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Mensajes del libro «Pláticas con los jóvenes»
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CAPITULO DOS

LA VISION DEL RECOBRO DEL SEÑOR

  Lectura bíblica: Mt. 16:15-18; Ef. 5:32; Fil. 3:10a; Ap. 1:10-13a

  En el capítulo anterior vimos que los jóvenes necesitan proponerse en su corazón no contaminarse con las cosas de esta era; deben huir de las pasiones juveniles y seguir a Cristo con algunos compañeros, “con los que de corazón puro invocan al Señor” (2 Ti. 2:22). En este capítulo veremos lo que es el recobro del Señor, que es el recobro de Cristo y la iglesia. Aunque quizás estemos familiarizados con estos términos, quisiera animar a los jóvenes a que dediquen mucho tiempo con sus compañeros, en grupos de cinco, a escudriñar las verdades de Cristo y la iglesia.

  En Mateo 16 el Señor les dio a Sus discípulos la revelación de Sí mismo y la iglesia. Los versículos del 15 al 18 dicen: “El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús y dijo: ...Yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré Mi iglesia”. El recobro del Señor no consiste en recuperar doctrinas, tales como el lavamiento de los pies, cubrirse la cabeza, el bautismo, el pan y el vino de la cena del Señor, sino en recuperar a “Cristo y la iglesia”. El término recobro implica que algo se perdió, pues si nada se hubiese perdido, no habría necesidad de recobrar. La debida revelación de Cristo y la iglesia se había perdido. Muchos creyentes no tienen el entendimiento correcto de lo que son Cristo y la iglesia. Solamente conocen y aprecian al Jesús que es su Salvador, que los salvó del infierno y los lleva al cielo.

RECOBRAR A CRISTO

El Cristo

  Mateo 16:16 habla de “el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Según este versículo, Cristo tiene dos aspectos principales. El primero es Su persona, y el segundo es la obra, ministerio o comisión que lleva a cabo. Por lo tanto, El tiene dos títulos principales: el Cristo, que corresponde a Su ministerio; dicha palabra se deriva de la palabra griega cristos, que significa ungido. Daniel 9:26 dice: “Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías”. La expresión el Mesías, en hebreo, equivale a cristos, en griego, y se puede traducir “el ungido”. En la administración divina, cuando Dios comisiona a alguien para que cumpla Su propósito, lo unge. Cuando El designaba sacerdotes, reyes y profetas, éstos debían ser ungidos. Samuel ungió a David como rey (1 S. 16:13), y Moisés ungió a Aarón y a sus hijos como sacerdotes (Lv. 8:30). Ser ungido equivale a recibir una comisión específica. En el lenguaje moderno, ser ungido significa ser nombrado. La unción de Dios sobre una persona es el nombramiento que El le da para que cumpla Su comisión.

  En tipología, el aceite de la unción, o el ungüento, representa al Espíritu de Dios. Dios unge al hombre consigo mismo. Cuando Jesús salió del agua al ser bautizado, el Espíritu Santo vino sobre El (Mt. 3:16). El Espíritu Santo era el ungüento, y Su venida fue la acción de ungir. Por lo tanto, en Lucas 4:18 Jesús dijo: “El Espíritu del Señor está sobre Mí, por cuanto me ha ungido”. En el día de Pentecostés antes de que los ciento veinte proclamasen el evangelio para cumplir la comisión que Dios les había dado, El derramó Su ungüento, Su Espíritu, sobre ellos (Hch. 2:1-4, 14-18), y todos ellos fueron ungidos.

  “Cristo” significa ungido. Dios ungió a Su Hijo. Esta unción fue ejecutada tanto en la eternidad pasada, antes de la fundación del mundo, como en el tiempo. En la eternidad pasada, Dios ungió y nombró a Su Hijo. Dios el Padre fue el Autor, la fuente, el que planeó. El propósito que el Dios Triuno planeó en la eternidad pasada para la eternidad futura, el cual es Su propósito eterno, consiste en tener una iglesia que le exprese de manera corporativa. Cuando Dios se propuso hacer esto, ungió a Su Hijo, y le dio la comisión de cumplir Su plan eterno. Su título, el Cristo, así lo indica.

