Seguiremos examinando la relación de Cristo con el sacerdocio al ver la vida que llevan los sacerdotes. Ellos debían comer a fin de ser fortalecidos, nutridos y llenos interiormente; y también necesitaban ser vestidos para ser cubiertos exteriormente. La comida y la vestidura son aspectos de la vida sacerdotal y, por supuesto, necesitaban vivienda, lo cual presentaremos en el siguiente capítulo.
Mientras que los hijos de Israel vagaban por el desierto por cuarenta años, día tras día su alimento era el maná. Para el desayuno, almuerzo y cena solamente tenían ¡maná! Pero, ¿se han preguntado qué comían los sacerdotes? ¿También comían el maná día tras día, o algo más?
Leamos primero Levítico 2:3: “Y lo que resta de la ofrenda será de Aarón y de sus hijos; es cosa santísima de las ofrendas que se queman para Jehová”. Los sacerdotes comían parte de la ofrenda de harina.
Ahora leamos Levítico 7:14, 31-34: “Y de toda la ofrenda presentará una parte por ofrenda elevada a Jehová, y será del sacerdote que rociare la sangre de los sacrificios de paz ... Y la grosura la hará arder el sacerdote en el altar, mas el pecho será de Aarón y de sus hijos. Y daréis al sacerdote para ser elevada en ofrenda, la espaldilla derecha de vuestros sacrificios de paz. El que de los hijos de Aarón ofreciere la sangre de los sacrificios de paz, y la grosura, recibirá la espaldilla derecha como porción suya. Porque he tomado de los sacrificios de paz de los hijos de Israel el pecho que se mece y la espaldilla elevada en ofrenda, y lo he dado a Aarón el sacerdote y a sus hijos, como estatuto perpetuo para los hijos de Israel”. Aquí vemos que a los sacerdotes les pertenecía parte de la ofrenda de paz.
Además, Levítico 6:26 dice: “El sacerdote que la ofreciere por el pecado, la comerá; en Lugar Santo será comida, en el atrio del tabernáculo de reunión”. Esta es la ofrenda por la transgresión, de la cual comían los sacerdotes.
Levítico 7:6-7 dice: “Todo varón de entre los sacerdotes la comerá; será comida en Lugar Santo; es cosa muy santa. Como el sacrificio por el pecado, así es el sacrificio por la culpa; una misma ley tendrán; será del sacerdote que hiciere la expiación con ella”. Esta es la ofrenda por las transgresiones y parte de ella era para los sacerdotes.
Levítico 24:9 dice: “Y será de Aarón y de sus hijos, los cuales lo comerán en Lugar Santo; porque es cosa muy santa para él, de las ofrendas encendidas a Jehová, por derecho perpetuo”. Según el contexto del versículo, se refiere al pan de la proposición, el cual les pertenecía a los sacerdotes.
Estos versículos muestran que casi todas las diferentes ofrendas sirvieron como alimento para los sacerdotes. En el capítulo anterior vimos que los sacerdotes principalmente se encargan de las cosas de Cristo. No sólo sirven a Dios o interceden por los demás, sino que también se encargan de los varios aspectos de Cristo: lo manejan y lo ministran a otros. Como un negociante administra su mercancía así los sacerdotes administran a Cristo, al Cristo que lo es todo, que es rico, infinito e inmensurable. Constantemente se ocupan de El y lo ministran a otros.
Ahora vemos que la vida sacerdotal también es Cristo. No sólo manejaban a Cristo, sino que también lo comían para experimentarlo interior y subjetivamente. Lo manejaban no sólo como la mercancía para otros, sino también como su propia alimentación.
Las distintas ofrendas representan varios aspectos de Cristo para nosotros. Fueron destinadas para la subsistencia de los sacerdotes, ya que de lo que ofrecían comían apropiadamente en forma regular, en ciertos lugares y tiempos específicos. Si tuviéramos el tiempo, podríamos ver donde debemos disfrutar la variedad de las riquezas de Cristo. Esto es muy interesante y maravilloso.
En todos mis viajes por diferentes lugares, he notado que los cristianos comen de diferentes maneras, pero ¿cuántos saben cómo comer a Cristo? Hoy en día, descuidan mucho a Cristo y muchos cristianos verdaderos ni siquiera pueden relacionar la palabra “disfrute” con Cristo. Saben cómo creer en Cristo, cómo seguirlo, conocerlo, adorarlo y predicarlo, pero nunca han oído de disfrutarlo al comerlo.
