“Y mandarás a los hijos de Israel que te traigan aceite puro de olivas machacadas, para el alumbrado, para hacer arder continuamente las lámparas. En el tabernáculo de reunión, afuera del velo que esta delante del testimonio, las pondrá en orden Aarón y sus hijos para que ardan delante de Jehová desde la tarde hasta la mañana, como estatuto perpetuo de los hijos de Israel por sus generaciones” (Ex. 27:20-21). Aquí se nos dice que el sacerdote debe hacer dos cosas con las lámparas. Primero tiene que encenderlas con aceite puro de oliva, y segundo, tiene que ordenarlas o arreglarlas.
Leamos Exodo 30:7-10: “Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana cuando aliste las lámparas lo quemará. Y cuando Aarón encienda las lámparas al anochecer, quemará el incienso; rito perpetuo delante de Jehová por vuestras generaciones. No ofreceréis sobre él incienso extraño, ni holocausto, ni ofrenda; ni tampoco derramareis sobre él libación. Y sobre sus cuernos hará Aarón expiación una vez en el año con la sangre del sacrificio por el pecado para expiación; una vez en el año hará expiación sobre él por vuestras generaciones; será muy santo a Jehová”. En estos versículos, alistar las lámparas significa lo mismo que ordenarlas o arreglarlas en el capítulo veintisiete.
Vayamos a Salmos 119:147-149: “Me anticipé al alba, y clamé; esperé en tu palabra. Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en tus mandatos. Oye mi voz conforme a tu misericordia; Oh Jehová, vivifícame conforme a tu juicio”. Aquí David ora y va a la Palabra temprano en la mañana, y vemos que sus oraciones están mezcladas con la lectura de la Palabra.
Por último leamos Juan 15:7: “Si permanecéis en Mí, y Mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis, y os será hecho”. En este versículo podemos ver que cuando la Palabra mora en nosotros, obtenemos la respuesta por cualquier cosa que pidamos.
En el último capítulo, vimos que la comisión principal del sacerdocio es quemar el incienso. Necesitamos recibir la impresión de que quemar el incienso es el asunto central de todo el tabernáculo, la morada de Dios. Sabemos que existe el atrio, y luego el tabernáculo con el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. En el Lugar Santísimo está el arca, que es un tipo de Cristo, y es en el arca donde Dios se reúne con su pueblo. Este es el lugar donde el hombre puede reunirse con Dios. Después tenemos la lámpara, la mesa con el pan, y también está el altar de incienso de oro para que los sacerdotes quemen el incienso. Estas son las cosas dentro del tabernáculo. Por fuera hay otras dos cosas en el atrio: el lavacro, para purificación, y el altar del holocausto, para ofrecer sacrificios.
Si vemos un diagrama del tabernáculo que muestre todas estas cosas, veremos que el altar del incienso es el centro de todo el tabernáculo y también del edificio de Dios, la morada de Dios. El altar del incienso tiene como fin que el hombre se reúna con Dios en el arca.
Por esto podemos darnos cuenta de que todas las cosas del tabernáculo giran en torno al altar del incienso. El holocausto, el lavacro, la mesa de los panes, y el candelero apuntan hacia el incienso, y éste tiene como fin que el hombre se relacione con Dios en el arca.
Todo esto es una figura o una sombra de la iglesia. El tabernáculo es una figura de la iglesia como la habitación de Dios entre los hombres. Hoy en día la iglesia es el verdadero tabernáculo de Dios. En la iglesia está la realidad de Cristo como el arca en la cual, sobre cual y por cual Dios puede reunirse con el hombre, y éste con El. En la iglesia el hombre puede reunirse con Dios en Cristo, sobre Cristo y por medio de Cristo. Pero ¿cómo se hace esto? Solamente se puede hacer por medio del altar del holocausto, la mesa de los panes que suministran vida y el candelero que alumbra. Todas estas cosas conducen a quemar el incienso por medio del cual el hombre puede reunirse con Dios en Cristo.
