Mostrar cabecera
Ocultar сabecera
+
!
NT
-
Navega rápidamente por los libros de vida del Nuevo Testamento
AT
-
Navega rápidamente por los libros de vida del Antiguo Testamento
С
-
Mensajes del libro «Sacerdocio, El»
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17 18
Чтения
Marcadores
Mis lecturas

PARTE DOS

LA RELACION ENTRE CRISTO Y EL SACERDOCIO

CAPITULO OCHO

LAS EXPERIENCIAS DE LOS SACERDOTES

  ¿Qué relación existe entre Cristo y el sacerdocio? Al hablar de Cristo, nos referimos al Cristo que lo es todo, quién es la corporificación del Dios Triuno y es tanto nuestro Salvador como nuestra vida. El lo es todo para nosotros. El sacerdocio está estrechamente relacionado con este Cristo.

  La tipología revelada en el Antiguo Testamento manifiesta claramente cómo Cristo y el sacerdocio están relacionados. Brevemente, se pueden clasificar en varias categorías.

EXPERIMENTAN A CRISTO COMO LAS OFRENDAS

  Toda la obra, el ministerio y la comisión del sacerdocio están en Cristo. El mismo es el ministerio de los sacerdotes, por lo cual ellos se ocupan de Cristo y de nada más. En primer lugar, los sacerdotes se encargan de presentar las ofrendas (Lv. 6:8—7:34), las cuales tipifican los varios aspectos de lo que Cristo es para nosotros. Desde la perspectiva de la experiencia, la primera ofrenda es la ofrenda por la transgresión; la segunda, la ofrenda por el pecado; la tercera, la ofrenda de paz; la cuarta, la ofrenda de harina; y la quinta, el holocausto. Algunas partes de estas ofrendas son mecidas y otras son elevadas (Lv. 7:29-34). Las ofrendas están al cuidado del sacerdocio. Por lo tanto, para participar del sacerdocio hoy es menester experimentar a Cristo como todas estas ofrendas, y solamente cuando lo hacemos podremos ministrarlas a los demás.

  Primeramente, debemos de experimentar a Cristo como la ofrenda por la transgresión. Somos personas pecaminosas y cometemos muchas transgresiones ante el Señor. ¿Cómo puede Dios perdonar todos nuestros pecados? Unicamente por la muerte de Cristo en la cruz, como nuestra ofrenda por las transgresiones. Esta es la historia de nuestra salvación: cuando confiamos en Cristo por primera vez, nos enteramos de que éramos pecaminosos y habíamos cometido muchos delitos; entonces, cuando los confesamos al Señor, nos dimos cuenta de que Cristo llevó a la cruz todas nuestras transgresiones ante Dios; El es nuestra ofrenda por la transgresión.

  Poco después de ser salvos, descubrimos que el problema no es simplemente el hecho de haber pecado, sino que tenemos la naturaleza del pecado en nosotros. El Pecado (con mayúscula) está dentro de nosotros; no solamente cometemos actos pecaminosos, sino que interiormente contenemos la naturaleza pecaminosa. Sabíamos que Cristo murió en la cruz para quitar todos los actos pecaminosos que cometimos ante Dios, pero ahora descubrimos la naturaleza pecaminosa que yace en nosotros, a la cual se refiere Romanos 7 como “el pecado que mora en mí”. El Señor nos revela que por Su muerte en la cruz no sólo quitó nuestros pecados, sino que también anuló nuestro Pecado. Esto indica que El es nuestra ofrenda no sólo por las transgresiones sino también por el pecado. Las transgresiones son externas, mas el Pecado es algo interno. Por lo tanto, necesitamos aprender a experimentar a Cristo no sólo como nuestra ofrenda por las transgresiones, sino también como nuestra ofrenda por el pecado.

