“Harás el tabernáculo de diez cortinas de lino torcido, azul, púrpura y carmesí; lo harás con querubines de obra primorosa. La longitud de cada cortina será de veintiocho codos, y su anchura de cuatro codos; todas las cortinas tendrán una misma medida. Cinco cortinas estarán unidas una con la otra, y las otras cinco cortinas unidas una con la otra. Y harás lazadas de azul en la orilla de la última cortina de la primera unión; lo mismo harás en la orilla de la cortina de la segunda unión. Cincuenta lazadas harás en la primera cortina, y cincuenta lazadas harás en la orilla de la cortina que está en la segunda unión; las lazadas estarán contrapuestas la una a la otra. Harás también cincuenta corchetes de oro, con los cuales enlazarás las cortinas la una con la otra, y se formará un tabernáculo” (Ex. 26:1, 5-6).
Ahora, leamos algunos versículos del Nuevo Testamento: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshace, tenemos de Dios un edificio, una morada no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y en este tabernáculo también gemimos, deseando ser revestidos de nuestra habitación celestial; para que, estando así vestidos no seamos hallados desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos abrumados; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida” (2 Co. 5:1-4). En estos versículos vemos el pensamiento que la vestidura es la habitación. Se hace referencia a que los sacerdotes no se visten con ropa sino con una casa. Por tanto, la habitación es la ropa y esta vestidura es la habitación. Nuestros trajes, en cierto sentido, son nuestra casa; cuando estamos vestidos estamos en casa.
Ahora, leamos Efesios 4:22-24: “Que en cuanto a la pasada manera de vivir, os despojéis del viejo hombre, que se va corrompido conforme a las pasiones del engaño, y os renovéis en el espíritu de vuestra mente, y os vistáis del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la realidad”. “Os vistáis” en este versículo significa ser vestidos del nuevo hombre, el cual fue creado según Dios en la justicia y santidad de la realidad.
Para saber a qué se refiere el nuevo hombre, debemos ver Efesios 2:15-16, que dice: “Aboliendo en su carne la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, habiendo dado muerte en ella a la enemistad”. Cristo creó de los judíos y los gentiles un nuevo hombre, lo que comprueba que el nuevo hombre no se refiere a un individuo sino a algo corporativo.
Debemos saber que en la nueva creación, cada uno de nosotros no está completo; somos sólo miembros y no todo un hombre. En todo el universo hay un solo y nuevo hombre que fue creado de los creyentes judíos y gentiles. Todos los creyentes, ya sean judíos o gentiles, son miembros de este único hombre. Por tanto, ninguno de nosotros debe considerarse un ser completo, sino sólo un miembro. Si alguien se considera completo, se hace independiente; pero como miembro, no puede serlo. Fíjense en nuestras manos y pies, estos miembros nunca pueden ser independientes, deben depender del cuerpo.
El nuevo hombre es corporativo y universal; es el mismo Cuerpo de Cristo de Efesios 2:16 [donde habla de] “reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo”. El nuevo hombre del versículo 15 es el Cuerpo del versículo 16. Debemos entender claramente la definición del nuevo hombre. A veces pensamos que es sólo la nueva creación y algunas traducciones de Efesios 4:24 aún dicen que es la naturaleza nueva; pero según el mismo libro de Efesios, la definición del nuevo hombre es el mismo Cuerpo de Cristo.
Cuando estamos claros que el nuevo hombre es el Cuerpo de Cristo, entendemos que vestirse del nuevo hombre simplemente es ponerse el Cuerpo, y ponerse el Cuerpo significa que nos vestimos con el Cuerpo y éste debe ser nuestra vestidura; en otras palabras, debemos “vestirnos” del Cuerpo que es nuestro vestido y cubierta. Esto es lo que significa ponerse el nuevo hombre.
