Lectura bíblica: Hch. 9:31; Ef. 4:11, 16; 6:10-11; Neh. 4
Aunque aún nos queda mucho por abarcar en cuanto al edificio de Dios, concluiremos con este capítulo. Al hacer esto, quisiéramos mencionar algunos puntos importantes que nos sirven de principios que podemos guardar mientras llevamos a cabo la edificación práctica de la iglesia.
Primeramente, quisiéramos ver cómo la obra de edificación realizada por Dios avanza en la era de la iglesia. En los capítulos anteriores vimos brevemente las diferentes características de la Nueva Jerusalén. En esta ciudad, que se revela al final del Nuevo Testamento, encontramos el producto final de toda la obra de edificación que Dios lleva a cabo a lo largo de las generaciones. La revelación del Nuevo Testamento es completa; es un libro completo. Por lo tanto, si queremos ver la edificación que Dios realiza en la iglesia, tenemos que remitirnos al Nuevo Testamento.
En el Nuevo Testamento, la primera mención de la edificación de la iglesia ocurre en Mateo 16. En dicho pasaje, el Señor por primera vez dijo claramente que edificaría Su iglesia (v. 18). Sin embargo, Él habló de un modo general, y no reveló los detalles de cómo edificaría la iglesia. Es sólo cuando llegamos al libro de Hechos que el Señor clara y específicamente habló acerca de la manera de practicar la edificación de la iglesia. Allí vemos que el Señor, en Su obra de edificar la iglesia, tiene la intención de edificar conjuntamente a todos Sus creyentes de localidad en localidad. Cuando los creyentes en una localidad son edificados, ellos llegan a conformar la iglesia en esa localidad. Por ejemplo, en los primeros días, a medida que los creyentes en Jerusalén eran edificados conjuntamente, ellos llegaron a conformar la iglesia en Jerusalén. Lo mismo sucedió en todos los lugares de las regiones de Judea, Galilea y Samaria. Más tarde, en Antioquía, un grupo de creyentes fue edificado conjuntamente para formar la iglesia en Antioquía. Por lo tanto, Hechos 9:31 es un versículo muy precioso que nos dice que las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria, y eran edificadas; y se multiplicaban andando en el temor del Señor. Esto nos muestra claramente que la intención de Dios es edificar Su iglesia en una localidad tras otra.
Quisiera aquí resaltar un asunto crucial. En el cristianismo la gente suele hablar acerca de la edificación de la iglesia universal. Este concepto no es muy acertado. Aunque es cierto que la Biblia nos dice que el Señor edificará la iglesia, no encontramos ninguna afirmación que se refiera a la edificación de la iglesia universal. En todo el libro de Hechos vemos que cuando los apóstoles fueron comisionados y enviados por el Señor para salir y laborar, lo que hicieron fue edificar las iglesias locales. Ellos edificaban la iglesia de localidad en localidad. No edificaban la iglesia universal directamente como cree la mayoría de la gente hoy en día.
En el sentido práctico, la iglesia universal es muy misteriosa para nosotros; no podemos tocarla. En los primeros días los apóstoles edificaban las iglesias locales. No vemos que ellos edificaran la así llamada iglesia universal; al contrario, ellos edificaban las iglesias locales en una localidad tras otra. Solamente esta clase de edificación es práctica.
Además, cada una de las Epístolas que los apóstoles escribieron a las iglesias fue dirigida a la iglesia que estaba en una localidad particular. La Epístola a los Romanos fue escrita a la iglesia en Roma. Las epístolas escritas a los corintios fueron dirigidas a la iglesia en Corinto. Incluso la Epístola a los Efesios, un libro que al parecer nos habla de la iglesia universal, fue escrita a la iglesia en Éfeso. La Epístola a los Filipenses fue escrita a la iglesia en Filipos. Las epístolas escritas a los tesalonicenses fueron dirigidas a la iglesia en Tesalónica. Incluso las últimas siete epístolas que se mencionan en Apocalipsis fueron escritas a siete iglesias locales de Asia, respectivamente.
Por lo tanto, la revelación divina contenida en el Nuevo Testamento revela claramente que en la actualidad, durante la era de la iglesia que precede la manifestación de la Nueva Jerusalén, la morada eterna de Dios y el hombre, Dios desea edificar las iglesias locales una a una en diferentes localidades. Él quiere que cada iglesia local en cada localidad sea Su casa en pequeña escala y, además, sea una miniatura de la Nueva Jerusalén. Podríamos decir que la Nueva Jerusalén es semejante a una gallina grande, y que las iglesias locales en los diferentes lugares son semejantes a gallinas pequeñas. Aunque difieren en tamaño, no obstante, son iguales en naturaleza, principio y contenido. La naturaleza, principio y contenido de la Nueva Jerusalén también son la naturaleza, principio y contenido de las iglesias locales.
Es por esta razón que hemos estado estudiando cada una de las características de la Nueva Jerusalén. La condición que manifiesta la Nueva Jerusalén también debiera ser la condición de las iglesias que han sido edificadas en todas las localidades. A pesar de que aún no se ha cumplido la plenitud de los tiempos y a pesar de que el plan final de Dios tampoco ha sido realizado totalmente ni se ha manifestado completamente la Nueva Jerusalén, con todo, Dios desea que en la era de la iglesia haya iglesias establecidas en varias localidades que manifiesten la condición de la Nueva Jerusalén. Lo que Dios desea es que, de localidad en localidad, las iglesias locales lleguen a ser miniaturas de la casa de Dios, de modo que Él tenga un lugar de reposo en el cual pueda ejercer libremente Su voluntad y así expresarse. Por favor, recuerden que esto es lo que Dios desea hacer en la era de la iglesia. Hoy en día la intención de Dios es edificar conjuntamente a todos los creyentes de cada localidad en Su Hijo, a fin de que sean la expresión local de la iglesia en cada localidad.
