“Ahora, Jericó estaba cerrada, bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie entraba ni salía. Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey con sus varones de guerra. Rodearéis, pues, la ciudad todos los hombres de guerra yendo alrededor de la ciudad una vez. Y esto haréis durante seis días. Y siete sacerdotes llevarán siete bocinas de cuerno de carnero delante del arca; y al séptimo día daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las bocinas. Y cuando toquen prolongadamente con el cuerno de carnero, así que oigáis el sonido de la bocina, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad caerá; entonces subirá el pueblo, cada uno derecho hacia adelante.
“Llamando, pues, Josué hijo de Nun a los sacerdotes, les dijo: Llevad el arca del pacto, y siete sacerdotes lleven bocinas de cuerno de carnero delante del arca de Jehová. Y dijo al pueblo: Pasad, y rodead la ciudad; y los que están armados pasarán delante del arca de Jehová.
“Y así que Josué hubo hablado al pueblo, los siete sacerdotes, llevando las siete bocinas de cuerno de carnero, pasaron delante del arca de Jehová, y tocaron las bocinas; y el arca del pacto de Jehová los seguía. Y los hombres armados iban delante de los sacerdotes que tocaban las bocinas, y la retaguardia iba tras el arca, mientras las bocinas sonaban continuamente. Y Josué mandó al pueblo, diciendo: Vosotros no gritaréis, ni se oirá vuestra voz, ni saldrá palabra de vuestra boca, hasta el día que yo os diga: Gritad; entonces gritaréis. Así que él hizo que el arca de Jehová diera una vuelta alrededor de la ciudad, y volvieron luego al campamento, y allí pasaron la noche. Y Josué se levantó de mañana, y los sacerdotes tomaron el arca de Jehová. Y los siete sacerdotes, llevando las siete bocinas de cuerno de carnero fueron delante del arca de Jehová, andando siempre y tocando las bocinas; y los hombres armados iban delante de ellos, y la retaguardia iba tras el arca de Jehová, mientras las bocinas tocaban continuamente. Así dieron otra vuelta a la ciudad el segundo día, y volvieron al campamento; y de esta manera hicieron durante seis días” (Jos. 6:1-14).
Hallamos lo siguiente en Romanos 15:16: “Para ser ministro de Cristo Jesús a los gentiles, un sacerdote que labora, sacerdote del evangelio de Dios, para que los gentiles sean ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo”. Esto significa que el apóstol Pablo predicaba el evangelio en calidad de sacerdote.
“Y nosotros perseveraremos en la oración y en el ministerio de la palabra” (Hch. 6:4). Los apóstoles primero se daban a la oración, luego a ministrar la Palabra.
Sabemos que Efesios 6 habla de la guerra espiritual. Después de mencionar la armadura de Dios, en el versículo 18 dice: “Con toda oración y petición orando en todo tiempo en el espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y petición por todos los santos”. No hay duda de que éste es un ministerio sacerdotal.
Todo servicio al Señor tiene que ser sacerdotal, sin importar qué clase sea. En el Antiguo Testamento los sacerdotes no eran solamente sacerdotes, sino también el ejército; así que el ejército se componía de sacerdotes, los cuales no sólo se presentan delante de Dios, sino que también pelean la batalla. El ejército del Señor es un ejército sacerdotal. Esto significa que si no somos sacerdotes, no podremos pelear la batalla por el Señor. Tenemos que ser un sacerdocio para pelear la batalla por Dios.
Después de que los hijos de Israel pasaron el Jordán y entraron a la tierra de Canaán, la primera batalla la pelearon los sacerdotes. No se llevó a cabo con armas convencionales, sino con el arca, con la cual vencieron. Además, usaron cuernos de carneros. Ellos eran un ejército peculiar que peleaba batallas con armas peculiares. Todo era peculiar. Esa no es la manera en que nosotros lucharíamos una batalla. Sin embargo, veremos más adelante, que debemos aprender a pelear así. Fundamentalmente, ése ejército era el sacerdocio. No me refiero a la posición de sacerdote, sino de un ejército de sacerdotes, un sacerdocio coordinado bajo el liderato del arca.
