“Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies. Cuando entren en el tabernáculo de reunión, y se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová, se lavaran las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones” (Ex. 30:17-21). “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (He. 4:16). “Así que hermanos, teniendo firme confianza para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, entrada que El inauguró para nosotros como camino nuevo y vivo a través del velo, esto es, de Su carne” (He. 10:19-20).
En los previos capítulos vimos que toda la obra del Señor depende del ministerio sacerdotal, recordando que cuando usamos la palabra “sacerdocio”, no sólo nos referimos al cargo sacerdotal sino también a un cuerpo de sacerdotes. En el Antiguo Testamento el ejército de Dios era sacerdotal, incluso el apóstol Pablo predicó el evangelio como un sacerdote evangelista (Ro. 15:16). El sirvió al Señor en el evangelio de Dios como un sacerdote. Estos casos nos muestran que todos los ministerios y obras de Dios dependen del sacerdocio.
Ahora veamos la manera práctica de ser un sacerdote viviente. Creo que Hebreos 4:16 y 10:19-20 son muy conocidos por los lectores de la Biblia. Todos sabemos que debemos acudir al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. También sabemos que debemos tener confianza para entrar en el Lugar Santísimo y tener contacto con el Señor por la sangre a través de un camino nuevo y vivo. Conocemos estos versículos, pero ¿hemos considerado alguna vez que ellos describen a un sacerdote? Según el Antiguo Testamento sólo los sacerdotes podían entrar al Lugar Santísimo y tocar el trono de gracia.
El trono de gracia es el propiciatorio que se compone de tres cosas: el testimonio (la ley), los dos querubines de la gloria, y la sangre rociada sobre la cubierta del arca bajo los dos querubines que vigilaban. Estas tres cosas constituyen el propiciatorio: la ley, la gloria y la sangre. La ley es el testimonio y la definición de Dios; la gloria de Dios nos condena, pero la sangre habla por nosotros. Es por medio de la sangre que el tribunal de Su juicio se convierte en el propiciatorio, y éste es el trono de la gracia. Sólo los sacerdotes podían entrar al Lugar Santísimo y tocar el trono de la gracia. Si estamos familiarizados con Hebreos 4:16 y 10:19, nos daremos cuenta de que estos versículos hablan de los sacerdotes.
Sin embargo, para que un sacerdote pasase al Lugar Santísimo, tenía que atravesar muchas cosas. En primer lugar, en el atrio estaba el altar, luego entre el tabernáculo y el altar estaba el lavacro. Así que cuando un sacerdote iba al Lugar Santísimo, tenía que pasar por el altar, el lavacro y también cruzar el velo. El tenía que pasar por estas tres cosas principales. ¿Estamos conscientes de lo que estas cosas significan para nosotros?
El altar servía para anular el pecado y los pecados. Allí se ofrecían al Señor varias ofrendas, tal como la ofrenda por la transgresión y la ofrenda por el pecado. El propósito de ofrecerlas era para eliminar al pecado y los pecados.
¿Ha resuelto usted por completo el asunto del pecado? Los cristianos son un poco descuidados con el problema del pecado. Si el Señor Jesús estuviese frente a nosotros tendríamos la sensación de que somos pecaminosos en muchos aspectos: en ciertas cosas estamos errados con los demás y en otras con el Señor. Con respecto a los pecados, somos descuidados. Pero cuando acudimos al trono de la gracia como sacerdotes, no podemos descuidar del pecado porque en el altar todo lo pecaminoso es anulado. Para resolver este asunto necesitamos acudir al Señor una y otra vez.
En 1 Juan 1 se nos dice que si permanecemos en comunión, estamos en luz y vemos nuestra pecaminosidad. Nuestras fallas y debilidades son manifiestas por la luz, y necesitamos que la sangre nos limpie. Verdaderamente necesitamos del altar para anular nuestros pecados.
La mayoría de los cristianos actuales carecen de un sentir profundo del pecado y los pecados. Cuando oran al Señor, no tienen la convicción de que son muy pecaminosos, así que no aplican la sangre. Pero el que realmente está con el Señor, estando muy consciente del pecado, permanece ante el altar para eliminar sus pecados aplicando la sangre del Señor.
Después del altar, está el lavacro. ¿Qué se elimina allí? En el lavacro, los sacerdotes se lavan las manos y los pies, porque son las partes que se ensucian al tener contacto con el mundo. Esto es la mundanalidad. Si deseamos ser verdaderos sacerdotes que practican el sacerdocio, necesitamos eliminar el pecado y los pecados, y debemos lavarnos de todo lo mundano que tocamos. Este lavamiento se hace con el agua espiritual, que es el Espíritu Santo, y no por la sangre. El agua del lavacro representa la función del Espíritu Santo.
