Lectura bíblica: Ro. 12:3
Dios desea obtener iglesias para la expresión local de Su Cuerpo. No importa cuán grande sea una localidad ni cuántos hermanos salvos haya en dicha localidad, Dios desea que los que son salvos en ese lugar sean la expresión local del Cuerpo. Dios no sólo desea que guardemos la unidad de la iglesia en nuestra localidad, al llevar un testimonio de unidad, sino que por sobre todo expresemos el Cuerpo de Cristo en nuestra localidad. De hecho, la unidad de la iglesia es la unidad del Cuerpo. La mayoría de las personas, especialmente los médicos, admiten sin ningún reparo que nuestro cuerpo físico es el mejor ejemplo de unidad. Son muy pocas las cosas que demuestran una unidad mayor a la del cuerpo. Aunque el cuerpo tiene muchos miembros, todos los miembros son una sola entidad.
Los estudiantes de medicina tienen que pasar varios años estudiando a fondo el cuerpo humano. Después de estudiar diligentemente el cuerpo humano por muchos años, se dan cuenta de que es difícil memorizar todas las partes y detalles del cuerpo. Nuestro cuerpo humano se compone de muchas partes y cada una de ellas es complicada. Aunque son muchas, todas ellas funcionan como un solo cuerpo. Puesto que tenemos un cuerpo, somos conscientes del grado al cual un cuerpo funciona como una sola entidad. Si hay alguna carencia en la unidad de nuestro cuerpo, nos percatamos de ello inmediatamente y somos restringidos en nuestros movimientos. De igual manera, si hay algún problema con respecto a la unidad del Cuerpo de Cristo, todo el Cuerpo se ve impedido en sus movimientos. Cuando servimos juntos en el terreno de la unidad, no sólo necesitamos ser uno con respecto a nuestra condición, sino que más que eso necesitamos expresar el Cuerpo. Quizás los hermanos y hermanas sean más bien indiferentes respecto a este asunto, pero si el Señor abre nuestros ojos para ver el Cuerpo de Cristo, esta visión del Cuerpo subyugará todo nuestro ser.
Si Dios hubiera deseado que cada uno de nosotros fuese un Cuerpo individual, las cosas serían mucho más cómodas para nosotros. Sin embargo, Dios desea que nosotros, aunque seamos muchos, lleguemos a ser un solo Cuerpo; esto es más difícil para nosotros. Cuando el Señor Jesús estuvo en la tierra, aunque sólo doce discípulos estuvieron con Él, entre ellos hubo muchas discusiones y disputas. Hoy en día hay más de doce personas en la iglesia. Tan sólo en la iglesia en Taipéi tenemos más de dos mil personas. ¿Cómo podemos llegar a ser un solo Cuerpo? Si en vez de pelearnos deseamos llegar a ser uno solo en el Cuerpo, un asunto básico tiene que ser resuelto, a saber, cada uno de nosotros necesita que el Señor trate con nosotros. Que el Señor trate con nosotros en este sentido es ser tratados no en cuanto a nuestros defectos o errores, sino en cuanto a nuestra persona. Si los hermanos y hermanas continúan teniendo el “yo” en ellos, no podrán ser miembros del Cuerpo. Si queremos ser miembros del Cuerpo, nuestro “yo” debe irse.
