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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Hebreos»
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Mensaje 39

EL TIPO DEL ANTIGUO PACTO Y LA REALIDAD DEL NUEVO PACTO

  En este mensaje llegamos a He. 9:1-15, un pasaje de las Escrituras muy difícil de comprender. En 9:1-3 vemos que existían dos tabernáculos. Hebreos 9:1 dice: “Ahora bien, el primer pacto tenía también ordenanzas de servicio sagrado y un santuario terrenal”. El santuario es todo el tabernáculo (Éx. 25:8-9), incluyendo el primer tabernáculo, llamado el Lugar Santo (v. 2), y el segundo tabernáculo, llamado el Lugar Santísimo (v. 3). El versículo 2 dice: “Porque el primer tabernáculo se dispuso, el cual fue llamado el Lugar Santo, donde estaban el candelero, la mesa y los panes de la proposición”. Cuando leí este versículo en el pasado, me inquietó mucho. Según el conocimiento que había adquirido de Éxodo, había solamente un tabernáculo. Si sólo había un tabernáculo, ¿cómo entonces podía este versículo hablar de “el primer tabernáculo”? Por “Lugar Santo” en este versículo, entendemos que el primer tabernáculo se refería sólo a una parte del único tabernáculo, llamada el Lugar Santo. El versículo 3 añade: “Tras el segundo velo estaba otro tabernáculo, llamado el Lugar Santísimo”. El Lugar Santísimo era el segundo tabernáculo. Por lo tanto, tenemos el primer tabernáculo, el Lugar Santo, y el segundo tabernáculo, el Lugar Santísimo.

  Estos dos tabernáculos simbolizan los dos pactos. El Lugar Santo es un símbolo del antiguo pacto, y el Lugar Santísimo es un símbolo del nuevo pacto. Aunque es difícil entender el verdadero significado de estos dos pactos, resulta fácil entenderlo si examinamos el tabernáculo completo. Según 9:2, en el Lugar Santo, que es un símbolo del antiguo pacto, estaban el candelero y la mesa. Estos dos muebles tenían un significado positivo, pero se encontraban muy lejos de la presencia de Dios. Aunque una persona podía hallar alimento en la mesa y recibir la luz del candelero, no podía tener ningún contacto con Dios. En el Lugar Santo no se encontraba ni la presencia de Dios ni el camino para entrar en Su presencia. Tampoco se encontraba allí el oráculo, el lugar para emitir el hablar divino de Dios. Donde está el oráculo, allí podemos escuchar el hablar de Dios. Pero en el Lugar Santo no estaba presente el hablar divino. Finalmente, en el Lugar Santo, tampoco podía el hombre reunirse con Dios. La mayor bendición es poder reunirnos con Dios. No obstante, ninguno que entraba al Lugar Santo podía decir que se había reunido con Dios, porque allí era imposible reunirse con Él. Por consiguiente, en el Lugar Santo no estaba la presencia de Dios, no había forma de tener contacto con Dios, no estaba el oráculo donde se pudiera escuchar el hablar de Dios, ni tampoco podíamos reunirnos con Él.

  Ésta es una clara descripción de la religión actual. Cuando ustedes estaban en las denominaciones, ¿llegaron a disfrutar la presencia de Dios o encontraron el camino para entrar en Su presencia? ¿Tenían el oráculo, donde se escuchaba el hablar divino? Por supuesto, allí había un púlpito y podían escuchar a un teólogo hablar, pero allí no estaba el oráculo ni el hablar divino. Asimismo, ¿podían ustedes reunirse con Dios? Aunque el Lugar Santo ciertamente es bueno y en él podemos encontrar alimento y recibir iluminación, no encontramos allí la presencia de Dios ni el camino para entrar en Su presencia, tampoco tenemos el hablar divino ni podemos reunirnos con Dios. ¡Cuán lamentable es esto!

