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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Lucas»
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Mensaje 25

EL SALVADOR-HOMBRE LLEVA A CABO SU MINISTERIO EN SUS VIRTUDES HUMANAS CON SUS ATRIBUTOS DIVINOS DE GALILEA A JERUSALEN

(3)

  Lectura bíblica: Lc. 10:25-37

  En 10:25-42 tenemos dos eventos: el Salvador-Hombre se presenta como el buen samaritano con la moralidad más elevada (vs. 25-37) y Marta le recibió en Betania (vs. 38-42). Es significativo que Lucas pone estos dos eventos juntos. Aparentemente no están relacionados, pero en realidad, en nuestra experiencia cristiana, el Señor como el buen samaritano está relacionado con el hecho de que Marta le recibió. En este mensaje examinaremos la descripción del Señor como el buen samaritano con la moralidad más elevada, y en el mensaje siguiente examinaremos el hecho de que Marta le recibió en Betania.

EL SALVADOR-HOMBRE SE PRESENTA COMO UN SAMARITANO

  Hemos visto que en 9:51-56 fue necesario que el Señor Jesús y Sus seguidores pasaran por Samaria. Sin embargo, los samaritanos no le recibieron (9:53). Ahora, en 10:25-37 el Señor se presenta como un samaritano.

  En la parábola del buen samaritano se abarca muchos puntos. Esta parábola menciona el judaísmo, el Antiguo Testamento, la ley de los sacerdotes, los levitas, Cristo, el Espíritu, la vida divina, la iglesia, cómo traer a la gente a la iglesia, la bendición que el Señor da a la iglesia, el regreso del Señor y la recompensa que el Señor da a la iglesia.

  Samaria era la región principal del norte del reino de Israel y el lugar donde se hallaba su capital (1 R. 16:24, 29). Antes del año 700 a. de C. los asirios conquistaron Samaria y trajeron a las ciudades de Samaria gentes de Babilonia y de otros países paganos (2 R. 17:6, 24). Desde entonces, los samaritanos se convirtieron en gente de sangre mezclada, o sea, lo pagano mezclado con lo judío. La historia nos dice que ellos tenían el Pentateuco (los cinco libros de Moisés) y adoraban a Dios conforme a esa porción del Antiguo Testamento. Pero nunca fueron reconocidos como judíos por los mismos judíos.

  En Juan 8:48 unos judíos dijeron al Señor: “¿No decimos bien nosotros, que Tú eres samaritano, y que tienes demonio?” Aquí en Lucas 10 el Señor se refiere a Sí mismo como un samaritano de una manera positiva. El Señor parece que dice: “Soy un samaritano, menospreciado por vosotros”.

HEREDA LA VIDA ETERNA

  Lucas 10:25 dice que “un intérprete de la ley se levantó y le puso a prueba”. Un intérprete de la ley era un experto en la ley mosaica. Tal individuo era un escriba entre los fariseos. Este erudito en la ley también era orgulloso. Siendo uno que se justificaba a sí mismo, se levantó y puso a prueba al Salvador-Hombre.

  Al poner al Salvador-Hombre a prueba, él le dijo: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?” Heredar la vida eterna es ser recompensado en el siglo venidero (Lc. 18:29-30) con el disfrute de la vida divina cuando el reino se manifieste.

  Heredar la vida eterna es también “entrar en la vida” (Mt. 19:17). Entrar en la vida es entrar en el reino de los cielos (Mt. 19:23). El reino de los cielos es una esfera de la vida eterna de Dios. Así que, cuando entramos en ella, entramos en la vida de Dios. Esto es diferente de ser salvos. Somos salvos cuando la vida de Dios entra en nosotros como nuestra vida, mientras que entrar en el reino de los cielos es entrar en la vida de Dios. En el primer caso, somos redimidos y regenerados con la vida de Dios; en el segundo caso, vivimos y andamos en la vida de Dios. El primero es un asunto de nacimiento; el segundo es un asunto de vivir.

  Conforme al Antiguo Testamento, una cosa es recibir la vida eterna y otra, heredar la vida eterna. Recibimos la vida eterna para ser salvos en este siglo, pero heredamos la vida eterna, lo cual es una recompensa en el siglo venidero, es decir, en el reino venidero. Es importante, por lo tanto, que diferenciemos estos asuntos en relación con lo que experimentamos de la vida eterna. Ahora, en el siglo presente, podemos recibir la vida eterna y experimentarla. Este es un asunto de salvación. Pero heredar la vida eterna será una bendición que se nos dará como recompensa en el siglo venidero del reino. Así que, heredar la vida eterna no es un asunto de salvación, sino un asunto relacionado con la recompensa del reino.

