“Y le hablarás, diciendo: Así ha hablado Jehová de los ejércitos, diciendo: He aquí el varón cuyo nombre es el Renuevo, el cual brotará de sus raíces, y edificará el templo de Jehová. él edificará el templo de Jehová, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado [o será sacerdote en su trono]; y consejo de paz habrá entre ambos” (Zac. 6:12-13).
El pasaje anterior nos dice que Cristo es el Renuevo y que El edificará el templo del Señor como Sacerdote y Rey. Según Isaías 4:2 y 11:1, Cristo es el Renuevo tanto de Jehová como de David. El es el Renuevo de David en Su humanidad, y el Renuevo de Dios en Su divinidad. Así vemos que al hablarse del Renuevo se hace referencia a Su encarnación, o sea, a Su elemento divino mezclado con el humano. Este Renuevo contiene la naturaleza divina y la humana. El es el Renuevo que brota de Dios y también del hombre.
El edificará el templo del Señor como el Renuevo, con dos ministerios: el sacerdocio y el reinado. “El ... se sentará y dominará en su trono, y habrá sacerdote a su lado [o será sacerdote en su trono]”. El es tanto Sacerdote como Rey debido a que El lleva a cabo el propósito de Dios de edificar el templo debidamente; por eso, el Renuevo tiene que ser sacerdote y rey.
Juan 15 nos dice que somos las ramas del Renuevo; El es el Renuevo, y nosotros somos Sus pámpanos. Somos las ramas del Cristo encarnado. Esto es fundamental, porque la edificación de la iglesia se relaciona con la encarnación. La iglesia no es sólo un grupo de seres humanos, sino un conjunto de personas que son peculiares, extrañas y maravillosas, debido a que están mezcladas con Dios.
En la China tenemos una especie de fruta que es difícil reconocer si es un durazno o una manzana. A dicha fruta, por ser el resultado de injertar un durazno en un manzano, se le llama un híbrido.
Tal vez la expresión “híbrido” no sea la mejor, pero nos da un ejemplo de lo que es juntar o mezclar dos vidas. Nosotros no somos sólo un durazno, sino un manzano durazno. Somos personas peculiares y maravillosas porque somos la mezcla de Dios con el hombre; somos los pámpanos del Renuevo.
Si vivimos simplemente como seres humanos, en realidad no somos miembros de la iglesia. Debemos ser híbridos. No deberíamos ser fácilmente reconocibles. Todos los miembros del Cuerpo de Cristo son especiales porque son una mezcla de Dios con el hombre. Ellos son los pámpanos del Renuevo y también deben tener un ministerio doble: el sacerdocio y el reinado.
Leamos un pasaje en Zacarías. “Escucha pues, ahora, Josué sumo sacerdote, tú y tus amigos que se sientan delante de ti, porque son varones simbólicos. He aquí, yo traigo a mi siervo el Renuevo. Porque he aquí aquella piedra que puse delante de Josué; sobre esta única piedra hay siete ojos; he aquí yo grabaré su escultura, dice Jehová de los ejércitos, y quitaré el pecado de la tierra en un día” (3:8-9). Vemos que Josué, el sumo sacerdote, se relaciona con la edificación del templo, con Cristo como Renuevo y como la piedra que tiene siete ojos.
Veamos además Zacarías 4:7-9: “¿Quién eres tú, oh gran monte? Delante de Zorobabel serás reducido a llanura; él sacará la primera piedra con aclamaciones de: Gracia, gracia a ella. Vino palabra de Jehová a mí, diciendo: Las manos de Zorobabel echarán el cimiento de esta casa, y sus manos la acabarán; y conocerás que Jehová de los ejércitos me envió a vosotros”. En el capítulo tres, al hablarse de Josué, el sumo sacerdote, se alude a la edificación del templo, lo cual también se aplica a la mención, en el capítulo cuatro, de Zorobabel, el gobernador de Judá.
Leamos Hageo 1:1-2: “En el año segundo del rey Darío, en el mes sexto, en el primer día del mes, vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo a Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y a Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, diciendo: Así ha hablado Jehová de los ejércitos, diciendo: Este pueblo dice: No ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa de Jehová sea reedificada”. En este pasaje el gobernador y el sumo sacerdote se mencionan juntos varias veces. El sumo sacerdote representa el sacerdocio, y el gobernador representa el reinado. Una vez más, el sacerdocio y el reinado están directamente relacionados con la edificación del templo de Dios.