  Después de experimentar a Cristo como estas dos ofrendas, le disfrutamos como la ofrenda de paz. La paz siempre depende de lo que hagamos con nuestras transgresiones y con el Pecado. Si aún tenemos transgresiones que no han sido perdonadas y quitadas, no podemos tener paz interiormente. Además, si no anulamos el Pecado que vive en nosotros, tampoco podremos disfrutar dicha paz. Después de que las transgresiones y el Pecado hayan sido juzgados por Cristo, lo podremos disfrutar a El como nuestra ofrenda de paz.

  Después de experimentar a Cristo como nuestra ofrenda de paz, nos daremos cuenta que El también es nuestra ofrenda de harina, lo cual indica que Cristo es nuestra comida y nuestra satisfacción constante.

  Después de la ofrenda de harina, sigue el holocausto, el cual es comida para Dios. Cristo no es solamente nuestra satisfacción, sino también la de Dios; El es tanto nuestra comida como la de Dios.

  Para experimentar todas estas ofrendas necesitamos mucho tiempo; digo esto especialmente a los creyentes jóvenes, ya que un gran número de ellos hoy en día no saben mucho de Cristo. ¿Ha experimentado usted a Cristo como su ofrenda por las transgresiones? No hay duda de que sí, pero ¿ha experimentado a Cristo como la segunda ofrenda, la ofrenda por el pecado? Son pocos los que lo han hecho. Tal vez algunos cristianos lo hayan experimentado como la ofrenda de la paz, pero ¿lo han experimentado como ofrenda de harina? Son muchos los que carecen de todas estas experiencias. No lo han experimentado como su comida diaria, según se muestra en la ofrenda de harina. Cristo es nuestra comida, y debemos aprender a disfrutarlo como nuestra satisfacción. Poco a poco descubriremos que El no sólo es nuestra comida, sino también la de Dios, y lo satisface porque es el holocausto.

  Creo que algunos hermanos y hermanas han comprendido que sus pecados fueron perdonados, por lo cual agradecen mucho al Señor en Su mesa. Otros tienen una comprensión más profunda y se dan cuenta de que el Señor, por la crucifixión, anuló su naturaleza pecaminosa. Se sienten liberados del Pecado; experimentan Romanos 8, donde dice que ninguna condenación hay para ellos, porque la ley del Espíritu de vida en Cristo los ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Cristo ya anuló su naturaleza pecaminosa; así que, por la muerte de Cristo, ellos pueden ser libres del Pecado que mora en su cuerpo.

  En la mesa del Señor, yo creo que algunos hermanos y hermanas también han disfrutado a Cristo como su ofrenda de paz. ¡Qué maravillosa paz interior! Y quizá otros hayan tenido el sentir de satisfacción de que el Señor es su alimento en la ofrenda de harina. Otros se dan cuenta de que el Señor no sólo es su satisfacción sino también la de Dios. Cristo es la ofrenda de harina para ellos y el holocausto para Dios.

  Al experimentar todas las ofrendas estaremos en el sacerdocio verdadero. ¡Cristo es muchas cosas para nosotros! El es la ofrenda por las transgresiones, que quita nuestros actos pecaminosos; es la ofrenda por el pecado, que anula nuestra naturaleza pecaminosa; luego se convierte en nuestra paz y satisfacción como también la satisfacción de Dios.

  Además debemos aprender a experimentar a Cristo como las ofrendas mecidas y las ofrendas elevadas. Primero debemos experimentarlo como el Cristo resucitado, o sea, la ofrenda mecida. ¡El está lleno de vida! Ya que resucitó, debemos conocer el poder de Su resurrección, y conocer al que está lleno de vida y se mece en nosotros continuamente. Ningún cristiano debe estar callado; todos debemos ser avivados. Si conocemos al Cristo resucitado y viviente, no podemos estar quietos, ni callados. Nos mecemos porque estamos llenos de energía; no acudimos en silencio a las reuniones. Si venimos callados, es porque estamos un poco muertos. Sin embargo, Aquel que está en nosotros nunca puede estar muerto, sino que está lleno de vida. Cuando Cristo regresó a hablarles a las iglesias en el libro de Apocalipsis, les dijo: “Yo soy ... el Viviente ... he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Ap. 1:17-18). La iglesia no debe estar muerta, ni adormecida; debe mecerse y ser viviente siempre. Necesitamos aprender a disfrutar al Cristo que se mece, ya que El es nuestra ofrenda mecida.

