“Por tanto, queda un reposo sabático para el pueblo de Dios .... Procuremos, pues, con diligencia entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia. Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón .... Acerquémonos, pues, confiadamente, al trono de la gracia, para recibir misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (He. 4:9, 11-12, 16).
“Tras el segundo velo estaba otro tabernáculo, llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía un altar de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba la urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto” (He. 9:3-4). Estos versículos nos muestran que dentro del velo estaban el altar de oro, el cual cubría el altar de oro, y el arca.
Vayamos a Hebreos 10:19-20: “Así que, hermanos, teniendo firme confianza para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, entrada que El inauguró para nosotros como camino nuevo y vivo a través del velo, esto es, de Su carne”.
Leamos Apocalipsis 5:8-10: “Y cuando (Cristo el Cordero) hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, las cuales son las oraciones de los santos; (las copas son las oraciones de los santos) y cantan un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con Tu sangre compraste para Dios hombres de toda tribu y lengua y pueblo y nación; y de ellos has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra”. En estos versículos tenemos las copas que son las oraciones, y los santos, que son los sacerdotes.
Avancemos a los versículos de Apocalipsis 8:3-5: “Otro Angel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para que lo ofreciese junto con las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del Angel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos: Y el Angel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto”. Estos versículos nos dicen que el incienso y las oraciones de los santos son dos cosas diferentes.
Finalmente, leamos Efesios 6:18a: “Con toda oración y petición orando en todo tiempo en el espíritu”.
Hemos visto que los sacerdotes deben resolver tres clases de problemas: los pecados, el mundo y la carne, o sea, el ego. Después de haber hecho esto, los sacerdotes espontáneamente están en el Lugar Santísimo. En este capítulo debemos ver claramente que hoy el Lugar Santísimo está dentro de nosotros; es nuestro espíritu humano. Como ya hemos señalado, Hebreos 10:19 nos dice que debemos entrar al Lugar Santísimo hoy. Si el Lugar Santísimo mencionado en dicho versículo estuviese en los cielos, ¿cómo podríamos hoy entrar en él? Por tanto, debemos saber que el Lugar Santísimo de hoy al que alude este versículo debe de ser nuestro espíritu, al cual es fácil entrar.
Por esta razón hay un versículo en el Nuevo Testamento que nos dice que debemos discernir entre el espíritu y la mente (He. 4:12). Al leer el contexto de este versículo nos damos cuenta de que el espíritu, separado del alma, es el Lugar Santísimo donde está hoy el trono de la gracia de Dios. Nuestro espíritu, separado del alma, es el lugar de reposo, la tierra de Canaán. Cuando permanecemos en el alma, somos iguales a los israelitas que vagaban por el desierto. Un cristiano que permanece en su alma es un vagabundo que no tiene ningún reposo hasta que entre en su espíritu. En nuestra alma no hay descanso; en nuestro espíritu es donde hoy está Cristo como el Espíritu vivificante. Solamente allí encontramos a Cristo y lo disfrutamos como la rica tierra de Canaán.
Pero debemos saber la manera de entrar al Lugar Santísimo, en otras palabras, ¿cómo podemos entrar a nuestro espíritu? Anteriormente hablamos mucho de esto, pero aún dudo que muchos hermanos y hermanas hayan sido introducidos a la realidad de entrar en el espíritu. Permítame hacerle esta pregunta: ¿cuánto tiempo ha estado en su espíritu hoy? Es cierto que es muy fácil permanecer fuera de él. Algunas veces estamos en la carne, pero la mayoría del tiempo estamos en nuestra alma.
Tal vez me pregunte: ¿qué quiere decir estar en nuestra alma? Estamos en nuestra alma cuando pensamos, consideramos algo, nos excitamos, hacemos una decisión o titubeamos. De acuerdo a esta manera de medirnos, podemos calcular cuánto tiempo hemos estado en el espíritu durante el día. Temo que la mayoría de los cristianos ejercitan sus mentes todo el día considerando esto o aquello, o pensando sobre este hermano, y después de una hora sus mentes saltan a otro hermano. Todo el tiempo se encierran en su mente para pensar y reconsiderar; todo el día están viajando, visitando y aún hablando con otros en su mente. Algunas veces puede que se alegren o a veces se pongan tristes, y otras, sólo titubean para tomar decisiones.