En el Nuevo Testamento, vemos que los apóstoles eran sacerdotes. Un apóstol tiene que ser un sacerdote. Si nosotros no sabemos ser sacerdotes, no podemos ser apóstoles. El apóstol Pablo nos dice que servía como sacerdote en la predicación del evangelio. El era un sacerdote que traía los creyentes gentiles a Dios como ofrenda. Hemos leído el libro de Romanos muchas veces, pero, ¿hemos notado que Romanos 15:16 dice que Pablo predicaba el evangelio en calidad de sacerdote? Para ser evangelistas, también tenemos que ser sacerdotes. Si no lo somos, no podremos predicar el evangelio como se debe. El evangelio tiene que ser predicado por evangelistas sacerdotales.
El apóstol Pedro dice que él y otros tuvieron que darse primero a la oración y luego a ministrar la Palabra. Esto quiere decir que para ministrar la Palabra, tenemos que ser sacerdotes y, como tales, primero tenemos que darnos a la oración y pasar tiempo en la presencia del Señor. Este es el ministerio sacerdotal.
Para cualquier servicio, primero tenemos que servir como sacerdotes en la presencia del Señor. Para ser ancianos o diáconos o diaconisas, o simplemente hermanos y hermanas en la iglesia, debemos ser sacerdotes. Asimismo tenemos que desempeñar nuestros papeles de esposos, esposas y padres como sacerdotes. Tenemos que ser sacerdotes en todo.
El ejército tiene que componerse de sacerdotes. Los apóstoles, los evangelistas, los ministros de la Palabra, los ancianos y los diáconos tienen que ser sacerdotes; también deben serlo los hermanos y hermanas, los esposos y esposas, los padres y los hijos. Esto muestra que en el servicio al Señor, primero debemos abrirnos a El y pasar tiempo en Su presencia. Esto le permitirá llenarnos y absorbernos a fin de hacernos uno con El. Entonces, El será nuestro contenido, y nosotros Su expresión. El podrá hablar por medio de nosotros y expresarse desde nuestro interior, ya sea que estemos peleando la batalla, predicando el evangelio, enseñando la Palabra o sirviendo como ancianos o diáconos. Lo que somos será un canal para que el Señor fluya. Este tiene que ser nuestro modo de vivir, de trabajar y de servir.
Hace treinta años, si un hermano me hubiera preguntado cómo debía cumplir su deber como anciano, le habría enseñado lo que debía saber. Le habría dicho: “Hermano, vayamos a la Biblia” y le habría dado una enseñanza. Pero hoy, si alguien me pregunta cómo ser un anciano, le digo: “Sea un sacerdote; practique el sacerdocio. Entonces será un buen anciano”. Cuando era joven, las hermanas también venían a preguntarme cómo debía ser una familia apropiada. También a ellas les daba una enseñanza que se componía de doce puntos. Pero en estos últimos años, solamente les digo que vayan al Señor, que lo toquen a El y que permitan que les toque el corazón. Cuando el Señor las llene, sabrán cómo ser buenas esposas. No es por medio de los doce preceptos, ya que éstos no traen resultados. Solamente una cosa produce resultados: acudir al Señor, abrir nuestro ser a El y permitirle que nos llene consigo mismo. De ese modo, el Señor será nuestro contenido y nuestra realidad, y nosotros seremos Su manifestación: seremos una buena esposa o un buen esposo o un buen anciano o un buen diácono.
No confiemos en nuestros mensajes ni en nuestras enseñanzas ni en nuestro ministerio; solo podemos confiar en el sacerdocio. En 1934 un colaborador se mudó a una ciudad grande del norte de la China. Era una base naval con una población de casi un millón de personas. El era muy pobre y no tenía conocidos en esa ciudad. Pasó tiempos difíciles durante los primeros años; ni una persona se reunía con él. Más adelante, se mudaron allí dos o tres personas de mi ciudad natal, pero la situación era muy difícil. Muchos hermanos le sugirieron a este hermano a que se mudara a otra ciudad, pero él no lo hizo. Poco a poco, algunas personas fueron salvas y creció el número de los que se reunían. En la primavera de 1949 se bautizaron más de setecientas personas en una ocasión. Lo que quiero decir es que aunque ese hermano no ministraba elocuentemente, era torpe y muy lento al hablar, oraba mucho. La obra en aquella ciudad se llevó a cabo por el ministerio sacerdotal.