  Cristo también es nuestra ofrenda elevada. El no es sólo el Cristo resucitado, sino también el Cristo ascendido que lo transciende todo. El ascendió a los cielos y está por encima de todo. Muchas veces diferentes hermanas y hermanos me han dicho: “¡Hermano, me rindo; ya no puedo más!” Se hallan deprimidos. Si éste es nuestro caso, no podremos ministrar a Cristo como la ofrenda elevada. Debemos experimentarlo como el Cristo ascendido, ¡El transciende a todo; por eso, nada lo puede oprimir, deprimir ni suprimir!

  Necesitamos experimentar los varios aspectos de Cristo para ejercer el sacerdocio y poder ayudar a otros a tener las mismas experiencias. Como el sacerdocio verdadero, primero debemos experimentar todas las ofrendas, a fin de ayudar a otros a comprender que Cristo es su ofrenda por la transgresión y su ofrenda por el pecado, como también su paz, su comida y satisfacción. Ellos deben ver que El es no sólo su satisfacción, sino también la de Dios. Además, necesitan ayuda para comprender que el Cristo resucitado es su ofrenda mecida, y que el Cristo ascendido es su ofrenda elevada.

  Cuando el apóstol Pablo fue encarcelado, experimentó la ofrenda mecida y la ofrenda elevada. El hecho de que estuviera en la cárcel no significaba que todo hubiera acabado para él; no, él estaba muy lleno de energía, y se mecía porque tenía al Cristo viviente como su ofrenda mecida en su interior. Aunque Pablo había tratado de dormir, no pudo, porque Aquel que se mecía dentro de él no se lo permitió; así que cantó himnos. No estaba en la cárcel, sino en los lugares celestiales, en el Lugar Santísimo. El estaba por encima de todo aquello debido a que experimentó a Cristo como la ofrenda elevada.

  A veces nuestro hogar se convierte en una cárcel para nosotros. Si es así, queda en evidencia que no sabemos experimentar a Cristo como nuestra ofrenda elevada.

  En mi experiencia, muchas veces las circunstancias alrededor son como una muralla gruesa que no tiene entradas ni ventanas. Pero he podido decir: “Señor, todo esto que me rodea es como muchos muros, pero, ¡Aleluya! tengo una ventana arriba; estoy en el arca, y la ventana está abierta hacia el cielo” [se refiere al arca de Noé en Génesis 6:16].

  Debemos aprender a experimentar a Cristo como nuestra ofrenda elevada. Solamente al disfrutar de estas ofrendas llegamos a ser el verdadero sacerdocio. Tengamos presente que las ofrendas se hacen en el atrio. Podríamos decir que son buenas, profundas y espirituales, pero aún están en el atrio, en el altar de bronce y no dentro del tabernáculo mismo. Estas ofrendas son experiencias externas; son superficiales y no muy profundas. Al comprender esto, vemos la pobreza de muchos cristianos. La mayoría ni siquiera ha tenido éstas experiencias, y si las ha tenido, aún permanece en el atrio.

EXPERIMENTAN A CRISTO COMO LOS PANES DE LA PROPOSICION

  “Y tomarás flor de harina, y cocerás de ella doce tortas; cada torta será de dos décimas de efa. Y las pondrás en dos hileras, seis en cada hilera, sobre la mesa limpia delante de Jehová. Pondrás también sobre cada hilera incienso puro, y será para el pan como perfume, ofrenda encendida a Jehová. Cada día de reposo lo pondrá continuamente en orden delante de Jehová, en nombre de los hijos de Israel, como pacto perpetuo” (Lv. 24:5-8). “Y pondrás sobre la mesa el pan de la proposición delante de mí continuamente” (Ex. 25:30).