Sin embargo, la historia nos muestra que Satanás, el enemigo de Dios, vino para socavar la obra de Dios de muchas maneras. La más obvia de todas fue causar divisiones en la iglesia. Hoy en día, dondequiera que estemos, vemos la iglesia dividida. No importa donde estemos, vemos que hay muchas sectas cristianas. Ésta es la obra socavadora del enemigo de Dios. Conforme a la intención de Dios, sólo debe haber una sola iglesia en cada localidad. En los primeros días en Jerusalén, aunque miles de personas fueron salvas y se reunían en diversos hogares, sólo había una iglesia. De manera semejante, en Antioquía había una iglesia, y también vemos lo mismo en Roma. En Éfeso había una sola iglesia, como también en Corinto. Es cierto que por ser carnales, los creyentes en Corinto estaban divididos en diferentes grupos. Ellos decían que eran de Pablo, de Apolos, de Cefas o de Cristo. No obstante, ellos seguían siendo una sola iglesia y no estaban divididos en cuatro iglesias. En aquel tiempo, no había cuatro iglesias en Corinto.
Sin embargo, después de la partida de los apóstoles, Satanás gradualmente empezó a realizar una obra socavadora en la iglesia, dividiendo la iglesia en cada localidad en muchas sectas y denominaciones. Tomemos por ejemplo la ciudad de Taipéi. ¿Cuántas “iglesias” hay aquí? Hay una “iglesia” aquí, y hay otra “iglesia” allí. No me gusta hablar de estas cosas; no obstante, me gustaría que los hijos de Dios vieran que el deseo de Dios en la era de la iglesia es edificar Su iglesia en cada localidad. Dado que la iglesia es una y solamente una en el universo, el aspecto que ella presenta en cada localidad debe ser también uno solo. En cada localidad Dios tiene una sola casa; Él no puede tener dos casas en una misma localidad. En cada localidad Dios puede tener una sola iglesia. Por consiguiente, hoy Dios edifica Su iglesia absolutamente conforme al principio de tener una sola iglesia en cada localidad.
Dado que la iglesia en la actualidad se halla en semejante estado de desolación y confusión, ¿qué debemos hacer nosotros como hijos de Dios? Expresándolo en palabras sencillas, necesitamos tener cierta medida de discernimiento. Debemos discernir las cosas conforme a la intención y ordenación de Dios. En estos tiempos de confusión debemos encontrar el camino correcto y andar por dicho camino.
Hoy en día, debido a la confusión imperante, no les es fácil a los cristianos tener el debido discernimiento en cuanto a la iglesia. Por consiguiente, algunos cristianos simplemente rehúsan hablar de ella. Prefieren hablar solamente de su espiritualidad personal. Ésta no es la actitud correcta. No debemos ser cristianos errantes. He oído a alguien decir que fulano de tal es un cristiano “guerrillero”, pues no pertenece ni a esta “iglesia” ni a aquella “iglesia”. Ya que él no pertenece a ninguna “iglesia”, entonces puede reunirse con cualquier “iglesia”. Es por eso que lo llaman un cristiano “guerrillero”. Cuando les oí hablar así, me quedé atónito. Esto verdaderamente es una invención nueva. No existe tal cosa en la Biblia. Ni las sectas ni los creyentes “guerrilleros” concuerdan con las Escrituras.
Otra persona una vez me dijo: “Yo soy ‘trans-denominacional’”, con lo cual quiso decir que trascendía las barreras denominacionales y que no pertenecía a ninguna denominación o secta. Sin embargo, los cristianos no pueden prescindir de la iglesia. No debemos ser cristianos flotantes; tenemos que estar firmemente establecidos en la iglesia.
Nosotros los hijos de Dios debemos permitir que Dios abra nuestros ojos para que veamos que en la era de la iglesia, la edificación que Dios desea llevar a cabo es la edificación de Su iglesia en cada localidad. Aunque la iglesia hoy está desolada y dividida, Dios nos presenta claramente en Su palabra el camino apropiado que Él ha dispuesto para la iglesia. No podemos preocuparnos por las muchos divisiones y confusiones. Debemos preocuparnos por el deseo que Dios tiene en Su corazón. Queremos ver en la Palabra de Dios cuál es realmente la intención y ordenación de Dios. Debemos seguir el camino del recobro en conformidad con esta voluntad y ordenación de Dios. Por lo tanto, no podemos resolver el problema de que tantas personas estén en divisiones. Vemos esto mismo en el Antiguo Testamento. Después que el pueblo de Dios fue llevado cautivo a Babilonia, un grupo reducido de personas, que se preocupaban por la intención de Dios y sabían que según lo dispuesto por Dios el templo debía ser edificado en Jerusalén, se levantó y regresó a Jerusalén. Aunque la mayoría de los del pueblo de Dios permaneció en Babilonia, sin mostrar preocupación alguna por el deseo de Dios, un pequeño grupo de entre el pueblo de Dios estuvo dispuesto a regresar a Jerusalén junto con Esdras y Nehemías. Ellos regresaron al fundamento original sobre el cual edificarían el templo santo y la ciudad santa, en conformidad con lo determinado por el deseo de Dios. La mayoría de los judíos continuaron morando en confusión en una tierra gentil. Sin embargo, un pequeño grupo de personas representaba a todo el pueblo de Dios y ellos regresaron a Jerusalén para edificar el templo de Dios.
Esto es un tipo del recobro actual del edificio de Dios entre nosotros. Hoy la iglesia está en desolación. Los hijos de Dios están en cautividad y han perdido su posición original. Aunque la mayoría de ellos están en confusión, no podemos desatender el deseo que Dios tiene en Su corazón simplemente porque la situación sea así. Al igual que el pequeño número de los hijos de Israel, debemos levantarnos y regresar al terreno original para levantar el testimonio de Dios en cada localidad conforme a lo que Dios determinó en Su corazón. Independientemente de cuán confusa sea la situación entre los cristianos de hoy, nosotros debemos actuar conforme a la intención de Dios, edificando la iglesia en cada localidad.