Si queremos ser un miembro, el “yo” debe ser eliminado. Podemos usar un ejemplo sencillo. Supongamos que unos cuántos hermanos y yo servimos al Señor juntos, ya sea como ancianos o como hermanos responsables de los distritos. A fin de servir juntos, debemos reunirnos para discutir los asuntos. Por consiguiente, probablemente un día necesitemos ir al lugar donde nos reunimos, y un hermano sugiera que para ahorrarnos tiempo debemos tomar un taxi. Sin embargo, tal vez a mí me parezca que es demasiado costoso y que podemos llegar allí cada uno en bicicleta. Mientras uno de nosotros quiere ahorrar tiempo, otro quiere ahorrar dinero. Por consiguiente, puede suscitarse una disputa entre nosotros, y algunos pueden terminar yendo en taxi, mientras que yo tal vez diga que por ningún motivo me iré en taxi. Tal vez diga que no iré en el taxi, pero en realidad puesto que mi sugerencia no fue aceptada, rehúso ser uno con los que van a tomar el taxi. Estar en coordinación significa que debemos desechar nuestra opinión. Está bien ir en taxi, en bicicleta e incluso a pie. Ninguna de estas opciones ofende al Señor ni perjudica el testimonio del Señor. No importa qué opción escojamos. Mientras que el motivo de algunos hermanos es ahorrar tiempo, otros quieren ahorrar dinero. En cualquier caso, si los hermanos deciden ir en taxi, yo no debo tener otro sentir, sino que simplemente debo ir gozosamente con los hermanos en el taxi. No sólo no debo tener una actitud contraria, sino que ni siquiera debo tener un sentir negativo al respecto.
No debemos pensar que no tiene importancia discutir acerca de las diferentes opciones de transporte. En realidad, desde la perspectiva del Señor todo lo que hacemos hoy es pequeño e insignificante. No obstante, si somos fieles en lo poco, el Señor en su debido tiempo nos pondrá sobre cosas más importantes (Mt. 25:21). A menudo somos severamente probados o examinados con respecto a asuntos de menor importancia. Satanás a menudo nos prueba usando asuntos insignificantes. Volviendo al ejemplo anterior, es posible que yo albergue en mi corazón el pensamiento de que los hermanos son despilfarradores. Debido a que tengo un problema y un sentimiento negativo, estaré lleno de la presencia del “yo”. Cuando empecé a servir al Señor, yo era bastante joven. Un día un colaborador de más experiencia tuvo comunión conmigo respecto a un punto, la cual no puedo olvidar. Estas palabras me han sido de mucha ayuda a través de los años. Él me dijo: “Hermano, nosotros decidimos servir al Señor porque vimos la luz acerca de la iglesia. Por lo tanto, no debemos servir al Señor en una organización”. En aquel tiempo deseábamos servir al Señor en un terreno que fuera puro y limpio; por esta razón, encontrábamos un pequeño lugar y empezábamos a reunirnos allí.
Un día cuando íbamos a predicar el evangelio, se suscitó una discusión entre nosotros. ¿Por qué personas como nosotros que servimos al Señor discutimos tanto? Nuestra discusión se debía a un asunto de poca importancia, esto es, se trataba de si debíamos cerrar o abrir cierta puerta. El lugar que alquilábamos estaba ubicado cerca de una calle que no tenía muros para separar las casas de la calle. La puerta del lugar que alquilábamos daba directamente a la calle. Por lo tanto, unos hermanos proponían que se cerrara la puerta durante el tiempo de la reunión, mientras que otros querían mantener la puerta abierta para que fuera más cómodo para las personas entrar y salir. Todos éramos hermanos que servían al Señor; sin embargo, no podíamos ser uno, porque unos querían mantener la puerta abierta mientras que otros querían cerrarla.
En ese tiempo yo iba al salón de reuniones casi todos los días. Cuando llegaba al salón, yo abría la puerta y usaba dos banquitos para impedir que se cerrara. Después que la reunión empezaba y la gente empezaba a entrar poco a poco, enseguida un hermano de más edad cerraba la puerta. Lo que él hizo me hizo perder la tranquilidad. Después de que la reunión terminaba, empezaba otra dos horas más tarde. Así que yo volvía a abrir la puerta como lo había hecho antes, pero poco después el mismo hermano volvía a cerrarla. Ninguno de los dos experimentaba unidad con respecto a algo tan insignificante; por esta razón, estábamos divididos. Esta experiencia fue una seria advertencia para mí. Más tarde, un colaborador de más experiencia me brindó ayuda; me dijo: “No sólo el hermano que cerró la puerta es carnal, sino que usted también es carnal. De hecho, no vale la pena discutir sobre si se debe abrir o cerrar la puerta. No sólo no vale la pena discutir sobre asuntos insignificantes, sino también sobre asuntos de mayor importancia”. ¿Acaso no podemos abstenernos de discutir con quienes servimos en la vida de iglesia? Solamente cuando no discutamos no ofenderemos a Dios.