  Después de encargarse de las ofrendas, los sacerdotes debían poner el pan de la proposición en el Lugar Santo. Cristo no sólo es nuestra vida interna sino también nuestro suministro de vida. El es el pan de vida; de manera que debemos experimentarlo como nuestro suministro de vida. Esto es poner a Cristo sobre la mesa como pan de la proposición. Al experimentarlo como nuestro suministro de vida interior, somos capacitados para ponerlo delante de Dios y de los demás; cuando asistimos a las reuniones o nos relacionamos con personas de otros lugares, podremos presentarles a Cristo como la vida interior. En vez de ser superficiales o emocionales, debemos profundizarnos en el Señor. Cristo está en nosotros, pero necesitamos experimentarlo; El mora en nosotros y está escondido en nosotros como nuestro suministro de vida. Este Suministrador debe ser presentado no sólo para ser la satisfacción de otros, sino también la de Dios.

  Si alguien preguntase: “¿Cuál es la experiencia genuina del Cristo que mora en nosotros?” Permítanme darles una explicación que tal vez ayude. Supongamos que uno tiene problemas; si ora al Señor sólo pidiéndole que se los resuelva, entonces es un cristiano externo, o sea, un cristiano del atrio. El Señor está dispuesto a escuchar esta oración, si la hace un recién convertido. Es posible que después de orar así, el Señor le quite los problemas, por lo cual clamará: “¡Aleluya, alabado sea el Señor!”. Pero uno todavía está en el atrio.

  Sin embargo, llegará el tiempo en que estaremos en una situación en la que cuanto más le pidamos al Señor que nos quite los problemas, más tendremos. Entonces pensaremos que sería mejor no orar, porque no importa lo que pidamos, el problema aumenta. Esta experiencia nos obliga a entrar en el Lugar Santo a fin de resolver el problema interiormente. Esto nos forzará a conocer al Señor no sólo como el Cristo ascendido sino también como el Cristo que mora en nosotros.

  ¿Comprendemos por qué tenemos problemas y pruebas? Tal vez me digan: “Hermano, esto no es el evangelio, ya que no son buenas nuevas”. ¡Pero realmente sí son buenas nuevas! Los problemas y las pruebas nos obligan a ser creyentes internos y no superficiales, y nos ayudan a profundizar en el Señor para comprenderlo, no sólo como el Cristo resucitado y ascendido sino también como el Cristo que mora en nosotros. Entonces le experimentaremos a El como la vida interna y el suministro de vida. Descubriremos que nos basta Su gracia (2 Co. 12:9). Cuantos más problemas tengamos externamente, más experiencias internas tendremos de Cristo como el suministro de vida.

EXPERIMENTAN A CRISTO COMO EL CANDELERO

  “Habló Jehová a Moisés, diciendo: Manda a los hijos de Israel que te traigan para el alumbrado aceite puro de olivas machacadas, para hacer arder las lámparas continuamente. Fuera del velo del testimonio, en el tabernáculo de reunión, las dispondrá Aarón desde la tarde hasta la mañana delante de Jehová; es estatuto perpetuo por vuestras generaciones. Sobre el candelero limpio pondrá siempre en orden las lámparas delante de Jehová” (Lv. 24:1-4).

  Cuando ponían el pan de la proposición, los sacerdotes tenían que encender la lámpara. El pan representa la vida, y la lámpara, la luz. Cuando tenemos vida, esta vida es la luz. “En El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn. 1:4). Cuando experimentamos a Cristo como nuestra vida interior, ésta es la luz que resplandece dentro de nosotros. Cuando leamos la Biblia, no usaremos sólo la mente para obtener conocimiento, enseñanzas o doctrinas, sino que interiormente algo nos iluminará; algo resplandecerá como luz de vida. Esta experiencia sacerdotal es más profunda. En el atrio, los sacerdotes se encargan de muchas ofrendas; pero en el Lugar Santo, se encargan de algo más profundo e interno. Todos necesitamos experimentar a Cristo en el Lugar Santo como nuestra vida interior y como nuestra luz interior.

