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Mensajes del libro «Sacerdocio, El»
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CAPITULO CATORCE

EL SACERDOCIO ABARCA TODAS LAS ESCRITURAS

  Génesis 1:26 dice: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”. Hay dos cosas relacionadas con la creación del hombre: imagen y autoridad. El hombre fue creado a la imagen de Dios, y le fue entregada la autoridad divina de Dios.

  Leamos Génesis 2:9 teniendo en mente las palabras imagen y autoridad: “Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de la vida...” En este pasaje tenemos la palabra “vida”. Imagen y autoridad se mencionan en el capítulo uno, y la vida en el capítulo dos. Luego Génesis 2:10 dice: “Y salía del Edén un río para regar el huerto”. En este versículo tenemos el río, el “fluir”. El río que riega el huerto es el fluir de vida. Luego los versículos 11 y 12 añaden: “El nombre de uno era Pisón, éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro; y el oro de aquella tierra es bueno; hay allí también bedelio (perla) y ónice”. En estos versículos, vemos el oro, la perla y el ónice, que representan la transformación.

  En estos dos capítulos están la imagen de Dios con la autoridad divina, la vida de Dios, el río como el fluir de vida, y los materiales transformados de oro, perla y piedras preciosas. Si juntamos todas estas palabras por la inspiración y el ungir del Espíritu, veremos que aunque el hombre fue creado a la imagen de Dios y encargado con la autoridad divina, él aún necesita la vida de Dios, a fin de que por el fluir de esta vida él sea transformado en oro, perla, y ónice. Luego veremos que todo esto es para la edificación que Dios planeó.

  Dios creó al hombre a Su imagen con la intención de que fuera Su expresión. Cuando el hombre exprese a Dios, estará en la autoridad divina. Para cumplir con este propósito, el hombre debe tener la vida divina, que es la única que puede expresar a Dios e introducir al hombre en la naturaleza divina, representada por el oro. La vida siempre tiene cierta naturaleza. Luego por medio de esta vida el hombre será transformado en perlas y en piedras preciosas, las cuales sirven para la edificación de la casa de Dios.

LA EDIFICACION EN LA VIDA Y LA NATURALEZA DIVINAS

  Leamos Exodo 26:29: “Y cubrirás de oro las tablas, y harás sus anillos de oro para meter por ellos las barras; también cubrirás de oro las barras”. En otras palabras todas las tablas están unidas y hechas una entidad con el oro y en el oro. Si leemos este capítulo cuidadosamente, veremos que las 48 tablas del tabernáculo son todas una sola. Ellas no son una por sí mismas porque se derrumbarían, sino que son una por el oro. Todas las tablas están cubiertas de oro, y en la cubierta de oro están los anillos de oro. Dentro de los anillos de oro están las barras de oro que unen las tablas en una unidad. Ellas no son una en la naturaleza de la madera sino en la naturaleza del oro. Como hemos visto, la naturaleza de la madera significa la naturaleza humana, y la del oro, la naturaleza divina. Nosotros somos todas las tablas. En nuestra vida natural, o naturaleza humana, somos sólo partes, pero en la naturaleza divina, del oro, somos todos uno. Somos uno en vida con la naturaleza de Dios. En esto podemos ver el edificio de Dios. Todas las piezas están unidas y encajan como un solo edificio.

  Exodo 28 nos da un buen panorama de la edificación, que está sobre las vestiduras del sacerdote. “Y tomarás dos piedras de ónice ... les harás alrededor engastes de oro” (Ex. 28:9, 11). Estas dos piedras de ónice están engastadas en oro, lo cual representa la edificación. Las piedras de ónice solas están separadas, pero después de haber sido engastadas en el oro han sido edificadas. Luego los versículos 13 y 14 dicen: “Harás pues los engastes de oro; y dos cordones de oro fino...” La función de los cordones es enlazar las piezas juntas. Este es el edificio unido y edificado por el oro fino.

  En Exodo 28:17-20 hay cuatro hileras de doce piedras preciosas en el pectoral de los sacerdotes. Todas las piedras están engastadas en oro, el cual es la montadura que mantiene a todas las piedras preciosas juntas.