En medio de tantas sectas y denominaciones debemos discernir la manera ordenada por Dios en conformidad con el deseo de Su corazón. Es sólo conforme a esta manera que podemos unirnos a los demás creyentes en nuestra localidad para ser edificados junto con ellos. No debemos continuar en el mismo estado de confusión de las sectas y denominaciones. Tampoco debemos ser individualistas, preocupándonos únicamente por nuestros propios intereses como si fuésemos un creyente “guerrillero” o como un creyente “trascendente”.
En este punto en la historia ciertamente tenemos que darle gracias al Señor. En los últimos treinta años Él ciertamente nos ha concedido gracia y nos ha guiado en el camino que es conforme a Su corazón, capacitándonos para exhibir Su testimonio en cada localidad de una manera pura. Los hermanos y hermanas de más edad ya han peleado muchas batallas difíciles por nosotros. También han recibido una clara revelación de parte del Señor en cuanto a muchas cosas. Por lo tanto, hoy simplemente tenemos que seguir adelante de manera positiva, permitiendo que Dios nos edifique conjuntamente en cada localidad.
Lo que debemos hacer ahora es establecernos en una localidad de manera que seamos conjuntamente edificados con los hermanos y hermanas de dicha localidad. ¿Vive usted en Kaohsiung? Entonces tiene que ser edificado con los que aman al Señor con un corazón puro y viven en Kaohsiung. ¿Vive usted en Tainán? Entonces tiene que ser edificado con los que van en pos del Señor en Tainán. Dondequiera que usted esté, tiene que ser edificado allí con los creyentes que van en pos del Señor.
Sin embargo, hoy debido a que no hemos recibido suficiente disciplina de parte del Señor, no se manifiesta claramente una situación en la que los creyentes hayan sido conjuntamente edificados. Al contrario, encontramos situaciones anormales. Por ejemplo, hay una persona que vive en Taipéi que quiere ser edificado con los que están en Kaohsiung. Él dice: “No me llevo bien con ciertos hermanos en Taipéi, pero si voy a Kaohsiung, podré ser edificado con los hermanos allí”. Quisiera decirle que si usted no puede ser edificado con los hermanos en Taipéi, tampoco podrá ser edificado cuando vaya a Kaohsiung. Si tiene problemas con los hermanos en cierta localidad, no importa adónde vaya, también tendrá problemas allá. Queridos hermanos y hermanas, tenemos que reconocer la soberanía del Señor. Usted estuvo antes en un lugar y después en otro, pero no fue salvo sino hasta que se vino a vivir a Taipéi. En el pasado siempre rechazó el evangelio cuando lo escuchó en otros lugares. Pero cuando se mudó a Taipéi, inmediatamente después de escuchar el evangelio, usted fue conmovido y salvo. Esto lo dispuso la soberanía de Dios. Asimismo, ahora cuando usted se reúne con los hermanos y hermanas en Taipéi, quienes le causan dificultades, también debe reconocer que esto es conforme a la soberanía de Dios. Tal vez usted espere que todos aquí sean agradables y calmados. Pero desafortunadamente da la casualidad de que los hermanos y hermanas son fríos e indiferentes. Como resultado, usted se siente descontento con la situación. Entonces se entera de que la iglesia en Kaohsiung es bastante buena y que los hermanos y hermanas allí son muy afectuosos y amorosos. Por consiguiente, usted piensa que si estuviera allí, sin duda alguna podría unirse a los hermanos de ese lugar. Pero recuerde que esto es pensar de manera idealista. Si en efecto usted se va a Kaohsiung, descubrirá que allí hay algunos hermanos y hermanas que le causarán aún más problemas. Así que, el problema no son los demás; el problema es usted. Tiene que aceptar la soberanía de Dios. Dondequiera que el Señor haya dispuesto que usted viva, tiene que aprender a ser edificado con los santos en ese lugar. Me gusta lo que la Biblia dice en cuanto a Priscila y Aquila: cuando ellos vivían en Roma, estaban en la iglesia en Roma; cuando fueron a Éfeso, estaban en la iglesia en Éfeso. Adondequiera que iban, coordinaban con los hermanos y hermanas de esa localidad y eran edificados con ellos.
Por lo tanto, es necesario que veamos que Dios no está edificando a Sus santos de manera universal; toda la edificación realizada por Dios se efectúa a nivel local. Los hermanos en Kaohsiung tienen que ser edificados unos con otros en Kaohsiung, mientras que los hermanos que están en Nueva York tienen que ser edificados unos con otros en Nueva York. La edificación que Dios realiza es siempre local. Esto pone a prueba nuestra carne y quebranta nuestra manera de ser. Los que son relajados y calmados, a menudo encuentran que la iglesia en su localidad es estricta; y los que son alegres y despreocupados, a menudo encuentran que la iglesia en su localidad es bien fría. Todas estas situaciones tienen como fin que seamos puestos a prueba y disciplinados. Podremos ser edificados con otros sólo cuando hayamos sido quebrantados por Dios.