En 1958, en cierta ciudad ministré que debemos comer a Cristo; y después del mensaje un joven vino y me dijo: “Hermano, su mensaje estuvo muy bueno, pero usted usó una palabra salvaje. ¿Cómo pudo decir que debemos comer al Señor Jesús?” Le respondí: “Si mi palabra es salvaje, entonces lo que el Señor dijo en Juan 6:57 también lo es. El dijo: “Como me envió el Padre viviente, y Yo vivo por causa del Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por causa de Mí”. Debemos comerlo. Además dijo: “Yo soy el pan de vida” (Jn. 6:35). El pan es para comerlo.
Aunque no podamos abarcar el significado para nosotros de todas las ofrendas, tomemos como ejemplo los panes de la proposición. Esta era una comida de los sacerdotes, y como hemos visto, representa a Cristo como nuestra vida y nuestro suministro de vida. Para manejar a Cristo como el pan de la proposición y ministrarlo a los demás, primero debemos disfrutarlo y comerlo. Esto significa que debemos experimentarlo como vida y suministro de vida interiormente por medio de comerlo a El.
Son pocos los cristianos que saben cómo alimentarse de El. Todos debemos aprender a alimentarnos de El, a ingerirlo y disfrutarlo como nuestro alimento espiritual. Cuando lo ministramos a otros, también nos alimentamos de El. Cada vez que lo ministro, yo soy el primero en recibir el alimento, y después quedo satisfecho por haberlo compartido con otros.
Otro ejemplo es la ofrenda por las transgresiones, la que en su totalidad era para los sacerdotes, lo cual significa que cuando ministramos a Cristo como el Salvador a los perdidos, no sólo ellos serán salvos, sino que nosotros también, mientras les ministramos, seremos alimentados de El. Al hacerlo disfrutamos a Cristo interiormente; mientras lo ministramos a otros, en cualquier aspecto que sea, somos alimentados y lo disfrutamos.
Unos hermanos me han dicho: “Hermano Lee, no podemos dejar de predicar el evangelio, porque si no lo ministramos a los pecadores, tendremos hambre”. ¡Su comida espiritual es el Cristo que ministran a otros como la ofrenda por la transgresión!
Si somos perezosos y no salimos a alcanzar a otros, seguiremos con hambre; pero, si salimos a ministrarlo como la ofrenda por la transgresión, nos sentiremos muy satisfechos al regresar a casa y tendremos la sensación de estar llenos. Esta es la manera de comer a Cristo. Por el bien de otros, debemos relacionarnos con el Cristo que es la ofrenda por la transgresión. Cuando Cristo llega a ser el Salvador de ellos, El llega a ser comida para nosotros.
¿Cuál es nuestra alimentación? Debe ser Cristo, pero no en forma doctrinal o como una enseñanza, sino Cristo en nuestro ministerio. El Cristo que ministremos a otros como la ofrenda por la transgresión será para ellos el Salvador y para nosotros, comida. En principio, lo mismo ocurre con la ofrenda por el pecado, la ofrenda de paz y la ofrenda de harina, como también en las demás ofrendas. Cuanto más nos relacionemos con Cristo y lo ministremos a otros, más nos alimentaremos de El. No podemos ministrar a otros un Cristo objetivo, sino que debe ser muy subjetivo. El es nuestra mercancía como también nuestro alimento, así que debemos comer lo que vendemos.
Cuanto más hablo de Cristo, más satisfecho estoy; si no fuese así, sería un ministro falso. Cuanto más les ministro a ustedes de El y se los presento, más me alimento yo de El, quien es muy subjetivo para mí. No se los mercadeo con mi inteligencia, sino porque lo disfruto en mi espíritu. El es mi alimento. Nada es tan subjetivo a nosotros como lo que comemos, porque poco tiempo después se convierte en lo que somos. Todos necesitamos experimentarlo de esta manera tan subjetiva.
“Harás llegar delante de ti a Aarón tu hermano, y a sus hijos consigo, de entre los hijos de Israel para que sean mis sacerdotes; a Aarón y a Nadab, Abiú, Eleazar e Itamar hijos de Araón. Harás vestiduras sagradas a Aarón, tu hermano, que le den honra y hermosura. Y tú hablarás a todos los sabios de corazón, a quienes yo he llenado de espíritu de sabiduría, para que hagan las vestiduras de Aarón, para así consagrarle para que sea mi sacerdote. Las vestiduras que harán son estas: el pectoral, el efod, el manto, la túnica bordada, la mitra y el cinturón. Hagan, pues, las vestiduras sagradas para Aarón tu hermano, y para sus hijos, para que sean mis sacerdotes. Tomarán oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido y harán el efod de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido, todo de obra primorosa. Tendrá dos hombreras que se junten a sus dos extremos, y así se juntará. El cinto de obra primorosa que estará sobre él, formará con él una sola pieza, y será también de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido. Tomarás dos piedras de ónice y grabarás en ellas los nombres de los hijos de Israel: seis de sus nombres en una piedra y los otros seis nombres en la otra piedra, conforme al orden de su nacimiento. De obra de grabador en piedra, como grabados de sello, harás grabar las dos piedras con los nombres de los hijos de Israel; les harás alrededor engastes de oro”.