  “Harás también en el pectoral cordones de hechura de trenzas de oro fino” (Ex. 28:22). Las cadenas las enlazan y las montaduras las agarran. Es por el enlace y la montadura de oro que todas las piezas son una sola. Entonces el edificio está sobre las vestiduras del sacerdote. Es un edificio en el cual el oro enlaza y combina todas las piedras preciosas, las cuales son el resultado de la obra transformadora de la vida divina. Como se ha visto en Exodo 26 y 28 los materiales preciosos son edificados juntos en la vida y en la naturaleza divinas.

  Ahora debemos leer 1 Corintios 3:11-12: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que esta puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguien edifica oro, plata, piedras preciosas...” Debemos edificar en Cristo y con oro, plata y piedras preciosas.

  “Porque en un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Co. 12:13). En un solo Espíritu hemos sido bautizados en un solo cuerpo, y ahora estamos bebiendo de un solo Espíritu. Por dentro el Espíritu es el agua que se puede beber; por fuera el Espíritu es el agua del bautismo. En otras palabras estamos en el agua para ser llenos del agua. Todos los creyentes están en el Espíritu para ser llenos del Espíritu. Externamente estamos en el Espíritu, e interiormente somos llenos del Espíritu. Estamos en el Espíritu y llenos de El.

  Ahora debemos leer Efesios 2:22: “En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el espíritu”. Todos estamos siendo juntamente edificados como morada de Dios en el espíritu. Estamos siendo juntamente edificados en espíritu.

  También en 1 Pedro 2:5 dice: “Vosotros también, como piedras vivas, sois edificados como casa espiritual hasta ser un sacerdocio santo...” No es una casa de madera, ni es física sino que es una casa espiritual. Y esta casa espiritual es el sacerdocio santo. Nosotros somos las piedras vivas edificadas juntamente como casa espiritual: una casa en el espíritu y llena del espíritu. Y esta casa espiritual es un cuerpo santo de sacerdotes separados para Dios en el espíritu.

  Leamos Apocalipsis 4:2-3: “Y al instante yo estaba en el espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado. Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina...” La piedra preciosa de jaspe significa la imagen de Dios, porque la apariencia de Dios es como jaspe y cornalina. Este versículo tiene que leerse con Apocalipsis 21:18: “El material de su muro era de jaspe...” Esto significa que toda la ciudad tiene la imagen de Dios y la apariencia de Dios. Cuando miramos la ciudad, vemos que su apariencia es como la imagen de Dios. La apariencia de Dios es como el jaspe, y el muro de la ciudad está edificado de jaspe; así que la apariencia de la ciudad es la imagen de Dios.

  “Pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio claro; y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa” (Ap. 21:18-19). Luego, las doce diferentes clases de piedras son enumeradas. “Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio” (Ap. 21:21). La ciudad es de oro, llena de piedras preciosas y con perlas como puertas.

  Finalmente debemos leer Apocalipsis 22:1-2: “Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del cordero, en medio de la calle. Y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol son para la sanidad de las naciones”.

  Creo que hemos pasado por toda la Biblia, desde el principio hasta el fin. La Biblia empieza con la imagen de Dios y la autoridad divina. Luego está el árbol de la vida y un río que fluye para producir materiales preciosos. El fluir del agua viva nos traerá primeramente la vida y la naturaleza divina. Esta vida está fluyendo dentro de nosotros todo el tiempo para transformarnos en oro, perla y ónice a fin de ser juntamente edificados y ser uno en la naturaleza divina. Luego llegamos a ser una casa espiritual, un cuerpo viviente de sacerdotes que expresan la imagen de Dios y que están bajo la autoridad divina. Podemos ver entonces que esto es el sacerdocio y que éste abarca toda la visión de las Escrituras.

LA CLAVE DE LA VISION

  El sacerdocio es un grupo de personas que se dan cuenta de que la intención de Dios es mezclarse con ellas. Entonces aprenden a abrir su ser al Señor y a vivir en el espíritu. La mejor manera de aprender esta lección es aprender a orar, pero no para pedir que el Señor haga algo por nosotros, sino para ser llenos de El, estar abiertos a El y dejar que El nos llene y nos posea. Así estaremos completamente en el espíritu.