  Es importante recordar que el libro de Hebreos fue escrito para los creyentes hebreos, quienes se hallaban titubeando en el Lugar Santo. Ellos no estaban seguros si debían avanzar al Lugar Santísimo o retroceder al atrio. En otras palabras, se encontraban sobre la línea que divide el antiguo pacto del nuevo pacto. El escritor de Hebreos fue maravilloso y extraordinariamente paciente; él no les escribió de una manera superficial, sino de una manera muy profunda. Sus escritos fueron tan profundos que en los pasados diecinueve siglos la mayoría de los que han leído esta epístola no han logrado entender completamente lo que quiso decir.

  Como hemos visto, el Lugar Santísimo simbolizaba el nuevo pacto. ¿Qué es lo que encontramos en el Lugar Santísimo? Hebreos 9:4 dice que el Lugar Santísimo “tenía un altar de oro”. El altar de oro, que era el altar del incienso, no estaba en el Lugar Santísimo, aunque vemos que sí pertenecía a él. Observemos que aquí no dice que el altar del incienso estaba en el Lugar Santísimo, sino que el Lugar Santísimo tenía un altar de oro. ¿Qué función cumplía el altar del incienso? Proveer el camino que nos permitía entrar a la presencia de Dios. El altar del incienso representa las oraciones apropiadas que ofrecemos con el Cristo resucitado como el incienso, las cuales nos permiten ser aceptos delante de Dios. Por lo tanto, el altar del incienso constituye la entrada misma a la presencia de Dios. Durante mi juventud, cuando estuve en la religión, me enseñaron a orar así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea Tu nombre”. Sin embargo, aunque oré mucho de esa manera, nunca logré entrar en el Lugar Santísimo. De hecho, cuanto más oraba así, más parecía dirigirme hacia el atrio, o incluso fuera de éste. Pero esto no es lo que experimentamos en el altar del incienso. Cuando oramos en el nombre del Señor y con Él mismo como el olíbano fragante de la resurrección, inmediatamente entramos en el Lugar Santísimo.

  En Hebreos 9:4 vemos que en el Lugar Santísimo también estaba “el Arca del Pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba la urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto”. Sobre el Arca estaban “los querubines de gloria que cubrían con su sombra la cubierta expiatoria” (v. 5). Aquí, en el Lugar Santísimo, no sólo encontramos la entrada que nos lleva a la presencia de Dios, sino también la presencia misma de Dios. Sobre el Arca había una tapa llamada el propiciatorio, que era el oráculo divino desde donde Dios hablaba. Es aquí donde escuchamos el hablar de Dios y donde podemos reunirnos con Dios y tener comunión con Él. Éste es el nuevo pacto simbolizado por el Lugar Santísimo.

  Todos debemos preguntarnos dónde nos encontramos. ¿Somos creyentes en un lugar donde hay cierta cantidad de alimento e iluminación, pero donde no tenemos acceso a la presencia de Dios, ni tenemos Su presencia ni Su hablar, y donde no podemos reunirnos con Él? ¿O estamos en un lugar donde es fácil entrar a la presencia de Dios, escuchar Su hablar, reunirnos con Él y tener comunión con Él? Si ustedes se hallan en este lugar, entonces se hallan en el Lugar Santísimo.

  Los dos tabernáculos no sólo simbolizan dos pactos, sino que además representan dos eras, dos dispensaciones: la dispensación del Antiguo Testamento y la dispensación del Nuevo Testamento. Si usted se encuentra en el Lugar Santo, eso quiere decir que usted se encuentra en la antigua era, en la antigua dispensación. Pero si usted está en el Lugar Santísimo, entonces usted está en la nueva era, en la nueva dispensación. Para ver esto es necesario que leamos Hebreos 9:8-9, que dice: “Dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, mientras el primer tabernáculo estuviese en pie, el cual es figura para el tiempo presente. Según este tabernáculo se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden perfeccionar, en cuanto a la conciencia, al que rinde culto”. La frase “el cual”, al comienzo del versículo 9, se refiere al primer tabernáculo mencionado en el versículo 8. Este tabernáculo era una “figura para el tiempo presente”, es decir, tipificaba una era, una dispensación. La frase “el tiempo presente” se refiere a la era del Nuevo Testamento y no a la era del Antiguo Testamento, como lo sugieren otras versiones cuando dicen “el tiempo en ese entonces presente”. Hay diferentes traducciones del versículo 9. Algunas dicen “del tiempo en ese entonces presente”, en lugar de “para el tiempo presente”, pensando que aquí se alude a la era del Antiguo Testamento. Pero según el idioma griego, el tabernáculo era una “figura para el tiempo presente”, o sea de la era del Nuevo Testamento. Basándonos en este versículo, podemos afirmar certeramente que el Lugar Santo tipificaba una era. Aplicando este mismo principio, el Lugar Santísimo también debe simbolizar otra era.