  Al principio del tiempo, el Hijo de Dios, como Su ungido, como Cristo, vino para crear. El Hijo de Dios realizó la creación como Ungido de Dios, porque Dios le encargó dicha tarea. En Juan 1:1 y 3 leemos: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios ... Todas las cosas por medio de El llegaron a existir, y sin El nada de cuanto existe ha llegado a la existencia”. Dios necesita un universo con un cielo y una tierra que contienen muchos elementos a fin de cumplir Su propósito, y en particular necesita un vaso que lo contenga, a saber, el hombre. Cristo como el Ungido llama las cosas que no son como si fuesen. La creación fue la primer comisión que Dios le entregó a Su ungido.

  En segundo lugar, Dios le encargó la encarnación. Juan 1:14 dice: “Y el Verbo se hizo carne, y fijó tabernáculo entre nosotros”. En la encarnación El trajo a Dios al hombre, es decir, se depositó en Su creación.

  El tercer aspecto de comisión dada a Cristo, el Ungido, fue la crucifixión, que significa la terminación de la primera creación en su totalidad (Col. 1:15, 20). La creación se envejeció debido a la rebelión de Satanás y a la caída del hombre. Los ángeles y la humanidad fueron dos de los seres principales que Dios creó. El creó dichos seres vivientes para cumplir Su propósito. Los ángeles estaban en los cielos, y el hombre en la tierra. La Biblia nos dice que el querubín más destacado se rebeló y llegó a ser Satanás (Ez. 28:14-18; Is. 14:12-14). Esa rebelión contaminó toda la creación. Más adelante, este líder angélico que se había rebelado tentó a la cabeza del linaje humano y lo indujo a que cayera. Así que tanto los ángeles como el género humano se contaminaron y se hicieron malignos. A raíz de esto, toda la creación se envejeció, lo cual no es un asunto de edad, pues Dios es quien más años tiene y nunca envejece. Cuando estemos en la eternidad por muchos años, seremos ancianos, pero nunca envejeceremos. La Nueva Jerusalén será siempre nueva; será antigua pero no vieja. La vejez es producto de la contaminación, la corrupción y la vanidad.

  En Romanos 8:20-21 dice que toda la creación está bajo la esclavitud de la corrupción, sujeta a vanidad. Dios, quien siempre es nuevo, fresco e inmarcesible, nunca usa nada que esté viejo. Esta creación corrupta, que es vanidad, tuvo que ser eliminada, lo cual logró Cristo cuando fue crucificado. Cristo creó, y El mismo también le puso fin a la primera creación. Por eso es tan importante la crucifixión.

  El cuarto aspecto de la comisión que se le dio a Cristo fue la resurrección, que significa la germinación. Cristo puso fin a la vieja creación en Su crucifixión, y en Su resurrección El hizo germinar la creación crucificada depositando en ella a Dios mismo como semilla, como la semilla de la vida. Dios, esa semilla de vida divina, se siembra en el hombre crucificado. El hombre creado y crucificado también fue resucitado para llegar a ser la nueva creación, la cual es producida por la resurrección.

  Después de la resurrección, Cristo ascendió a los cielos. Su ascensión fue Su designación oficial. Después de la elección de un presidente, él debe tomar posesión de su cargo. La toma de posesión confiere al presidente electo su cargo. Cristo fue elegido por Dios, pero no fue nombrado oficialmente antes de Su ascensión. Cuando ascendió a los cielos, Dios lo designó oficial y universalmente, una vez y para siempre, afirmándolo en Su posición. Hechos 2:36 dice: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo”. Antes de la ascensión, el Soberano del universo era Jehová o Elohim. Pero en el día de la ascensión, un hombre llamado Jesús, quien era la mezcla de Dios y el hombre, fue designado Señor de todo. ¡Alabado sea El! Ahora Cristo es perfectamente apto y ya tomó posesión oficialmente. El es el Cristo que creó, se encarnó, fue crucificado, resucitó y ascendió al tercer cielo a fin de tomar posesión de Su oficio como Soberano de todo el universo.

  Jesús les preguntó a los discípulos: “¿Quién decís que soy Yo?” (Mt. 16:15). Cuando nosotros respondemos: “Tú eres el Cristo”, debemos estar conscientes de lo que esto significa. Debemos saber dar una definición extensa de lo que significa el Cristo. La revelación presentada en este capítulo sólo es una pequeña parte del recobro de Cristo, ya que solamente se presentan los puntos principales y los delineamientos para que ustedes sigan investigando por su cuenta. Este es un bosquejo sobre el cual los jóvenes deben edificar. El laboratorio para la investigación que ustedes han de llevar a cabo será su grupo de compañeros.