En el capítulo anterior vimos que el altar del holocausto tiene mucho que ver con el altar del incienso. En el altar que está fuera del tabernáculo se hacen las ofrendas, y en el altar que está adentro se quema el incienso. La sangre del altar del holocausto tenía que ser traída al tabernáculo y rociada sobre las cuatro esquinas del altar del incienso. Esto significa traer la eficacia de la redención al altar del incienso. Si vamos a orar, debemos hacerlo apoyados en la redención. Sin el poder de la sangre, nuestra oración no es aceptada. Nuestra oración se basa en la sangre redentora de Cristo vertida en la cruz. Su redención tiene mucho que ver con nuestras oraciones. Sin la sangre redentora, ninguna de nuestras oraciones será aceptada por Dios.
También hemos visto que el incienso debe ser quemado con el fuego que se tomó del altar de holocausto. El fuego que se usa para quemar el incienso tiene que ser fuego que proviene de los cielos para consumir las ofrendas. Si no es así, quemaremos el incienso con fuego extraño. Una vez más vemos que el altar del holocausto tiene mucho que ver con el altar del incienso.
Los sacerdotes que quemaban el incienso eran los mismos que ofrecían los sacrificios en el altar del holocausto. Al ofrecer los sacrificios, ellos simplemente disfrutaban todas las ofrendas como su alimento. Las ofrendas eran su comida, lo cual significa que Cristo es nuestro alimento. Nosotros tenemos que alimentarnos de El y aprender a disfrutarle. Después entramos al tabernáculo a quemar el incienso, el cual también es Cristo. Tanto las ofrendas como el incienso son Cristo. Las ofrendas son nuestro alimento, y el incienso es el disfrute de Dios. Esto significa que las ofrendas nos traen disfrute, y el incienso trae deleite y satisfacción para Dios. Cuando estamos llenos de Cristo como nuestro disfrute, ofrecemos el Cristo que es nuestra satisfacción y disfrute a Dios como Su satisfacción y disfrute. Este es el incienso. El Cristo que se halla en el altar del holocausto es nuestra ofrenda, y el Cristo que está en el altar del incienso es el incienso que sube a Dios.
Si no estamos satisfechos y llenos con Cristo como nuestro disfrute, no podemos ofrecer Cristo a Dios para Su disfrute. Primeramente debemos de estar llenos de Cristo, y luego tendremos algo para ofrecer a Dios en nuestras oraciones, o sea, algo de Cristo que procede de nosotros para Dios, como un olor grato que asciende para Su disfrute y satisfacción.
Por lo tanto, para quemar el incienso tenemos la sangre redentora y el disfrute de la ofrenda. Necesitamos la sangre, el fuego, y Cristo como nuestro disfrute. Entonces podemos quemar el incienso por medio de orar a través de la sangre, la cruz y con Cristo como nuestra satisfacción. De Cristo recibiremos algo dulce y fragante para ofrecer a Dios como un olor grato. Este es el incienso como nuestra oración a Dios. Esta oración es agradable y aceptable a Dios por que es hecha a través de la sangre redentora, la cruz que consume y el Cristo que satisface.
Veamos ahora que la lámpara también se relaciona con quemar el incienso. No solamente el altar, sino que también el encender de la lámpara está conectado con quemar el incienso. Vimos en las Escrituras que siempre que los sacerdotes quemaban el incienso, encendían la lámpara, y cuando lo hacían, también quemaban el incienso. Esto significa que siempre que leamos la Palabra (lo cual es encender la lámpara), debemos orar (o sea, quemar el incienso). Quemar el incienso es orar, y encender la lámpara es adentrarse en la Palabra. La Palabra de Dios es luz; así que cuando vamos a ella, encendemos la lámpara. Leer y orar tienen que ser una sola cosa. Tienen que estar mezcladas como una sola acción. Cuando los sacerdotes encienden la lámpara, también queman el incienso.
