“Porque todo sumo sacerdote, tomado de entre los hombres, es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados; y puede mostrarse compasivo con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad; y por causa de ella debe ofrecer por los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo. Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. Así tampoco Cristo se glorificó a Sí mismo haciéndose Sumo Sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres Mi Hijo, Yo te he engendrado hoy, como también dice en otro lugar: Tú eres Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec ... Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió al encuentro de Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo, a quien asimismo asignó Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente rey de justicia, y también rey de Salem, esto es, rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre” (He. 5:1-6; 7:1-3).
Estos dos pasajes revelan dos órdenes sacerdotales, el primero es el orden de Aarón, y el segundo, el de Melquisedec. En el orden de Aarón el hombre escoge los sacerdotes, y éstos llevan las necesidades del hombre a Dios. Pero en el orden de Melquisedec, el sacerdote viene de Dios al hombre y le imparte algo de Dios.
Los dos órdenes sacerdotales tienen un tráfico en dos direcciones. En el primer orden, la dirección es del hombre a Dios, y en el segundo, de Dios al hombre. Aun Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote ejerce Su oficio en estas dos direcciones. El es el Sumo Sacerdote según el orden de Aarón y también el Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec. Según el orden de Aarón, como hombre, fue escogido entre los hombres para acercarse a Dios con todas las necesidades del hombre. Y según el orden de Melquisedec, como Hijo de Dios, vino de Dios para impartirnos a Dios y bendecirnos con algo de El.
En Exodo 28:12, 29 leemos: “Y pondrás las dos piedras sobre las hombreras del efod, para piedras memoriales a los hijos de Israel; y Aarón llevará los nombres de ellos delante de Jehová sobre sus dos hombros por memorial ... Y llevará Aarón los nombres de los hijos de Israel en el pectoral del juicio sobre su corazón cuando entre en el santuario, por memorial delante de Jehová continuamente”. Como sumo sacerdote, Aarón llevaba todos los nombres del pueblo de Dios a Su presencia como memorial.
Vemos en Génesis 14:18-20: “Entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino ... y le bendijo, diciendo: Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador del cielo y de la tierra ... y bendito sea el Dios Altísimo que entregó tus enemigos en tu mano. Y le dio Abram los diezmos de todo”. Melquisedec vino de Dios trayendo pan y vino y salió al encuentro de Abraham, quien había peleado la batalla por Dios, y lo bendijo con pan y vino. Esto es muy interesante, éstos son los mismos elementos que usamos en la reunión de la mesa del Señor.
En 1 Pedro 2 también encontramos estos dos órdenes sacerdotales. En el versículo 5 vemos el orden de Aarón y en el versículo 9 el de Melquisedec: “Vosotros también, como piedras vivas, sois edificados como casa espiritual hasta ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”. Este es el sacerdocio según el orden aarónico, el cual trae lo humano a Dios.
“Mas vosotros sois un linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable”. El sacerdocio santo, mencionado en el versículo 5, lleva lo humano a Dios, y el sacerdocio real, descrito en el versículo 9, trae algo de Dios para declararlo y mostrarlo al hombre.
El sacerdocio se compone de la naturaleza humana y la divina. El sacerdocio se ejerce sobre la base de la encarnación, que se compone de la naturaleza divina mezclada con la humana. Un sacerdote debe ser una persona mezclada con Dios. Este es el Renuevo que vimos en el capítulo anterior. Para que la naturaleza humana se mezcle con la vida divina, debe ser santa. Originalmente, era común y mundana, pero como debe mezclarse con la naturaleza divina para ser el sacerdocio, tiene que ser santificada. La palabra santo, en el griego significa ser apartado para Dios. Para estar en el sacerdocio, debemos apartarnos del mundo y de todo lo común.