El ministerio de los profetas no es básico como el de los sacerdotes y los reyes. El libro de Hebreos nos dice que Cristo es Sacerdote, y el libro de Mateo nos dice que El es Rey, pero no hay ningún libro que diga que Cristo sea Profeta. Aunque en algunos versículos El es llamado profeta, no hay un libro entero dedicado a esa función. Esto se debe a que tal función no es tan básica como la del sacerdocio y el reinado en lo relacionado con el propósito de Dios.
Esto se aplica a la iglesia hoy. Pedro dice que la casa espiritual, el edificio de Dios, depende del sacerdocio (1 P. 2:5, 9), el cual no es sólo santo, sino también real, lleno de realeza.
En Zacarías y Hageo vemos los tres ministerios: el sacerdocio, el reinado y el ministerio profético. Zacarías era sacerdote, pero hablaba como profeta.
Hageo era un profeta, pero ayudó al sacerdocio y al reinado a edificar la casa de Dios. El gobernador y el sumo sacerdote estaban encargados de la edificación del templo de Dios, aunque eran un poco débiles y a veces se desanimaban. Por eso, el profeta fue llamado como ayuda para ellos.
Sin embargo, no era el profeta quien edificaba el templo, sino el gobernador y el sumo sacerdote. Dios solamente envió al profeta a fortalecer al sacerdocio y al reinado a fin de que edificasen la casa del Señor.
¿Se puede hoy edificar la iglesia con los profetas? No, sólo se puede edificar cuando los hermanos y las hermanas ejercen el sacerdocio y el reinado. El ministerio profético sirve para ayudar, no para edificar. Nosotros pensamos que necesitamos un predicador, un ministro de la Palabra o un maestro, y prestamos demasiada atención al profeta, pero descuidamos el sacerdocio y el reinado.
El sacerdocio y el reinado constituyen la herencia que nos corresponde como hijos, nuestra primogenitura. Si la disfrutamos y la ejercemos, no se necesitará el ministerio profético. El problema es que tenemos el entendimiento doctrinal de que nacimos siendo sacerdotes y reyes, pero no sabemos cómo ejercer esta primogenitura. La única manera de ejercer el sacerdocio y el reinado es conocer lo que es la encarnación. Debemos mezclarnos con el Señor y abrir nuestro ser a El continuamente. Entonces seremos llenos de El.
El centro de la Nueva Jerusalén es el trono de Dios, el cual es el reinado, la autoridad, la soberanía y el señorío; y de dicho trono fluye el río, que es el sacerdocio. El trono nos muestra el reinado y su autoridad, y el río es el sacerdocio y su comunión. Cuando abrimos nuestro ser al Señor, El puede inundarnos consigo mismo a fin de fluir a otros. Entonces estamos en la comunión del sacerdocio, y el fluir de esta comunión trae consigo la autoridad del trono. La Nueva Jerusalén en su totalidad está bajo el trono y bajo el fluir de agua viva, lo cual indica que el edificio de Dios está bajo el sacerdocio y el reinado.
La mayoría de los cristianos dedica toda su atención a los ministros, los predicadores y los maestros, que son los profetas, pero muy pocos se ocupan del edificio de Dios; casi todos se limitan a dar mensajes acerca de la redención y a establecer normas de conducta; en consecuencia, es imposible que el Señor obtenga Su edificio. A esto se debe que en la actualidad el Señor está recobrando la vida de iglesia. Su recobro es sencillamente la restauración de Su edificación.
Debemos saber que nuestra necesidad principal no es tener profetas, sino asumir nuestro oficio de sacerdotes y de reyes, lo cual constituye nuestra primogenitura. Nacimos en la casa de Dios como sacerdotes y reyes y ahora, por Su gracia, debemos tener el valor de adoptar esta posición. No basta con declarar estas palabras; debemos, además, abrir nuestro ser al Señor para que El nos posea y nos llene de El a fin de que fluya en nosotros y llegue a otros. Entonces tendremos el fluir del sacerdocio, en el cual se encuentra la autoridad del reinado.