Después de dormir ocho horas, pasamos dieciséis horas despiertos, pero, ¿cuántas de éstas horas nos hallamos fuera del alma? Temo que la mayoría de los cristianos no salen de allí ni por cinco minutos. En otras palabras, en el transcurso del día están en su espíritu solamente cinco minutos, y algunos de nosotros ni siquiera treinta segundos. Es fácil permanecer en el alma, y muy difícil estar en el espíritu. Simplemente al pensar o al emocionarnos por algo o al conversar un poco, nos salimos del espíritu y entramos en el alma.
Por tanto, el libro de Hebreos nos dice que debemos seguir adelante hasta entrar a la tierra de reposo. ¿Dónde está ese reposo? Está en el espíritu humano regenerado. Todas las bendiciones espirituales y todas las riquezas de Cristo están en el espíritu. Sin embargo, es muy fácil y espontáneo salirnos del espíritu y entrar en el alma. Por esta razón, la Biblia nos dice específicamente en las epístolas del Nuevo Testamento, que debemos andar por el espíritu, vivir y orar en el espíritu. Debemos hacer todo en el espíritu, como también aprender a ejercitarnos para permanecer en el espíritu.
¿Cómo es posible estar en el espíritu? La respuesta está en el capítulo nueve de Hebreos. Por años tuve un problema con este capítulo, y no sólo yo sino también muchos expositores de la Biblia. El problema está en Hebreos 9:3-4. Según el Antiguo Testamento, solamente había una cosa en el Lugar Santísimo: el arca. En el Lugar Santo había tres cosas: la mesa de los panes de la proposición, el candelero y el altar del incienso. Exodo dice esto claramente, pero Hebreos 9 dice que el altar del incienso está ahora detrás del velo. Ninguno de los eruditos bíblicos ha podido resolver este conflicto. Algunos dicen que debe de haber un problema en el manuscrito, e insisten en que lo que se traduce altar de oro debe traducirse incensario de oro. Sin embargo, todos los manuscritos del griego dicen que el altar del incienso era puesto detrás del velo solamente en el día de la expiación.
Pero después de todos estos años de experiencias en el sacerdocio, creo que la explicación de esto es que: durante el tiempo del Nuevo Testamento, el altar del incienso debe haber estado detrás del velo, debido a que quemar el incienso significa orar. La oración debe ser en el espíritu, ya que dice: “Orando en todo tiempo en el espíritu”. Aun en el Antiguo Testamento, el altar del incienso no estaba lejos del Lugar Santísimo, sino muy cerca del velo. Pero según Hebreos 9 en el manuscrito griego, el altar del incienso ahora está detrás del velo en el Lugar Santísimo. Esto nos dice que hoy las oraciones de los santos deben ofrecerse en el espíritu, el Lugar Santísimo, y no en el alma, el Lugar Santo. Debemos creer en la autoridad del Espíritu Santo, el cual inspiró el Nuevo Testamento y puso el altar del incienso detrás del velo.
En el Antiguo Testamento, dentro del arca sólo estaba la ley; pero en Hebreos 9 la ley no está sola dentro del arca, sino que además están el maná escondido y la vara que reverdeció. También dice que el arca, que tipifica a Cristo, y el altar del incienso, que tipifica nuestra oración, están en el Lugar Santísimo. Por lo tanto, la única manera de entrar al Lugar Santísimo es la oración.