Quisiera contarles una historia de algo que sucedió en la iglesia en Shanghái hace muchos años. Un hermano se acercó a los hermanos que tomábamos la delantera y nos pidió que lo transfiriéramos a otro salón de reuniones, a fin de que sirviera allí. El motivo era que en el salón de reuniones donde él estaba había un hermano al cual no podía soportar, y también una hermana a quien no podía tolerar. Me dijo: “Hermano Lee, sinceramente no puedo servir con ellos, y no quiero tener altercados con ellos”. Entonces nos pidió que lo asignáramos a otro salón de reuniones. Le preguntamos: “¿Cuál salón cree usted que es el más apropiado?”. Él dijo: “Creo que tal o cual salón sería el más apropiado, porque el hermano responsable en ese salón es más lento y la hermana responsable es muy apacible. Yo soy una persona lenta, así que cuando otros son acelerados no logro andar a su paso. Por lo tanto, únicamente puedo llevarme bien con los que son lentos”. Después de escucharlo, no tuve más alternativa que transferirlo conforme a su petición. Sin embargo, en menos de medio año vino a nosotros nuevamente y dijo: “Hermanos, no tengo forma de seguir adelante. Les ruego que me envíen a otro salón”. Le preguntamos: “¿Cuál es el motivo?”. Él dijo: “Oh, ese hermano responsable es demasiado lento; es diez veces más lento que yo. Por lo tanto, no puedo aguantar más. Esta vez les pido que me envíen a un salón donde los hermanos no sean ni demasiado rápidos ni demasiado lentos”.
Podemos ver que este hermano no aprendió la lección. Él pensaba que siempre que se presentaba algún problema en el servicio de la iglesia, éste se resolvería yéndose a otro lugar. No se imaginaba que el problema en realidad no eran los demás, sino él mismo. Tenemos que entender que mudarnos a otro lugar no es la solución a nuestros problemas. Si tenemos un problema con los hermanos y hermanas en la iglesia, la única solución es que seamos quebrantados. Nunca debemos considerar mudarnos, ni tampoco debemos pensar en escapar. Tenemos que confiar en lo que Dios ha dispuesto para nosotros. Ya que Dios ha dispuesto que estemos en cierto lugar, tenemos que permanecer allí en sumisión y aprender a ser quebrantados. No piense: “No puedo ser edificado en este lugar, pero si me fuera a otro lugar, allí podría ser edificado”. No existe tal cosa. Tanto la soberanía de Dios como lo que Él dispone no pueden estar equivocados. Usted no puede ser una persona que escoge lo que quiere ni una persona que va a donde le place, yendo del este al oeste o del norte al sur. Tiene que calmarse y ser alguien que permanece fijo en un lugar. Ya que Dios ha dispuesto que tanto usted, como su hogar y su trabajo estén en este lugar, entonces, tiene que establecerse allí de todo corazón conforme a lo que Dios ha dispuesto. Debido a que la intención de Dios es edificar Su iglesia en todas las localidades, y Él ha dispuesto que usted esté allí, entonces debe establecerse allí entre los hermanos y las hermanas y ser edificado con ellos. Si usted no puede ser edificado apropiadamente con los hermanos y hermanas en cierta localidad, entonces le será imposible ser edificado con otros, no importa adónde vaya.
Lamentablemente, casi todos padecemos la misma enfermedad: preferimos otras localidades a la nuestra. Por lo general, los que viven en Taipéi prefieren estar en Tainán, pero cuando están en Tainán, prefieren estar en Taichung. Incluso en nuestras familias, a menudo tenemos el mismo problema. En especial, las hermanas tienen esta debilidad. Sé que muchas hermanas que son casadas les dicen a sus esposos cuán buenos son los esposos de otras. Supongamos que una hermana como las que acabo de mencionar es la hermana Hwang. Ella diría al hermano Hwang: “Mira cuán bueno es el hermano Liu. Él es muy considerado y servicial con su esposa”. Sin embargo, si usted va y conversa con la hermana Liu, nos enteraremos de que ella también se queja ante su esposo, diciendo: “Mira cuán bueno es el hermano Hwang. Él es muy diligente en casa y cuida mucho a sus hijos”. Casi todas las esposas creen que los esposos de las demás son mejores que el suyo. Los esposos tienen el mismo problema; fácilmente observan las buenas cualidades de las esposas de otros. Es por ello que el Espíritu Santo dice en Efesios: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos” (5:22).
De igual manera, en la iglesia nos parece también que las otras localidades son mejores que la nuestra. Los que están en Tainán piensan que Taipéi es mejor, mientras que los que están en Taipéi piensan que Taichung es mejor. Casi todo el mundo es así, lo cual demuestra que ni nuestra carne ni nuestra manera de ser han sido quebrantadas. Si hemos sido quebrantados y hemos sido edificados por Dios en una localidad, estaremos satisfechos con lo que Dios disponga para nosotros. Si Dios dispone que usted esté en Taipéi, usted será edificado en Taipéi; y si dispone que esté en Tainán, usted se unirá en coordinación con los hermanos en Tainán.
Por lo tanto, tenemos que ver que Dios desea que seamos edificados en cada localidad. La localidad es tanto una restricción como una protección. Al mismo tiempo es una prueba que pone de manifiesto nuestra verdadera condición. ¿Tenemos preferencias? ¿Tenemos gustos particulares? La localidad es una prueba muy estricta. Si realmente hemos sido quebrantados, no tendremos opiniones dondequiera que estemos, y podremos aceptar lo que Dios disponga para nosotros. De este modo, podremos ser edificados por Dios en las iglesias locales.
En segundo lugar, todos los que son edificados en una iglesia local deben aprender a ejercer su función. Colosenses 2:19 nos muestra que en el Cuerpo algunos son coyunturas mientras que otros son ligamentos. Las coyunturas sirven para brindar el suministro a los miembros del Cuerpo, mientras que los ligamentos sirven para entrelazarlos. Las coyunturas que brindan el suministro a los miembros y los ligamentos que los entrelazan son necesarios para la edificación del Cuerpo. Estas dos clases de miembros son los miembros más grandes. Además de éstos, hay muchos otros miembros más pequeños. En la iglesia cada uno de los hermanos y hermanas es un miembro del Cuerpo. Por lo tanto, en circunstancias normales, cada uno, sea grande o pequeño, tiene una función.
