¿Qué significa caer de la gracia (Gá. 5:4)? ¿Son salvos los que caen de la gracia?
Existen varios libros del Nuevo Testamento que se asemejan entre sí, como por ejemplo, Efesios y Colosenses, o Gálatas y Romanos. Esta similitud se debe a que un libro presenta el tema desde un punto de vista, mientras que el otro lo afirma desde otro. En Efesios se nos dice que la iglesia es el Cuerpo de Cristo, pero en Colosenses se presenta a Cristo como Cabeza de la iglesia. En Romanos vemos que la justificación se recibe por la gracia de Dios, se basa en Su justicia y se obtiene mediante la fe del hombre; mientras que Gálatas, por otro lado, dice que el hombre no puede ser salvo por la ley ni justificado por las obras. Romanos nos dice lo que es la verdad, y Gálatas nos muestra lo que no es. Si sabemos qué no es la verdad, comprenderemos más claramente lo que sí es.
Los creyentes de Galacia tuvieron un buen comienzo porque ellos fueron salvos por fe; sin embargo, surgió un peligro entre ellos; algunos decían que aunque el comienzo de la salvación del hombre era por la fe en Cristo, por el mover del Espíritu Santo y por la gracia de Dios, una vez que uno es salvo, tiene que agradar a Dios cumpliendo la ley y tratando de obrar lo mejor posible. Si usted le pregunta a alguien cómo fue salvo, sin duda esa persona le responderá que por fe; pero si le pregunta cómo agradar a Dios, la misma persona le dirá que actuando rectamente. Esta era la condición de los creyentes de Galacia. Pensaban que la salvación se recibía por la fe, pero que para conservarla, tenían que cumplir la ley. También creían que primero debían circuncidarse y luego cumplir los preceptos del Antiguo Testamento; por lo tanto, Pablo les dijo: “Habéis sido reducidos a nada, separados de Cristo, los que buscáis ser justificados por la ley; de la gracia habéis caído” (Gá. 5:4).
¿Qué significa haber caído de la gracia? En Gálatas 5:1 vemos que ellos habían entrado en la gracia porque dice: “Estad, pues, firmes, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud”. Esto indica que Cristo los había libertado; ya eran libres. Ahora debían afianzarse de esa libertad y no estar sujetos nuevamente al yugo del cautiverio. Examinemos más detalladamente y comprenderemos lo que significa caer de la gracia. Supongamos que alguien está firme en su libertad, pero si se deja mover y cae bajo el yugo, cae de la gracia. Esto no tiene que ver con la salvación, pues sólo los que ya son salvos tienen la posibilidad de caer de la gracia.
Cada persona salva obtiene una nueva posición y la libertad de un hijo de Dios, en el momento que es salva. La libertad no significa indulgencia; consiste más bien en tener un espíritu libre ante Dios. No se nos exige esforzarnos por guardar los días [que se observan en la ley], ni mucho menos que seamos circuncidados.
¿Qué diferencia existe entre un creyente libre y uno que no lo es? Cuando un creyente libre viene a la presencia de Dios, sólo recuerda que Dios le aceptó por medio de Jesucristo; se olvida de sí mismo, y no se examina a sí mismo. Simplemente tiene presente que se puede acercar a Dios por la sangre del Señor Jesús. Por esto, tiene confianza para entrar al Lugar Santísimo. Sin embargo, un cristiano que no es libre, piensa que debe ser muy cuidadoso desde la mañana hasta la noche. Si trata bien a los demás, lee su Biblia con gozo y hace largas oraciones durante el día, sentirá confianza al ir a las reuniones, y eleva su “amén” con voz fuerte. Pero el día que no se porte tan bien, piensa que Dios está disgustado con él. Esta clase de creyente siempre está centrado en sí mismo y se olvida de mirar a Cristo y lo que El realizó; piensa que Dios está contento cuando él obra bien y que se enoja cuando no se comporta bien. Por consiguiente, desde la mañana hasta la noche, lleva sobre sí un yugo de hierro, el cual se compone de las leyes más estrictas que debe cumplir.
Tengamos en cuenta que la libertad de la que Pablo habla, no se refiere ni a la posición que tenemos ni a la salvación, sino al deleite diario de la libertad de la gracia que Dios nos ha dado como Sus hijos. Esta libertad no es libertinaje ni es poder hacer lo que se desea. Se refiere a la libertad que tenemos ante Dios, la cual nos fue dada por medio de Jesucristo. Si nos acercamos a Dios sin tener presente la sangre y contemplándonos a nosotros mismos, cometemos el peor pecado, pues hemos tenido en poco la sangre, la cual Dios valora altamente. Se nos dice en Hebreos 10:29 que es un pecado grave tener por común la sangre del pacto por la cual el hombre es santificado. La sangre es tan valiosa para Dios que la Biblia la llama “la sangre preciosa”. Si uno no pone su vista en esta sangre ante Dios, perderá el gozo de la gracia en esta vida.
En Gálatas 5:4 dice: “Habéis sido reducidos a nada, separados de Cristo”. Esto significa que la persona ha perdido las bendiciones correspondientes a esta vida. Una persona es salva, recibirá bendiciones en la vida venidera, pero si no sabe vivir diariamente por lo que Cristo ha realizado, no puede disfrutar las bendiciones que El ofrece cada día. El creyente que no es libre lleva sobre sí un yugo y vive como esclavo, no como hijo.
La Biblia hace un gran énfasis en la obra de Cristo y muestra que Dios nos acepta por la obra de Cristo y no por las nuestras. Así que, cada vez que nos acercamos a Dios, lo hacemos basándonos en lo que Cristo es ante Dios, no en lo que nosotros somos. Dios valora a Cristo altamente, mas no a nosotros. Si nos conducimos mejor que los apóstoles Pedro, Juan o Pablo, de todos modos nos acercamos a Dios sólo por Cristo, porque es El quien nos concede acceso a Dios, no nuestras buenas obras.
Nos acercamos a Dios por lo que Cristo llevó a cabo. ¿Cómo entonces debemos acercarnos a los hombres? Si decimos que nos allegamos a la presencia de Dios apoyados en lo que Cristo realizó, ¿importa si nuestro comportamiento es apropiado ante los hombres? Debemos brillar ante ellos, y si eso sucede, ellos darán gloria a nuestro Padre celestial por nuestras buenas obras. Pero si nuestra conducta no es apropiada, no podrán reconocernos como cristianos.
La posición que Cristo nos dio ante Dios nos da seguridad, y cada día, cada momento, que nos acerquemos a la presencia de Dios, debemos hacerlo con una conciencia libre de ofensas. Algunos creyentes tienen un sentido de culpabilidad cuando entran a la presencia de Dios, pero Hebreos 10:2 dice que no tenemos conciencia de pecado, por haber sido purificada nuestra conciencia. Una vez que nuestra conciencia es purificada por la sangre, somos libres para siempre delante de Dios.