El Hijo del Dios viviente

  Pedro le respondió a la pregunta del Señor diciendo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt. 16:16). La designación “el Hijo del Dios viviente” es muy significativa. El Cristo es el título que corresponde a la comisión que el Señor recibió, mientras que el Hijo del Dios viviente se refiere a la persona del Señor e indica quién es El. El es el Hijo del Dios viviente. Juan 5:18 dice: “Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de sábado, sino que también llamaba a Dios Su propio Padre, haciéndose igual a Dios”. Los judíos de ese tiempo entendían que llamarse Hijo de Dios equivalía a hacerse igual a Dios. Ellos consideraban una blasfemia que Jesús, un hombre de Nazaret, dijera ser el Hijo de Dios, haciéndose así igual a Dios.

  Aunque Jesús es Dios, El sigue llamándose el Hijo de Dios. El Padre es la fuente de la vida. El padre de una familia da origen a la vida de esa familia. El Padre es la fuente de la vida; y el Hijo es la expresión, la propagación y la multiplicación de la vida. Cuando un hombre es soltero, está solo, pero después de casarse, tiene hijos y más tarde muchos nietos. Los hijos y los nietos son su propagación y su multiplicación. Dios el Padre como fuente de vida necesita al Hijo de Dios como la propagación y multiplicación de Su vida.

  Al hablar del Cristo se hace alusión a Su obra, pero al hablar del Hijo de Dios se hace referencia a Su persona como vida. El Hijo del Dios viviente tiene vida. El es la expresión del Dios viviente, y como tal es vida. No hay palabras humanas que puedan expresar lo que es la vida. La vida es un ser que nunca muere y que vive para siempre; es Dios, quien se expresa, se propaga y se multiplica en el Hijo. El Hijo es la vida que procede del Padre. En Juan 1:1 y 18 leemos: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios ... A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, El le ha dado a conocer”. En el principio El era Dios, y en el tiempo El fue la manifestación de Dios, el Hijo de Dios. En dicha manifestación el Hijo dijo: “Yo soy ... la vida” (Jn. 14:6).

  El título “el Hijo del Dios viviente” no denota la vida sola, sino la vida para nosotros. Cristo es nuestra vida (Col. 3:4). El evangelio de Juan nos dice que Dios como origen de la vida es Espíritu (Jn. 4:24). El Hijo del Dios viviente como expresión de ese origen, como vida para nosotros, también es el Verbo que es el Espíritu. El es el Verbo viviente, y esta Palabra viva es el Espíritu. Todos nosotros debemos nacer del Espíritu. Recibimos nuestro primer nacimiento de nuestros padres en la carne, pero necesitamos un segundo nacimiento, y éste en nuestro espíritu (Jn. 3:6). El Espíritu del cual nacimos no es solamente Dios, sino también el Hijo del Dios viviente como vida para nosotros, el Verbo y el Espíritu. Este Espíritu entró en nuestro ser y reside en nuestro espíritu (2 Ti. 4:22; Ro. 8:16). Ahora nuestra vida no se encuentra en nuestra carne ni en nuestra alma, sino en nuestro espíritu (Ro. 8:6). La mente puesta en el espíritu es vida porque la vida está en nuestro espíritu. Esta vida es el Hijo del Dios viviente como el Verbo y el Espíritu. El recobro del Señor es el recobro de este Cristo.

RECOBRAR A LA IGLESIA

  El segundo aspecto del recobro del Señor consiste en recuperar lo que es la iglesia. Cuando Pedro reconoció y confesó que el Señor Jesús era el Cristo y el Hijo del Dios viviente, el Señor le respondió: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre está roca edificaré Mi iglesia” (Mt. 16:18). Pedro sólo recibió la mitad de la revelación; él vio al Esposo pero no a la esposa; vio la Cabeza pero no el Cuerpo.

  La revelación de quién es Cristo no fue lo único que se perdió; también se perdió de vista lo que es la iglesia. Por lo tanto, la iglesia es la segunda mitad del recobro del Señor. Entre el pueblo cristiano de hoy, a muchos no les gusta hablar de la iglesia y temen traer a colación el tema. Esta es la astucia del enemigo, ya que sin la iglesia, Dios no puede lograr Su propósito. Sin la iglesia, Cristo, el Ungido de Dios, no puede completar Su comisión, que es la creación, la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión para producir y edificar la iglesia. La creación tenía como fin la iglesia, y lo mismo podemos decir de la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión. Todos los aspectos de la comisión que se le dio a Cristo tienen como meta la iglesia, es decir, producirla, cimentarla y edificarla.

