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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Lucas»
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Mensaje 63

LA MULTIPLICACION DEL DIOS-HOMBRE

(2)

  Lectura bíblica: Jn. 3:6b; 2 Co. 3:17-18; Fil. 1:19-21; 2:5-8; 3:9-10; 4:8, 13

  Ya vimos que para que el Dios-hombre se multiplique necesitamos renacer del Cristo pneumático, renacer de la vida y naturaleza divinas en nuestro espíritu. En este mensaje veremos que para que se efectúe esta réplica también necesitamos ser transformados por el Cristo pneumático en nuestra alma y así vivir a Cristo el Dios-hombre.

SER TRANSFORMADOS POR EL CRISTO EN NUESTRA ALMA

  Después de que hayamos renacido, o sea, nacido del Espíritu en nuestra alma, necesitamos ser transformados. Necesitamos ser transformados por el Cristo pneumático en nuestra alma con Sus atributos divinos a fin de que nuestras virtudes humanas sean elevadas, fortalecidas, enriquecidas y llenadas, a fin de que El se exprese en nuestra humanidad. Al respecto, Pablo dice en 2 Corintios 3:17-18: “Y el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Mas, nosotros todos, a cara descubierta mirando y reflejando como un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Señor Espíritu”. Tanto el Espíritu mencionado en el versículo 17 como el Señor Espíritu en el 18 se refieren al Cristo pneumático. Cuando le miramos y le reflejamos, somos transformados en Su imagen. Además, el Señor Espíritu es en realidad el Espíritu mencionado en Juan 3:6. El Espíritu que se menciona en Juan 3:6 nos regenera mientras que el Señor Espíritu en 2 Corintios 3:18 nos transforma. Ser regenerados, es decir, nacer de nuevo ocurre una vez para siempre, pero ser transformados toma toda la vida. Por eso Pablo dice que “somos transformados”. La palabra somos alude a un proceso, en el cual estamos para ser transformados.

Una salvación metabólica

  Es fácil entender el significado de la regeneración, pero no el de la transformación. En 2 Corintios 3:18 se encuentra la palabra transformados, pero la versión inglesa King James usa la palabra changed, que se traduce “cambiados”, lo cual es incorrecto. Aunque la transformación es un cambio, no sólo es un cambio exterior, sino que también tiene que ver con un cambio metabólico, un cambio producido por la vida divina. Dicho cambio requiere que el elemento de la vida divina opere en nosotros. Esto produce un cambio no sólo en la apariencia y en el comportamiento, sino también en vida, en naturaleza y en la esencia intrínseca.

  No debemos pensar que el Señor nos salva solamente de manera objetiva, ni tampoco que cuanto más oremos, más nos salvará desde los cielos objetivamente. Más bien, cuanto más invoquemos el nombre del Señor, más obrará en nosotros para cambiarnos metabólicamente, lo cual afecta nuestro ser intrínseco. Esto quiere decir que la obra salvadora que el Señor efectúa no es solamente una salvación objetiva sino también metabólica. Es fácil obrar externamente, pero salvarnos de manera metabólica toma tiempo. Según la revelación del Nuevo Testamento, la salvación divina no es una salvación objetiva, sino principalmente una salvación metabólica. Por experiencia sabemos que esta salvación es lenta, progresiva y firme.

Para que el Señor se exprese en nuestra naturaleza humana

  Renacimos en nuestro espíritu, pero somos transformados en nuestra alma. La regeneración tiene que ver con la vida y la naturaleza divinas, pero la transformación tiene que ver con los atributos divinos, los cuales elevan, fortalecen, enriquecen y llenan nuestras virtudes humanas a fin de que el Señor se exprese en nuestra naturaleza humana.

  La regeneración y la transformación son dos pasos del proceso en los cuales se reproduce al Dios-hombre. El Salvador-Hombre como el Dios-hombre es el prototipo único. Mediante la regeneración y la transformación Dios desea duplicar, fabricar en serie este prototipo. La obra regeneradora que el Cristo pneumático efectúa en nuestro espíritu y la obra transformadora que realiza en nuestra alma lleva a cabo esta multiplicación. Por medio de estos pasos llegamos a ser la réplica del Dios-hombre y está reproducción fabrica en serie el prototipo único. ¡Alabado sea el Señor que fuimos regenerados una vez para siempre y ahora estamos en el proceso de ser transformados!