En contraste, si alguien se pusiera en pie y dijera: “Jesús no es Dios”, no sólo debiéramos rechazar esto, sino que además deberíamos hablarle enérgicamente, diciendo: “Si usted no se arrepiente, no puedo servir al Señor con usted”. Debido a que este asunto tiene que ver con la verdad, no es un asunto insignificante como el hecho de abrir o cerrar una puerta. Al servir al Señor, afrontaremos pruebas severas, especialmente con respecto a cosas insignificantes; Satanás siempre intenta esconderse detrás de las cosas insignificantes a fin de tentarnos. Muchas veces es debido a cosas insignificantes que los hermanos no están en unanimidad. Por ejemplo, cuando los hermanos van a visitar a los santos sin estar en unanimidad, un hermano sólo aceptará hacer las cosas a su manera y el otro simplemente hará lo que a él parece bien. Al final terminarán no visitando a nadie, y cada uno dirá: “Olvídese de ello. Si usted quiere ir, vaya; pero yo haré las cosas a mi manera”. Esta discordia a menudo no tiene que ver con asuntos importantes, sino con asuntos insignificantes. Los asuntos insignificantes son una prueba muy seria para los hermanos y hermanas, y son la fuente de muchos de nuestros problemas.
Cuando los hermanos responsables digan que ahora es tiempo de predicar el evangelio, estará bien que digamos: “¿Cómo podremos predicar el evangelio cuando la atmósfera espiritual está tan fría? Primero debemos llevar a cabo una obra de edificación”. Tal vez pensemos para nuestros adentros: “Si ellos insisten en predicar el evangelio, ciertamente fracasarán”. Si un día su predicación resultara siendo un fracaso, diríamos: “¿No les había dicho yo que eso no funcionaría?”. Ciertamente hablar de esa manera satisfará nuestro ego y confirmará que nuestra opinión es superior y que nuestras sugerencias son mejores. Sin embargo, debemos recordar que al respecto no hay ni bueno ni malo; tampoco hay ninguna una norma o estándar de cómo se deben hacer las cosas. Podemos predicar el evangelio primero, o podemos edificarnos primero. El Señor Jesús será nuestro Salvador. Independientemente de si predicamos el evangelio primero o si procuramos edificar a los santos primero, Él seguirá siendo nuestro Salvador. Si predicamos el evangelio ahora, Él será el Salvador, y si predicamos el evangelio dos semanas más tarde, Él seguirá siendo el Salvador. Si usted siente que debe predicar el evangelio, damos gracias al Señor por ello y lo alabamos. Si siente que no debe hacerlo, también damos gracias al Señor y lo alabamos. Ya sea que prediquemos el evangelio o no, aún necesitaremos reunirnos y orar. Siempre que nos encontremos en una situación en la que haya disputas, si oramos juntos, el resultado será que seguiremos el sentir del Señor y permitiremos que la voluntad del Señor se lleve a cabo.
Por favor, recuerden que es solamente cuando coordinamos juntos para servir, y no simplemente cuando estamos reunidos, que somos el Cuerpo. Sólo cuando servimos juntos y no estamos allí presentes ni “usted” ni “yo” es que existe el Cuerpo. Mientras “usted” esté presente, no existirá el Cuerpo, y mientras “yo” esté presente, tampoco existirá el Cuerpo. Si el “yo” está presente, no será posible tener el Cuerpo, y si la vida del “yo” está aquí, la vida del Cuerpo estará ausente. Debemos emplear toda nuestra fuerza e incluso estar dispuestos a sufrir el martirio a fin de guardar lo relacionado con la persona del Señor y las verdades básicas en cuanto Él. Aparte de esto, todos somos hermanos y hermanas y no hay nada que valga la pena discutir en cuanto a nuestro servicio.
