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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Marcos»
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Mensaje 8

LAS DIVERSAS MANERAS EN QUE EL SALVADOR-ESCLAVO LLEVO A CABO SU SERVICIO EVANGELICO

(2)

  Lectura bíblica: Mr. 2:13-17

  En el mensaje anterior dijimos que en 2:1—3:6 se narran cinco casos que muestran cómo el Salvador-Esclavo, el Esclavo de Dios, llevó a cabo Su servicio evangélico al ocuparse de las necesidades del hombre caído: perdonó los pecados de los enfermos (Mr. 2:1-12), cenó con los pecadores (Mr. 2:13-17), hizo que Sus seguidores se alegraran y no ayunaran (Mr. 2:18-22), se preocupó por el hambre de Sus seguidores y no por las normas de la religión (Mr. 2:23-28) y se ocupó de aliviar al que sufría y no de los ritos de la religión (Mr. 3:1-6). Habiendo estudiado el primer caso, el del enfermo que es perdonado de sus pecados, en este mensaje examinaremos el caso en el cual el Señor cena con los pecadores.

  Marcos 2:13 dice: “Salió de nuevo a la orilla del mar; y toda la multitud venía a El, y les enseñaba”. Ya vimos que el Salvador-Esclavo, como luz del mundo (Jn. 8:12; 9:5), fue a Galilea, una región asentada en tinieblas, donde el pueblo yacía en sombra de muerte. Como una gran luz, fue allí para alumbrarlos (Mt. 4:12-16). Su enseñanza comunicó la palabra de luz que los alumbró para que recibieran la luz de la vida (Jn. 1:4), salieran de las tinieblas satánicas y entraran a la luz divina (Hch. 26:18).

CENA CON LOS PECADORES

Mateo es llamado

  El versículo 14 dice: “Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose, le siguió”. El banco de los tributos públicos era una casa de peaje donde se recaudaban impuestos para los romanos. Leví, también conocido como Mateo, era uno de los recaudadores y probablemente ocupaba una posición prominente (Mt. 10:3). Los recaudadores de impuestos eran censurados, menospreciados y aborrecidos por los judíos (Lc. 18:11; Mt. 5:46), a quienes les causaba mucha amargura el tener que pagar impuestos a los romanos. Casi todos los recaudadores abusaban de su oficio exigiendo más de lo debido por medio de acusaciones falsas (Lc. 3:12-13; 19:2, 8), y por eso eran menospreciados por el pueblo y considerados indignos de respeto (Lc. 18:9-10). Así que, los tenían en la misma categoría que a los pecadores (Mr. 2:16). Aunque Mateo era recaudador de impuestos, fue llamado por el Salvador-Esclavo y más tarde fue escogido y designado como uno de los doce apóstoles (3:18). ¡Qué misericordia!

  El relato del llamamiento de Mateo es muy sencillo. El era recaudador de impuestos, alguien a quien los judíos tenían por traidor debido a que ayudaba a los imperialistas romanos. En el Nuevo Testamento los recaudadores de impuestos eran contados con las rameras. No obstante, Mateo fue llamado por el Salvador-Esclavo. El Señor sencillamente le dijo: “Sígueme”, y se nos dice que él se levantó y le siguió. Según este relato, ésta era la primera vez que el Señor se encontraba con Mateo. El Señor debe de haber tenido un poder atrayente, ya sea en Sus palabras o en Su apariencia, que motivó a Mateo a seguirle.

  Seguir al Señor incluye creer en El, pues nadie le seguiría si no creyera en El. Creer en el Señor significa ser salvo (Hch. 16:31), y seguirle es entrar por la puerta estrecha y andar por el camino angosto (Mt. 7:13-14).

  Este caso, en el cual el Señor llama a alguien a seguirle, no es el primero que se relata en el Evangelio de Marcos. En 1:16 el Señor vio a Simón y a Andrés que echaban sus redes en el mar, y les dijo: “Venid en pos de Mí, y haré que seáis pescadores de hombres. Y dejando al instante las redes, le siguieron” (vs. 17-18). Un poco más adelante, el Señor llamó a Jacobo, el hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, los cuales estaban en una barca, remendando las redes (v. 19). Cuando los llamó, ellos dejaron a su padre con los jornaleros y se fueron en pos de El (v. 20). En el capítulo dos encontramos un caso semejante. El Señor vio a Leví, o sea Mateo, en el banco de los tributos públicos, y le dijo que le siguiera, y Mateo sencillamente se levantó y le siguió. Como respuesta al llamado del Salvador-Esclavo, este acto implicaba que él renunciaba a su trabajo sucio y a su vida pecaminosa.