Además, Efesios 4:16 dice: “Todo el Cuerpo, bien unido y entrelazado por todas las coyunturas del rico suministro y por la función de cada miembro en su medida, causa el crecimiento del Cuerpo para la edificación de sí mismo en amor”. Por lo tanto, cada miembro debe ejercer su función conforme a su propia medida. Si en una iglesia local todos los santos fueran así —si usted desempeñara su función, yo cumpliera con mis deberes, él llevara a cabo su responsabilidad, y cada uno operara conforme a su medida y manifiesta su función particular—, entonces la iglesia sería edificada.
Sólo puede haber dos razones para que la función de un miembro no se manifieste. Una es que no hay crecimiento, y la otra es que se ha desarrollado un problema. Aunque un nuevo bebé tiene manos y pies, él no puede usarlos. No obstante, después de que crezca un poco, podrá mover un poco sus manos y sus pies. Luego, después que crezca un poco más, podrá hacer cosas con las manos y podrá caminar con sus pies. Sin embargo, si no hay crecimiento, las funciones no se manifestarán. A veces una persona adulta puede enfermarse en cierta parte de su cuerpo; si esto sucede, la función de esa parte no se manifestará tampoco.
Si ustedes aman al Señor, pero su función aún no se ha manifestado, entonces deben creer que esto ciertamente se debe a que no han crecido lo suficiente o a que tienen un problema, una enfermedad. Además, todos nuestros problemas y complicaciones se deben a que no hemos sido quebrantados. Queridos hermanos y hermanas, crean mis palabras. En cuanto sean quebrantados, su función se hará manifiesta. Había una vez una persona que, debido a sus conversaciones ociosas, no manifestaba ninguna función en la iglesia. Entonces un día dicho hermano fue quebrantado por Dios y fue disciplinado en su manera de hablar. Inmediatamente después, su función se hizo manifiesta. Quizás usted me pregunte: “¿Qué puedo hacer? ¿Cuál es mi función?”. Creo que usted ya ha visto más que suficiente en estos años. Hay muchas áreas de servicio en la iglesia. Todos podemos participar en estos servicios para que se haga manifiesta nuestra función. Algunos de nosotros deben interceder por otros. Otros deben salir frecuentemente a visitar a otros. Otros pueden ayudar a otros en problemas particulares. Otros pueden brindar un suministro a otros en la reunión. Otros pueden ministrar la palabra. Otros pueden hacerse cargo de asuntos prácticos. Por ejemplo, alguien puede hacer la limpieza y al mismo tiempo suministrar vida a los demás. Si todos llevamos a cabo nuestras respectivas funciones, la iglesia será edificada.
Por ejemplo, en una iglesia grande, donde se bautizan de trescientas a quinientas personas al mismo tiempo, no podemos esperar que los hermanos responsables brinden un cuidado apropiado a todos. En realidad, los hermanos responsables muchas veces ni siquiera pueden llegar a conocer a todos los que recientemente se han bautizado, y mucho menos cuidarlos. ¿Quién entonces va a cuidar de los nuevos creyentes? Esto es responsabilidad de todos los hermanos y hermanas. Cada uno de los hermanos y hermanas debe asumir la responsabilidad de cuidar de varios hermanos nuevos y llevar continuamente sus cargas. Tal vez usted diga: “No sé cómo hacerlo”. Pero recuerde que al menos puede ayudarlos a que vengan a las reuniones. Cuando sea hora de ir a la reunión, puede ir e invitarlos a que vengan a la reunión. Además de esto, puede recordarlos continuamente en sus oraciones. Éstas son funciones.
Estoy hablándoles desde una perspectiva mínima, pues creo que muchos de entre nosotros tienen funciones que son más importantes que lo que acabo de describir. Su verdadera función no proviene de lo que otros le asignen; más bien, proviene de los tratos que usted tenga directamente con el Señor. Si usted busca al Señor, recibe Su quebrantamiento y está dispuesto a ser edificado, su función se hará manifiesta. No debemos tener el concepto equivocado de que todas las áreas de servicio en la iglesia son la responsabilidad de los pastores o los predicadores. Debemos ver que el servicio en las iglesias locales es la responsabilidad de cada creyente. En la era del Nuevo Testamento todos los que han sido salvos son sacerdotes, y también son miembros los unos de los otros. Por consiguiente, en la iglesia todos debemos ejercer nuestra función conforme a nuestra medida con miras a la edificación del Cuerpo de Cristo.
Tercero, los colaboradores y hermanos responsables tienen que ver un principio muy crucial en Efesios 4. En la edificación de la iglesia, la función de las personas dotadas es perfeccionar a los santos para que ellos lleguen a ser miembros útiles. Ellas no deben reemplazar a los santos en el servicio al Señor, sino perfeccionarlos para que puedan servir al Señor juntos. En esto hay una gran diferencia. Es muy fácil que los que somos colaboradores o hermanos responsables caigamos en el peligro de reemplazar a los santos en el servicio. A menudo, cuanto más trabajamos, más cae sobre nosotros la responsabilidad del servicio. Cuanto más trabajamos, más los hermanos y hermanas sueltan las responsabilidades. Como resultado, ellos únicamente vienen a las reuniones a escuchar mensajes. Si ésa es la situación, entonces no estamos perfeccionando a los santos, sino reemplazándolos en el servicio.
Todos los que han visto la luz de la edificación de la iglesia deben cuidarse de esto. En la iglesia podemos estar realizando una obra muy importante, pero nuestra obra jamás debe reemplazar el servicio de los santos. En vez de ello, nuestra obra debe ser perfeccionar a los santos para que ellos sirvan. La situación normal debe ser que cuanto más trabajemos, mayor sea el número de los que son perfeccionados por nosotros para servir. El número debe aumentar al grado en que todos los servicios estén en manos de los santos. Esto es lo que significa perfeccionar a los santos para que cumplan sus respectivas funciones con miras a la edificación del Cuerpo de Cristo.