Si servimos con un hermano responsable que quiere reunirse a la media noche, no debemos discutir por ello, ni tampoco dejarnos agitar los ánimos. El Señor Jesús aún será el Salvador si nos reunimos al medio día o a la media noche. No debemos tener nada por lo cual discutir. Si somos un hermano responsable, podemos tener comunión con los hermanos y hermanas respecto a nuestro sentir. Sin embargo, independientemente de qué sientan hacer los hermanos, no debemos discutir ni tener opiniones al respecto. Para ello es necesario que el yo, esto es, nuestro hombre natural, sea quebrantado. Necesitamos experimentar esta operación tan crucial. Cuando coordinemos en el servicio, no debemos discutir. No es necesario que tengamos disputas acerca de nada, salvo cuando se trate de la persona del Señor y las verdades básicas. Por la misericordia del Señor y Su gracia, no hay ninguna discusión entre nosotros hoy acerca de la gloriosa persona del Señor ni de las verdades básicas. Si hubiera alguna disputa entre nosotros, ello más bien se debería a la presencia de la carne y del “yo”. Si no fuera por la presencia de la carne y el “yo”, no habría opiniones por las cuales discutir.
En nuestro servicio deseamos servir no sólo en unidad, sino también en el Cuerpo. El servicio que ofrecemos en el Cuerpo proviene del crecimiento en vida. A fin de que una localidad experimente la presencia del Señor y la bendición de Dios, ella debe expresar el Cuerpo en esa localidad. En el Cuerpo no hay diferencias de rango. Nadie es superior a los demás ni nadie es inferior a los demás; nadie es más grande ni más pequeño que los demás. Hablando con propiedad, en la iglesia no hay nobles ni innobles, ni tampoco hay grandes ni pequeños. El Señor Jesús dijo: “Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro esclavo” (Mt. 20:26-27). Por lo tanto, quien quiera ser grande será un servidor y aprenderá a servir a los demás. En el Cuerpo no hay nobles ni innobles, ni hay grandes ni pequeños. Lo único que tenemos es la cruz.
El Nuevo Testamento en su totalidad recalca tres asuntos principales: la cruz, la iglesia y el reino. La cruz produce la iglesia, y la iglesia trae el reino. Sin la iglesia, el reino de Dios no puede ser introducido. El Señor dijo: “Sobre esta roca edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos” (16:18-19). Cuando la iglesia está presente, el reino puede existir. La iglesia trae el reino. Sin embargo, debemos recordar que la iglesia es producida enteramente por la cruz. Si en vez de la cruz sólo tenemos el hombre natural, no podemos tener la iglesia. En contraste, si tenemos la cruz en vez del hombre natural, tenemos la iglesia. Por lo tanto, debemos experimentar la operación de la cruz.
Si los cristianos se reúnen y no experimentan la operación de la cruz, la realidad de la iglesia no podrá existir entre ellos. Si hemos de tener la realidad de la iglesia entre nosotros, la cruz también debe estar presente entre nosotros. La cruz debe realizar una obra severa dentro de cada uno de nosotros hasta que todos seamos eliminados uno a uno. De esta manera, aunque estemos presentes físicamente, el “yo” ya no estará presente. El “yo” de cada uno estará en la cruz. El orgullo es el “yo”, la arrogancia es el “yo”, la opinión es el “yo”, e insistir en que las cosas se hagan a nuestra manera es también el “yo”. En la iglesia no puede existir el “yo”. El “yo” debe ser puesto en la cruz. Si hay un solo “yo” presente, la iglesia no podrá existir; por lo tanto, el “yo” debe estar en la cruz. Es por medio de la cruz que la iglesia es producida.