  El Lugar Santo era un símbolo del antiguo pacto, que abarcaba toda la era del Antiguo Testamento. De manera que el antiguo pacto y la era del Antiguo Testamento vienen a ser lo mismo. Cuando una persona estaba bajo el antiguo pacto, en realidad estaba en la era del Antiguo Testamento. Pero si se acogía al nuevo pacto, entraba en la era del Nuevo Testamento. En realidad, el pacto y la era se refieren a una misma cosa; no podemos separarlos. Sin la era, no hay aplicación práctica del pacto. Así pues, el Lugar Santo, que simboliza el antiguo pacto, simboliza también la era del Antiguo Testamento; y el Lugar Santísimo, que representa el nuevo pacto, es símbolo también de la era del Nuevo Testamento. Lo más difícil de entender ahora es lo siguiente: las realidades de la era presente, del Nuevo Testamento eran sólo símbolos en la era del Antiguo Testamento. En la era del Antiguo Testamento eran sombras, pero en la era del Nuevo Testamento son realidades. Por ejemplo, en la era del Antiguo Testamento sólo se cubrían los pecados, lo cual era una figura del perdón de los pecados. En la era del Antiguo Testamento teníamos la ley de la letra o mandamientos, la cual era una figura de la ley de vida en la era del Nuevo Testamento. En la era del Antiguo Testamento, Dios era Dios para Su pueblo, y éste era pueblo Suyo, según la ley escrita. Aquello era un símbolo de que hoy en día, en la era del Nuevo Testamento, Dios es nuestro Dios y nosotros somos Su pueblo, según la ley de vida. Además, en la era del Antiguo Testamento los sacerdotes enseñaban al pueblo, dándoles a conocer a Dios conforme a la ley escrita. Esto también era una sombra de la capacidad interna para conocer a Dios en vida conforme a la ley de vida. Por lo tanto, todas las cosas de la era del Nuevo Testamento, fueron simbolizadas por cosas de la era del Antiguo Testamento. Así que, el Lugar Santo era un símbolo del antiguo pacto, y al mismo tiempo, era un tipo o figura de la era del Nuevo Testamento. No obstante, la Biblia en ningún momento dice que el Lugar Santísimo fuera un tipo de la era del Nuevo Testamento. En principio, los dos tabernáculos simbolizan estas dos eras. Sin embargo, en la práctica, el Lugar Santísimo no era un tipo sino la realidad misma. Solamente el Lugar Santo era un tipo de la era presente. Es por eso que titulamos este mensaje: “El tipo del antiguo pacto y la realidad del nuevo pacto”.

I. EL PRIMER TABERNÁCULO, EL LUGAR SANTO, REPRESENTA AL ANTIGUO PACTO COMO UN TIPO O FIGURA

  Como hemos visto, el primer tabernáculo, el Lugar Santo, indicaba que el antiguo pacto era un tipo o figura (9:1-2, 6, 8-10). Ya que el Lugar Santo era un símbolo del antiguo pacto, eso indicaba que el antiguo pacto era un tipo del nuevo pacto. De manera que, el Lugar Santo era un tipo, una figura, y no la realidad.