  Cuando estamos completamente en el espíritu, somos uno con todos aquellos que también están completamente en dicho espíritu. Cuando todos estamos en el espíritu y vivimos, nos movemos y funcionamos en el espíritu, entonces todos somos uno. Así seremos las tablas cubiertas con el oro divino y seremos las piedras preciosas montadas en los engastes de oro. Todos seremos uno en el oro.

  Los versículos que hemos leído desde el primer libro de la Biblia hasta el último nos muestran la visión completa de la misma. Esta visión es que Dios debe edificarse a Sí mismo en nosotros para que por Su vida seamos transformados a Su imagen y ejerzamos Su autoridad. Vamos a estar mezclados del todo con El, ser uno con El y edificados junto con El. Esta es la visión. En esta unidad estaremos bajo Su autoridad y expresaremos Su imagen.

  En nuestra experiencia, ¿cómo podemos hacer real esta visión? La manera es muy sencilla. No necesitamos aprender muchas enseñanzas o doctrinas. Cuando una persona llega a ser cristiana, siempre piensa que debe aprender enseñanzas y doctrinas, pero no hay necesidad de tal cosa, ni de observar formalismos y ritos ni de buscar diferentes dones. Solamente hay una cosa que debemos aprender, esto es, darnos cuenta de que el Señor es el Espíritu vivificante y de que está en nuestro espíritu. Debemos abrir nuestro ser a El, y permitirle que entre en nosotros de una manera profunda. Asimismo, debemos aprender a no vivir, andar ni movernos en el alma, sino a movernos, andar y conducirnos en el espíritu. Cuando estemos en el espíritu, seremos completamente uno con el Señor y con todos aquellos que viven en el espíritu.

  Esto es muy simple pero nosotros somos muy complicados. Por ejemplo, dos hermanos se dan cuenta de que son miembros del Cuerpo y que deben ser juntamente edificados en unidad. Ellos se reúnen para tener la vida apropiada de iglesia y, por la gracia del Señor, aprender a amarse el uno al otro. Pero un día estos dos hermanos tienen opiniones distintas. Uno opina una cosa, y el otro, lo contrario. Uno está en el polo norte, y el otro en el polo sur. ¿Qué deben hacer? Ellos se dan cuenta de que son hermanos, que deben tener la vida de la iglesia y que deben amarse entre sí, pero tienen un conflicto. Sus opiniones son contrarias. ¿Qué deben hacer?

  Para nosotros es fácil decirles que deben orar, pero a veces mientras más oran más diferencias hay. Sus diferencias de opiniones se agudizan después de la oración. Supongamos que nos encontramos en la situación de estos dos hermanos; ¿qué podríamos hacer? ¿Estaríamos dispuestos a olvidar nuestros pensamientos, razonamientos y a volvernos a la parte más profunda de nuestro ser, el espíritu? Si hiciésemos esto nos daríamos cuenta que no es ni blanco ni negro; en el espíritu es otra cosa. Entonces seríamos uno en el espíritu.

  Cuando estamos en el espíritu, somos cubiertos de oro. Cuando estamos en el espíritu somos montados en los engastes de oro. Somos entrelazados y combinados en la naturaleza divina que nos hace uno solo. Esto es muy simple. No llegamos allí discutiendo, conversando ni argumentando, sino volviéndonos a nuestro espíritu. Así llegamos a ser uno. Ese es el factor que nos mantiene y nos mezcla es la naturaleza divina.

  Oro para que este repaso de las sagradas Escrituras nos haga ver claro que la unidad, la unanimidad y la vida de iglesia apropiada se hallan simplemente en el espíritu. Cuantas más doctrinas aprendemos, más división tendremos. Cuanto más debatimos y discutimos, más disensión habrá. La unidad no esta en la mente, en la enseñanza, en las doctrinas, en los formalismos ni en los dones, sino en el espíritu. Es solamente en el espíritu donde podemos ser juntamente edificados y ser uno.