VIVIR A CRISTO EN SU CONDICION DE DIOS-HOMBRE

  Nosotros somos la réplica de Cristo, el Dios-hombre, y por eso, debemos expresarle en nuestro vivir (Fil. 1:20b, 21a). Cristo vivió en la tierra como Dios-hombre por treinta y tres años y medio, y hoy nosotros, Su réplica, debemos vivirle a El en Su condición de Dios-hombre.

  Los cristianos citan frecuentemente Filipenses 1:21a: “Porque para mí el vivir es Cristo”. La vida de Pablo consistía en vivir a Cristo. Cristo no sólo era su vida interior, sino también su manera de vivir. Cristo vivía en él y, por ende, él vivía a Cristo (Gá. 2:20). Pablo era uno con Cristo tanto en su vida como en su modo de vivir. Participaban de una sola vida y un solo modo de vivir. Cristo vivía en Pablo y era su vida, y Pablo le expresaba como su modo de vivir.

  Es importante que entendamos que el Cristo mencionado en Filipenses 1:21 es el Dios-hombre, lo cual Pablo afirma en el capítulo dos de Filipenses. En 2:5 Pablo dice: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” y en los versículos siguientes añade que Cristo existía en forma de Dios y que no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo, tomando forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres (vs. 6-7). En el versículo 8 Pablo sigue describiendo al Dios-hombre y dice: “Y hallado en Su porte exterior como hombre, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Con base en esta descripción vemos que el Cristo de Filipenses 1 es el Dios-hombre de Filipenses 2. Por lo tanto, vivir a Cristo es vivir al Dios-hombre.

Mediante el Espíritu abundante de Jesucristo

  Vivimos a Cristo, el Dios-hombre, mediante la abundante suministración del Espíritu de Jesucristo (Fil. 1:19). Como ya dijimos, el Espíritu de Jesucristo no sólo es el Espíritu de Dios que estaba presente antes de que el Señor se encarnara, sino también el Espíritu Santo con divinidad que después de la resurrección se le añadió la encarnación, la humanidad, el vivir humano, la crucifixión y la resurrección del Señor. El Espíritu de Jesús tiene que ver principalmente con la humanidad del Señor y con Su vivir humano, y el Espíritu de Cristo con Su resurrección. Para experimentar la humanidad del Señor, tal como muestra Filipenses 2:5-8, necesitamos el Espíritu de Jesús, y para experimentar el poder de la resurrección del Señor, mencionado en Filipenses 3:10, necesitamos el Espíritu de Cristo.

Tener el sentir, la manera de pensar, de Jesucristo, el Dios-hombre

  Si vamos a vivir a Cristo, el Dios-hombre, necesitamos tener Su sentir, la manera de pensar. En Filipenses 2:5-8 Pablo nos anima a que tengamos la manera de pensar que hubo en Jesucristo, el Dios-hombre, lo cual estaba presente en Cristo cuando se despojó a Sí mismo tomando forma de esclavo, humillándose a Sí mismo, y hallándose en Su porte exterior como hombre. Tener esta manera de pensar requiere que seamos uno con el entrañable amor de Cristo (Fil. 1:8).

  En Filipenses 2:12-13 Pablo añade: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, llevad a cabo vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros realiza así el querer como el hacer, por Su beneplácito”. La salvación de la que se habla en el versículo 12 no se refiere a ser salvos del infierno, lo cual no es algo que nosotros podemos llevar a cabo, sino a una salvación subjetiva, una salvación interior que requiere que cooperemos con Dios, y hacemos esto obedeciendo. Nuestra obediencia es nuestra cooperación.

  Llevar a cabo nuestra salvación equivale a llevarla a su máxima consumación. Recibimos la salvación y ahora tenemos que llevarla a cabo, llevarla a su conclusión final, obedeciendo constante y absolutamente, con temor y temblor. Recibimos esta salvación por fe una vez para siempre, pero tenemos que llevarla a cabo por medio de la obediencia durante toda nuestra vida.

  La palabra porque mencionada en el versículo 13 da la razón por la cual debemos obedecer siempre. Debemos obedecer porque Dios opera en nosotros. El es el que en nosotros realiza el querer como el hacer para que nuestra salvación sea llevada a cabo, o sea, nosotros mismos no la llevemos a cabo, sino que Dios opera en nosotros para hacerlo. Lo único que tenemos que hacer es obedecer a Dios, Aquel que realiza en nosotros el querer como el hacer, por Su beneplácito.