A. Era terrenal

  El primer tabernáculo era terrenal, era de esta creación (9:1). Dicho tabernáculo era absolutamente material y no espiritual, y estaba en la tierra, no en el cielo. Era un tipo provisional y no la realidad permanente.

B. Tenía ordenanzas acerca de la carne

  El primer tabernáculo tenía ordenanzas acerca de la carne (9:10). Ninguna de estas ordenanzas estaba en el espíritu ni era según el espíritu. Todas ellas estaban relacionadas con la carne. Debido a que de lo único que constaba era de mandamientos externos y no de la vida interior, sólo podía ofrecer a los adoradores una forma, pero no podía impartir vida en absoluto.

C. No podía perfeccionar a los adoradores

  El primer tabernáculo como tipo del antiguo pacto no podía perfeccionar a los adoradores (9:9). Ya que este tabernáculo no era espiritual ni era capaz de impartir vida, no podía perfeccionar a los que servían a Dios en él. Antes bien, ponía en evidencia las deficiencias de los que adoraban a Dios, y no podía perfeccionarlos con las cosas verdaderas de la vida en el espíritu.

D. Era una parábola, un tipo, del nuevo pacto

  El primer tabernáculo era una parábola, un tipo, del nuevo pacto. No era la realidad, sino únicamente un tipo, una figura, de la realidad. Sin embargo, los judíos consideran este tipo o figura como lo verdadero. Nosotros debemos hablarles de esto. Ellos son personas muy reflexivas y necesitan que alguien les ayude de esta manera. Al igual que ellos, los creyentes hebreos de aquel tiempo no entendían esto claramente, y también necesitaban recibir ayuda al respecto.

E. El camino al Lugar Santísimo, el camino del nuevo pacto, no fue manifestado sino hasta el tiempo de la reforma

  El versículo 8 dice que en ese tiempo “aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, mientras el primer tabernáculo estuviese en pie”. En ese tiempo, el camino al Lugar Santísimo, esto es, el camino del nuevo pacto, aún no se había manifestado. Afirmar que el camino al Lugar Santísimo no se había manifestado mientras el primer tabernáculo estuviese en pie significa que el camino que nos da acceso al nuevo pacto aún no había sido abierto. Cuando lleguemos a 10:19-20, veremos que recientemente ha sido inaugurado un camino nuevo y vivo. Éste es el camino que nos da entrada al Lugar Santísimo, es decir, al nuevo pacto. Como hemos visto, el primer tabernáculo, el Lugar Santo, representa el antiguo pacto, y el segundo tabernáculo, el Lugar Santísimo, representa el nuevo pacto. El velo que cubría el Lugar Santísimo fue rasgado por la muerte de Cristo (Mt. 27:51), la cual crucificó la carne (He. 10:20; Gá. 5:24), y ahora se ha manifestado el camino al Lugar Santísimo. Por tanto, ya no debemos permanecer en el Lugar Santo, es decir, en el viejo pacto, el alma; debemos entrar en el Lugar Santísimo, es decir, en el nuevo pacto, en el espíritu. Ésta es la meta de este libro. El escritor parecía estar diciendo a los destinatarios de esta epístola: “Hermanos hebreos, no debéis permanecer más en el antiguo pacto, ya que se os ha abierto un camino nuevo para que salgáis del antiguo pacto y entréis en el nuevo”. El pensamiento del escritor del libro de Hebreos era que el Lugar Santísimo y el nuevo pacto son uno solo; el Lugar Santísimo es el nuevo pacto. Cuando entramos al Lugar Santísimo, entramos en el nuevo pacto, y cuando entramos en el nuevo pacto, entramos al Lugar Santísimo.