Hemos mencionado que la evidencia de estar en el alma es que consideramos, pensamos, nos emocionamos, tomamos decisiones y titubeamos. Si ése es el caso, ¿cómo es posible salir del alma y entrar al espíritu? Hay solamente una manera y es orar. Debemos dejar todos nuestros pensamientos, agitaciones y decisiones; o sea, que debemos olvidarnos de nuestra alma —que consta de nuestra mente, parte emotiva y voluntad— y volvernos al Señor por medio de la oración. Todos sabemos que al volvernos al Señor en oración inmediatamente estamos en el espíritu. La única manera de meternos en el espíritu es orar, pero no según nuestros pensamientos, opiniones, conceptos o entendimiento, sino conforme al sentir interior que tengamos. Entonces estaremos en el espíritu. Debemos pasar más tiempo en oración, porque cuanto más oramos, más estaremos en el espíritu. Si orásemos por dos horas cada día estaríamos en el espíritu al menos dos horas; pero debido a que estamos tan acostumbrados a estar en nuestros pensamientos, aun mientras oramos, nos salimos del espíritu y entramos de nuevo en la mente. Mientras oramos es posible que estemos usando nuestra mente.
La intención del Señor después de ser regenerados es que estemos en el espíritu y ya no en el alma. Pero hacemos lo contrario; después de ser regenerados seguimos en el alma utilizando nuestra mente, sabiduría, conocimiento, entendimiento, etc. y por eso tenemos tantas molestias. Cuanto más intelectuales seamos, más problemas tendremos. Me he dado cuenta de que los que son simples no tienen tantos problemas como los que son listos. Cuanto más capaces, sabios y astutos seamos, más difícil nos será estar en el espíritu.
Durante mi vida cristiana he visto a muchas hermanas inteligentes, tantas que ni siquiera podría contarlas. Cuando estaba en el Lejano Oriente llegué a esta conclusión: cada hermana lista ha de tener un esposo de trato duro. Sin excepción, las hermanas que son muy activas, educadas y cultas, tienen un esposo duro y unos niños traviesos. Así que, les aconsejaría a ellas que sean simples, no tan ingeniosas. Si usted es simple, se salvará de muchos problemas. ¿Cómo puede ser esto? Porque cuando uno es perspicaz, permanece demasiado metido en la mente, por lo cual el Señor le da un esposo severo y unos pequeñitos que le hagan perder la paciencia, para que se vea obligada a orar. Usted es muy recursiva y permanece tanto en la mente que nadie la puede ayudar, ni siquiera interiormente el Espíritu Santo la puede ayudar. Necesita a ese esposo severo y a esos dos niños traviesos. Entonces se dará cuenta de que su ingenio no la ayuda; su situación la forzará a que ore, a que se olvide de su mente inteligente y que entre en su espíritu para tener contacto con el Señor.
En el Lejano Oriente vi que era muy fácil llegar al corazón de las hermanas sencillas y a sus esposos. Debemos creer en la mano soberana de Dios. Si somos demasiado preparados y permanecemos mucho tiempo en la mente, la mano soberana del Señor nos preparará el esposo adecuado o la esposa adecuada. El Señor siempre nos trae una situación en la cual nuestra ingeniosidad es traída a la nada y somos forzados a orar para enfrentar la situación, y ya no ejercer nuestra mente. Hemos estado mucho tiempo en la mente, así que necesitamos ser obligados a entrar en el espíritu.
Solamente cuando estamos en el espíritu ejercemos el sacerdocio, pues sólo los que están en el Lugar Santísimo son los verdaderos sacerdotes. Cuando estamos fuera del espíritu estamos fuera del sacerdocio.
Supongamos que entre nosotros haya una hermana perspicaz que ama al Señor pero es muy capacitada y piensa demasiado. ¿Cree usted que ella podría estar relacionada apropiadamente con otros y edificada con ellos en la vida de iglesia? ¿Cree usted que ella podría coordinar con alguien? Me temo que cuando entre en la vida de iglesia diga: “Qué ancianos y qué diáconos tan pobres”. Nunca podría ser edificada con otros. Sería una piedra preciosa, que sólo sirve para ponerla en la vitrina de una joyería y exhibirla, pero nunca podría ser una piedra preciosa engastada en el oro del pectoral del sacerdote para ser edificada con los demás.
En la vida de iglesia, debemos ser librados del alma, del hombre natural y de nuestra ingeniosidad. La vida de iglesia requiere que seamos quebrantados. Todos amamos al Señor pero ¿cuánto hemos sido edificados? Tal vez algunos de nosotros tengamos muy poca edificación, pero muchos otros no tienen ni siquiera un poquito de edificación.