Por supuesto, lograr que todos los santos cumplan su función no sólo es la responsabilidad de los colaboradores ni de los hermanos responsables, sino también de todos los hermanos y hermanas. En general, los hermanos y hermanas suelen tener este sentir: “Los colaboradores y hermanos responsables pueden hacer el trabajo mucho mejor que nosotros en los servicios de la iglesia; por tanto, dejemos que ellos lo hagan todo”. Por otro lado, algunos hermanos y hermanas no sirven porque simplemente prefieren estar cómodos. Es posible que ellos digan: “Puesto que tenemos a estos colaboradores y hermanos responsables que lo hacen todo, relajémonos y disfrutemos. Durante el día hemos estado trabajando duro en nuestras oficinas, enseñando en las escuelas y atendiendo nuestros hogares. Ni siquiera es fácil para nosotros venir a la reunión por la noche. Por lo tanto, dejemos el servicio en manos de los colaboradores y hermanos responsables”. Recuerden que si esto sucede, entonces todos los dones de los santos quedarán enterrados, todas sus funciones serán anuladas y todas sus responsabilidades serán descuidadas.
A veces después de las reuniones nos dividimos por grupos para tener comunión. Quisiera ir a visitar estos grupos para tener un poco de comunión con los hermanos, pero temo ir. La razón es que no importa a qué grupo vaya, los hermanos que están reunidos en ese grupo dejan de tener comunión e inmediatamente dicen: “El hermano Lee está aquí. Pidámosle que hable”. Los líderes del grupo dicen: “Hermano Lee, queremos hacerle una pregunta difícil. ¿Cómo explicaría usted esto?”. Esto me obliga a tomar mi Biblia y a marcharme. Si me voy, ellos harán su trabajo; pero si me quedo, no lo harán. Ellos dicen que yo puedo hacer bien las cosas y que ellos no. Pero yo no creo eso, porque por lo que oigo, ellos en realidad hacen las cosas mejor que yo.
Por consiguiente, por un lado, los colaboradores y los hermanos responsables deben creer que los hermanos y hermanas son capaces de servir y deben darles la oportunidad de hacerlo. Por otro lado, los hermanos y hermanas no deben dejar que los colaboradores y los hermanos responsables lo hagan todo. Ellos no son ángeles; son seres humanos igual que los demás. Ustedes tienen que creer que a veces pueden hacer las cosas mejor que ellos. Si cada uno de nosotros ocupamos el lugar que nos corresponde y cumplimos nuestra función, entonces no sólo un pequeño número servirá, sino todos los hermanos y hermanas en la iglesia. Esto edificará el Cuerpo. Espero que todos los que laboran para el Señor o tienen alguna responsabilidad en la iglesia se adhieran firmemente a este principio. Estamos perfeccionando a otros para que todos ellos participen en el servicio. No debemos reemplazar a otros en el servicio. No debemos actuar como pastores o predicadores, reemplazando a los demás.
Una vez un hermano vino a invitarme a su casa para que predicara el evangelio. Le pregunté: “¿Por qué me invita a mí y no a otros hermanos?”. Él respondió: “Porque ellos no pueden hablar tan bien como usted”. Le dije: “No es cierto lo que usted dice; sé que hay hermanos que hablan mucho mejor que yo. Le ruego que me crea; no obstante, aunque no me crea, no voy a ir. Usted simplemente tiene que pedirle a otro que vaya”. Finalmente, él no tuvo otra alternativa que pedirle el favor a otro hermano. Le doy gracias al Señor porque Él le demostró a este hermano que lo que yo le decía era cierto. Así que más tarde él vino a decirme: “Doy gracias al Señor y le alabo porque ese día el hablar del otro hermano fue muy bueno”. Le dije: “Entre los hermanos todavía hay muchos otros que pueden hablar aún mejor, así que no sólo lo invite a él”. Me preguntó: “¿Y quién es mejor que él?”. Le respondí: “Todos los demás son mejores que él; vaya e invítelos”. Esto pareciera una broma, pero sé de lo que les estoy hablando.
Si creemos que sólo unas cuantas personas son capaces de servir y, por tanto, siempre dependemos de ellas, entonces la iglesia jamás podrá ser edificada. Todos los padres que son sabios saben que para enseñar a sus hijos a hacer cierta tarea, lo mejor es dejarlos que la hagan y que crean que ellos pueden hacerlo bien. Por ejemplo, si ustedes quieren enseñalarles a sus hijos a preparar arroz, simplemente dejen que lo hagan. Aun si el arroz no queda bien cocinado, usted debe dejarlos cocinar. Les aseguro que después que hayan hecho el arroz cinco veces, ya no les quedará crudo. Al hacer esto varias veces, finalmente ellos aprenderán a hacerlo. De la misma manera, en la iglesia debemos creer que los hermanos y hermanas tienen en su interior al Espíritu de Dios y la vida de Dios. Tenemos que creer que este Espíritu da dones y que esta vida tiene funciones. Por lo tanto, tenemos que darles suficientes oportunidades. Al mismo tiempo, cada hermano y hermana debe tener esta convicción: “Soy una persona salva. Tengo el Espíritu Santo, y también tengo la vida del Señor. Por lo tanto, ciertamente tengo un don, y ciertamente tengo una función”. No debemos ser orgullosos, porque el orgullo es algo que está bajo maldición. Sin embargo, tampoco debemos decir humildemente que no podemos hacer nada. Debemos aprender en humildad a cumplir nuestra función. Esto no es asunto de tener confianza en nosotros mismos, sino, más bien, de confiar en el Espíritu del Señor y en la vida del Señor. De este modo veremos que nuestra función se hará manifiesta.