  La morada de Dios es espiritual, y nosotros debemos estar llenos del Espíritu, bautizados en el Espíritu y bebiendo del Espíritu. Debemos ser uno por completo en el Espíritu. Entonces todas las opiniones y conceptos serán lavados por el fluir de vida. Es en el espíritu donde tendremos la unidad, la edificación y la unanimidad y donde estaremos bajo la autoridad de Dios, bajo el trono de Dios y del Cordero. Todo estará en orden, pero no por nuestra labor, sino por el fluir de vida.

  El fluir de vida nos llevará a la autoridad divina y nos llevará a tener la apariencia de Dios. Seremos como jaspe cuando hayamos sido edificados como un muro, el cual simplemente expresa lo que la ciudad es. La apariencia de la edificación de la iglesia es la expresión de Dios en Su imagen. Esto no sucede por organización sino por el fluir de vida que transforma y unifica.

  Finalmente, la iglesia será un cuadro verdadero de la Nueva Jerusalén. En el centro estará la autoridad del trono de Dios, y del trono brotará el río de agua de vida que corre por toda la ciudad para suplir sus necesidades con el árbol de la vida. La autoridad de Dios con el fluir de la vida divina es la iglesia y el sacerdocio.

  El sacerdocio es un grupo de personas mezcladas con Dios y bajo Su autoridad. Todo está en el orden divino y edificado en la apariencia e imagen de Dios. El trono de Dios está en el centro, del cual fluye el agua viva con el árbol de la vida. Tal contenido y apariencia es el sacerdocio. Pero la clave de todo esto es que nosotros debemos volvernos a nuestro espíritu. No trate de solucionar ningún problema ni de hacer algo; debemos volvernos a nuestro espíritu, ya que en éste todos los problemas se resuelven y entonces llegamos a ser uno en la naturaleza divina.

  Nosotros nos complicamos con diferentes conceptos, enseñanzas y terminología. Por la misericordia del Señor he pasado por todas esas cosas. Cuando era joven, siempre al leer la Biblia usaba una libreta. Cuanto más leía, más preguntas anotaba. Tenía incontables preguntas. Pero alabado sea el Señor porque ahora ya no tengo más preguntas. Para mí realmente ya no hay problema.

  Si nos olvidásemos de los diferentes conceptos, enseñanzas y el pasado, estaríamos en los cielos. Esto es simple. El problema es que nos complicamos por nuestros pensamientos y conceptos, como también por enseñanzas y por nuestra historia personal. Si nos olvidáramos de todas esas cosas y nos volviésemos al espíritu, nos daríamos cuenta de que todo es muy sencillo. Su yugo es verdaderamente muy liviano, y Su carga realmente ligera.

TRES AREAS DE PRACTICA

  Voy a sugerir que hagamos tres cosas. Primero, en nuestra vida diaria debemos volvernos al Señor en oración. Aún cuando no tenemos tiempo de orar, siempre debemos ejercitar un poco nuestro espíritu para tocar al Señor. No debemos ejercitar nuestra mente tanto, sino aprender a volvernos a nuestro espíritu. Debemos aprender esto practicándolo. No hay otra manera.

  Luego, si es posible, reúnase con tres o cuatro hermanos o hermanas para orar, no para hablar ni para aprender. Debemos aprender a abrir nuestro ser al Señor y a los demás por medio de orar juntos en el espíritu. Entonces seremos llevados al espíritu y seremos librados de la vida natural, del alma y de la mente. Seremos introducidos en el espíritu y en el fluir de vida. Esto es lo que necesitamos.

  Tercero, si es posible asista a todas las reuniones cotidianas de la iglesia. Y cuando lleguemos a la reunión debemos aprender a abrir nuestro ser inmediatamente al Señor y a los demás por medio de funcionar en la reunión. Esto puede hacerse pidiendo un himno, orando, o dando algún testimonio de como ha tratado el Señor con nosotros. Nunca trate de expresar ningún tipo de opinión, sino que trate siempre de liberar su espíritu.