Ya vimos que en el vivir de los sacerdotes lo primero es tener un banquete de Cristo, lo que significa que debemos ingerirlo. Día tras día nos alimentamos al menos con tres comidas, en las que no hacemos nada sino ingerir. Cualquier alimento que tomemos al final llega a ser parte de nosotros. Ya hemos comido bastantes pollos, huevos, carne, papas y muchas otras cosas, pero ¿dónde están esos pollos ahora? ¿Dónde están los huevos? Ahora nosotros somos los pollos y los huevos. Es decir, nuestro ser físico está compuesto de todo lo que hemos comido. El vivir del sacerdocio consiste primordialmente en ingerir a Cristo. Para que el sacerdocio sea real a nosotros, tenemos que saber comer a Cristo día tras día, a fin de que llegue a ser lo que nos constituye.
Lo segundo que vimos fue que el Cristo que ingerimos llega a ser nuestra manifestación, nuestra vestidura. El alimento que tomamos es el suministro interior y la ropa que nos ponemos es la expresión exterior de lo que hemos ingerido. Si todo el día nos alimentamos de Cristo, al final El se expresará desde nuestro interior. Cuanto más comamos de El, más se expresará; esta expresión es la vestidura. Al disfrutarlo diariamente, lo expresaremos. Lo que disfrutamos es el Cristo que ingerimos; lo que expresamos es el Cristo manifestado exteriormente. Esta manifestación es la vestidura celestial y espiritual.
La vestidura del sacerdote consiste principalmente de cinco cosas: lino fino, oro, azul, púrpura y carmesí. La expresión de Cristo se manifiesta en nosotros en estas cinco formas. Primero, debemos manifestar a Cristo como oro, que representa la naturaleza divina. Debemos darles a otros la impresión de que tenemos en nosotros algo que es mejor que la humanidad; esto es el oro, la vida divina, la naturaleza de Dios que se expresa por nosotros. La expresión de Cristo en nuestro vivir diario debe contener estos elementos. Los demás deben reconocer que somos no sólo seres humanos, sino que tenemos algo más alto que no se puede expresar con palabras. Este oro espiritual dentro de nosotros no es nuestra conducta natural, sino algo divino de la naturaleza de Dios.
Después, nuestra expresión de Cristo debe tener también el lino fino, que representa la justicia pura de Cristo. Debemos ser muy justos, muy puros y muy rectos. Si Cristo está en nosotros y lo disfrutamos como nuestra vida, seremos muy honestos, muy rectos y muy puros. Todo ser humano, aún el más moral, no puede ser tan puro o justo. Pero el sacerdocio es una expresión verdadera de honradez, justicia y rectitud.
Además, el sacerdocio debe expresar el azul, que representa lo celestial. Nosotros estamos viviendo en la tierra, pero no somos personas terrenales, sino celestiales, de los cielos y aún en los cielos. ¿Tiene nuestro vivir la expresión del azul celestial?
También debemos tener la expresión de púrpura, la cual, en tiempos antiguos, era el color de la realeza. Todos los miembros de la familia real, especialmente el rey, usaban ropa de púrpura, la cual representa la realeza y la dignidad real. En nuestra expresión de Cristo debemos tener esta dignidad de reyes. No debemos ser viles ni comunes. A veces, cuando nos relacionamos con otros, perdemos nuestra dignidad, pero si vivimos por Cristo, expresaremos la dignidad espiritual y divina.
Luego, tenemos el carmesí. Después de haber pasado un largo tiempo con el hermano Watchman Nee, noté que cuando oraba siempre mencionaba algo profundo de la aplicación de la sangre del Señor Jesús. Aun en la reunión de la mesa del Señor, mencionaba muchas palabras profundas para aplicar la sangre. Siempre que me encontraba con él, yo tenía la sensación del carmesí. Cada vez que él oraba, siempre aplicaba la sangre del Señor Jesús. ¿Por qué? Debido a que conocía la redención.