Con esta actitud asistimos a las reuniones; simplemente, nos conducimos como sacerdotes y reyes; no venimos a enseñar, sino a abrir nuestro ser al Señor a fin de que El fluya de nosotros a los demás. Simplemente abrimos nuestro espíritu al Señor mediante nuestras oraciones o alabanzas. Una vez que el Señor tenga un canal en nosotros, el fluir que sale de nosotros y entra a otros será tan prevaleciente que toda la reunión será un fluir de agua viva. No habrá una enseñanza a modo de ejercicio intelectual; sólo tendremos el fluir que resulta del ejercicio del espíritu.
En el típico culto de los cristianos, el ministro da un sermón utilizando su mente, y los oyentes usan sus mentes para escuchar. Casi nadie ejercita su espíritu, y por eso no hay fluir. Aquello no pasa de ser enseñanzas y religión; no está presente el fluir de la vida divina. A eso se debe que no haya alimento ni edificación. Por esta razón, no hacemos mucho énfasis en los profetas. Si todos asumimos nuestra posición de sacerdotes y reyes, yo sería simplemente un sacerdote y rey más. El ministerio profético se necesita únicamente cuando el sacerdocio es muy débil y el reinado desaparece, lo cual es una situación anormal. Anhelo el tiempo cuando no haya mucha enseñanza ni instrucción; cuando sólo corra la vida divina por todos los miembros; eso edificará la iglesia.
El tabernáculo no lo edificaron los profetas, sino los sacerdotes y la autoridad. Moisés representaba la autoridad del reinado, y en ese entonces Aarón era el sumo sacerdote. También así se edificó el templo: había un sacerdocio con el rey Salomón. Y el que hizo los preparativos y proveyó los materiales para la edificación del templo fue David, quién estaba en el sacerdocio y el reinado.
Cuando el templo fue restaurado, también estaban el gobernador de Judá, que tenía la autoridad y el reinado, y Josué, el Sumo sacerdote. Los profetas no edificaron el templo directamente, sino indirectamente ayudando al sacerdocio y al reinado.
Lo mismo ocurrió en Esdras y Nehemías, los dos libros que hablan de la restauración: Esdras era sacerdote, y Nehemías tenía el reinado por ser el gobernador que tenía la autoridad. No se habla en ningún libro exclusivamente de los profetas, pero sí hay muchos en los que el ministerio profético ayuda al reinado y al sacerdocio. De hecho, el ministerio profético no es necesario en la edificación de la iglesia, siempre y cuando el sacerdocio y el reinado se mantengan debidamente.
Debemos abrir nuestro ser al Señor y permitirle que fluya a nosotros y nos transforme. Entonces tendremos autoridad, estaremos en el debido orden y habrá en las reuniones el fluir de vida y de la autoridad.
En el cristianismo actual no hay comunión, pero sí hay mucha confusión, lo cual es anormal. La vida normal de iglesia tiene la comunión del sacerdocio y el orden del reinado. Cuando permanecemos en este fluir de comunión, todos estamos bajo la autoridad de la Cabeza. Observemos nuestro cuerpo físico: el brazo está sujeto al hombro, la mano al brazo y los dedos a la mano. A fin de ser edificados conjuntamente, todos los miembros deben estar sometidos a la Cabeza. De este modo, no habrá confusión y todo estará en orden en la comunión del fluir de vida.
Quisiera que muchos creyentes comprendieran el verdadero significado del sacerdocio y el reinado, de suerte que no dependieran de un pastor ni de un maestro. Si el Señor les envía a alguien que les ayude, lo agradecen pero no dependen de esa persona, debido a que ejercitan y disfrutan de su función como sacerdotes y reyes.
Tanto en el Nuevo Testamento como en el Antiguo, este doble ministerio es necesario en el edificio de Dios. En 1 Pedro 2:5 y 9 dice que este sacerdocio es santo y real, es decir, los sacerdotes son reyes. Conocen la comunión y la autoridad, lo cual significa que conocen la vida divina y que el Señor es la Cabeza. Debemos dejar que esta vida fluya en nosotros y estar bajo la autoridad del Señor.
La iglesia no es una democracia ni una autocracia, sino un reinado. Cada vez que yo hable con un hermano, debo estar bajo la autoridad del Señor; no tengo la libertad de decirle nada aparte del Señor. Esto significa que estoy bajo el control de la Cabeza del Cuerpo y no bajo el control de un hombre. Si estamos sujetos de esta manera, también tendremos autoridad. No tenemos que ejercer autoridad sobre otros; ellos percibirán la autoridad que hay en nosotros porque estamos sujetos a la autoridad de la Cabeza.