  Cuando el escriba preguntó al Salvador-Hombre que haciendo qué cosa él heredaría la vida eterna, el Señor le dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” (v. 26). El intérprete de la ley respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (v. 27). Y a esto el Señor le contestó: “Bien has respondido; haz esto, y tendrás vida” (v. 28).

LA PARABOLA DEL SAMARITANO

  Lucas 10:29 dice: “Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?” El que hizo esta pregunta debió de haber sido uno de los fariseos que se justificaban a sí mismos (16:14-15, 18:9-10). Como muestra de su orgullo, preguntó al Señor quién era su prójimo. Parece que él dijera al Señor: “¿Quién es mi prójimo para que yo pueda amarle?” En la parábola siguiente, el Señor le respondió al demostrarle que él no necesitaba un prójimo para poder amar. Más bien, él necesitaba un prójimo que le amara. Puesto que él no era capaz de amar, necesitaba que alguien le amara. Como veremos, este prójimo era el buen samaritano.

  La parábola del buen samaritano es una de las parábolas narradas solamente por Lucas. Esta parábola transmite el principio de la alta moralidad de la plena salvación del Salvador. El Salvador tiene la intención de presentar “el hombre” del versículo 30, o sea, el intérprete de la ley que se justifica, como un pecador que había caído del fundamento de la paz (Jerusalén) a la condición de la maldición (Jericó).

Desde Jerusalén hasta Jericó

  Lucas 10:30 dice: “Tomando Jesús la palabra, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto”. Jerusalén significa fundamento de la paz (véase He. 7:20), y Jericó era una ciudad de maldición (Jos. 6:26; 1 R. 16:34). La palabra descendía indica que cayó de la ciudad cuyo fundamento es la paz a la ciudad de la maldición. Por lo tanto, el hombre mencionado en esta parábola cayó del fundamento de la paz a un lugar de maldición. El camino que tomaba era un camino que le conducía a tal caída.

Cae en manos de ladrones

  El hombre que descendía de Jerusalén a Jericó cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron, le hirieron y se fueron, dejándole medio muerto. Estos ladrones representan a los maestros legalistas de la ley judía (Jn. 10:1), quienes usaban la ley (1 Co. 15:56) para despojar a los que guardaban la ley, como el intérprete de la ley que se justificaba. La palabra despojar significa el despojo causado por el mal uso de la ley por parte de los maestros judíos. La palabra griega traducida herir literalmente significa poniéndole azotes encima. Esto significa matar por la ley (Ro. 7:9-10). Además, el hecho de que los ladrones dejaron al hombre medio muerto indica que los maestros judíos dejaban moribundo a quien observaba la ley (Ro. 7:11, 13).

  Todos los fariseos, los maestros legalistas del judaísmo, se asemejan aquí a los ladrones. El intérprete de la ley se asemeja al que descendía de Jerusalén a Jericó, que cayó en manos de estos ladrones, los cuales le despojaron y le hirieron. Los maestros legalistas de la religión judía despojaban a las personas, las herían y después las dejaban medio muertas. Esta era la situación del intérprete de la ley, aunque no se dio cuenta de que él estaba en tal condición.

Un sacerdote y un levita

  En el versículo 31 el Señor añade: “Coincidió que descendía un sacerdote por aquel camino, y viéndole, dio un rodeo y pasó de largo”. El sacerdote era uno que debía cuidar al pueblo de Dios enseñando la ley de Dios (Dt. 33:10; 2 Cr. 15:3). En la parábola, un sacerdote iba descendiendo por el mismo camino, y fue incapaz de prestar ayuda al herido.

  En el versículo 32 dice: “Asimismo un levita, llegando a aquel lugar, y viéndole, dio un rodeo y pasó de largo”. Un levita era uno que ayudaba al pueblo de Dios en su adoración a Dios (Nm. 1:50; 3:6-7; 8:19). Este levita vino al mismo lugar, y él tampoco prestó ayuda al moribundo.

Los actos de un samaritano

  Los versículos 33 y 34 describen los actos de un samaritano que se acercó al hombre que cayó en manos de los ladrones: “Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a compasión; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su propia cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él”. Este samaritano representa al Salvador-Hombre, quien aparentemente era un laico de condición humilde. Era menospreciado y difamado, como un samaritano miserable (Jn. 8:48; 4:9), por los fariseos que se exaltaban y eran justos en su propia opinión, incluyendo a la persona con quien el Señor estaba conversando en Lucas 10:25 y 29. El Salvador-Hombre en Su viaje ministerial, en el cual buscaba al perdido y salvaba al pecador (19:10), descendió al lugar donde los ladrones judíos hirieron a la víctima dejándole en su condición miserable y moribunda. Cuando le vio, fue movido a compasión en Su humanidad junto con Su divinidad, y le brindó sanidad y salvación tierna y cuidadosa, satisfaciendo completamente su necesidad inmediata (vs. 34-35).