  Si todos practicamos la oración individual en nuestra vida diaria, la oración corporativa con algunos hermanos y la función en las reuniones de la iglesia liberando nuestro espíritu ante el Señor y ante los demás, seremos sencillos y a la vez ricos en vida, fuertes en espíritu, activos en nuestras funciones y fructíferos en nuestro servicio. Espontáneamente, no solamente seremos edificados juntamente, sino mezclados bajo la autoridad del orden divino, expresando la imagen de Dios. Esta es la vida de iglesia, ésta es la edificación del Cuerpo, y éste es el sacerdocio. Esto es exactamente lo que el Señor está recobrando en estos últimos días.

  Prometámosle al Señor hacer dos cosas. Por un lado, olvidar todo nuestro pasado, y por otro, poner atención constante al espíritu. Cualquier problema que tengamos debemos solucionarlo volviéndonos continuamente al espíritu. Todas las cosas que nos pasan son simplemente para forzarnos a olvidar nuestra habilidad, nuestra energía, nuestra sabiduría y nuestro conocimiento. Todas estas cosas nos obligan a volvernos al espíritu y orar para ser llenos del Señor. Cuando estamos en el espíritu, espontáneamente somos uno con los demás. Puedo asegurar que si practicamos esto, todo nuestro ser será transformado.

  Como hemos abarcado toda la visión de las Escrituras, no es necesario que tratemos de recordar todos los puntos del mensaje. Sólo tenga presente que hoy el Señor necesita un grupo de personas que estén constantemente volviéndose al espíritu para ser cautivadas, poseídas y saturadas por El. Es innecesario tratar de relacionarse con otros. Cuando estamos en el espíritu, espontáneamente la relación y la unidad estarán ahí. Paulatinamente, todo nuestro ser será subyugado por el espíritu. Nuestros conceptos serán arrojados, nuestras decisiones serán vencidas y todo nuestro ser será cambiado radicalmente. Entonces seremos todos uno en el espíritu para expresar a Cristo como la cabeza y a Dios como nuestra vida. Esto es el sacerdocio, esta es la vida de la iglesia y esta es la edificación.

  Esto es bastante sencillo. Si no podemos decir “amén”, es que todavía somos muy complicados. Podemos olvidar hasta las impresiones personales que tenemos sobre otros, pues aun eso estorba. A veces cuando examinamos a algún hermano, decimos que lo conocemos. En realidad, sólo tenemos cierta impresión. “Ese hermano no tiene esperanza; yo sé que está desahuciado”. De hecho, es nuestro concepto el que no tiene esperanza. Por lo tanto, debemos olvidarnos de nuestros conceptos. Aunque le hayamos conocido por veinte años, en realidad no le conocemos. Debemos olvidar los criterios que nos hayamos formado sobre otros. Nunca confiemos en nuestras propias impresiones.

  Cuando escuchamos a otros decir que un hermano o hermana les causó una impresión pobre, debemos darnos cuenta de que la persona que habla de ese modo es una persona carnal. Cuando uno está en el espíritu, no trata de recoger impresiones sobre los demás, sino que presta atención al espíritu. Cuando nos formamos juicios sobre otros, no les podemos ayudar. Por eso debemos abandonar todas nuestras impresiones sobre los demás.

  En la vida de iglesia, debemos ser tardos para oír y para ver, pero muy activos en el espíritu. La situación pobre y lamentable de hoy se debe a que muchos amados hermanos en la iglesia son lerdos en el espíritu pero prestos a criticar. Ellos son muy vivos para mirar los errores de otros, pero son lerdos en el espíritu. Este tipo de situación no es correcta, porque mata y apaga. Esto significa que no estamos en el espíritu, sino en la carne, en el alma. Las opiniones, críticas y divisiones en la vida de la iglesia adormecen, matan, y dañan la edificación.

  El camino de la liberación es ser ciegos, sordos, y vivos en el espíritu. Debemos permanecer en el espíritu y nunca ceder a la tentación de salirnos del espíritu. Cuando estamos en el espíritu, somos el sacerdocio, y este sacerdocio es la vida de iglesia. La edificación del Cuerpo de Cristo, la casa espiritual, es un sacerdocio santo, el cual está entera, completa y absolutamente en el espíritu. Que el Señor tenga misericordia de nosotros para que seamos llevados a este entendimiento. En el espíritu nos compenetraremos los unos con los otros para obtener el sacerdocio, la vida de iglesia y la edificación del Cuerpo.

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