  Cuando leamos la Biblia, no debemos usar mucho nuestra inteligencia para entenderla, porque si es así, se convertirá para nosotros en el árbol del conocimiento. Debemos orarla sin tratar solamente de entenderla; entonces estaremos en el sacerdocio. Debemos abrir nuestro corazón al Señor y permitirle que nos llene, posea y ocupe. Entonces lo que contiene la Biblia resplandecerá interiormente, mas no la Palabra escrita, sino el Cristo vivo. La Palabra escrita brillará dentro de nosotros por medio de la Palabra viva. Entonces tendremos la luz interna, y no simple conocimiento.

  ¿Por qué no debe ir al cine un creyente? ¿Hay algún reglamento que les prohíbe a los creyentes ver películas? No, ésa no es la vida cristiana; es la religión la que tiene reglas y preceptos. Pero cuando experimentamos a Cristo como la luz de la vida, algo dentro de nosotros resplandece y nos controla; éste es un control interior que ilumina y resplandece; y es tipificado por el candelero que estaba en el Lugar Santo. La luz del sol alumbra el atrio, pero el Lugar Santo tiene la luz interior del candelero, el cual es la luz de vida.

EXPERIMENTAN A CRISTO COMO EL INCIENSO

  El sacerdocio también debe quemar el incienso sobre el altar de oro en el Lugar Santo. Al mismo tiempo que se prende la lámpara se debe quemar el incienso; no se pueden hacer estas dos cosas por separado. “Y lo pondrás (el altar del incienso) delante del velo que está junto al arca del testimonio, delante del propiciatorio que está sobre el testimonio, donde me encontraré contigo. Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana cuando aliste las lámparas lo quemará. Y cuando Aarón encienda la lámpara al anochecer, quemará el incienso; rito perpetuo delante de Jehová por vuestras generaciones” (Ex. 30:6-8).

  Si quemamos el incienso, debemos encender el candelero y si encendemos el candelero, debemos quemar el incienso. Esto nos muestra que para recibir luz de la Palabra, debemos orar quemando el incienso; y si lo hacemos, debemos prender la lámpara leyendo la Palabra. El leer y el orar deben mezclarse y unirse; mientras oramos debemos leer, y mientras leemos debemos orar. Leer la Palabra equivale a prender la lámpara, y orar a quemar el incienso.

  ¿Qué es el incienso? Es la dulzura de Cristo, Su dulce fragancia, la cual nos hace aceptos delante de Dios. Cuando experimentamos a Cristo internamente, El llega a ser nuestra vida, suministro y luz interiores y, al mismo tiempo, tenemos una profunda sensación de que la dulce fragancia de Cristo asciende a Dios. La preciosidad de Cristo llega a ser el factor por el cual Dios nos acepta. No es un asunto de mejorar nuestro comportamiento, sino de tener esta dulce fragancia internamente. Cuando experimentamos a Cristo como la vida y la luz internas y lo disfrutamos como nuestro suministro de vida, tenemos una agradable sensación de que Dios nos acepta. Esta es la experiencia de quemar el incienso sobre el altar de oro, que es Cristo como el incienso aromático que asciende a Dios, y es la base para que nos acepte.

EXPERIMENTAN A CRISTO COMO EL ARCA

  “Y habló Josué a los sacerdotes, diciendo: Tomad el arca del pacto, y pasad delante del pueblo. Y ellos tomaron el arca del pacto y fueron delante del pueblo. Entonces Jehová dijo a Josué ... Tú, pues, mandarás a los sacerdotes que llevan el arca del pacto, diciendo: Cuando hayáis entrado hasta el borde del agua del Jordán, pararéis en el Jordán ... Y cuando las plantas de los pies de los sacerdotes que llevan el arca de Jehová, Señor de toda la tierra, se asienten en las aguas del Jordán, las aguas del Jordán se dividirán; porque las aguas que vienen de arriba se detendrán en un montón” (Jos. 3:6, 7, 8, 13).