  En 10:34 y 35 todos los puntos del cuidado que administró el buen samaritano al moribundo describen al Salvador-Hombre en Su humanidad junto con Su divinidad, que cuida misericordiosa, tierna y abundantemente a un pecador condenado bajo la ley. Esto demuestra claramente el alto nivel de Su moralidad en Su gracia salvadora.

  El samaritano se acercó al hombre y le vendó las heridas, derramando aceite y vino sobre ellas. Vendar las heridas indica que le sanó. Derramar aceite y vino sobre sus heridas indica que le dio el Espíritu Santo y la vida divina. Cuando el Salvador-Hombre vino a nosotros, El derramó en nuestras heridas Su Espíritu y Su vida divina.

  Luego el samaritano puso al hombre en su propia cabalgadura, en un asno. Esto indica que el samaritano le llevó con medios humildes y con humildad. Muchos de nosotros podemos testificar que fuimos llevados a la iglesia en tal humildad, montados en “un asno”. No entramos en la iglesia de una manera espléndida y gloriosa. Al contrario, fuimos llevados a la iglesia de una manera humilde y con medios humildes.

  El samaritano llevó al hombre a un mesón y le cuidó. Esto indica que le trajo a la iglesia y le cuidó mediante la iglesia.

  El versículo 35 dice: “Y al día siguiente, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese”. Aquí vemos que el samaritano pagó en el mesón por el hombre. Esto quiere decir que bendijo a la iglesia por causa de él. Además, al prometer que pagaría al mesonero todo lo que el hombre gastara de más indica que todo lo demás que la iglesia gaste por él en esta era, será pagado cuando el Señor regrese.

El que se justifica a sí mismo necesita un prójimo amoroso

  En el versículo 36 el Salvador-Hombre preguntó al intérprete de la ley: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que se hizo el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?” El intérprete de la ley que quería justificarse a sí mismo pensó que podía amar a otro como su prójimo (v. 29). Bajo la ceguera de la autojustificación, él no sabía que él mismo necesitaba un prójimo, el Salvador-Hombre, que le amara.

  En el versículo 37 el intérprete de la ley contestó: “El que usó de misericordia con él”. Entonces Jesús le dijo: “Ve, y haz tú lo mismo”. Las palabras griegas traducidas el que usó de misericordia con él pueden también traducirse “el que lo trató con misericordia”. El que se justificaba recibió ayuda al llegar a saber que necesitaba un prójimo amoroso (como el buen samaritano, quien tipifica al Salvador-Hombre) que le amara, no un prójimo que fuera amado por él. El Salvador tenía la intención de revelarle mediante esta historia que él estaba condenado a muerte bajo la ley, que él era incapaz de cuidarse a sí mismo, aún menos amar a otros, y que el Salvador-Hombre era Aquel que le amaría y le daría salvación plena.

LOS ATRIBUTOS DIVINOS Y LAS VIRTUDES HUMANAS DEL SALVADOR-HOMBRE

  En esta parábola podemos ver los atributos divinos y las virtudes humanas del Salvador-Hombre. En referencia a los atributos divinos, vemos el Espíritu, la vida eterna, la bendición y el asunto del reembolso. Dar el Espíritu, la vida divina, la bendición y reembolsar a la iglesia están relacionados con los atributos divinos.

  Las virtudes humanas del Salvador-Hombre que se revelan aquí incluyen Su compasión, amor, simpatía y cuidado. Otra vez en este caso, las virtudes humanas del Salvador-Hombre se mezclan con Sus atributos divinos. Es difícil distinguirlos claramente por categorías, porque se mezclan para producir el más alto nivel de moralidad.

  En la parábola del buen samaritano vemos que la moralidad del Salvador-Hombre era una moralidad en el más alto nivel. Cuando el sacerdote vio al hombre que cayó en manos de los ladrones, él no hizo nada para ayudarle. Parece que dicho sacerdote no tenía moralidad alguna. La situación era la misma con el levita. Pero cuando el Salvador-Hombre vio al hombre que estaba en su condición lamentable, fue movido a compasión. Después ejercitó plenamente Su moralidad para cuidar al necesitado. El más alto nivel de moralidad del Salvador-Hombre era un producto de una vida de mezcla, es decir, una vida en la cual los atributos divinos se mezclan con las virtudes humanas. En esta parábola vemos claramente que el Salvador-Hombre llevó a cabo Su ministerio en Sus virtudes humanas junto con Sus atributos divinos.

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