Un sacerdote es una persona que sirve al Señor; y a menos que nosotros seamos sacerdotes, no podremos servirle. No debemos pensar que estamos preparados para servirle por haber asistido a algún seminario, alguna universidad o a algún instituto bíblico; eso solamente nos permitirá tener la profesión de sacerdotes, mas no la realidad. Para ser sacerdotes verdaderos, debemos ser santificados, o sea, separados de todo lo de este mundo y de todo lo común.
Ante todo, nuestra conversación debe ser santificada. No debemos hablar como la gente del mundo; nuestras conversaciones deben ser apartadas de todo lo común; asimismo nuestros pensamientos, nuestros conceptos e ideas, lo mismo que nuestra manera de pensar; de lo contrario, nuestro sacerdocio habrá llegado a su fin. Y no solamente nuestra manera de hablar, pensar y actuar debe ser apartada, sino aun la manera en que gastamos nuestro dinero. Muchos hermanos y hermanas dicen que quisieran ser sacerdotes y servir al Señor, pero gastan su dinero de tal modo que quedan excluidos del sacerdocio. Un sacerdote debe estar santificado hasta en la manera de gastar el dinero.
Muchas veces, al visitar a un hermano o una hermana, me ha afligido al ver que su hogar no está santificado, o sea, es mundano y no se ve nada de separación. En el siglo diecinueve, hubo dos hermanos de apellido Gordon: A. J. y S. D. Uno de ellos, que servía al Señor desde joven, se compró una casa, se mudó allí y la amuebló por completo. Luego le pidió a su padre que viniera a ver su casa nueva. Después de que su padre la vio, el joven le preguntó qué pensaba de ella, y su padre le dijo que todo se veía muy bien, pero que tenía una pregunta: “Si un extraño viniese a su casa, ¿sabrá si la casa es de un hijo del diablo o de un hijo de Dios?” Con esto le dio a entender que su casa no era separada y que era común, mundana y sin santidad, igual que la de cualquier persona del mundo.
Algunas veces la manera de vestirse de algunos hermanos y hermanas hace que otros duden o se pregunten: “¿Son estas personas creyentes o gente del mundo?” Debemos separarnos de las modas de este siglo, o nunca tendremos el sacerdocio, pues éste requiere separación y santidad.
Como sacerdotes debemos acudir al Señor continuamente trayendo nuestras necesidades y las de los demás. Según Hebreos 5, aún el sumo sacerdote tenía necesidades y debilidades, lo cual le permitía mostrarse compasivo. Puesto que todos somos humanos, podemos comprender las necesidades y debilidades de los hombres. Los que estamos en el sacerdocio, debemos acercarnos al Señor continuamente trayendo con nosotros estas necesidades.
Sin embargo, para tener contacto con el Señor en Su presencia, es necesario que estemos separados. Cualquier cosa común impedirá nuestra comunión con El y será un velo que nos cubra y aparte de Su presencia. Para permanecer en la presencia del Señor con todas las necesidades humanas, debemos estar apartados y no tener nada común que nos cubra ni nos separe de Su presencia, es decir, estar sin velos. Me gusta un himno que dice: “Nada entre Tú y yo, mi Señor”. Si deseamos relacionarnos con el Señor, no debe haber ninguna barrera entre El y nosotros, ya que de lo contrario, ésta será un velo que debe ser rasgado gústenos o no; debemos estar separados de aquello, porque al Señor no le agrada.
Cuando yo era joven, el Señor me disciplinó en muchos detalles. En cierta ocasión yo estaba interesado en un libro cristiano; el Señor me decía interiormente que no lo comprara ya que necesitaba el dinero para otra cosa; pero yo insistí y lo compré. Al llegar a casa no podía comer ni dormir bien, y oré así: “Señor, Tú no eres tan pequeño; eres muy grande. ¿Por qué te preocupa esto tan pequeño?” Me encontraba en tal batalla que no podía orar ni ministrar. A la postre, tuve que devolver el libro. Creo que muchos de nosotros hemos tenido experiencias parecidas. Para tener contacto con el Señor, debemos estar separados y pedirle que nos muestre lo que debemos apartar de nosotros interiormente, aunque, de hecho, ya lo sabemos.