  El libro de Apocalipsis, el último de la Biblia, habla de una ciudad (Ap. 21:10-27), que es la unidad más grande que se puede edificar. La ciudad, la Nueva Jerusalén, es el mayor edificio de todo el universo, y este edificio, a su vez, es la consumación final de la edificación de la iglesia. Sin esta edificación, Cristo, como Ungido de Dios, nunca podría lograr Su comisión de culminar el edificio. Por lo tanto, todos necesitamos ver lo que es el recobro de la iglesia.

El Cuerpo universal de Cristo

  Así como Cristo tiene dos aspectos, Su persona y Su ministerio, también la iglesia tiene dos aspectos, universal y local. Universalmente, la iglesia es el Cuerpo de Cristo (Ef. 1:22-23). Cristo, la Cabeza, tiene un solo Cuerpo. Sería terrible si una persona tuviera una cabeza y muchos cuerpos. En el aspecto universal, el Cuerpo de Cristo, el cual es la iglesia, es uno solo.

  Cristo y la iglesia son una Cabeza y un Cuerpo; asimismo son un Esposo y una esposa. Cristo no aprueba la poligamia, y se basa en el principio de un solo esposo para una sola esposa. La fornicación y la idolatría son abominables a los ojos de Dios, porque destruyen a la humanidad y echan a perder el sentido del matrimonio, el cual significa que Cristo, el Esposo, tiene solamente una esposa. En vez de permitir que la iglesia se exprese como la única esposa de Cristo, el cristianismo ha producido muchas facciones, las cuales se pueden considerar como “concubinas”. Las concubinas no le tienen respeto a la esposa legítima. Ellas quizás le digan: “¿Acaso solamente tú eres la esposa? ¿No somos esposas también nosotras?” Es posible que Agar le haya preguntado a Sara: “¿Crees que Abraham es solamente tu esposo? ¿Acaso no es mío también?” Agar no era esposa de él, sino su concubina. Tal como Sara insensatamente propuso que Abraham la tomara como concubina (Gn. 16:2), así también la iglesia ha producido muchas “concubinas”. Debido a que los jóvenes desean que el Señor los use para cambiar la era, deben saber que cambiarla es volverse de las concubinas a la esposa. Deben ver que según el plan eterno que Dios hizo, Su Ungido debe tener solamente un Cuerpo, una esposa, que es la iglesia. En todo el universo, la iglesia debe ser una sola. Este es el aspecto universal de la iglesia.

  Me complace ver que las personas se salven; sin embargo, esto no basta. Tiene más sentido y trae más satisfacción entrar en el recobro del Señor, pues el recobro es la continuación de la economía eterna de Dios. Es magnífico entrar en la economía de Dios. Yo abandoné todo por estar en este recobro, y al hacerlo escogí lo mejor. Fui uno de los pocos entre mis compañeros, amigos y parientes que tomamos está decisión. En ese entonces ellos me juzgaron mal, pero ahora aprecian lo que escogí. Hasta los que no han sido salvos me dicen que yo escogí lo correcto. Nada en la tierra tiene más importancia que la economía eterna del Señor. Inclusive llegar a ser presidente de los Estados Unidos no es tan importante como la economía de Dios. Venir al recobro del Señor siendo todavía joven, y llevar a cabo la economía divina es glorioso, y lo es aún más con el paso del tiempo. Ya verá el enemigo que cuando lleguemos a la Nueva Jerusalén, todo el universo declarará que nosotros hicimos una elección maravillosa.

  Solamente ser salvo, predicar el evangelio y ser espiritual, no es suficiente. Nosotros debemos darnos cuenta de que Dios tiene un plan eterno, tiene una administración que desea llevar a cabo en el universo, y El la está poniendo por obra ahora mismo en esta era. En los últimos cincuenta años, he visto que muchas de las profecías de la Biblia se han cumplido. En 1967 Israel tomó posesión de Jerusalén, a pesar de la protesta de muchas naciones. Yo les dije a los hermanos en ese tiempo que no se preocuparan por Israel, porque el Señor cuidaría de esa nación. Lo que ocurrió allí fue obra del Señor. ¿Quién podría oponerse? Los países árabes que rodean ese pequeño país no han logrado hacer nada contra una población de poco más de dos millones. Aunque estas profecías de la Biblia se están cumpliendo, el Señor no espera nada de Israel. El espera ver la iglesia recobrada. Israel ya es una nación, pero ¿donde está la iglesia? Para que se cumpla la economía de Dios, El necesita tanto a Israel como a la iglesia. En Apocalipsis hay dos grupos de ciento cuarenta y cuatro mil; uno procede de Israel (7:3-8), y el otro de la iglesia (14:1-5). Según la profecía, para que se cumpla el propósito de Dios, deben existir estos dos grupos que cooperen con el Señor. La nación de Israel ya está establecida, aunque todavía son incrédulos. No obstante, el Señor espera obtener la iglesia. La iglesia aún no está al nivel de ser compatible con el mover del Señor en la tierra. El Señor sí tiene un recobro, pero aún es muy pequeño.