Espero que quienes laboran para el Señor así como los hermanos y hermanas que sirven juntos continuamente aprendan esto. Continuamente tenemos que proveer oportunidades para que los hermanos y hermanas puedan servir. Debemos guiarlos, perfeccionarlos e instruirlos en todas las cosas, delegándoles nuestras responsabilidades para que ellos se levanten y sirvan. Si hacemos esto, sin duda alguna la iglesia será edificada.
Cuarto, todos los ministerios deben tener como finalidad la edificación de la iglesia localmente, pero no se le debe exigir a la iglesia que esté a favor de cualquier ministerio. Siempre hemos recalcado, como se menciona en Efesios 4, que la obra de los que tienen un ministerio, es decir, de los que han recibido un don especial, consiste en perfeccionar a los santos para la edificación del Cuerpo de Cristo. La meta de su obra no debe ser edificar su ministerio, sino edificar las iglesias localmente. Esto es lo que hicieron los primeros apóstoles. Ellos iban de localidad en localidad en toda la región de Judea y a diferentes lugares del mundo gentil para llevar a cabo su ministerio con el fin de edificar las iglesias. Por esta razón, aunque laboraron mucho en diferentes lugares, el resultado de su obra, en última instancia, pertenecía a las iglesias locales y era para la edificación de las iglesias en todas las localidades. Corinto es un buen ejemplo de esto. Pablo fue el primero en ir allí. Él estableció la iglesia en Corinto después de haber laborado allí por algún tiempo, y un grupo de personas fueron salvas. Algún tiempo después Apolos fue a dicha ciudad. Puesto que era muy diestro en explicar la Palabra, un grupo de personas fue edificado en su fe. Al partir, él entregó este grupo de personas a la iglesia en Corinto. Después de otro período de tiempo, Pedro vino también a Corinto. Puesto que él era un gran apóstol del Señor, muchos recibieron ayuda de él. Sin embargo, cuando él partió, todo el fruto de su labor fue entregado a la iglesia en Corinto. Es cierto que en la iglesia en Corinto había cuatro grupos de personas y que había divisiones entre ellos. Pero esto se debió completamente al comportamiento carnal de los creyentes corintios, y no a ningún defecto de la obra de Pablo o los otros apóstoles. Por ello, en la primera epístola que Pablo escribió a los corintios, los reprendió severamente, diciendo: “¿Qué, pues, es Apolos, y qué es Pablo? Ministros por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno de ellos concedió el Señor” (3:5). También les dijo: “Todo es vuestro: sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas [...] todo es vuestro” (vs. 21-22). Esto significa que toda la obra de los que tienen un ministerio pertenece a las iglesias locales y es dada a ellas.
Sin embargo, lamentablemente hoy en día los que tienen un ministerio no proceden de esta manera. A menudo su ministerio no está a favor de las iglesias locales, sino que ellos procuran que las iglesias locales sirvan para su propio beneficio. Como resultado, las iglesias locales son divididas en vez de ser edificadas. ¿Por qué hoy en día hay tantas denominaciones y sectas en el cristianismo? Siendo sinceros, el problema no son los hermanos y hermanas en general, sino los que tienen un ministerio. Los que tienen un ministerio y que han recibido un don especial laboran mucho después de que son levantados por Dios. Conducen a muchos a la salvación y los edifican en su fe, pero no entregan estos creyentes a las iglesias locales. Al contrario, adhieren estos creyentes a sí mismos y forman una organización independiente. Como resultado, aunque en diferentes localidades puede haber algunos que son salvos, aman al Señor e incluso llegan a ser espirituales, las iglesias en estas localidades son derribadas.
Este asunto es muy importante. Si el Señor nos concede gracia, es posible que en los días venideros Él levante entre nosotros algunos que tienen un ministerio. Ellos podrán edificar a otros en su fe y ayudarlos a ser espirituales. Sin embargo, si no vemos este principio, me temo que después que sean levantadas estas personas, las iglesias en diferentes localidades serán derribadas. Por lo tanto, espero que todos los que laboran para el Señor y los que llevan la responsabilidad en cada localidad tengan un sentir muy claro en cuanto a esto. Es preciso ver que todos los ministerios deben tener como finalidad la edificación de las iglesias localmente y que no se les debe exigir a las iglesias que estén a favor de cualquier ministerio. Aunque el ministerio del apóstol Juan era fuerte, y aunque la mayoría de las siete iglesias que estaban en Asia se hallaban en una condición muy lamentable, el deseo del Señor era edificar esas iglesias, y no edificar el ministerio de Juan. El Señor quería que Juan edificara estas iglesias con su ministerio, en vez de que les pidiera a dichas iglesias que apoyaran su ministerio.
Por último, necesitamos oraciones de lucha. Recuerden que en cuanto nos dispongamos a edificar, el enemigo vendrá para atacar y poner obstáculos. De ahí que sea necesario luchar. Debemos ofrecer oraciones de lucha a favor de la edificación. Creo que no es necesario decir mucho al respecto, pues las palabras de Nehemías 4 son bastante claras. El enemigo despreciaba y ridiculizaba a los hijos de Israel cuando éstos volvieron de su cautiverio para reedificar la ciudad santa. Además, el enemigo empleó muchísimas maquinaciones para estorbarlos e incriminarlos falsamente, a fin de que sus manos fueran debilitadas. Cuando Nehemías vio la situación, inmediatamente fue a orar delante de Dios. En cuanto oró, recibió claridad en su interior. Él supo que ésta era la estrategia del enemigo, así que inmediatamente buscó protegerse de ella. Él y sus hermanos llevaron a cabo la obra de reedificación con una mano realizando la obra y con la otra sosteniendo un arma (v. 17). Esto es edificar con una mano y pelear con la otra.