  En Filipenses 2:14 Pablo dice: “Haced todo sin murmuraciones y argumentos”. Las murmuraciones tiene que ver con nuestra parte afectiva, y los argumentos, con nuestra mente. Ambos impiden que experimentemos y disfrutemos a Cristo. ¿Puede usted decir que no murmura ni razona en su vida cotidiana? Es posible que usted haya experimentado un gran cambio en su vida; no obstante, aún necesita ser salvos de sus murmuraciones y razonamientos. Efectivamente necesitamos ser salvos de las murmuraciones y los razonamientos mediante el Cristo viviente, el Dios-hombre viviente.

  Pablo tenía mucha experiencia y escribió la Epístola a los Filipenses basada en ella. Por experiencia, sabía que fuimos salvos de muchas cosas, pero no de nuestras murmuraciones y razonamientos. No somos salvos de ello por medio del brazo divino que nos llega desde el tercer cielo. Entonces, ¿qué es lo que realmente nos salva de ello? Lo que nos salva es el Cristo que mora en nosotros, el Dios-hombre que está en nuestro interior. Hoy este Dios-hombre es el Espíritu vivificante y todo-inclusivo, lo cual constituye una abundante suministración, mediante la cual el Espíritu de Jesucristo nos libra interiormente de nuestras murmuraciones y razonamientos. Esto se experimenta viviendo a Cristo. Vivir a Cristo es vivir al Dios-hombre, quien ahora es el Cristo pneumático.

Resplandecer la palabra de vida como luminares que reflejan la luz de Jesucristo, el Dios-hombre

  Cuando vivimos a Cristo, el Dios-hombre, debemos resplandecer “como luminares en el mundo; enarbolando la palabra de vida” (Fil. 2:15b-16a), lo cual equivale a resplandecer como luminares que reflejan la luz de Jesucristo el Dios-hombre. Cuando cooperamos con el Dios que obra en nosotros y le obedecemos, el Dios-hombre como el Cristo pneumático con Su abundante suministración nos capacita para resplandecer la palabra de vida como luminares. En lugar de presentar una enseñanza y predicación, resplandecemos la palabra de vida como luminares que reflejan la luz del Dios-hombre.

Ser hallados en Cristo

  Si vivimos a Cristo como el Dios-hombre, seremos hallados en El (Fil. 3:9). Pablo, quien era una réplica del Dios-hombre, deseaba ser hallado en Cristo por todos los que le observaban. Aspiraba que su ser estuviera sumergido en Cristo y saturado con El para que todos los creyentes le encontraran totalmente en El.

El es nuestra justicia subjetiva

  Ser hallados en Cristo requiere que le tengamos como nuestra justicia subjetiva, como nuestra justicia suprema. Esta es la justicia a la cual el Señor Jesús se refirió en Mateo 5:20: “Porque os digo que si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. La justicia de la cual se habla aquí no sólo se refiere a la justicia objetiva, la cual es el Cristo que recibimos cuando creemos en El y somos justificados delante de Dios (1 Co. 1:30; Ro. 3:26); sino a la justicia subjetiva, la cual es el Cristo que mora en nosotros y se expresa en nuestro modo de vivir como nuestra justicia. En Filipenses 3:9 Pablo lo llama la “justicia procedente de Dios”. La palabra griega traducida de significa “en” o “salir de”. Esta justicia es en realidad el propio Dios quien se expresa en nuestro vivir para que sea nuestra justicia mediante nuestra fe en Cristo. Tal justicia es la expresión de Dios, quien vive en nosotros. Por lo tanto, la justicia suprema es el propio Dios a quien expresamos en nuestro vivir. Esta justicia no es nuestra; es el propio Dios como nuestra justicia.

En el poder de Su resurrección

  En Filipenses 3:10 Pablo dijo: “A fin de conocerle, y el poder de Su resurrección, y la comunión en Sus padecimientos, configurándome a Su muerte”. Este versículo indica que Pablo vivía a Cristo en el poder de Su resurrección. A Pablo se le había dado fin y se le había sepultado. Y ahora, en la resurrección de Cristo, disfrutaba el poder de ésta.

  El poder de resurrección de Cristo es Su vida de resurrección, la cual le resucitó de entre los muertos (Ef. 1:19-20). La realidad del poder de resurrección de Cristo es el Espíritu (Ro. 1:4). Conocer este poder requiere que uno se identifique con la muerte de Cristo, pues ésta es la base de la resurrección. Si deseamos experimentar el poder de la resurrección de Cristo, debemos llevar una vida crucificada como El lo hizo, ya que identificarnos con Su muerte nos proporciona la base sobre la cual podemos recibir el poder de Su resurrección a fin de que Su vida divina se exprese en nosotros.