Los enfermos tienen necesidad de médico

  El versículo 15 indica que Mateo no sólo siguió al Señor, sino que también le dispuso una gran fiesta: “Aconteció que estando Jesús reclinado a la mesa en casa de él, muchos recaudadores de impuestos y pecadores estaban también reclinados a la mesa con Jesús y Sus discípulos; porque había muchos que le seguían”. Mateo invitó a muchos recaudadores de impuestos y pecadores a la cena. Si a nosotros se nos hubiera invitado, probablemente habríamos rechazado la invitación, por no querer cenar con esta clase de personas. Pero el Señor sí asistió a la cena.

  Si leemos el Evangelio de Marcos detenidamente, nos daremos cuenta de que los escribas seguían al Señor como espías por dondequiera que El iba. El versículo 16 dice: “Y los escribas de los fariseos, viéndole comer con los pecadores y con los recaudadores de impuestos, dijeron a Sus discípulos: ¿Cómo es que El come con los recaudadores de impuestos y los pecadores?” Ya vimos que los escribas, como fanáticos de la religión vieja y muerta, fueron motivados y usados por Satanás, el enemigo de Dios, para oponerse, resistir y estorbar el servicio evangélico del Esclavo de Dios durante todo Su ministerio (2:16, 24; 3:22; 7:5; 8:11; 9:14; 10:2; 11:27; 12:13, 28). En el versículo 16 vemos que los escribas se consideraban justos al condenar al Salvador-Esclavo por cenar con los recaudadores de impuestos y con los pecadores. Lo que los escribas, quienes se creían justos, dijeron a los discípulos del Señor indica que no conocían la gracia de Dios. Suponían que Dios se relacionaba con el hombre solamente basado en la justicia. En el versículo 16, continúan la oposición que iniciaron en 2:6-7.

  El Señor, al oír lo que los escribas habían dicho, les dijo: “Los que están fuertes no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (v. 17). Esto indica que el Salvador-Esclavo se consideraba el Médico de la personas enfermas de pecados. El Señor, al llamar a la gente a seguirle, ministraba como Médico, no como juez. Un juez emite sentencia según la justicia, pero el Médico sana motivado por la misericordia y la gracia. El Señor vino a ministrar como Médico, es decir, vino a sanar, recobrar, reanimar y salvar a las personas.

  Las palabras del Señor, cuando dijo que los que están fuertes no tienen necesidad de médico, implicaban que los escribas, quienes se creían justos, no se daban cuenta de que necesitaban al Señor como su Médico. Ellos se consideraban fuertes; por tanto, cegados por su sentimiento de justicia propia no se daban cuenta de que estaban enfermos.

  En el versículo 17, el Señor dijo que no había venido a llamar a justos, sino a pecadores, lo cual indica que el Salvador-Esclavo es el Salvador de los pecadores. En realidad no hay justo, ni aun uno (Ro. 3:10). Los que se creen justos, son justos en su propia opinión. El Salvador-Esclavo no vino para llamar a estos, sino a los pecadores.

  El Señor parecía decir a los escribas: “Los que están fuertes no tienen necesidad de médico, pero los enfermos, reconocen que lo necesitan. Ustedes, los escribas, ¿están fuertes o débiles? ¿Están enfermos o sanos? Ustedes están más enfermos que los recaudadores de impuestos, pero no están dispuestos a reconocerlo. Y puesto que no reconocen su necesidad, no puedo sanarlos. Yo he venido como Médico para sanarlos, pero no quieren reconocer que están enfermos. Además, no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”.

El gozo de ser salvos

  En los casos que se relatan en 2:1-12 y 2:13-17, en los cuales el Señor perdonó los pecados al enfermo y cenó con los pecadores, vemos la mejor manera de llevar a cabo el servicio evangélico, la cual consiste en ayudar a las personas a recibir el perdón de sus pecados a fin de traernos a disfrutar a Dios. Cenar con el Señor Jesús equivale a disfrutar a Dios junto con El.

  Todos los pecadores perdieron a Dios y dejaron de disfrutarle. Fueron llevados cautivos, separados de Dios y privados del disfrute que se halla en El; y se convirtieron en esclavos de Satanás. Los pecadores son esclavos que están bajo la potestad de Satanás. Debido a esto, no encuentran satisfacción ni paz. Lo primero que hizo el Señor Jesús al llevar a cabo el servicio evangélico, fue perdonar nuestros pecados y traernos a disfrutar a Dios.