En Efesios, un libro que trata acerca de la edificación de la iglesia, se menciona también enfáticamente el asunto de la guerra espiritual. El capítulo 4 de Efesios nos habla de la edificación, y el capítulo 6 nos habla de la guerra. No podemos simplemente tener la edificación; debemos también tener la guerra para protegernos de los ataques del enemigo.
En el libro de Nehemías debemos ver que hay tres aspectos del ataque del enemigo. El primer aspecto es la burla del enemigo. Ésta es su estratagema desde afuera. El enemigo dijo: “¿Qué hacen estos débiles judíos?” (4:2). “Aun el muro de piedra que edifican, si una zorra subiera sobre él, abriría en éste una brecha” (v. 3). Esta clase de burla puede hacer que despreciemos la obra que debemos realizar. El segundo aspecto del ataque del enemigo es tramar planes. El enemigo mandó decir a Nehemías: “Ven, reunámonos” (6:2). Pero si Nehemías hubiera ido, la obra se habría retrasado, y él habría caído en su trampa. El tercer aspecto del ataque del enemigo es hacer que haya debilidad entre los hijos de Israel y que algunos hablen palabras de desaliento.
También nosotros hemos tenido que afrontar estas situaciones. Hace casi treinta años cuando recién fuimos levantados por el Señor en el norte de la China, éramos muy débiles, pero también teníamos la presencia del Señor con nosotros. En aquel tiempo había personas de afuera que decían: “Ellos no son más que niños que están jugando; después de unos días todo eso acabará. No les presten atención”. Éstas palabras eran como las que encontramos en el libro de Nehemías: “Ellos son débiles; aun el muro de piedra que edifican, si una zorra subiera sobre él, abriría en éste una brecha”. Cuando oí esas palabras, también fui delante del Señor a orar, pidiéndole que nos vindicara. En lo profundo de nuestro ser sabíamos que el Señor era quien nos había levantado. Lo que estábamos haciendo no era nada pequeño; no se trataba de niños que estaban jugando, sino de un testimonio que el Señor mismo estaba levantando. Aún recuerdo muy claramente que en aquel tiempo le leí al Señor el capítulo 4 de Nehemías.
De la misma manera, a veces la estratagema del enemigo consistió en hacer que la gente nos pidiera ir a tener reuniones y discusiones con ellos. Esto también fue como lo que Nehemías afrontó en su época. Nosotros rechazamos todas estas invitaciones. Ignoramos sus burlas y rechazamos todos sus planes atractivos. No podíamos dejar la obra que el Señor nos había encomendado.
También encontramos dificultades entre nosotros. Mientras los hermanos y hermanas servían juntos, a menudo surgieron problemas en medio nuestro. A veces sin motivo alguno, a un hermano le parecía que la expresión del rostro de otro hermano no era buena. Al mismo tiempo, el otro hermano sentía que había un problema con el tono de voz con que hablaba el primer hermano. Entonces los dos empezaban a tener sospechas el uno del otro. Cuanto más aumentaban las sospechas, más empeoraba el problema. Todos estamos familiarizados con esta clase de situación, así que no tengo que decir mucho al respecto. Satanás obró entre nosotros despertando sentimientos negativos y creando dificultades. De este modo, él hizo que tuviéramos discordias y sospecháramos el uno del otro.
Además, a veces teníamos problemas interiormente, lo cual nos traía desaliento, debilidad y enfermedad espiritual. Como resultado, no podíamos avanzar en la edificación.
Todos tenemos que protegernos de todos estos ataques de Satanás. Ésta es la razón por la cual debemos ofrecer oraciones de lucha. Siempre que afrontemos un problema, tenemos que regresar y orar delante del Señor. Cuando las personas digan que lo que estamos haciendo no tiene ninguna importancia, debemos llevar estas palabras delante del Señor y contarle al respecto. Si las personas intentan hacernos daño con algún plan, debemos presentarle este plan al Señor. Si los hermanos y hermanas tienen sospechas el uno del otro, y si tienen envidia el uno del otro, también tenemos que presentarle esto al Señor. Aun cuando nos sintamos débiles en nosotros mismos, tenemos que presentarle esto también al Señor. Siempre debemos tratar estos asuntos por medio de la oración. Debemos rechazar estas cosas y combatirlas por medio de nuestras oraciones de lucha.
Si todos los hermanos y hermanas en una localidad ejercen su función, si los colaboradores y hermanos y hermanas responsables no reemplazan a los santos, sino que los perfeccionan para que sirvan junto con ellos, si todos los que tienen un ministerio laboran a favor de la edificación de la iglesia, y si todos los santos tienen un arma en su mano, peleando la guerra espiritual por medio de sus oraciones de lucha mientras llevan a cabo la obra de edificación juntos, entonces ustedes verán una iglesia gloriosa edificada en esa localidad. Asimismo verán que una miniatura de la Nueva Jerusalén se hará manifiesta para ser un lugar de reposo para Dios y un hogar para todos Sus hijos. La presencia de Dios, el trono de Dios y la vida de Dios estarán allí. Asimismo el poder de Dios y la luz de Dios estarán allí. El evangelio se propagará desde ese lugar, las personas salvas serán edificadas allí, y Dios será glorificado allí. Cada vez que las personas se reúnan con ellos, sentirán que Dios está presente, y dirán: “Ésta es la casa de Dios, ésta es la puerta del cielo, ésta es Bet-el, y esto es el aceite derramado sobre la piedra”. Esto es algo glorioso; es lo que el Señor desea obtener en cada lugar en esta era. Que el Señor tenga misericordia de nosotros a fin de que no tomemos estas cosas simplemente como doctrinas para nuestro estudio. Que el Señor grabe esta visión en lo más profundo de nuestro ser. Por Su misericordia queremos ser edificados y edificar a otros en cada localidad a fin de que la casa gloriosa del Señor se manifieste en todas las localidades de la tierra, de tal manera que Dios y el hombre obtengan una morada.