Básicamente, la iglesia se edifica por el ministerio sacerdotal, no por la enseñanza. Las iglesias locales tienen que ser cuerpos de sacerdotes locales. No necesitamos hablar mucho, pero sí necesitamos el ministerio sacerdotal. Una iglesia local fuerte es la que está llena de personas que oran. Tal vez no sean muy elocuentes ni sepan enseñar muy bien, pero son fuertes en la oración. Sus espíritus son fuertes en la oración porque practican el sacerdocio en su andar diario. Han aprendido a abrir su ser al Señor, a acudir a El para estar en Su presencia. Han aprendido a ser llenos y absorbidos por el Señor. Por eso sus espíritus están tan llenos de vida y son activos. Cuando llegan a las reuniones, nada los puede apagar. Hay algo ardiendo en sus espíritus.
No deben pensar que les estoy animando a que oren y le pidan al Señor que haga algo por nosotros o por la iglesia; no me refiero a eso. La verdadera oración consiste en abrir nuestro ser al Señor. No le pidamos que haga algo, simplemente abrámonos a El y dejemos que nos llene de El. Entonces El nos dará una comisión para que oremos y nos guiará en nuestra oración. Esto concordará con el sentir interno, no con nuestra manera de pensar.
¿Por qué necesitamos orar? Oramos porque no podemos hacer nada. No podemos ser ancianos ni diáconos ni evangelistas. Es por eso que oramos, lo cual significa que ponemos nuestra confianza en el Señor. Otra razón por la cual necesitamos orar es que comprendemos que Dios tiene que hacer algo por medio de nosotros. Es extraordinario que sin nosotros, Dios no puede obrar. Sin nosotros, el Señor no puede predicar el evangelio ni salvar a los pecadores. Aunque nosotros lo necesitamos a El, El nos necesita aún más. La tercera razón por la cual debemos orar es que Dios quiere mezclarse con el hombre. Oramos para abrir nuestro ser a El a fin de que El pueda mezclarse con nosotros. Cuando Dios y el hombre se mezclan mediante la oración sacerdotal, Dios fluye desde el hombre para llevar a cabo Su obra.
Vemos que si deseamos edificar la iglesia, primero debemos comprender que no podemos hacer nada. No podemos edificar la iglesia, pero tenemos que hacerlo. Esto nos hace sentir la urgencia de orar. Ni aun el Señor puede edificar la iglesia si no oramos. La edificación de la iglesia sólo se logra por la mezcla de Dios con el hombre. Es necesario que algunos se ofrezcan al Señor para que El se mezcle con ellos. Entonces será posible que la iglesia sea edificada. Esta edificación no es realizada por el ministerio de la Palabra, sino por el sacerdocio. Sencillamente, tenemos que aprender a practicar el sacerdocio; después veremos el resultado.
Al leer la historia de la iglesia y las biografías de muchas personas espirituales, encontramos el mismo principio. Lo importante no es trabajar ni ministrar, sino practicar el sacerdocio. Necesitamos el ministerio sacerdotal. Por supuesto, se necesitan personas que trabajen en el atrio, pero tenemos que saber que todas las actividades que se llevan a cabo allí, tienen que estar bajo la dirección de los que están en el Lugar Santo o en el Lugar Santísimo. Todas las actividades externas tienen que estar bajo la dirección del sacerdocio interior. Hoy necesitamos el ministerio sacerdotal.
Tengo que repetir nuevamente que para pelear la batalla o ser el ejército de Efesios 6, necesitamos el sacerdocio. Tenemos que ofrecernos al Señor para que El pueda tomarnos, llenarnos y hacernos uno con El. Entonces, en esta mezcla, el Señor se moverá en lo profundo de nuestro ser y expresará algo. Esto es el sacerdocio, y es básico y necesario para cualquier ministerio. Sin esto, cualquier enseñanza, mensaje o don que tengamos no será productivo. La historia lo ha demostrado. Todas estas cosas se han probado en los siglos pasados. Se han intentado enseñanzas, cambios, mensajes, dones y muchas prácticas, pero nada de eso produjo los resultados que se necesitan.