De manera que el primer aspecto del sacerdocio es acercarse al Señor con todas las necesidades de los hombres, como se hacía en el sacerdocio de Aarón. Debemos llevar al hombre con sus necesidades sobre nuestros hombros y en nuestro pecho, lo cual indica que debemos llevarlos con fuerza y amor. Cada vez que el sumo sacerdote entraba a la presencia del Señor, se ponía sus vestiduras sacerdotales incluyendo las hombreras con los nombres de las doce tribus que estaban inscritas en piedras. Las doce piedras preciosas que llevaban los nombres de las doce tribus estaban engastadas en el pectoral, lo cual indica que el sumo sacerdote llevaba el pueblo a la presencia de Dios. Debemos dedicar tiempo para traer todas nuestras necesidades, las de los hermanos y las de toda la iglesia a la presencia del Señor y permanecer allí. En esto consiste el sacerdocio santo.
La naturaleza humana debe ser santa para poder mezclarse con la naturaleza divina, que es la realeza. Si tenemos la naturaleza divina tenemos el reinado, ya que todo lo divino está lleno de realeza. Es fácil tener la realeza si somos santos. Si estamos dispuestos a apartarnos completamente para Dios sin reserva alguna, seremos reales. Cuanto más apartados estemos para Dios, más santos y reales seremos.
Después de permanecer en la presencia del Señor como sacerdotes santos y apartados, salimos de Su presencia trayendo con nosotros algo divino. Venimos al Señor con algo humano, pero salimos de Su presencia con algo divino; salimos como un sacerdocio real. Debemos ser santificados para poder tener realeza. Cuando vamos a los hombres después de haber permanecido en la presencia del Señor, ellos tienen el sentir de que hay algo divino y algo de realeza en nosotros. En esto consiste el sacerdocio real. Ahora tenemos algo de Cristo qué impartirles. El pan y el vino son tipos de Cristo que muestran que El murió por nosotros y dio Su cuerpo y sangre para nuestro disfrute. Dichos elementos tipifican al Cristo redentor que se dio por nosotros.
Para poder llegar a los incrédulos, debemos ser sacerdotes santos y llenos de realeza. Primero debemos entrar a la presencia del Señor con los nombres de todos nuestros amigos incrédulos y presentarle las necesidades de ellos. Cuando hacemos esto, ministramos como sacerdotes santos en la presencia del Señor. Pero muchas veces, cuando venimos al Señor con esas necesidades, primero El nos muestra algo que tenemos que arreglar en nosotros. Si no estamos dispuestos a arreglarlo, perdemos nuestro sacerdocio. Pero si estamos dispuestos a que nos corrija, podremos permanecer en Su presencia como sacerdotes santos por amor a nuestros amigos incrédulos, y después de hacerlo reiteradas veces, el Señor nos guiará de allí a nuestros amigos. Entonces iremos con la naturaleza divina y el reinado divino, no simplemente como seres humanos, sino también como seres divinos; como sacerdotes que imparten algo de Dios. Esto es impartir al Cristo redentor y significa que les traemos el pan y el vino. Lo que ministremos a nuestros amigos incrédulos será algo del pan y el vino, y ello, con el tiempo, salvará a algunos de ellos.
Antes de Pentecostés, Pedro y los ciento veinte oraron diez días en el aposento alto. Durante ese tiempo ellos eran el sacerdocio santo. Por diez días estuvieron absolutamente separados para el Señor y trajeron todas las necesidades de los hombres a la presencia del Señor. Luego, a los diez días, en el día de Pentecostés, salieron de la presencia del Señor y declararon lo que el Señor Jesús había hecho. Eran el sacerdocio real, y la gente los miraba como reyes, no como pescadores. Cuando Pedro estaba de pie hablando, la gente sentía algo de peso, algo divino, celestial y real. El fue un verdadero sacerdote que impartió a Cristo como pan y vino a los necesitados.