Supongamos que un hermano es muy descuidado con relación a la autoridad y hable sin ninguna restricción y critique a los hermanos. El será como el aire, que no tiene nada de peso. Cuanto más critique, menos autoridad tendrá. En el caso contrario, si un hermano está bajo la autoridad del Señor, su boca, sus pensamientos, su mente, su corazón y toda su labor estará bajo el control de la Cabeza. Cuanto más viva él de esta manera, más sentirán otros el peso y la autoridad que tiene. Este es el verdadero reinado. La autoridad de la iglesia no proviene de la organización que tenga ni de la votación de los miembros, sino de su sujeción a la autoridad del Señor.
Todos los hijos de Dios debemos estar conscientes de que somos sacerdotes y reyes y que, por ende, en Su gracia, debemos asumir nuestra posición ejercitando nuestro espíritu a fin de poner en práctica el sacerdocio y estar sujetos a la Cabeza. Entonces con la comunión en vida y la autoridad del Señor se edificará la iglesia.
La necesidad actual es poner en práctica el sacerdocio y el reinado en la vida de iglesia. Esto significa que cada hermano y hermana debe conocer la vida interior y ejercitar su espíritu, hasta ser fortalecido interiormente a fin de tener el debido crecimiento en la vida divina. Y, como vimos, la vida siempre trae la autoridad.
No decimos que no se necesite el ministerio de los profetas, sino que debemos reconocer que su ministerio tiene como fin fortalecer el sacerdocio y el reinado. La tragedia del cristianismo actual es que el pueblo piensa que los profetas lo son todo y que es lo único que ellos necesitan. Los cristianos tienen la idea de que los profetas tienen como fin desarrollar su propio ministerio. Pero tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, se nos muestra claramente que para la edificación no se necesitan los profetas directamente, pero sí el sacerdocio y el reinado. En algunas ocasiones, cuando el sacerdocio y el reinado necesitan ser fortalecidos, se hace necesario el ministerio de los profetas para que alienten a los santos.
El Señor ha recobrado el ministerio profético en estos 500 años, pero ¿con qué propósito? Ahora vemos claramente que los profetas tienen como fin la edificación del Cuerpo, aunque lo edifican indirectamente. Ni siquiera los apóstoles, los profetas, los evangelistas, los pastores y los maestros que se mencionan en Efesios 4:11 edifican el Cuerpo directamente. Ellos simplemente perfeccionan a los santos, los miembros del Cuerpo, y luego éstos edifican el Cuerpo directamente, como se ven en Efesios 4:16.
Hoy el Señor está recobrando la edificación del Cuerpo, lo cual requiere que sean restaurados el sacerdocio y el reinado. Aunque todavía debe existir el ministerio profético, debemos tener presente que su fin es fortalecer el sacerdocio y el reinado. Esto significa que los profetas no sólo enseñan impartiendo conocimiento a los santos, sino que su verdadera función es ministrarles vida y ayudarles a crecer. La edificación del Cuerpo mediante las experiencias prácticas de la vida de iglesia proviene principalmente de la vida interna y no de las enseñanzas ni de los dones.
Por lo tanto, lo que necesitamos hoy es la experiencia genuina de la vida interior para que el sacerdocio y la autoridad del reinado sean una realidad, a fin de que las iglesias del Señor en la tierra sean edificadas.
Sacerdotes santos piedras vivas son Para la obra de edificación de hoy; Para ser edificados, Todos ellos deben de aprender a orar.
CORO:
Con frecuencia al Santísimo venid, En el espíritu el trono tocad, Que el Señor fluya en la oración dejad La edificación realizar.
Todos los santos, para ser piedras vivas Como sacerdotes tienen que servir. Si cada uno de ellos funcionare Veremos el servicio sacerdotal.
La substancia de los sacerdotes está Repleta de la obra de edificación; Cuando su obra sacerdotal descarguen La morada de Dios se terminará.
A Dios y el hombre en uno edificar Es la obra de ellos delante del Señor. Y en esta divina comunión Los santos se edifican en unanimidad.
Nuestros espíritus al mezclar en oración, Somos juntamente edificados; Entonces, el sacerdocio seremos, Ofreciéndote sacrificios a Ti.
Concédenos la gracia, oh Señor, Para el llamado sacerdotal atesorar, En el espíritu servirte y orar Para, tu iglesia así edificar.
(Himno #849 de Hymns)