Sin encender la lámpara, los sacerdotes quemarían el incienso en oscuridad, lo cual significa que sin leer la Palabra, sin la luz, oramos en la oscuridad. Sin la luz de la lámpara, no hay iluminación. Esto nos muestra que siempre que vamos a orar, primero tenemos que entrar en la Palabra de Dios. Cuando leemos la Biblia, encendemos la lámpara y estamos en la luz. Sólo entonces sabemos orar, de otra manera cualquier cosa por la que oremos estará en la oscuridad, tal como lo hacemos muchas veces siguiendo un rito o según nuestro concepto, porque no hemos sido iluminados por la Palabra. Esta clase de oración no será aceptada como ofrenda para Dios. Cuando nos acercamos a Dios tenemos que hacerlo con temor y temblor. Sabemos que nuestros pecados han sido lavados, pero si no tratamos con la Palabra para recibir la luz, podríamos orar de una manera natural según nuestra disposición. Esta clase de oración es una ofensa para el Señor y no será de olor grato para El. Antes de orar, debemos leer la Palabra para ser alumbrados. Debemos encender la lámpara.
Si las hermanas quieren orar por sus esposos, primero tienen que leer la Palabra. Cuando lo hacen, encienden la lámpara y son alumbradas, lo cual cambia el concepto que tienen de la oración. Pero sin leer la Palabra, ellas orarían en cierta forma por sus esposos pero después de leer la Palabra ellas orarían de una forma adecuada. La forma es cambiada pero el tema permanece el mismo.
Supongamos que una hermana va a orar por su esposo. Antes de leer la Palabra ella piensa orar de esta manera: “Señor, Tú sabes que mi esposo tiene un mal carácter y se enoja fácilmente. Señor, yo no puedo hacer nada. Tú tienes que tratar en él”. Ella intenta orar de esta forma antes de leer la Palabra, pero después de leer la Palabra ella se da cuenta que la situación no es pedirle a Dios que trate con su esposo, sino que es ella la que necesita ser disciplinada. Después de leer la Palabra su oración cambia. Ella diría: “Señor, te doy gracias por Tu providencia al darme tan buen esposo. Necesito Tu gracia para poder aprender la lección de ser disciplinada”. Estas son dos formas de orar, pero ¿cuál es aceptada por el Señor? La primera oración no es realmente una oración, sino una acusación. Una hermana que ora de esta forma no esta orando por su esposo, sino que lo está acusando delante del Señor. Solamente cuando leemos la Palabra y estamos en la luz podremos orar de la segunda manera.
Siento temor de que cuando algunos hermanos oran por los ancianos, ellos oran en una manera acusadora: “Señor, Tú conoces a los ancianos; no puedo aguantar la situación. Tienes que venir a vindicarme”. ¿Es esta una verdadera oración o una acusación? Una cosa es cierta: tal oración ciertamente es hecha por alguien que no ha sido disciplinado por la Palabra. Esto es quemar el incienso sin encender la lámpara y en la oscuridad. Pero si primero encendemos la lámpara por medio de la lectura de la Palabra, nuestro concepto será cambiado. Entonces diríamos: “¡Señor, ten misericordia de mí; no es mi hermano el que necesita Tu disciplina, sino yo!”
Necesitamos la iluminación de la lámpara para quemar el incienso. Tenemos que tener el tratar puro de la Palabra antes de orar. La luz de la Palabra nos expondrá y nos alumbrará para tener las palabras adecuadas para orar. Muchas oraciones que intentamos hacer son canceladas por medio de leer la Palabra y también muchas oraciones apropiadas salen al leer la Palabra. La oración adecuada tiene que salir del alumbrar al leer la Palabra.
Ahora tenemos que ver otro asunto práctico. En el Antiguo Testamento, el aceite de oliva, puro y batido era usado para encender la lámpara. Sabemos que el aceite en tipología significa el Espíritu. Así como el aceite se necesitaba para encender la lámpara, necesitamos el Espíritu para encender la Palabra. Sin el Espíritu Santo la Palabra no alumbra. Darby nos dice que la luz de la lámpara hace que la lámpara se eleve. Esto es muy interesante, por que muchas veces cuando leemos la Biblia, algunas de las palabras resaltan y nos dan luz.