“Harás, pues, los engastes de oro y dos cordones de oro fino; los harás en forma de trenza y fijarás los cordones trenzados en los engastes. Harás asimismo el pectoral del juicio de obra primorosa, lo harás conforme a la obra del efod, de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido. Será cuadrado y doble, de un palmo de largo y un palmo de ancho. Lo llenarás de pedrería en cuatro hileras de piedras: la primera hilera llevará una piedra sárdica, un topacio y un carbunclo; la segunda hilera, una esmeralda, un zafiro y un diamante; la tercera hilera, un jacinto, una ágata y una amatista; la cuarta hilera, un berilo, un ónice y un jaspe. Todas estarán montadas en engastes de oro. Las piedras serán doce, como los nombres de los hijos de Israel; grabadas como los sellos, cada una con su nombre, conforme a las doce tribus”.
“Pondrás en el pectoral del juicio el Urim y el Tumim, para que estén sobre el corazón de Aarón cuando entre delante de Jehová, y llevará siempre Aarón el juicio de los hijos de Israel sobre su corazón en la presencia de Jehová” (Ex. 28:1-11, 13-21, 30).
Como nuestro alimento, Cristo no es sólo nuestra satisfacción sino también nuestro contenido. Además, es la vestidura sacerdotal, que es su manifestación y expresión externa. Debemos experimentar a Cristo interiormente y expresarlo exteriormente; no sólo debemos comerle sino también debemos vestirnos de El como nuestra vestidura. No sólo debemos disfrutarlo sino también expresarlo y magnificarlo. ¡Cristo debe ser manifestado mediante nosotros y magnificado sobre nosotros! El es nuestra satisfacción interna como también nuestra expresión externa.
En cuanto a la vestidura sacerdotal, cuatro o cinco cosas son muy importantes. La primera es el manto, que debía ser hecho de lino y debía cubrir todo el cuerpo. Luego, el efod, que es como un chaleco que se ponía sobre el manto. El siguiente es la mitra, que era como una corona sobre la cabeza. Finalmente, en los hombros llevaban dos piedras preciosas y sobre su pecho estaba el pectoral con doce piedras preciosas y el Urim y el Tumim.
El manto es Cristo mismo como nuestra justicia. Nosotros estamos bajo Aquel que nos cubre. La mayoría de nosotros conoce esto de manera doctrinal, pero temo que muy pocos conozcan a Cristo así en su experiencia.
Me refiero a esto: supongamos que nos encontramos con un hermano en la iglesia que es muy manso, muy humilde, justo y bueno, debido a que nació así. Antes de ser salvo era tal persona: muy manso, humilde y bueno; pero ahora que está en la iglesia, otros dicen que es muy bueno. Antes de ser salvo él era tal persona, y ahora que está en la iglesia, unos dicen que es muy bueno; no se dan cuenta que ¡antes de ser salvo era igualmente bueno como ahora! ¿Acaso tiene él a Cristo como su vestidura? No. Lo único que tiene es su propia justicia, su bondad natural. No se puede discernir si Cristo es el que se expresa en su mansedumbre, humildad o justicia. En su comportamiento, no se nota la dulce fragancia de Cristo. Podríamos decir que es un hermano bueno y que tiene un buen carácter, pero en su comportamiento externo, le falta el sabor dulce o la fragancia de Cristo. Sin embargo, en la mansedumbre de algunos cristianos se nota una sensación verdadera de la dulzura de Cristo; en la mansedumbre de ellos se nota muy claramente Su fragancia. Algunas veces, en la humildad de ciertos hermanos se nota solamente su orgullo y no a Cristo. ¿Ven la diferencia?
Nuestro manto debe ser Cristo expresado como nuestra justicia. No debe expresarse nuestra mansedumbre, humildad, justicia o bondad, sino Cristo como todas éstas. No debemos conocer la mansedumbre ¡sino a Cristo mismo! No debemos conocer la humildad, sino sólo a El. Esta es una lección profunda que debemos aprender: rechazar nuestra mansedumbre, humildad y justicia naturales, para que Cristo pueda fluir libremente de nosotros y expresarse como nuestra cubierta.