  Después de que usted fue salvo, ¿acaso no experimentó un disfrute, algo semejante a un banquete? Si fue salvo y no gustó de tal fiesta, quiere decir que no recibió el gozo de la salvación de Dios. En este sentido, la salvación que experimentó no fue adecuada ni completa. La salvación completa incluye el perdón de pecados así como el gozo que se encuentra en Dios. Este gozo es el disfrute que tenemos de Dios, y dicho disfrute es un banquete.

  Todavía recuerdo la experiencia que tuve cuando fui salvo. Aunque nací, fui criado e instruido en el cristianismo, no fui salvo sino hasta la edad de diecinueve años. ¡Qué gozo experimenté el día que fui salvo! Me sentía tan alegre, y todas las cosas del cielo y de la tierra me parecían muy agradables. No era otra cosa que el deleite que se halla en Dios, el gozo de la salvación, el cual es un banquete. Cuando experimentamos el gozo de la salvación, cenamos con el Señor Jesús.

  Muchos podemos testificar que cuando recordamos nuestra experiencia de salvación, todavía gustamos del gozo que tuvimos. Después de ser salvos y de saber que nuestros pecados habían sido perdonados, experimentamos el gozo en nuestro interior. Para nosotros, el Señor Jesús era la persona más maravillosa, y nos gozábamos en El y cenábamos con El.

  El gozo de la salvación, que es disfrutar a Dios, es una prueba contundente de que hemos vuelto a Dios. El gozo de la salvación testifica que ya no estamos lejos de Dios, sino que hemos vuelto a El. La manera apropiada de llevar a cabo el servicio evangélico es ayudar a las personas a experimentar el perdón de pecados para que obtengan el gozo de la salvación, para que disfruten a Dios.

TRES CASOS DE ENFERMEDADES

  Hasta ahora hemos abarcado tres casos de enfermedades contenidos en el Evangelio de Marcos. El primero fue el de la suegra de Pedro (1:30-31), quien estaba enferma de fiebre. Esta fiebre, como dijimos, puede referirse al mal genio desenfrenado, el cual es anormal y desmesurado. Marcos emplea a una mujer para presentar esta condición, ya que esta clase de fiebre les da especialmente a las mujeres, y hace que se pongan muy susceptibles. Para poder ayudar a alguien que tiene esta fiebre, es necesario que nosotros mismos estemos sosegados. Entonces, poco a poco la persona también se sosegará.

  En este evangelio el segundo caso de enfermedad es el del leproso (1:40-45), el cual representa a un pecador típico. La lepra es la enfermedad más contaminadora y contagiosa, y hace que la persona sea aislada de Dios y de los hombres; priva a su víctima de la comunión con Dios y con el hombre. Limpiar al leproso según se narra en 1:40-45, indica restaurar al pecador a la comunión con Dios y con los hombres. El leproso no sólo necesitaba ser sano, sino también ser limpio. Este caso era mucho más grave que el de la suegra de Pedro, pues ella no necesitaba ser limpia, sólo sana.

  El tercer caso de enfermedad que se relata en este evangelio es el del paralítico (2:1-12), un hombre que estaba incapacitado como resultado de sufrir un parálisis. El caso de la suegra de Pedro y el del paralítico indican que los hombres son incapacitados por el pecado y que las mujeres tienen fiebre como resultado del pecado. En otras palabras, el mismo pecado que incapacita al hombre, también hace que la mujer “se encienda” en fiebre. Por tanto, podemos decir que las mujeres están enfermas de fiebre, y los hombres, de parálisis, o sea, que están incapacitados. Además, tanto los hombres como las mujeres son leprosos que necesitan ser limpiados.

  Estos tres casos revelan que el Salvador-Esclavo sirve a los enfermos de fiebre, a los paralíticos y a los leprosos. El Señor nos sirve con Su potestad para perdonar y con su poder para limpiar. El perdona nuestros pecados, nos limpia y nos hace volver a Dios. Restaura nuestra comunión con Dios y con el hombre. Por El, nuestros pecados han desaparecido y tenemos a Dios como nuestro todo. Ahora disfrutamos a Dios como nuestra vida, nuestra luz y como el todo para nosotros. Nos deleitamos con el Señor. Este es el evangelio, y ésta es la manera de llevar a cabo el servicio evangélico.

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