No importa el método que usemos, si no estamos en la vida del Espíritu, estaremos en muerte. Una vez un hermano me dijo que hacía dieciséis o diecisiete años había aprendido de los Hermanos Británicos la manera de tener una reunión, la cual consistía en disponer las sillas en círculo en vez de ponerlas mirando hacia el púlpito. Entonces reorganizaron las sillas, pero descubrieron que tenían más muerte. Después de un tiempo decidieron volver a la distribución antigua. Así que, si no estamos en la vida del Espíritu, cuantas más direcciones tengamos, más muerte tendremos. Si arreglamos las sillas en una dirección, tendremos una dirección de muerte. Si arreglamos las sillas en cuatro direcciones, tendremos cuatro direcciones de muerte. Cuando uno está muerto, no importa la manera en que se organice, seguirá muerto. Cuando estoy vivo, no importa cómo esté sentado, sigo vivo. Lo que cuenta no es la manera de hacer las cosas, ni el mensaje, ni los dones, sino la vida, el Espíritu y el sacerdocio.
Hay demasiadas enseñanzas en la cristiandad de hoy; y todos los métodos ya se han probado. Lo importante no es el método, sino la vida, el Espíritu y el sacerdocio que se ejerce en el Lugar Santísimo. Olvidémosnos del método, entremos en la presencia de Dios y dejemos que nos llene.
Debemos comprender que lo importante es la vida en el Espíritu. Cuando era joven, discutía por muchas razones, arguyendo que eran bíblicas. Pero hoy veo lo insensato que es discutir de esa manera. Lo que cuenta es la vida en el Espíritu. Tenemos que estar en la presencia del Señor y abrir nuestro ser para que El nos llene.
La única manera de obrar es permanecer en la presencia del Señor. Por esto es difícil encontrar un método en el Nuevo Testamento. ¿Cuál es la mejor manera de predicar el evangelio? Nadie lo sabe. ¿Cuál es la mejor manera de llevar a cabo una reunión? Tampoco se sabe. Si me preguntan cuál es el mejor método, tendría que decirles que no sé. En la Biblia no se halla una manera de ministrar la Palabra ni de hacer la obra del Señor. Es por eso que el Nuevo Testamento es la impartición del Espíritu. Cualquier método que use tiene que efectuarse en el espíritu. Todo tiene que ser hecho en el espíritu. Dondequiera que he ido en los últimos años no presto atención a la manera en que se hacen las cosas. No importa la forma en que las personas se reúnan o sirvan al Señor; eso no tiene importancia. El problema verdadero radica en si tenemos la presencia del Señor y la vida en el espíritu.
Que el Señor tenga misericordia de nosotros para que seamos librados de lo que no sea el sacerdocio. Debemos aprender a permanecer en la presencia del Señor. Entonces saldremos de allí con el pan y el vino para ministrar a las necesidades de la gente. Esto es lo que necesitamos. Si somos un ejército, tenemos que ser un ejército sacerdotal. Si somos apóstoles, tenemos que ser sacerdotes. No importa qué clase de personas seamos ni qué función tengamos, tenemos que ser sacerdotes. Entonces el Señor podrá seguir adelante y obrar por medio de nosotros para cumplir Su propósito.
Sería necio repetir la tragedia de la historia. Desde que comenzó el recobro del Señor, hace quinientos años, hasta ahora, no se ha recobrado totalmente el sacerdocio. La Asamblea de los Hermanos vieron el sacerdocio universal, o sea que todos los creyentes deberían funcionar. Pero eso no trajo resultado, porque no se puede esperar que los muertos funcionen, ni que los que están vacíos ministren a Cristo. El sacerdocio no es simplemente universal, sino que es viviente, divino y permanece en la presencia del Señor. Creemos que el Señor tiene que recobrar este sacerdocio santo y real, no el universal, en estos días finales.
Debemos ser traídos a la realidad de tener contacto con el Señor y ser llenos de El. Entonces estaremos vivos y activos en el espíritu para ministrar algo del Señor. Este es el sacerdocio que el Señor va a recobrar en forma corporativa. El sacerdocio no es algo individual, sino corporativo. Es un cuerpo de sacerdotes que trabajan, coordinan y funcionan juntos y en armonía. Tengo la certeza de que el Señor va a recobrar este sacerdocio en estos días finales.