Nunca podremos venir al Señor sin la aplicación de la sangre. Sin ella, ninguno de los sacerdotes podía entrar al Lugar Santo. Sea que tengamos la sensación de que somos pecaminosos o no, sí lo somos, porque aún permanecemos en la vieja naturaleza y aún andamos en esta tierra sucia. De muchas maneras, estemos conscientes o no, nos contaminamos y por tanto necesitamos aplicar la sangre. Siempre debemos mostrarles a otros que sin el carmesí no podemos vivir, lo cual significa que sin la sangre redentora del Señor no podemos vivir. Al expresar a Cristo debemos mostrar a otros que siempre somos conscientes de ser pecaminosos, manchados y sucios, por lo cual siempre necesitamos el lavamiento de la sangre, y darles la impresión de que vivimos por la sangre. Nunca podremos disfrutar a Cristo como nuestra vida sin aplicar la sangre para ser limpiados y cubiertos.
Como la expresión de Cristo, necesitamos la naturaleza divina, la pureza y la justicia, lo que es celestial, la dignidad real y la redención. La expresión de Cristo consiste de todo esto. Si expresamos a Cristo, expresaremos todas estas cosas.
Si comemos de Cristo y lo disfrutamos día tras día, espontáneamente daremos una impresión de la naturaleza divina, la pureza, lo celestial, el reinado y la redención. Cuando otros tengan contacto u oren con nosotros, sentirán que estamos llenos de la naturaleza divina y que en nosotros hay justicia y algo celestial. Cuanto más hablen con nosotros, más se sentirán en los cielos. Nuestra presencia simplemente se convertirá en los cielos para ellos. Cuando estamos llenos de Cristo, expresamos lo celestial de El. Finalmente, otros sentirán en nosotros Su reinado y redención. Esta vestidura sacerdotal es la expresión gloriosa de Cristo.
Es muy interesante ver que las vestiduras del sacerdote eran hechas del mismo material con que se construyó el tabernáculo, o sea de: oro, lino fino, azul, púrpura y carmesí. Esto simplemente significa que la vestidura de ellos era su morada; su ropa era su vivienda.
La iglesia es solamente la expresión de Cristo que emana del ser interior de muchos santos. La iglesia es el Cristo que todos expresamos. Si no tenemos Su expresión no tenemos la iglesia. En cierto sentido, podemos decir correctamente que somos la iglesia, pero la verdadera vida de iglesia es la expresión de Cristo. De manera que, las vestiduras de los sacerdotes son su habitación y su morada. Sus ropas eran iguales que el tabernáculo y el tabernáculo era donde ellos vivían.
Debemos entender que los sacerdotes hoy en día son la morada de Dios, tipificada por el tabernáculo. Primera Pedro 2:5 dice: “Vosotros también, como piedras vivas, sois edificados como casa espiritual hasta ser un sacerdocio santo... ” Ya dijimos que aquí la palabra “sacerdocio” se refiere a un cuerpo de sacerdotes, no al oficio. “El sacerdocio”, en Hebreos 7:11 se refiere al oficio, pero en 1 Pedro 2:5 se refiere al cuerpo o grupo de sacerdotes. El sacerdocio santo es una casa espiritual, un cuerpo de sacerdotes. Cuando estemos llenos y saturados de Cristo, expresándolo exacta y cabalmente nos convertiremos en la morada de Dios, según el tipo del tabernáculo, el cual nunca estaba separado de los sacerdotes. Dondequiera que estuviera el tabernáculo, allí estaban los sacerdotes, y donde ellos estaban, allí también estaba el tabernáculo. Así era siempre. El Nuevo Testamento claramente nos dice que los sacerdotes son la morada espiritual: el tabernáculo.
¿Cómo nos consideramos a nosotros mismos? ¿Creen que somos la morada apropiada de Dios, una casa espiritual? Ya hemos dicho que el tabernáculo es la expresión de oro, lino puro, azul, púrpura y carmesí. Si decimos que somos la morada de Dios, el tabernáculo de Dios, ¿expresamos al oro? ¿Tenemos la pureza? ¿Expresamos al azul, púrpura y carmesí? Si no es así, entonces ¿qué es lo que expresamos? ¿Algo natural, o de la carne? Si este es el caso, no seríamos el tabernáculo apropiado de Dios. Solamente debemos expresar al oro, lino fino, azul, púrpura y carmesí, para estar calificados para ser la casa espiritual de Dios: el tabernáculo. Cuando expresemos a Cristo de esta manera adecuada, nos habremos puesto el nuevo hombre, o sea, la iglesia; estaremos vestidos del Cuerpo de Cristo.