Los cristianos hoy en día no sólo descuidan del pecado sino también la mundanalidad. Quizás no sean muy malignos o malévolos, pero sí son muy mundanos.
¿Acudimos diariamente al lavacro para que el Espíritu Santo nos limpie de nuestro contacto terrenal y mundano? ¿Cómo se siente usted cuando va a las tiendas? Después de haber pasado un tiempo comprando, ¿se siente santo y espiritual? El contacto terrenal nos contamina, no con cosas pecaminosas, sino con las mundanas.
Debemos aplicar la sangre —para anular al pecado y los pecados— como también el poder limpiador del Espíritu Santo, para deshacernos de todo contacto terrenal y así ser lavados para servir al Señor.
Pero eso no es todo. Finalmente llegamos al velo, que es la carne. A fin de practicar el sacerdocio, hay tres cosas que debemos enfrentar: el pecado y los pecados, el mundo y el yo. No es muy sencillo entender lo que es el yo. No piense que el yo es malo; muchas veces es muy bueno. La carne mencionada en Hebreos 10:20 es la del Señor Jesús, la cual tuvo que ser rasgada y quebrantada, a pesar de que no había ningún mal en El. Sin ello, Su carne habría sido un velo impidiendo que nos acercásemos al Lugar Santísimo. Lo importante no es que seamos buenos o malos, o que estemos en lo correcto o incorrecto; porque aunque seamos buenos y correctos, este buen y justo yo debe ser quebrantado.
En una ocasión, una hermana trató de persuadirme de que ella estaba en lo correcto y que su esposo estaba equivocado, e hizo lo posible para convencerme de que tenía la razón. No le dije ni una palabra de afirmación ni que su esposo estuviera equivocado. Finalmente me dijo: “Hermano Lee, ¿no sabe usted lo que es lo correcto o lo incorrecto?” Yo le dije: “Hermana, no me gusta hablar de lo bueno ni de lo malo. Pero me gustaría preguntarle esto: mientras se defiende y trata de persuadirme de que está en lo correcto, ¿tiene el sentir de que el Señor está apoyándole y discutiendo por usted? Dígame la verdad: ¿cuál es su relación con el Señor mientras discute de esa manera? ¿Está en la luz o en tinieblas?”
Ella fue sincera y respondió: “Hermano Lee, estoy en tinieblas, no en la luz ni en la presencia del Señor”. Luego le dije: “Hermana, ya que admite que está en tinieblas y no está en la presencia del Señor, ¿de qué le sirve discutir?”
Como cristianos, lo que cuenta no es que estemos en lo correcto o no, sino que si estamos o no en la presencia del Señor; si estamos dentro o fuera del Lugar Santísimo. Cuanto más digamos que tenemos la razón, más nos alejaremos del Lugar Santísimo, y es posible que nos salgamos del atrio y nos quedamos en la calle.
Nuestro yo “correcto y acertado” debe ser quebrantado, porque es un velo que nos mantiene alejados de la presencia del Señor. Decir esto es muy simple y hemos tenido esta enseñanza en la iglesia por muchos años; pero lamento decir, que son pocos los cristianos que la practican.
En todos estos capítulos hemos visto que la iglesia no es sólo un grupo de cristianos reunidos, ni tampoco es una organización religiosa o un grupo social. La vida genuina de iglesia es la expresión de Cristo mismo que procede del interior de muchos cristianos. Cuando el pecado y los pecados, el mundo y la carne, que es el yo, son eliminados, el resultado es esta expresión. No es que debemos deshacernos solamente del mal, de los errores y de la maldad; hasta nuestros hechos correctos, buenos y humildes tienen que ser quebrantados, y aun nosotros mismos necesitamos ser eliminados. Si no somos quebrantados, nos será imposible tener la expresión de Cristo en la vida de iglesia.
Cuando nos deshacemos de todo esto, expresamos a Cristo; y cuando tenemos esta expresión de Cristo, el resultado es la vida de iglesia. Es por eso que todos debemos examinarnos a nosotros mismos. A menos que estemos dispuestos a eliminar todo nuestro pecado, nuestros pecados, nuestra mundanalidad y el yo carnal, nunca podremos entrar en el Lugar Santísimo. Más bien, nos salimos del sacerdocio, y seríamos sacerdotes de nombre pero no en la realidad.