Hoy en día la vida de resurrección está en nosotros de la misma manera en que estuvo en Jesús el Nazareno. Esta vida de resurrección vive en nosotros, personas de la carne. Cuando nuestra vida en la carne pasa por la cruz, la vida de resurrección se manifiesta desde nuestro interior, y el resultado de esto es la presencia de Dios. De este modo, la bendición de Dios es traída, llena de la abundancia de Dios. Esto es la iglesia de Dios y la gloria de Dios. El grado al cual se manifieste la gloria de Dios, el grado al cual tengamos la bendición de Dios, el grado al cual disfrutemos de las riquezas de Dios y el grado al cual percibamos la presencia de Dios en la iglesia dependerá de cuánto hayamos sido quebrantados por haber experimentado la operación de la cruz. No debemos escuchar ni hablar de este asunto como si fuese una doctrina; más bien, debemos experimentarlo día a día en nuestro vivir.
Cada vez que hagamos alguna propuesta, debemos sentir que la cruz del Señor está presente. Muchos hermanos y hermanas no discutieron ni pelearon cuando en vez de amar al Señor amaban el mundo y no les importaba nada de lo relacionado con la iglesia. A ellos no les interesaba nada de lo relacionado con la iglesia, porque tenían su atención puesta en el mundo. Personas así ciertamente no tienen necesidad de discutir ni pelear. Lo triste es que en cuanto reciben gracia y vuelven a amar al Señor, empiezan a servirle con sus opiniones, exigiendo que los demás hagan las cosas a su manera. Ellos pueden tener opiniones acerca de cómo debemos leer la Biblia o cómo debemos orar, o sea, si debemos orar en voz alta o silenciosamente. Al principio ellos esperan que todos sean iguales a ellos. De hecho, nadie debe esperar que los demás sean iguales a ellos. Si observamos a cada uno de los que estamos aquí presentes, ninguno tiene la misma cara que otro. Cada uno de nuestros rostros es único. Aún más, algunos de nosotros son altos y otros bajos. Ninguno de nosotros es exactamente igual a otro.
Es una lástima que cada vez que tenemos que ver con los asuntos del Señor, tendemos a insistir en que los demás sean iguales a nosotros. A menudo no apoyamos ni decimos amén a los que son diferentes a nosotros, y no nos mostramos de acuerdo con ellos. Por ejemplo, nosotros podemos sentir que es tiempo de predicar el evangelio, pero otros quizás hablen de la necesidad de tener comunión diaria con el Señor y de volvernos a Su presencia. Si esto sucede, es posible que los critiquemos diciendo que dichos hermanos son místicos y que están siguiendo los pasos de Madame de Guyón. Como resultado, puede darse después un debate en el que claramente les digamos que no estamos de acuerdo con ellos. Por otro lado, si somos personas que están aprendiendo a contactar al Señor por medio de la comunión, podemos pensar que los que son fervientes por el evangelio son carnales y que no debemos participar en sus actividades. En ambos ejemplos podemos ver claramente el “yo”. Si los demás están hablando de la necesidad de tener comunión con el Señor, aunque podemos sentir que éste es el momento de predicar el evangelio con fervor, debemos decir: “Doy gracias y alabanzas al Señor, pues por años no he aprendido esta lección. Le pido al Señor que tenga misericordia de mí a fin de abrir mis ojos para que pueda ver. Yo necesito ser quebrantado y aprender a tener comunión con el Señor”.
Muchas veces cuando servimos con otros, podemos observarlos a fin de descubrir qué clase de temperamento y personalidad tienen. Si somos personas lentas que coordinan con una persona muy activa, tal vez sintamos que sencillamente no podemos servir con ella. Podemos tener la opinión de que una persona que obra con tanta rapidez no puede entrar al Lugar Santísimo, y que puesto que había tantas cortinas en el tabernáculo, una persona no debía andar tan rápidamente. De hecho, una persona que anda rápidamente puede ser más espiritual que una que camina lentamente. No debemos evaluar a otros según estas cosas. Todas estas cosas externas están relacionadas con la carne y conforme a nuestras preferencias. Independientemente de si una persona camina rápida o lentamente, el Señor Jesús aún será el Salvador. Cuando servimos al Señor juntos, cualquier clase de propuesta debe ser permitida. Lo que importa no son las propuestas, sino si hay la coordinación apropiada. Esto es una cuestión de principio.