Debemos examinarnos. Si decimos que somos el Cuerpo de Cristo, ¿qué expresamos? ¿La naturaleza divina u otra cosa? Temo que en vez de expresarla, expresamos al yo o hasta la carne, que es peor. Muchas veces nosotros expresamos al yo, la carne, el alma, el viejo hombre y la vida natural, en vez del oro de la naturaleza divina. Cuando expresamos todas estas cosas negativas, estamos simplemente fuera de la vida de iglesia.
Si decimos que somos el Cuerpo de Cristo, debemos corroborar lo que expresamos. ¿Expresamos el pecado y la maldad o la pureza y la justicia de Cristo? ¿Expresamos lo mundano en vez de lo celestial? Decimos que somos Su Cuerpo, pero temo que los demás solamente vean al mundo en nuestro vivir cotidiano. ¿Cómo podríamos entonces decir que somos el Cuerpo de Cristo, si lo que expresamos no es lo mismo que expresan las cortinas del tabernáculo? Ellas expresan toda la belleza de lo que Cristo es.
¿Expresamos al reinado representado por la púrpura? Algunas veces expresamos que somos bebés, débiles y bajos. Además, ¿qué diríamos de la redención? Temo que muchos hermanos y hermanas no tienen la sensación de que están sucios. He visto y escuchado cómo oran muchos de los santos, y son pocos los que tienen un sentir profundo, cuando tienen contacto con el Señor, que necesitan la sangre; pocos comprenden que están contaminados e inmundos. No estamos conscientes de que somos pecaminosos ante el Señor. En cierto sentido hasta nos justificamos a nosotros mismos; siempre nos sentimos rectos, sin tener ninguna sensación de que estamos sucios. Necesitamos expresar la redención del Señor.
Debemos expresar todo lo que Cristo es, para llegar a ser el tabernáculo mismo, no sólo parte de él. Sólo entonces tendremos hogar. Y a menos que lleguemos a este punto, siempre estaremos sin casa; no importa cuántos años hayamos sido cristianos, no tendremos descanso porque no tendremos una vida de iglesia adecuada. Cuando estemos llenos de Cristo y lo expresemos apropiadamente, seremos parte de la iglesia y ésta siempre estará con nosotros; entonces tendremos un lugar para descansar, vivir y habitar.
Esto no es doctrina. La discusión doctrinal no nos lleva ni trae a nada. Debemos corroborar la realidad. ¿Sentimos verdaderamente que tenemos una casa espiritual todo el tiempo? ¿Estamos siempre conscientes de esto? Alabado sea el Señor, que sí tengo una casa espiritual y ese hogar es la vida de iglesia genuina, de la cual soy parte. El nuevo hombre llega a ser mi vestidura, y ésta es mi casa. Cada vez que me pongo el nuevo hombre, simplemente estoy en casa, donde tengo reposo y moro, donde puedo habitar. Todo mi vivir está ahora en el hogar. ¿Dónde está usted? ¿En el hogar? ¿Tiene una casa espiritual? Puedo decirle que por muchos años he estado disfrutando de una vida familiar, la cual es la vida de iglesia genuina. Pero, cada vez que expreso algo del yo, del alma o de la carne, inmediatamente estoy fuera de la vida de iglesia, pierdo mi casa.
Solamente cuando estamos llenos de Cristo, disfrutándolo, podemos expresarlo en estos cinco aspectos. De esta manera tenemos la vestidura, que llega a ser nuestra casa. Tenemos la vida de iglesia, somos parte de ella y estamos en el hogar. Ahora podemos reposar y habitar en esta expresión.