  Son muy pocos los creyentes que han visto esto o han descubierto esta llave. A pesar de que leen este capítulo muchas veces, no entienden de lo que aquí se habla. Pero nosotros hemos encontrado la llave, pues sabemos que el Lugar Santísimo es el nuevo pacto y que el nuevo pacto es el Lugar Santísimo. Cuando entramos al Lugar Santísimo, nos hallamos en el nuevo pacto. En el nuevo pacto se nos imparte la ley de vida; en el nuevo pacto Dios es nuestro Dios y nosotros somos Su pueblo según la ley de vida; en el nuevo pacto tenemos la capacidad interna para conocer a Dios, y recibimos también el perdón de nuestros pecados. Cuando examinamos todo esto en conjunto, descubrimos que estamos en la presencia de Dios, junto a Su oráculo, y que estamos reunidos con Dios, teniendo comunión con Él. Éste es el nuevo pacto con la ley de vida.

II. EL SEGUNDO TABERNÁCULO, EL LUGAR SANTÍSIMO, REPRESENTA EL NUEVO PACTO COMO LA REALIDAD

  El segundo tabernáculo, el Lugar Santísimo, indica que el nuevo pacto es una realidad y no un tipo (vs. 3-5, 7-8, 10-12). Incluso, durante la era del Antiguo Testamento, el Lugar Santísimo no era un tipo. El Lugar Santísimo era una realidad porque la gloria shekiná de Dios, junto con Su hablar y Su presencia, estaban allí. Era allí donde Dios se reunía con Su pueblo. Sin embargo, en la era del Antiguo Testamento no todo el pueblo tenía acceso al Lugar Santísimo, porque el camino para entrar allí aún no se había manifestado. El Lugar Santo en cambio era un tipo. ¿Acaso eran realidades el candelero y la mesa de los panes que estaban en el Lugar Santo? No, ya que éstos eran solamente tipos de la realidad. Pero ¿qué podemos decir de la gloria shekiná y del hablar de Dios que estaban presentes en el Lugar Santísimo? Debido a que estas sí eran realidades. Aunque en la era del Antiguo Testamento el camino al Lugar Santísimo aún no se había manifestado, hoy sí se nos ha manifestado. Por lo tanto, no debemos quedarnos más en el Lugar Santo, sino acercarnos al Lugar Santísimo. Cuando entramos al Lugar Santísimo, nos hallamos en el nuevo pacto disfrutando de todos los legados de este pacto que ha venido a ser un testamento. Algunos de estos legados son el hecho de poder disfrutar de la presencia de Dios y de Su hablar, así como el poder reunirnos con Él y tener comunión con Él. Mientras tenemos comunión con Dios, Él infunde Su persona misma en nuestro ser. Ésta es la realidad del nuevo pacto. ¿Se da cuenta de que hoy nos encontramos en el Lugar Santísimo? ¿Había visto que ahora mismo estamos frente al oráculo divino disfrutando de la presencia de Dios? ¡Aleluya, hemos cruzado el río! Hemos dejado el Lugar Santo atrás y ahora nos encontramos en este precioso lado, en el Lugar Santísimo. De esto trata el libro de Hebreos.

A. El mayor y más perfecto tabernáculo es el mejor pacto

  El versículo 11 dice que Cristo ha venido como un “Sumo Sacerdote de los bienes que ya han venido, por el mayor y más perfecto tabernáculo”. El tabernáculo mayor y más perfecto es el mejor pacto. El Lugar Santísimo y el mejor pacto, que es el nuevo pacto, significan lo mismo.

B. No es de esta creación ni es hecho de manos

  El segundo tabernáculo, que es el Lugar Santísimo, no es “hecho de manos, es decir, no de esta creación” (v. 11), sino hecho por Dios, y es celestial y eterno.