¿A qué se debe esto? A que estamos encerrados en el alma; no estamos en el espíritu. Cuando oramos, no lo hacemos para entrar en el espíritu a fin de hacer contacto con el Señor, sino para pedirle al Señor que haga algo por nosotros, y eso es todo. Esa es nuestra interpretación de la oración. Pero la definición de la oración que la Biblia nos da es: negar el alma y entrar al espíritu para contactar al Señor. Si el Señor hace algo que no concuerda con nuestra oración, eso es secundario. Lo que importa es que nos salgamos de la mente y entremos en el espíritu; entonces, seremos llenos del Señor. Este es el verdadero significado de la oración.
Orar quiere decir que entramos en nuestro espíritu. Esta es la única manera de estar en el sacerdocio. Solamente cuando salimos del alma y entramos al espíritu para tocar al Señor a fin de ser llenos de El, estamos en el sacerdocio. Sólo así podremos ser edificados con otros. La voluntad obstinada debe ser quebrantada; la mente ingeniosa y la vida natural deben ser eliminadas. Entonces seremos personas que están a menudo en su alma; pero están en su espíritu mucho tiempo. Cada vez que nos sobrevienen situaciones, no ejercitamos la mente para analizarlas o pensar, sino que ejercitamos nuestro espíritu para tener contacto con el Señor. Este es el significado de ser liberado del alma, quebrantado en el hombre exterior y de olvidarse de la vida natural y negarse a ella.
Todo esto no es sólo una doctrina. A menos que ejercitemos nuestro espíritu de esta manera, nunca estaremos en el sacerdocio verdadero y nos alejaremos de la vida de iglesia. Podemos ser un grupo de cristianos que se reúnen, pero siempre estaremos peleándonos, sin ninguna edificación ni unidad debido a que no estamos en el espíritu, sino en la mente.
Cuando estamos en el alma, tenemos muchos argumentos para demostrar que tenemos la razón. No creo que haya muchos que estando en el alma, piensen que no tienen la razón. La mayoría piensa que siempre están en lo correcto. Cuando no estamos en el espíritu es difícil reconocer que estamos en lo incorrecto; pero cuando estamos en el alma, aunque estemos errados nos defendemos de otros, argumentando que tenemos la razón. El hombre natural siempre siente que todos los demás están equivocados, y él no”.
Observen la condición del cristianismo actual. ¿Dónde está la verdadera edificación, las relaciones genuinas, la coordinación y la unidad verdadera? En las librerías cristianas se pueden encontrar libros acerca de la unidad del Cuerpo, pero ¿dónde está la unidad? Debe estar en el espíritu, y no en la teoría. Por eso Efesios 4 dice que debemos guardar la unidad del Espíritu. Cuando estamos fuera del espíritu, estamos fuera de la unidad, y por consiguiente, el sacerdocio no se puede realizar.
Ahora vemos lo que es el sacerdocio: un grupo de santos que continuamente se olvidan del alma, se niegan a su ego, se olvidan de la vida natural y entran en el espíritu para dejar que el Señor los llene y fluya en ellos. Solamente en este grupo de sacerdotes es posible que exista la verdadera vida de iglesia, el edificio verdadero y la unidad verdadera.
Nuestra urgente necesidad no consiste en solucionar nuestros problemas al hablar, enseñar o entender. Podemos captar el entendimiento hoy, pero mañana tendremos un mal entendido. Siempre tendremos opiniones y conceptos. Lo que necesitamos es salir de nuestro hombre psíquico y natural para poder entrar al espíritu. Cuando entramos al espíritu y abrimos nuestro ser al Señor, se resuelven todos los problemas, todos los argumentos se disuelven y las diferentes opiniones desaparecen.
Cuanto más estemos en el alma, más argumentos tendremos; cuanto más estemos en la mente, más razones tendremos para discutir. Pero alabado sea el Señor porque cuanto más estemos en el espíritu, menos argumentos tendremos. Cuando entramos en el espíritu, no hay problemas; todas las contiendas desaparecen, y estamos en la unidad y en el sacerdocio, que es la verdadera vida de iglesia.