Quizás un hermano diga: “Cuanto más cierto hermano abre la boca, menos puedo decir amén, porque mi espíritu no responde”. No debemos discutir sobre si nuestro espíritu responde o no, sino más bien fijarnos si el “yo” en nosotros ha ganado el terreno. No podemos decir que nunca hemos tocado al Espíritu en las oraciones de otro hermano. En cuanto toquemos a Dios por medio de una de sus frases, debemos decir amén. En nuestra coordinación en el servicio, debemos aprender a ponernos siempre bajo la cruz. Los hermanos pueden proponer hacer cualquier cosa siempre y cuando ninguna de sus propuestas provengan del “yo”, y pueden resolver hacer cualquier cosa siempre y cuando la propuesta que procede del “yo” sea puesta bajo la cruz. Todo lo que propongan los hermanos tiene importancia; no obstante, toda propuesta que provenga del “yo” no cuenta. En la coordinación no puede haber ningún “yo”. Si servimos juntos de esta manera, nuestros problemas se acabarán y en todo nuestro servicio seremos llenos de la presencia del Señor. No es necesario hablar de la necesidad de someternos a la autoridad ni de andar conforme a reglas, ni tampoco es necesario hablar de la necesidad de mantenernos dentro de los límites de nuestra autoridad en el servicio que se nos ha asignado. Incluso es menos necesario indagar si los ancianos han dado autoridad para decidir qué hacer y qué no hacer, y a quién le han dado esa autoridad.
Tales consideraciones son importantes en la esfera política y en la sociedad secular, pero no existe tal cosa en la iglesia de Dios. En la iglesia sólo existe la cruz. Cada uno de nosotros —ya sea que seamos un anciano, un diácono o un hermano y hermana en una reunión de distritos— debe tomar la cruz. Si cada uno de nosotros toma la cruz, no será necesario hablar acerca de la autoridad, de andar conforme a ciertas reglas, de los límites de la autoridad de alguien, ni del procedimiento correcto para hacer las cosas. Es preciso que veamos que una condición de armonía, unanimidad y unidad es la condición apropiada del Cuerpo. Cuando cada uno de nosotros tome la cruz, permitiendo que la cruz crucifique el “yo”, el Espíritu Santo obtendrá el terreno, Cristo ejercerá Su gobierno soberano sobre nosotros, y la presencia de Dios y bendición de Dios ciertamente estarán entre nosotros. No es necesario que exhortemos a los hermanos y hermanas, pues eso no funciona; tampoco es necesario que los ayudemos a tomar decisiones ni resoluciones. Lo único que necesitamos hacer es compartirles que el secreto de la vida de iglesia es no tener el “yo”, el ego, es decir, vivir bajo la obra aniquiladora de la cruz. Esto no debe ser una doctrina, sino una realidad en todo nuestro servicio.
Si el Señor nos concede Su gracia, debemos aprender a servir sin el “yo”. Estamos laborando y pagando un precio por servir; sin embargo, si no recibimos la misericordia del Señor, terminaremos por adoptar la manera humana y mecánica de practicar la vida de iglesia. Únicamente al tomar el camino de coordinar en el Cuerpo podremos pensar con cordura, sin tener un concepto más alto de nosotros mismos que el que debemos tener (Ro. 12:3). Es únicamente de esta manera que podremos esforzarnos por ejercer nuestra función de acuerdo a nuestra medida, en el lugar exacto que resulta apropiado para que el poder del Espíritu Santo sea liberado y en el cual Él pueda manifestar Su don en cada creyente. Como resultado, la presencia, dirección, bendición y riquezas del Señor se expresarán entre nosotros. La clave de todos estos asuntos es que experimentemos la operación de la cruz.