¿Cómo es que la Palabra da esta clase de luz? Es solamente por medio del Espíritu, el aceite, el cual hoy en día está en nuestro espíritu. Cada vez que leemos la Palabra, tenemos que utilizar nuestro espíritu. Entonces en nuestro espíritu el aceite de oliva puro brotará y hará que la Palabra nos dé luz. Cuando leemos la Palabra usando nuestra mente, no recibimos ninguna luz. Pero si ejercitamos nuestro espíritu para contactar la Palabra, inmediatamente tendremos el sentir de que algo nos alumbra y se eleva dentro de nuestro espíritu. Entonces la Palabra llega a ser la Palabra viva dentro de nosotros. Es por medio del Espíritu que mora en nosotros como el aceite puro que obtenemos la luz. Así la Palabra brillará y nos dará luz.
Es el aceite de oliva puro y batido el que nos da la luz. ¿No es el Espíritu Santo puro? Sí, el Espíritu Santo es puro, pero nuestro espíritu no es tan puro. Nuestro espíritu tiene que ser purificado y batido. Esta es la obra de la cruz. En tipología, Cristo es la oliva. Cuando El fue batido y presionado en la cruz, el aceite puro, o sea, el Espíritu Santo, emanó de El.
Es lo mismo hoy en día; usted y yo necesitamos ser purificados; necesitamos ser batidos y presionados. Muchas veces cuando leemos un versículo de la Palabra, sencillamente no hay luz. Pero un día, cuando estamos bajo cierta clase de presión, la luz viene, y bajo esta presión regresamos a la Palabra, y ésta nos da luz.
Necesitamos ser purificados, exprimidos y batidos. Necesitamos cierta clase de presión. Entonces el Espíritu saldrá, y la Palabra alumbrará. Esta es la manera como debemos orar y ofrecer algo a Dios. Tengo que decirles una vez más, que cualquier cosa que le digamos a Dios como oración en esta forma será algo puramente de Cristo. No será una oración natural sino una oración real de olor grato a Dios.
Hemos visto claramente que si vamos a relacionarnos con el Señor, tenemos que ejercitar nuestro espíritu. También necesitamos saber cómo acercarnos a la Palabra de Dios, y entonces sabremos orar. Cada mañana y cada noche tenemos que emplear nuestro espíritu para ahondar en la Palabra y encender la lámpara. Entonces seremos alumbrados y sabremos qué decirle a Dios. Por medio de esta clase de oración cualquier cosa que digamos en oración será algo de Cristo como el incienso dulce para Dios.
El salmista dice que él se levantó temprano en la mañana, pero él oró tratando con la Palabra. Sin la Palabra, la cual es la luz, el no podría orar para quemar el incienso. El Señor Jesús dijo: “Si permanecéis en Mí, y Mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis, y os será hecho” (Jn. 15:7). Esto significa que debemos ser alumbrados y disciplinados con la Palabra y por medio de ella, a fin de saber qué pedir al orar.
Debemos poner todos estos principios en práctica cada vez que nos acerquemos al Señor. Tenemos que estar conscientes de la sangre, del fuego consumidor y de la satisfacción de Cristo; además tenemos que aprender a ejercitar nuestro espíritu para que el Espíritu Santo tenga un camino abierto a fin de alumbrar la Palabra de Dios para que nosotros podamos recibir la luz. Bajo esta iluminación tendremos palabras con las cuales expresar algo que salga de Cristo como el incienso aromático para Dios. Entonces, no solamente nosotros seremos satisfechos, sino que también Dios hallará satisfacción. Será una verdadera satisfacción tanto para Dios como para nosotros.
Que el Señor tenga misericordia de nosotros para que podamos reunirnos con Dios y tener comunión con El de esta manera día tras día, en la mañana y en la tarde.