¿Cómo sabemos que estamos en el sacerdocio? Debido a que sentimos profundamente que estamos en el Lugar Santísimo, es decir, que estamos tocando el trono de la gracia en el propiciatorio. Muchas veces, simplemente al justificarnos nos mantenemos alejados del trono de la gracia y del propiciatorio. Cuando sólo nos interesa lo propio, inmediatamente nos alejamos del Lugar Santísimo. ¡Creo que todos hemos tenido esta experiencia! Cada vez que nos preocupamos por nosotros mismos estamos fuera del Lugar Santísimo.
Por el contrario, cuanto más renunciamos a nosotros, nos repudiamos y nos negamos a nosotros mismos, más sentiremos en nuestro interior que estamos tocando el propiciatorio; y es entonces cuando recibimos misericordia y hallamos gracia, las cuales llegan a ser para nosotros un fluir de agua viva. Debemos condenar no solamente al yo malo, sino aún más, al bueno, ya que al hacerlo tenemos el sentir de que estamos en el Lugar Santísimo.
Nunca he visto que los creyentes permanezcan en el Lugar Santísimo mientras discuten, debaten y pelean. Nunca discuta con su esposo, sus hijos, sus padres, ni con los hermanos de la iglesia. Cuanto más discutimos, más sufrimos. Tal vez ganemos el caso, pero estoy seguro que perderemos el propiciatorio, lo cual seria un verdadero sufrimiento. Estoy dispuesto a perder todo litigio, siempre y cuando pueda recibir misericordia y hallar gracia para mi oportuno socorro. ¡Aleluya, eso me basta! Dejo que otros ganen, pero a mí denme el propiciatorio.
Cada vez que hay una discusión entre nosotros, la vida de iglesia se esfuma. La vida de iglesia está en el Espíritu Santo, y El es como una paloma. En la Biblia, no es tipificado por un tigre, sino por una paloma apacible. Cuando discutimos, disputamos, y peleamos, la paloma se esfuma, el propiciatorio desaparece y la presencia del Señor también. En la vida de iglesia, el yo debe ser puesto a un lado.
¿Por qué hablo tanto de discutir? Debido a que al yo le encanta discutir. Hasta a los niños pequeños, de dos años, les gusta discutir. Para comprobar cuánto una persona está en el yo, fíjese cuánto discute. A todos les gusta hacerlo porque están muy metidos en su yo; y algunos hasta tienen la destreza para discutir.
En ocasiones, los hermanos y hermanas hasta se pelean con otros orando en las reuniones. En sus oraciones se nota que unos favorecen un lado y otros, el otro. Cuando esto sucede, ciertamente la vida de iglesia desaparece. Y no la tienen porque existe demasiado yo. El velo nunca ha sido rasgado.
No estoy hablando de doctrina, sino que por Su misericordia estoy tratando de dejar en claro que para tener la vida de iglesia, es de vital importancia que nos deshagamos del pecado, el mundo y el yo. Cada vez que estemos con los hermanos, el yo debe ser crucificado; el velo debe ser rasgado y partido, porque si no, carecemos de la práctica del sacerdocio. Hablando estrictamente, el sacerdocio no está en el atrio ni en el Lugar Santo, sino en el Lugar Santísimo. Es solamente allí donde los sacerdotes son llenos de la gloria del Señor. En el atrio, los sacerdotes son iluminados con el sol, y en el Lugar Santo con la luz del candelero. Pero en el Lugar Santísimo no existen el sol ni el candelero, ni la luz natural ni la luz artificial; sólo está el Señor mismo como la gloria shekinah, iluminándolos y saturándolos consigo mismo. Cuando ellos llegan a ser los verdaderos sacerdotes del sacerdocio, ellos poseen la expresión real de Cristo.
Esta expresión no es un buen comportamiento, sino que viene a poner fin al pecado, el mundo y el yo. Por consiguiente, estamos con el Señor en el Lugar Santísimo, donde ningún velo impide que seamos llenos por completo con El. No es que seamos afinados, corregidos ni ajustados por El, sino que somos llenos de El y de Su gloria hasta el punto en que El resplandezca a través de nosotros. Entonces, sobre nosotros estará la expresión de Cristo, que es la vida genuina de iglesia.