C. Es una reforma, la realidad del antiguo pacto, una rectificación

  El versículo 10 habla del “tiempo de rectificación”. Esta frase puede traducirse también como “reforma”. En la era del Antiguo Testamento nada estaba en su lugar, prácticamente todo estaba en desorden. El tiempo de rectificación ocurrió en la primera venida de Cristo, cuando Él cumplió todas las sombras del Antiguo Testamento a fin de que el nuevo pacto reemplazase el viejo. Cristo puso todo en su debido lugar. La realidad del antiguo pacto lo puso todo en orden. Eso significa un arreglo correcto, un orden correcto. Por lo tanto, es una reforma. Esto difiere de la restauración mencionada en Hechos 3:21, la cual se llevará a cabo en la segunda venida de Cristo

1. Cristo se presentó como Sumo Sacerdote de los bienes que ya han venido

  La reforma estaba relacionada con la primera venida de Cristo. Él se presentó como “Sumo Sacerdote de los bienes que ya han venido” (v. 11). Su primera venida tenía como fin principal que Él llegara a ser Sumo Sacerdote. Es en virtud de Su sacerdocio, Su sacerdocio real y divino mediante el cual hoy lleva a cabo Su más excelente ministerio en el “mayor y más perfecto tabernáculo”, que todas las cosas son puestas en orden en el espíritu mediante la vida. Los “bienes que ya han venido” se refieren a las cosas que el sacerdocio real y divino de Cristo nos ha ministrado.

2. Cristo entró una vez y para siempre en el Lugar Santísimo a fin de obtener una redención eterna, la cual da consumación al nuevo pacto

  El versículo 12 dice: “No por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por Su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, obteniendo así eterna redención”. En el antiguo pacto, la sangre de machos cabríos y becerros sólo hacía expiación por los pecados del pueblo (Lv. 16:15-18); nunca efectuó la redención por sus pecados, debido a que era imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quitara los pecados (He. 10:4). En hebreo, la raíz de la palabra expiación significa “cubrir”. Así que, hacer expiación significa cubrir los pecados; no significa quitar los pecados. Puesto que Cristo como el Cordero de Dios quitó el pecado del mundo (Jn. 1:29) al ofrecerse a Sí mismo en la cruz una vez para siempre como sacrificio por los pecados (He. 9:14; 10:12), Su sangre, la cual Él roció en el tabernáculo celestial (12:24), ha efectuado una redención eterna para nosotros, nos redimió de las transgresiones cometidas bajo el primer (el antiguo) pacto (9:15), transgresiones que fueron solamente cubiertas por la sangre de animales. Así que, nosotros hemos sido redimidos con la preciosa sangre de Cristo (1 P. 1:18-19).

a. Cristo se ofreció a Sí mismo a Dios mediante el Espíritu eterno

  El versículo 14 dice: “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo?”. En la cruz, Cristo se ofreció a Sí mismo a Dios en el cuerpo humano (10:5, 10), el cual estaba limitado por el tiempo. Sin embargo, Él se ofreció por medio del Espíritu eterno, el cual está en la eternidad y no está limitado por el tiempo. Por lo tanto, a los ojos de Dios, Cristo como Cordero de Dios fue inmolado desde la fundación del mundo (Ap. 13:8). Él se ofreció a Sí mismo de una vez y para siempre (He. 7:27), y la redención consumada por medio de Su muerte es eterna (9:12) y tiene un efecto eterno. El alcance de Su obra redentora abarca todo el pecado.

b. Su sangre purifica nuestra conciencia de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo

  La sangre de Cristo purifica nuestra conciencia para que sirvamos al Dios vivo. Servir al Dios vivo requiere una conciencia purificada con sangre. Adorar en la religión, que es algo muerto, o servir cualquier cosa muerta, cualquier cosa que esté separada de Dios, no requiere que nuestra conciencia sea purificada. La conciencia es la parte principal de nuestro espíritu. El Dios vivo a quien deseamos servir viene siempre a nuestro espíritu (Jn. 4:24) y toca nuestra conciencia. Él es justo, santo y viviente. Es necesario que nuestra conciencia contaminada sea purificada para que le sirvamos a Él de una manera viva. Adorar a Dios en nuestra mente de una manera religiosa no requiere eso.

