
Mensaje 2
(2)
Lectura bíblica: Ec. 12:13-14
En este mensaje seguiremos considerando lo que ensayó el escritor, y luego veremos sus búsquedas y sus pruebas.
Ec. 5:1-7 describe lo que ensayó el escritor en cuanto a tocar a Dios.
Las palabras de Salomón aquí no se ofrecen para dar aliento, sino para proceder con cuidado. Esto difiere de la perspectiva del apóstol Pablo, quien animaba a los creyentes a acercarse de Dios a fin de que recibieran misericordia y hallaran gracia para el oportuno socorro (He. 4:16).
Ec. 5:1a nos exhorta a guardar nuestros pies cuando vayamos a la casa de Dios.
El versículo 1b nos exhorta a que nos acerquemos más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal.
No nos demos prisa con nuestra boca ni se apresure nuestro corazón a proferir palabra delante de Dios, porque Dios está en el cielo, y nosotros estamos sobre la tierra; por tanto, debemos asegurarnos de que nuestras palabras sean pocas, a diferencia de la multitud de las palabras del necio (vs. 2-3).
Los versículos del 4 al 6 nos exhortan a no tardar en cumplir el voto que hicimos a Dios. Mejor es que no hacer votos, que hacer votos y luego no cumplirlos.
Leamos el versículo 7: “Porque en los muchos sueños, y en los muchas palabras hay vanidades; mas tú, teme a Dios”.
En Ec. 5:8-17 y Ec. 6:1-12, vemos diversos ejemplos de varias cosas en la vida humana, las cuales son vanidad.
En una provincia, un pobre es oprimido bajo violación del derecho y de la justicia, aunque hay varias jerarquías de oficiales que deben vigilar este asunto y hay rey que suele actuar para el beneficio de la tierra. Esto es vanidad (Ec. 5:8-9).
El que ama la plata y la abundancia con ganancias no se saciará, y la abundancia del rico no le deja dormir. También esto es vanidad (vs. 10-12).
El rico guarda sus riquezas para su mal, las cuales se pierden en malas ocupaciones, y al hijo que engendra nada le queda. Ha trabajado para el viento, comiendo en tinieblas, con mucho afán y dolor y resentimiento. Este es un mal doloroso y también es vanidad (vs. 13-17).
Según Ec. 6:1-2, el hecho de que Dios da riquezas y bienes y honra al hombre, pero no le da facultad para disfrutar de ello, sino que lo disfruta un extraño, es un mal que pesa gravemente sobre los hombres. Esto es vanidad y enfermedad maligna.
Un hombre engendra cien hijos y vive muchos años, pero su alma no se sacia del bien, y también carece de una sepultura apropiada. El es peor que un abortivo. También esto es vanidad (vs. 3-6).
El hombre trabaja para su boca, pero su alma no se sacia. Entonces, ¿qué ventaja tiene el sabio sobre el necio? ¿Qué ventaja tiene el pobre que sabe caminar entre los vivos? Todo esto es vanidad y correr tras el viento (vs. 7-9).
En el versículo 12, el escritor pregunta: “¿Quién sabe cuál es el bien del hombre en la vida, en los contados días de su vana vida, los cuales él pasa como sombra?” Muchas cosas aumentarán la vanidad. ¿Cuál es la ventaja para el hombre? (v. 11).
Salomón, basado en todo lo que ensayó, y conforme a la economía de Dios, animó a los hombres caídos debajo del sol a disfrutar lo que Dios les había dado para que subsistieran y proporcionaran a Dios la oportunidad de llevar a cabo Su propósito eterno de escogerlos y predestinarlos con miras a producir el Cuerpo de Cristo y para sostener al hombre caído de la vieja creación a fin de que fuese la provisión por la cual Dios hiciera de la vieja creación Su nueva creación en Cristo (Ec. 2:24; 3:13; 5:18-20; 8:15; 9:7-10). Esto lo comprueba la predicación del apóstol Pablo en Hch. 14:15-17 y Hch. 17:24-31.
Aquí debemos observar que para llevar una vida que testifique de Cristo y lo ministre a los demás, y para glorificar a Dios, necesitamos las cosas materiales y los asuntos físicos, pero éstos no deben atraernos, capturarnos ni usurparnos. Si nos usurpan, sufriremos su vanidad. Vivimos en el mundo y pasamos por una “feria de la vanidad”, pero no debemos demorarnos en ella para vanagloriarnos. Ahora todo lo de la vieja creación está bajo la esclavitud de la corrupción. Si nosotros no escapamos de “la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 P. 1:4), participaremos de su vanidad.
En 7:1-12:12, vemos que el escritor busca y hace pruebas.
El escritor buscó y probó todas las cosas de la vida humana caída que hay debajo del sol (Ec. 7:23-29; 8:9, 16; 12:9-10).
Todas las cosas debajo del sol, sin importar la clase de persona en cuestión, sabia o necia, diligente o perezosa, rica o pobre, vieja o joven, noble o vil, justa o impía, buena o pecaminosa, limpia o inmunda, y sin importar la condición en que nació, cómo trabajó, cómo murió ni cuál fuera su fin, son vanidad de vanidades (Ec. 7:6, 15; 8:10, 14; 9:9; 11:8, 10; 12:8).