El efod fue hecho de cinco cosas: de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido. Esto es muy interesante. El lino representa la pureza de Cristo; el oro, Su naturaleza divina; el azul, Su naturaleza celestial; el carmesí, Su redención; la púrpura, el reinado y Su dignidad. Todas estas cosas deben ser Cristo mismo forjado y expresado a través de nosotros. Otros deben ver sobre nosotros la pureza de El, Su naturaleza divina, Su redención, Su naturaleza celestial, y el reinado, gobierno, dignidad y autoridad de Cristo. Ellos verán estos aspectos de Cristo sobre nosotros, cuando éstos primero hayan sido forjados en nosotros. Entonces tendremos una rica y hermosa expresión de Cristo.
La mitra es Cristo como nuestra jactancia y gloria. Es como un turbante, corona o sombrero sobre nuestra cabeza; aparte de El no tenemos nada más en lo cual nos jactemos y gloriemos. Cuando El sea forjado en nosotros como todos estos aspectos, ellos emanarán de nosotros como la expresión de Cristo.
Las vestiduras sacerdotales también contienen aspectos del edificio representado por las piedras preciosas que fueron engastadas en el oro. La primera que se menciona es la piedra sárdica (ónice) y la última es el jaspe. Qué interesante es esto, porque en el capítulo dos de Génesis, el primer libro de la Biblia, en el huerto de Edén se encuentra el ónice en la corriente del río. Luego, en Apocalipsis, que es el último libro, la piedra preciosa principal es el jaspe. Apocalipsis 4 menciona que el que se sienta en el trono es semejante a piedra de jaspe. La apariencia de Dios que se manifiesta en la Biblia se asemeja al jaspe. El jaspe y la sárdica, como muchas otras piedras preciosas, están edificadas en la Nueva Jerusalén, esa ciudad de oro que es la morada de Dios. Por lo tanto, las vestiduras sacerdotales son una miniatura de la Nueva Jerusalén. Las piedras que son puestas juntas sobre los engastes de oro del pectoral son edificadas como un Cuerpo. Esto indica simplemente que cuando Cristo es forjado por completo en nosotros, El será expresado a través de nosotros; y en esta expresión Suya está la edificación de la iglesia.
Debemos comer y disfrutar a Cristo continuamente, a fin de ser llenos de El para que pueda ser nuestra expresión y manifestación externas. En esta manifestación, se encuentran todas las piedras preciosas engastadas sobre las basas de oro. Estas piedras preciosas representan a todos los que son transformados, los que son engastados en la naturaleza de oro de la vida divina. Este es el edificio. Todos están relacionados el uno con el otro y juntos son edificados como un Cuerpo al experimentar a Cristo en diferentes formas.
El Urim y Tumim también estaban sobre el pectoral. El Urim significa “luz”, y el Tumim, “perfección”. Cuando el pectoral es edificado con todas las piedras preciosas engastadas sobre las basas de oro, las que se relacionan en unidad, entonces, junto con el Urim y el Tumim, llega a ser el medio por el cual Dios da revelación a Su Pueblo, revelándoles Sus pensamientos en cuanto a ellos.
Primero, debemos tomar a Cristo y digerirlo para que sea nuestro contenido. Segundo, debemos expresarlo externamente. Tercero, en esta expresión exterior está la edificación del Cuerpo. Finalmente, en esta edificación se encuentra el “Urim” y el “Tumim” que dan la revelación del pensamiento de Dios tocante a Su pueblo. El Señor Se revela a Su pueblo mediante la edificación (el Cuerpo) y en la edificación (la iglesia).
Todo esto debe ser no sólo pláticas o enseñanzas para nosotros, sino nuestras experiencias concretas. Todos debemos alimentarnos de Cristo, para aprender a ingerirlo para ser llenos y saturados de El, y luego espontáneamente, tendremos Su expresión y manifestación. Así todos verán: a Cristo entre nosotros y sobre nosotros. Verán la pureza de Cristo, Su naturaleza divina, Su naturaleza celestial, Su redención y Su reinado. Simplemente verán a Cristo sobre nosotros como Su manifestación verdadera, en la cual está la edificación de los santos, ya que serán transformados en piedras preciosas y edificados juntos en la naturaleza divina. Al final, la revelación vendrá del Señor mediante este Cuerpo edificado, mostrándonos el sentir que tiene de Su pueblo.
Ahora nos damos cuenta cuánto abarca el sacerdocio; es muy completo, y solamente hemos visto un breve bosquejo de ello. Que el Señor nos revele todo en forma práctica para que, como sacerdotes, experimentemos a Cristo interiormente como nuestra comida y exteriormente como nuestra vestidura.