interior y exteriormente.
La Biblia claramente nos muestra que el Espíritu Santo está con nosotros en dos aspectos.
1) “El Espíritu de realidad ... estará en vosotros” (Jn. 14:17).
Aquí el Señor nos dice claramente que el Espíritu Santo estará en nosotros.
1) “...haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hch. 1:8).
Por un lado, el Señor habló del Espíritu Santo en nosotros; por otro, El habló del Espíritu Santo sobre nosotros. “Sobre” es algo externo y es absolutamente diferente de “en”.
1) “Y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador ... el Espíritu de realidad ... estará en vosotros” (Jn. 14:16-17); “Mas si me voy, os lo enviaré [al Consolador]” (Jn. 16:7).
Estas son las palabras del Señor antes de Su muerte, con las cuales prometió a los discípulos que El se iría, a fin de enviar al Espíritu Santo como el Consolador.
1) “He aquí, Yo envío la promesa de Mi Padre sobre vosotros ... hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lc. 24:49); “Que esperasen la promesa del Padre ... pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hch. 1:4-8).
El Señor habló estas palabras a los discípulos después de Su resurrección y antes de Su ascensión, mencionando otra vez la promesa de Dios en el Antiguo Testamento con respecto al Espíritu Santo. El les prometió que después de ascender a los cielos, enviaría el Espíritu Santo para ser el poder de ellos. El “poder” es diferente del “Consolador”. El Consolador entraría en los discípulos para estar “en” ellos, mientras que el poder vendría “sobre” ellos. Así que, lo que el Señor dijo antes de Su muerte y lo que dijo después de Su resurrección son dos promesas diferentes.
1) “Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana ... vino Jesús, y puesto de pie en medio ... sopló en ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20:19-22).
Aquí habla del Señor cuando vino en medio de los discípulos en la noche del mismo día de Su resurrección y sopló en ellos para que recibieran el Espíritu Santo. Esto cumple Su promesa hecha antes de Su muerte respecto al Consolador.
1) “Al cumplirse, pues, el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. Y de repente vino del cielo ... como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados ... Y fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch. 2:1-4).
Esto describe la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, la cual cumplió la promesa del Espíritu de poder que fue dada por el Padre y mencionada por el Señor a los discípulos inmediatamente antes de Su ascensión. Por lo tanto, el Espíritu Santo que descendió estaba en el aspecto de poder, y no en el aspecto de Consolador. Este aspecto de poder es diferente de lo que el Señor introdujo en el día de Su resurrección. En el día de resurrección el Espíritu Santo fue introducido como el “Consolador”, y en Pentecostés el Espíritu Santo descendió como el “poder”.
1) “Consolador ... que esté con vosotros ... y estará en vosotros” (Jn. 14:16-17).
Aquí dice que el Espíritu Santo como el Consolador es para estar con nosotros y en nosotros. Esto habla de la función del Espíritu Santo en el aspecto de vida. Por lo tanto, el Consolador, es decir, el Espíritu Santo en el aspecto de vida, es para nuestra vida interior.
1) “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y seréis Mis testigos...” (Hch. 1:8).
Aquí dice que la venida del Espíritu Santo sobre nosotros es para que tengamos poder a fin de testificar por el Señor. Esto nos muestra que la función del Espíritu Santo como el poder no es para la vida interior que tenemos del Señor, sino para la obra exterior que hacemos para el Señor. Para nuestra vida interior, Dios nos da el Espíritu Santo como el Consolador, de modo que como una Persona, El sea nuestro Señor dentro de nosotros, para que interiormente El sea nuestra vida, y el suministrador y sustentador de nuestra vida. Para nuestra obra exterior, Dios nos da el Espíritu Santo como poder a fin de que exteriormente El sea usado por nosotros como el poder, la autoridad, la capacidad y la habilidad en nuestra obra.
1) “Sopló en ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20:22).
Aquí tenemos el cuadro del Señor soplando e impartiendo el Espíritu Santo, quien es el Consolador, como aliento en los discípulos la noche del mismo día de resurrección. El aliento es para vida e indica vida. Por lo tanto, aliento aquí es un símbolo del Espíritu Santo como el Espíritu interior de vida.
1) “De su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu [el Espíritu Santo como vida interior] que habían de recibir los que creyesen en El” (Jn. 7:38-39).
Las palabras del Señor aquí nos indican que el Espíritu Santo fluirá desde nuestro interior como agua viva. Ciertamente esto se refiere al Espíritu Santo como vida en nosotros, bebido por nosotros como agua viva para ser nuestro suministro de vida. Por lo tanto, el agua viva es también un símbolo del Espíritu de vida interior.
1) “Un viento recio que soplaba ... Y fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch. 2:2-4).
Esto se refiere al hecho de recibir sobre sí, por parte de los discípulos, al Espíritu Santo de poder en el día de Pentecostés, en el aposento alto en Jerusalén. Esto no es como el aliento que el Señor sopló en ellos desde Su interior en el día de resurrección, sino un viento recio que fue soplado sobre ellos por fuera, el cual indica el Espíritu Santo de poder. El viento es naturalmente poderoso e indica poder. Por lo tanto, el viento aquí es una señal del Espíritu Santo que es el Espíritu de poder exterior y es diferente del aliento.
1) “Yo envío la promesa [el Espíritu de poder exterior] de Mi Padre sobre vosotros ... hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lc. 24:49).
La palabra del Señor aquí también nos muestra que debemos ser investidos del Espíritu Santo de poder exterior, que fue prometido por el Padre, como un manto puesto en nosotros para ser nuestro poder. Esto está tipificado por el manto que Eliseo recibió de Elías (2 R. 2:13-14). Por lo tanto, este manto es también un símbolo del Espíritu Santo de poder exterior y es diferente del agua viva. Este Espíritu-manto, así como el uniforme de un servidor público, otorga la autoridad y nos es útil para que ejecutemos la comisión de Dios. El Espíritu de vida interior es el agua viva que bebemos para nuestro suministro interior; el Espíritu Santo de poder exterior es el manto, del cual podemos ser revestidos como nuestra autoridad exterior.
1) “Lo engendrado [Jesús] en ella, del Espíritu Santo es” (Mt. 1:20).
El Señor Jesús fue concebido del Espíritu Santo y nació de El. La vida en El es enteramente el elemento del Espíritu Santo.
2) “Después que fue bautizado ... vio al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre El” (Mt. 3:16).
Aunque el Señor Jesús fue concebido del Espíritu Santo y nació de El, y la vida en El era totalmente el elemento del Espíritu Santo, no experimentó al Espíritu Santo viniendo sobre El para ser Su poder a fin de obrar para Dios sino hasta después de que fue bautizado.
1) “Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana ... vino Jesús, y puesto de pie en medio ... sopló en ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20:19-22).
Mediante el aliento que el Señor sopló dentro de los discípulos en la noche del mismo día de resurrección, los discípulos recibieron el Espíritu Santo por dentro.
2) “Al cumplirse, pues, el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar ... vino del cielo ... como ... un viento recio que soplaba”; ... “cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hch. 2:1-4; 1:8).
Aunque los discípulos habían recibido el Espíritu Santo por dentro en la noche del mismo día de resurrección, el Espíritu Santo todavía vino sobre ellos en el día de Pentecostés.