  El versículo 14 habla de las “obras muertas” y del “Dios vivo”. Puesto que estábamos muertos (Ef. 2:1; Col. 2:13), todo lo que hicimos, bueno o malo, fueron obras muertas delante del Dios vivo. El libro de Hebreos no enseña religión, sino que revela al Dios vivo (3:12; 9:14; 10:31; 12:22). Para tocar al Dios vivo necesitamos ejercitar nuestro espíritu (4:12) y tener en nuestro espíritu una conciencia purificada por la sangre. La sangre de Cristo fue derramada para el perdón de los pecados (Mt. 26:28), y el nuevo pacto fue consumado con esta sangre (He. 10:29; Lc. 22:20). La sangre de Cristo efectuó una redención eterna para nosotros (He. 9:12; Ef. 1:7; 1 P. 1:18-19), y compró la iglesia para Dios (Hch. 20:28). Nos lava de nuestros pecados (Ap. 1:5; 1 Jn. 1:7), purifica nuestras conciencias (He. 9:14), nos santifica (13:12), y habla mejor por nosotros (12:24). Por esta sangre entramos al Lugar Santísimo (10:19), y vencemos a Satanás el acusador (Ap. 12:10-11). Por lo tanto, es preciosa y mejor que la sangre de machos cabríos y toros (9:12-13). Debemos darle un gran valor y no considerarla cosa común, como la sangre de los animales. Si lo hacemos, sufriremos el castigo de Dios (10:29-31).

3. Cristo es el Mediador del nuevo pacto y el Ejecutor del testamento nuevo

  El versículo 15 dice: “Por eso es Mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo una muerte para remisión por las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna”. Cristo es el Mediador del nuevo pacto y el Ejecutor del testamento nuevo. Por medio de Su muerte, Él consumó el nuevo pacto y al morir nos lo entregó como un testamento. Ahora en Su resurrección, como el Mediador del nuevo pacto, Él es el Ejecutor del testamento nuevo, quien hace cumplir todo lo que fue realizado en el nuevo pacto y nos fue legado en el testamento nuevo.

a. Él pone en vigencia el nuevo pacto y hace cumplir el testamento nuevo

  Hemos visto que todas las promesas de Dios han venido a ser hechos consumados en el nuevo pacto por medio de la obra redentora de Cristo, y que todos estos hechos consumados se han convertido en legados en el testamento nuevo. Como el Mediador del nuevo pacto, Cristo hoy en resurrección pone en vigencia este nuevo pacto, y como el Ejecutor del testamento nuevo, Él se asegura de que todos los legados de los hechos que han sido consumados lleguen a ser nuestros, y nosotros podamos disfrutarlos plenamente.

b. A fin de que los santos llamados reciban la promesa de la herencia eterna

  Hoy Cristo tiene un ministerio más excelente, en virtud de Su sacerdocio real y divino y, como tal, Él, como Mediador, pone en vigencia el nuevo pacto, y como Ejecutor, hace cumplir el testamento nuevo, a fin de que los santos llamados reciban la promesa de la herencia eterna (v. 15). ¿Cuál es la herencia eterna? Es Dios mismo junto con todo lo que Él es, tiene, ha hecho y hará. Todo esto constituye nuestra herencia eterna para nuestro deleite, y es por medio del nuevo pacto que la heredamos. La promesa de la herencia eterna se basa en la redención eterna de Cristo, no en nuestro esfuerzo, y es diferente de la promesa mencionada en 10:36, la cual depende de nuestra perseverancia y nuestra obediencia a la voluntad de Dios. Aquí la herencia eterna incluida en la promesa se obtiene por la redención eterna de Cristo, mientras que el gran galardón (10:35) de la promesa en 10:36, es dado en virtud de nuestra perseverancia y nuestra obediencia a la voluntad de Dios. Por medio de Su obra redentora, Cristo ha hecho posible que la promesa de herencia eterna sea nuestra. Ahora, mediante Su vida de resurrección, Él hace posible que nosotros, los llamados y redimidos, participemos de todas las riquezas de esta herencia eterna, en conformidad con el testamento nuevo y según el camino del nuevo pacto, que es el camino al Lugar Santísimo.

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