Los proverbios, las palabras de sabiduría, fueron producto de la búsqueda del escritor y las pruebas que hizo (Ec. 7:1-9, 11-12, 14-17; 8:1, 5, 8; 9:4, 7-12, 16-18; 10:1-2, 4, 8-14, 18-20; 11:1, 3-8; 12:11, 12b). Todos estos proverbios sirven para desarrollar el carácter del que lleva una vida humana mejorada, pero no tienen la función de proporcionar el crecimiento en la vida divina para la edificación del Cuerpo de Cristo. Sin embargo, para la edificación del Cuerpo de Cristo se necesita un carácter recto, no desarrollado por cultivar el yo, sino por la unción del Espíritu bajo la obra de la cruz de Cristo con los ricos elementos de Cristo (Gá. 5:16; 2:20; Fil. 1:19-21).
El autor indagó y probó lo que Dios es para el hombre.
Dios creó al hombre, así que Dios es el Soberano sobre el hombre (Ec. 7:29; 12:1).
Todas las cosas relacionadas con el hombre están en la mano de Dios, y Dios es inescrutable en Sus obras (Ec. 9:1; 8:17; 7:13-14; 11:5).
Dios juzgará al hombre en todo (Ec. 3:17; 11:9; 12:14; Mt. 12:36; Ro. 2:5, 16; Hch. 17:31; Ap. 20:11-13).
Dios le da a los hombres una porción en la vida humana para que la disfruten y subsistan, a fin de que Dios tenga la oportunidad de llamar a algunos para llevar a cabo Su elección y predestinación eterna, con miras al cumplimiento de Su economía eterna (Ec. 8:15).
El escritor también indagó e hizo pruebas para descubrir lo que el hombre debe ser para Dios.
El hombre debe temer a Dios para obtener de El sabiduría con la cual saber cómo llevar la vida humana y conocer más a Dios (Ec. 7:18; 8:12-13; 12:13).
Los hombres, caídos de la buena condición original en que fueron creados por Dios, y hundidos en sus artimañas (Ec. 7:29b) y con un corazón lleno de maldad (Ec. 9:3), sin que haya un solo hombre justo, que haga el bien y no peque (Ec. 7:20), deben arrepentirse ante Dios y recibir al Redentor que Dios preparó para ellos (Job 19:25).
El hombre debe disfrutar de la provisión que Dios le ha dado para su sustento y de la vida matrimonial ordenada para la existencia del linaje humano y su multiplicación, a fin de llenar la tierra (Gn. 1:28) y hacer posible que Dios salve a algunos de ellos y produzca la iglesia, el Cuerpo de Cristo, la cual culminará en la Nueva Jerusalén como el agrandamiento eterno de Dios y Su expresión sempiterna en conformidad con la economía eterna de Dios (Ec. 9:7-10).
La exposición de los puntos mencionados en cuanto a lo que el escritor ensayó, buscó y probó, no debe considerarse la revelación divina de parte de Dios, a pesar de estar incluido en las Escrituras. Es la conclusión de las indagaciones del escritor en lo que ensayó con la vida humana del hombre caído debajo del sol. Todas estas palabras, que son sus conclusiones, pueden considerarse proverbios, palabras de sabiduría, que conducen a los hombres caídos y desviados a regresar a Dios y recibirle conforme a Su economía neotestamentaria en Su Hijo como Redentor y vida, a fin de que sean regenerados para ser Dios-hombres con miras al cumplimiento de la economía eterna de Dios.
En 11:9-12:1, el escritor da consejos a los jóvenes.
Los jóvenes deben esforzarse por disfrutar de la vida humana en su juventud a la luz del juicio de Dios, desechando todo enojo de su corazón y apartando de su carne el mal (Ec. 11:9-10).
Los jóvenes deben acordarse de su Creador en los días de su juventud y no deben titubear en ello hasta que llegue la vejez (Ec. 12:1).
En 12:2-8 el escritor nos muestra el triste cuadro de la vejez del hombre. El medio ambiente brillante con los tres luminares creados por Dios y las luces artificiales hechas por el hombre se oscurece, y la atmósfera agradable del cielo se nubla (v. 2). Las manos, los guardas de la casa, tiemblan (v. 3a). Se encorvan los lomos, los hombres fuertes (v. 3b). Los dientes vienen a ser pocos (v. 3c), se oscurecen los ojos (v. 3d), y los oídos se ponen insensibles al sonido (v. 4a). Se despierta temprano en la mañana (v. 4b). Las cuerdas vocales bajan (v. 4c). Uno tiene miedo de lo que es alto (v. 5a) y se atemoriza al caminar (v. 5b). El cabello se hace blanco (v. 5c). No puede llevar una carga, ni aun la pequeña langosta (v. 5d). No hay medicina que pueda apartar al viejo de la muerte, y los endechadores asisten a su entierro (v. 5e). El cadáver —la médula espinal (la cadena de plata), la cabeza (el cuenco de oro), los pulmones (el cántaro), y el corazón (la rueda)— decae (v. 6). El cuerpo hecho de polvo regresa al polvo, y el aliento vuelve a Dios que lo dio (v. 7; Gn. 2:7). Esto indica que todo el ser humano con su vida humana, apartado de Dios, sólo es vanidad de vanidades (Ec. 12:8).
En Ec. 12:13-14, tenemos la conclusión del escritor.
La intención del escritor es conducir a los hombres a temer a Dios para que El con el tiempo les muestre Su economía neotestamentaria con respecto a la producción de Su iglesia, el Cuerpo de Cristo, la cual tendrá su consumación en la Nueva Jerusalén como el agrandamiento eterno de Dios y Su expresión sempiterna (v. 13).
En esta era Dios juzgará a los hombres en cuanto a lo que hagan, incluyendo toda cosa encubierta, conforme al bien y al mal, y delante del gran trono blanco los juzgará para determinar el destino eterno de ellos (v. 14; Ap. 20:11-15).