Ser configurados a Su muerte

  En Filipenses 3:10 Pablo también habla de ser configurados a la muerte de Cristo, lo cual equivale a tomar Su muerte como el molde de nuestra vida. El molde de la muerte de Cristo se refiere al hecho de que El continuamente hacía morir Su vida humana para poder expresar la vida de Dios (Jn. 6:57). Nuestra vida debe configurarse a tal molde, es decir, para que la vida divina viva, debe morir nuestra vida humana. Si deseamos ser hallados en Cristo el Dios-hombre, y expresarle, debemos ser configurados a Su muerte.

Expresado en nuestras virtudes humanas

  Cuando somos hallados en Cristo al vivirle en Su condición de Dios-hombre, El se expresará en nuestras virtudes humanas, lo cual Pablo lo afirma en Filipenses 4:8: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, a esto estad atentos”. Todos los aspectos registrados aquí se refieren a las virtudes humanas. La expresión ser verdadero equivale a ser veraz moralmente, no significa verdadero en hecho. Ser honorable equivale a ser venerable, es decir, digno de reverencia; también quiere decir noble y serio (1 Ti. 3:8, 11; Tit. 2:2), la cual evoca la idea de dignidad, lo cual inspira y produce reverencia. Ser justo es ser justo en el sentido de rectitud (no de equidad) delante de Dios y de los hombres. Ser puro equivale a ser sencillo en intención y acción, sin contaminación alguna. La palabra amable aquí quiere decir que puede ser amado, asentido, querido. La expresión todo lo que es de buen nombre viene de la traducción griega que significa “suena bien”. Su uso aquí quiere decir de buena reputación, atractivo, encantador, cortés. En este versículo virtud significa excelencia, o sea, energía moral exhibida en una acción vigorosa. La palabra alabanza indica algo que merece alabanza, como compañía a la virtud.

  Los primeros seis aspectos están encabezados por todo lo que es; los dos últimos, por si hay alguna. Esto indica que los últimos dos aspectos son un resumen de los primeros seis, en todos los cuales hay algo de virtud o excelencia, y algo digno de alabanza. Lo que quiero decir aquí es que estas son las virtudes humanas en las cuales Cristo se expresa.

En todo

  En Filipenses 4:13 Pablo dice: “Todo lo puedo en Aquel que me reviste de poder”. Pablo era una persona que estaba en Cristo (2 Co. 12:2), y deseaba que otros lo hallaran en El. Aquí él declara que lo podía todo en Cristo, el mismo Cristo que le daba poder.

  Decir que Cristo nos reviste de poder significa que El nos hace dinámicos interiormente. Cristo mora en nosotros (Col. 1:27). El nos reviste de poder, nos hace dinámicos, desde adentro, no desde afuera. Por medio de este poder que le fue dado a Pablo, él lo podía todo en Cristo. En particular, podía tener todas las virtudes mencionadas en el versículo 8. Aquí Pablo parece decir: “Todo esto lo puedo en Aquel que me reviste de poder. Esto significa que puedo ser verdadero y honorable. Tengo la aptitud de ser justo con Dios y con los hombres, ser puro, ser una persona que es querida y de buen nombre. En Cristo puedo tener todas las virtudes que otros alaban”.

  El libro de Filipenses habla de la réplica del Dios-hombre. Todo aquel que vive a Cristo, el Dios-hombre, es una réplica de El, una copia del Dios-hombre único, una reproducción del prototipo.

  En Lucas vemos como Cristo se encarnó y llevó la vida de un Dios-hombre. En Filipenses vemos como Cristo se expresa en nuestra vida a fin de tener muchas réplicas de Sí mismo. Todos los cristianos deben ser las réplicas del Dios-hombre único.

  ¿Cómo podemos ser tales réplicas, tales copias? Primero, tenemos que renacer del Cristo pneumático en nuestro espíritu, y después tenemos que ser transformados gradualmente por El mismo en nuestra alma. Entonces espontáneamente viviremos a Cristo, el Dios-hombre, por medio de la abundante suministración de Su Espíritu, al tener Su sentir y al resplandecer la palabra de vida como luminares que reflejan la luz de Jesucristo. También seremos hallados en Cristo, al tenerle como nuestra justicia suprema, la cual se halla en el poder de Su resurrección, y ser configurados a Su muerte. Entonces le expresaremos en todas las virtudes humanas que Dios creó para el hombre, las cuales son fortalecidas, enriquecidas y llenas con los atributos divinos del Dios-hombre. Confío que el Espíritu les hablará más de esto.

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