Mediante todas estas lecciones, hemos aprendido una cosa. Cada vez que los hermanos se meten en problemas, es mejor no averiguar, porque no nos conduce a nada. En vez de indagar debemos entrar al Lugar Santísimo y orar: “Señor, vengo a alabarte a Ti, en vez de averiguar”. Cuando estamos en la mente, estamos fuera del sacerdocio.
Debo repetir, que el sacerdocio consiste en que un grupo de personas viven en el espíritu y se abren al Señor para ser llenos de El. Este es el sacerdocio que edifica al Cuerpo, tal como se ve en el pectoral de la vestidura del sumo sacerdote. Todos los hermanos y hermanas necesitan esta experiencia.
Apocalipsis 5:8 dice que las oraciones de los santos son las copas que contienen el incienso de Cristo. En nuestras oraciones, que son las copas, están los varios aspectos preciosos de Cristo, quien es el incienso. Los ricos, dulces y preciosos aspectos de Cristo son el incienso que es agregado a las oraciones de los santos. Luego, los versículos que le siguen dicen que todos los santos son sacerdotes. Para ser sacerdotes, debemos ofrecer oraciones, y cuando lo hacemos, hay algo de Cristo que es agregado a nuestras oraciones. Apocalipsis 8 también dice que la rica dulzura y preciosidad de Cristo están listas para ser agregadas a las oraciones de los santos.
Al orar, compartimos de la preciosidad y dulzura de Cristo. Cuando oramos en el espíritu, las riquezas de Cristo son añadidas a nuestras oraciones. En Apocalipsis, los santos son los sacerdotes que oran; y mientras oran, la dulzura, la preciosidad y las riquezas de Cristo son añadidas a sus oraciones. Esto indica que mientras oramos en el espíritu, comprenderemos las riquezas y la dulzura de Cristo. Al orar disfrutaremos de todos y variados aspectos de Cristo.
Aquí, mientras oramos en el espíritu, obtendremos la misericordia y hallaremos gracia para el oportuno socorro. Este es el fluir del trono de la gracia, que únicamente tocamos al orar. Debemos entrar al Lugar Santísimo y acercarnos al trono de la gracia al ejercitar nuestro espíritu en oración. Cuando oramos en esta manera, experimentamos la misericordia, la gracia y el agua que fluye en nuestro interior; entonces espiritualmente somos rociados, nutridos y fortalecidos. Sentiremos en nuestro espíritu la dulzura y las riquezas de Cristo agregadas a nuestra oración. Mientras oramos en el espíritu, el sacerdocio es hecho real y disfrutamos a Cristo.
Cada vez que tengamos algún pensamiento, inmediatamente debemos convertirlo en una oración en nuestro espíritu. Cada vez que empecemos a contender con otros, debemos inmediatamente convertirlo en oración. Si hacemos esto, después de cierto tiempo verdaderamente nos daremos cuenta que es inútil contender. Nuestro concepto cambiará; cuando hablemos demasiado, debemos aprender a convertir nuestra plática en oración. Aun cuando leamos la Palabra, debemos convertirla en oración, debido a que mientras la leemos, estamos en la mente y al orar-leerla entramos en el espíritu.
Cada vez que tengamos problemas con otros, debemos llevar ese problema a la oración, porque la situación nos hará permanecer en el alma. Cuanto más estemos en el alma, más seremos turbados; si permanecemos allí, nunca se resolverán los problemas. Es muy importante convertir el problema en oración. No es un asunto de solucionarlo, sino de volvernos del alma al espíritu.
Mientras estamos en el espíritu, estamos en el sacerdocio, tenemos el disfrute de Cristo y edificamos el Cuerpo. Entonces estamos en la vida de iglesia. No hay otra forma. Solamente en el sacerdocio podremos disfrutar a Cristo a fin de tener una vida de iglesia apropiada y genuina. Así que, la edificación de la iglesia depende del sacerdocio.