En el capítulo anterior mencionamos que la edificación está sobre la vestidura del sacerdote. Todas las piedras preciosas, que representan al pueblo de Dios, fueron colocadas sobre engastes de oro. Ellos son edificados con la naturaleza divina y están relacionados los unos con los otros en la misma. Por lo tanto, son el Cuerpo, la iglesia. Es entonces cuando servimos de manera corporativa. En 1 Pedro 2:5 dice que cuando nosotros, las piedras vivas, somos edificados como casa espiritual viviente, el cuerpo sacerdotal, el sacerdocio, es entonces que ofrecemos sacrificios espirituales a Dios. Sólo entonces podremos servir al Señor adecuada y corporativamente. Decimos que no debemos ser independientes en el servicio del Señor; pero no importa cuántas veces lo digamos, seguiremos siéndolo porque nacimos así. La enseñanza nunca podrá ayudar a la gente que sea dependiente porque la dependencia proviene solamente de la obra transformadora. Cuando seamos transformados a la imagen de Cristo y lo expresemos por completo, automáticamente nuestro individualismo se secará. Sólo entonces estaremos en la coordinación y estaremos relacionados en el Cuerpo.
No importa cuántos mensajes se den para exhortar a que sean dependientes, a que estén coordinados y relacionados unos con otros, nada tendrá resultado. Solamente cuando nos alimentemos de Cristo y seamos llenos de El, seremos transformados a Su imagen. Entonces lo expresaremos con estos cinco aspectos. En ese tiempo, no habrá individualismo y espontáneamente seremos uno con los santos en la vida genuina de iglesia. Este es el Cuerpo de Cristo y la edificación de la iglesia.
La edificación de las piedras engastadas en el oro están sobre el traje de los sacerdotes. Esta vestidura es la expresión de Cristo que proviene del ser interior de los sacerdotes que disfrutan a Cristo como su alimento. Mientras lo disfrutamos como nuestro nutrimiento y comida, lo digerimos y El nos satura y empapa de tal manera que lo expresamos. Entonces, esta expresión llega a ser nuestro vestido, sobre el cual está la edificación de los santos como piedras preciosas engastadas en el oro. Así que, la edificación de la iglesia está en la expresión de Cristo y ésta proviene del disfrute de Cristo.
Por lo tanto, el disfrute de Cristo es fundamental. Todos debemos aprender a disfrutarlo. Por eso hemos estado recalcando una y otra vez que la vida de iglesia no proviene solamente de enseñanzas o dones. No importa cuántas enseñanzas aprendamos o cuántos dones tengamos, éstos no producirán la vida de iglesia genuina. Esta sólo resulta del verdadero disfrute de Cristo en nosotros. Debemos disfrutarlo todo el tiempo y en todo, no como doctrina, sino que debe ser nuestra práctica diaria. Todo el día debemos alimentarnos del Señor tomándolo como nuestro nutrimiento, y como resultado, tendremos un “vestido” como la expresión de Cristo; y en esta expresión está la edificación de los santos que han sido engastados en la naturaleza divina. Esta es la única manera de edificar la iglesia.
Necesitamos abrir los ojos para poder ver todo esto cabalmente. La historia nos dice que no hay ninguna otra manera. El cristianismo ha producido muchas enseñanzas por más de un siglo, y sólo han producido divisiones. Las doctrinas trajeron las divisiones al cristianismo y los dones pentecostales de las últimas décadas sólo han resultado en confusión. Por esta razón creemos que el Señor va a recobrar el sacerdocio de la vida interior en estos últimos días. No es un recobro de enseñanzas o dones, aunque éstos tengan algo de valor, sino que consiste del recobro de la vida de iglesia mediante el sacerdocio. Esta vida de iglesia no proviene solamente de enseñanzas o dones, sino de la vida interior.
Debemos ser hallados disfrutando a Cristo a cada momento para que El se exprese desde nuestro interior. Entonces, en dicha expresión somos edificados como Cuerpo, y en esta edificación recibimos la revelación del Urim y el Tumim, la cual nos mostrará cómo seguir al Señor correctamente. Esta es la luz y la perfección, las cuales provienen de la edificación que experimentan los santos que han sido transformados a la imagen del Señor y engastados en la naturaleza divina. Que el Señor nos introduzca a este sacerdocio.