Cuando Melquisedec salió al encuentro de Abraham, venía de la presencia de Dios y le ministró algo de Dios, pan y vino, para fortalecerlo. Abraham había estado luchando una larga batalla, se había cansado y necesitaba pan y vino para su sustento. Por lo tanto, Melquisedec vino de Dios y con El para ministrarle pan y vino. Este es el sacerdocio real.
Como sacerdotes, debemos darnos cuenta de que cada vez que entramos en la presencia del Señor con nuestras necesidades y las de otros, somos sacerdotes santos. Por esta razón, debemos apartarnos de todo lo común. Cuando somos rectos y estamos llenos de la gloria del Señor, salimos de Su presencia y vamos a la gente como sacerdotes reales. Entonces ministraremos a Cristo como el Redentor tipificado por el pan y el vino. Tal es el sacerdocio santo y real.
Por causa de la vida de iglesia, todos debemos ser sacerdotes santos en nuestro vivir cotidiano y sacerdotes reales en las reuniones. Día tras día debemos estar en la presencia del Señor y presentarle nuestras necesidades, las de los hermanos y las de los incrédulos. Cada día debemos pasar tiempo en la presencia del Señor como sacerdotes santos, y luego, cuando vayamos a las reuniones, impartiremos algo de Cristo a los necesitados. De esta manera, ejerceremos en la iglesia la función de sacerdotes santos y reales.
El Señor necesita hoy el sacerdocio santo y real. Pero si observamos el cristianismo actual veremos que los creyentes, en su mayoría, no se han separado como sacerdotes santos para Dios y cuando van a las reuniones de sus iglesias no tienen nada de Cristo que impartir como sacerdotes reales. Solamente se sientan en las bancas, están callados y miran al profeta. Aparte de no ser sacerdotes, son laicos que se sientan y esperan oír un buen sermón. Esta es la lamentable condición del cristianismo actual.
No habrá la debida edificación de la iglesia hasta que el sacerdocio sea recobrado. Todos nosotros debemos aprender la lección de ser sacerdotes santos en nuestra vida cotidiana. Debemos ser separados en todo para el Señor, no sólo para entrar nosotros solos, sino para introducir a otros en la presencia del Señor. Así, cuando vayamos a las reuniones, espontáneamente seremos sacerdotes reales que presentan algo de Cristo como pan y vino a los muchos cansados y necesitados. Esto producirá la edificación de la iglesia, y los profetas quedarán “desempleados”, ya que no tendrán nada que hacer. Esta es la única manera de edificar la iglesia.
El Señor Jesús no edifica Su iglesia como Profeta, sino como Sacerdote y Rey. Esto se expresa claramente en el capítulo seis de Zacarías. El tabernáculo, el templo de Salomón y el templo recobrado fueron edificados por el sacerdocio y el reinado.
El mismo principio se aplica a la edificación de la iglesia hoy. Tal vez sea necesario que venga el profeta para que nos anime cuando estemos desalentados; tal como el profeta Hageo fue a animar a Josué, el sumo sacerdote, y a Zorobabel, el gobernador. Pero la edificación no depende directamente de los profetas, sino del sacerdocio y el reinado. Debemos aprender a ser sacerdotes y reyes, a ser el sacerdocio santo y lleno de realeza. Tomemos la responsabilidad de clamar al Señor hasta que veamos a los hermanos y hermanas en cada localidad funcionar como sacerdotes santos en la presencia del Señor y como sacerdotes reales ante el hombre.
La edificación de la iglesia no se produce por la enseñanza sino mediante los dos ordenes del sacerdocio viviente. Debemos orar al Señor específicamente para que en nuestra ciudad y en todo lugar se levante un grupo de creyentes que funcionen como sacerdotes vivientes según el orden de Aarón y según el orden de Melchisedec.