  Además, el sacerdocio debe encargarse del arca, que es el testimonio de Dios, Cristo mismo. No sólo necesitamos experimentar a Cristo como las ofrendas, la vida y la luz internas, y ser aceptados internamente, sino también como el testimonio de Dios. Los sacerdotes debían cargar el arca, lo cual vemos claramente en el capítulo tres de Josué. Como sacerdotes, debemos experimentar a Cristo como la vida y la luz, como El que nos hace aceptos delante de Dios y, especialmente, llevarlo como el testimonio completo de Dios. Para ser este testimonio viviente del Cristo que lo es todo, quien es el testimonio de Dios, necesitamos experimentar las riquezas de Cristo, las ofrendas, el pan de la proposición, el candelero y el incienso. Estas son las experiencias de los diferentes aspectos de las riquezas de Cristo, y nos conducen a El, como testimonio de Dios.

  No es suficiente experimentar a Cristo como nuestra vida y luz, ni como el que nos hace aceptos ante Dios; sino que debemos experimentarlo como el testimonio total y completo de Dios. El es el testimonio vivo de Dios que lleva el sacerdocio, ya que éste carga y cuida del arca. Si estamos verdaderamente en el sacerdocio, llevaremos a Cristo como el testimonio viviente de Dios, el cual es completo en todos los aspectos. Llevaremos a Cristo, el testimonio completo de Dios.

EXPERIMENTAN A CRISTO COMO EL TABERNACULO

  Hemos visto que el sacerdocio se encarga de cinco cosas: las ofrendas, el pan de la proposición, el candelero, el incienso y el arca. Llegamos ahora al tabernáculo, el cual tipifica al Cristo agrandado para ser la morada de Dios. Después de que nosotros los sacerdotes experimentamos ricamente a Cristo, debemos cuidar de toda la iglesia, el Cuerpo de Cristo. La iglesia es el Cristo agrandado, y el Cuerpo es el Cristo aumentado.

  En el capítulo cuatro del libro de Números vemos que los sacerdotes cuidaban del tabernáculo, las tablas, las cubiertas y todos los utensilios que estaban dentro de él cuando acampaban o cuando viajaban. Esto muestra que el sacerdocio tenía que encargarse de la iglesia, o sea, el Cuerpo de Cristo. Todas las experiencias que tenemos de Cristo como las ofrendas, la vida interna y la luz interna, como el que nos hace aceptos ante Dios y como el testimonio de Dios, tienen como fin la iglesia. Cuánto más experimentemos a Cristo en todos estos aspectos, más beneficio traemos al Cuerpo de Cristo, la iglesia. Como sacerdotes de Dios —los que experimentamos a Cristo en todo— debemos cuidar de la iglesia a fin de que el Cuerpo de Cristo llegue a ser morada de Dios en la tierra. Todas las experiencias que tengamos de Cristo finalmente beneficiarán a la iglesia, el Cuerpo de Cristo. Lo que participemos de Cristo, en Sus muchos aspectos como nuestra vida, redunda en bien de la vida de iglesia, la cual proviene de nuestras experiencias de Cristo como nuestra vida interna. Esto es todo lo que el sacerdocio debe tener y de lo que se debe ocupar. Nosotros, por lo tanto, debemos pedirle al Señor que nos lleve a todas estas experiencias a fin de que sean nuestra realidad.

Biblia aplicación de android
Reproducir audio
Búsqueda del alfabeto
Rellena el formulario
Rápida transición
a los libros y capítulos de la Biblia
Haga clic en los enlaces o haga clic en ellos
Los enlaces se pueden ocultar en Configuración