Por más de veinte años he tratado de encontrar las mejores palabras para hablar de la vida de iglesia genuina y creo que el sacerdocio es la mejor expresión y definición para ella. Cuando los sacerdotes están llenos de Cristo, El se convierte en sus vestiduras, su expresión externa, sobre la cual todas las piedras preciosas son edificadas como un cuerpo. La edificación del cuerpo está en la expresión de Cristo y ésta resulta del disfrute interno que tenemos de Cristo.
Cuando hayamos puesto fin a todos los problemas mencionados, espontáneamente nos encontraremos en el Lugar Santísimo, y en el propiciatorio, recibiremos misericordia y hallaremos gracia. La misericordia y la gracia son el maná escondido y la vara que reverdeció y también el fluir del aguaviva. En Hebreos, la misericordia y la gracia fluyen del trono de la gracia, y en Apocalipsis, el agua de vida fluye del trono del Cordero. El agua de vida en Apocalipsis es la misericordia y la gracia en Hebreos. Estas son el maná escondido y la vara que reverdeció, las inescrutables riquezas de Cristo y Su poder de resurrección.
Regresemos al ejemplo de discutir. Ya explicamos que cuanto más discutimos, más nos alejamos del propiciatorio. Esto significa que el fluir dentro de nosotros para, y perdemos la misericordia y la gracia. En otras palabras, perdemos el rico y abundante suministro de Cristo y Su poder de resurrección. Pero supongamos que aprendimos la lección de negar el yo, y crucificar la carne. Externamente, tal vez suframos por no discutir, pero interiormente, nos encontramos en el Lugar Santísimo, en el propiciatorio, y el rico suministro de Cristo llega a ser nuestra porción y el poder de resurrección nos fortalece, sostiene y levanta. Disfrutamos la vara que reverdeció y las riquezas abundantes de Cristo. El es muy dulce, rico, nos fortalece, nos satisface mucho y es muy refrescante. Esta es la misericordia y la gracia.
Sin embargo, en muchas ocasiones, cuando oramos no sentimos el fluir interior y, aun peor, sentimos que se ha detenido. Existe un bloqueo que el pecado, el mundo y el yo han puesto. Tal vez no hayamos cometido nada malo ni mundano, pero el problema del yo es una barrera divisora para todos. Por lo tanto, debemos aprender la lección de terminar el yo.
Cuando estuve por primera vez varios meses con el hermano Watchman Nee, me comentó con respecto a cierto asunto: “Siempre debemos perder; no debemos tratar de ganar, porque si ganamos, el fluir se detiene”.
¿Qué escogemos: ganar o mantener el fluir interior? No trate de ganarle a su cónyuge. Tal vez le gane, pero perderá el fluir interior. Si gana, significa que defiende el yo, el cual debe de ser llevado a la cruz. No aborrezca a otros, sino a su yo. No odie a su cónyuge, sino a usted mismo; no odie a sus hermanos o hermanas, sino a su yo. No condene a otros, sino a su yo. Es fácil decir esto, pero cuando viene el problema, o se presentan adversidades, no es fácil. Entonces quedaremos al descubierto porque muchas veces estamos simplemente en el yo, y no en el Lugar Santísimo.
Tengo el sentir de que si grabamos sólo este mensaje en nuestro ser, todos los problemas en la iglesia desaparecerían. Cuando el yo desaparece, ya no estamos en el desierto sino en la buena tierra de Canaán. Cuando el yo se va, quedamos en los lugares celestiales, y la expresión real de Cristo se convierte en nuestra vida de iglesia genuina; y la iglesia está en el Lugar Santísimo, bajo el propiciatorio, disfrutando de las abundantes riquezas de Cristo y Su poder de resurrección. Todos debemos mantenernos en el Lugar Santísimo bajo el propiciatorio disfrutando todo el tiempo del maná escondido y la vara reverdecida. Entonces seremos muy ricos y poderosos en el espíritu.
Por lo tanto, para ser sacerdotes en la práctica es necesario enfrentar estos tres problemas; no hay otro camino. Tenemos que haber eliminado nuestros pecados en el altar por medio de la sangre, nuestra mundanalidad mediante el poder del Espíritu Santo que opera y lava; luego, el yo, a través de la cruz. Entonces, espontáneamente estaremos en el Lugar Santísimo y en el propiciatorio disfrutando a Cristo como el maná escondido y el poder de Su resurrección. Allí recibimos la misericordia y la gracia que fluyen dentro de nosotros como el agua de vida todo el tiempo. Aquí tenemos la expresión de Cristo como la vida de iglesia genuina. Que el Señor nos conceda Su gracia para que todos estemos dispuestos a ser tales sacerdotes.