  No es coincidencia que muchos jóvenes hayan venido al recobro del Seño, pues es fruto de Su intervención. Espero que ustedes comprendan claramente cuál es la condición de la iglesia.

La iglesia local

  El segundo aspecto de la iglesia es el aspecto local. En cada localidad debe haber una expresión del Cuerpo de Cristo (Hch. 8:1; 1 Co. 1:2; Ap. 1:11). Dicha expresión es la iglesia local. El aspecto universal de la iglesia se revela en el libro de Efesios, mientras que el aspecto local se revela en Apocalipsis, en donde se mencionan en los capítulos 2 y 3 siete iglesias en siete ciudades, una en cada ciudad. Es necesario que veamos el Cuerpo y que también entendamos lo que son las iglesias locales. Debemos ver el aspecto universal del Cuerpo, y también el aspecto local de la iglesia, o sea, las iglesias locales. En cada localidad debe haber una iglesia, que es la iglesia local.

  Para comprender lo que son las iglesias locales, necesitamos estar en nuestro espíritu (Ap. 1:10-12); no debemos usar nuestra mente para ello, ya que cuánto más la usemos, más confusión tendremos. Debemos permanecer en nuestro espíritu y salirnos del yo. Debemos apartarnos de la situación presente, de la cultura que nos rodea y de la religión. Debemos alejarnos de todo y estar en nuestro espíritu. Entonces no solamente entenderemos lo que es la iglesia, sino también lo que son las iglesias.

  La Biblia revela cuatro figuras principales: Dios, Cristo, la iglesia y las iglesias. En la actualidad los judíos no creen en Cristo, pero sí en Dios. Los cristianos ortodoxos creen en Dios y también en Cristo, pero muchos de ellos no tienen ni la menor idea de la iglesia universal. Algunos que son más versados, tienen una visión de la iglesia en calidad de Cuerpo universal, y tienen una visión celestial, pero no hallan la forma de expresarla en la práctica. Alabado sea el Señor porque en el recobro del Señor, hemos visto no solamente a Dios, a Cristo y el Cuerpo universal, sino también las iglesias locales.

  En el presente los judíos en su mayor parte se encuentran en el “Génesis”; muchos cristianos están en “los cuatro evangelios”; algunos tal vez se encuentren en “Efesios”. Pero quienes estamos en la iglesia nos encontramos en “Apocalipsis”. Debido a que vivimos en las iglesias locales, estamos cerca de la Nueva Jerusalén. ¿Donde se encuentra el Señor Jesús hoy? El es el Hijo del Hombre que se pasea entre los siete candeleros (Ap. 1:9-20). Si usted desea encontrar al Señor Jesús, debe ir a los siete candeleros, los cuales son las siete iglesias locales. Hoy el Señor Jesús anda en medio de las iglesias locales, no solamente como el Hijo de Dios, sino también como el Hijo del Hombre.

  Las iglesias locales no son las denominaciones. En Génesis 2 Adán dio nombres a los animales, pero ninguno de ellos podía ser su pareja. El necesitaba a alguien que fuese su compañera, que fuese hueso de sus huesos y carne de su carne (Gn. 2:19-23). Así como Eva era diferente a todos los animales, el Señor hizo a la iglesia diferente a todo lo demás. Algunos a quienes no les interesan las iglesias locales, tal vez valoren el hecho de que son distintas a las denominaciones, y hasta traten de imitarlas. Pero aunque imiten a las iglesias, no son la iglesia. El recobro del Señor no radica en tener ciertas prácticas, sino en recobrar la iglesia local como expresión del Cuerpo de Cristo. Ahora tenemos a Dios, a Cristo, el Cuerpo y las iglesias locales. Debido a que estamos en las iglesias locales, estamos en el recobro del Señor.

  Los jóvenes deben tener mucha comunión con respecto a Cristo y la iglesia, no solamente en su grupo de cinco compañeros, sino con cinco o diez grupos que se congreguen. Deben leer nuestras publicaciones, y además necesitan experimentar y definir todos estos asuntos.

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