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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Filipenses»
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Mensaje 17

LOS TRES ASPECTOS POSITIVOS DE LOS CREYENTES ESPIRITUALES EN CONTRASTE CON LOS TRES ASPECTOS NEGATIVOS DE LOS JUDIOS RELIGIOSOS

  Lectura bíblica: Fil. 3:1-6

  La epístola de Filipenses no sigue una secuencia lógica conforme a la doctrina. Por esta razón, no es fácil dividirla en secciones. Por ejemplo, podemos preguntarnos por qué Pablo, después de haberse referido a la comunión mutua entre él y los creyentes filipenses en el capítulo dos, repentinamente cambia a otro tema, y dice: “Por último...” (3:1). Creo que esto quizás se debe al hecho de que Pablo estaba muy preocupado por lo que estaban haciendo los judaizantes. El estaba consciente de que ellos perturbaban las iglesias y perjudicaban la vida de iglesia, y que intentaban desviar a los santos de la fe.

  El apóstol Pablo escribió esta epístola después de haber recibido una ofrenda de parte de los filipenses, quienes la enviaron por medio de Epafrodito, con el deseo de atender las necesidades del apóstol durante su encarcelamiento. Así que, después de recibir dicha ofrenda, él les escribió la presente epístola.

  Como ya vimos, los dos primeros capítulos de Filipenses muestran la preocupación que los creyentes sentían por Pablo, y también la preocupación del apóstol por ellos. Conforme a 1:7, Pablo sabía muy bien que los filipenses lo tenían en el corazón, y que participaban juntamente con él de la gracia. Más adelante, inclusive declaró que los añoraba “con el entrañable amor de Cristo Jesús” (1:8). Por lo tanto, vemos que había una preocupación mutua entre el apóstol y los creyentes.

  En la última parte del capítulo dos, Pablo mencionó que enviaría a Timoteo y a Epafrodito a Filipos. Casi siempre al final de sus epístolas Pablo hablaba de enviar colaboradores a visitar a los santos. Por lo tanto, podemos deducir que el apóstol Pablo tenía la intención de concluir su epístola justo al final del capítulo dos, pero obviamente, vemos que sintió que debía seguir escribiendo. Después de haber mencionado a Timoteo y a Epafrodito, la carga aún pesaba en el corazón de Pablo. Los judaizantes le causaban una profunda molestia. Creo que ésta debe de ser la razón por la que cambió repentinamente de tema al inicio del capítulo tres.

I. GOZARSE EN EL SEÑOR

  En 3:1, Pablo exclama: “Por último, hermanos míos, gozaos en el Señor. A mí no me es molesto el escribiros las mismas cosas, y para vosotros es seguro”. La palabra griega traducida “molesto” significa también fastidioso, tedioso o problemático. A Pablo no le era fastidioso ni tedioso escribirles las mismas cosas a los santos.

  En este versículo Pablo encargó a los santos que se gozaran en el Señor. Regocijarse en el Señor es una salvaguardia, una seguridad. El hecho de que les pidiera a los santos que se gozaran en el Señor, era seguro para ellos. La palabra “seguro” establece una conexión entre el versículo 1 y el versículo 2. Ciertamente había una situación en Filipos que requería una salvaguardia o protección. Indudablemente, Pablo tenía en mente los problemas causados por los judaizantes. Por esta razón, después de haber pedido a los creyentes que se gozaran en el Señor, les recomendó que se guardaran de los perros, de los malos obreros, de los mutiladores del cuerpo (v. 2). La palabra griega traducida “guardaos” significa vigilar en todo momento. Por un lado, el apóstol aconsejó a los filipenses que se regocijaran en el Señor; y por otro, les advirtió debían vigilar siempre, por causa de los judaizantes.

II. TRES ASPECTOS NEGATIVOS DE LOS JUDIOS RELIGIOSOS

  La palabra “perros” usada por Pablo, era una expresión muy dura. Si hoy en día, usáramos un término semejante, seríamos fuertemente censurados. El apóstol Pablo no fue el primero en hablar con tanta franqueza. Tanto Juan el Bautista como el Señor Jesús llamaron a los fariseos cría de víboras (Mt. 3:7; 12:34). Al igual que Juan el Bautista y el Señor Jesús, Pablo fue muy franco. Los fariseos eran en realidad una generación de víboras y los judaizantes eran verdaderos “perros”.

  En 3:2 Pablo exclama: “Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del cuerpo”. Puesto que no hay ninguna conjunción entre estas tres cláusulas, deben de referirse al mismo grupo de personas. Los perros son inmundos (Lv. 11:4-8), los malos obreros son malignos, y los mutiladores del cuerpo merecen desprecio. (“Los mutiladores del cuerpo” era un término despectivo para referirse a los que practicaban la circuncisión). Los “perros” aquí mencionados son los judaizantes. En cuanto a naturaleza, son perros inmundos, en cuanto a su conducta, son obreros malignos y en cuanto a religión, son mutiladores del cuerpo, gente de la cual uno debe avergonzarse. En un libro del género de Filipenses, que habla de la experiencia y el disfrute que los creyentes tienen de Cristo, el apóstol advirtió a los creyentes gentiles que se guardaran de tales personas inmundas, malignas y despreciables.

  Al usar estos tres calificativos, Pablo expuso la vergüenza de los judaizantes. En naturaleza, eran perros; en conducta, eran malignos; y en religión, eran despreciables. A pesar de que ellos se jactaban de su religión, Pablo los consideró un objeto de vergüenza y de menosprecio. El quería que los creyentes que se guardaran de los perros, de los malos obreros y de los mutiladores del cuerpo.

III. TRES ASPECTOS POSITIVOS DE LOS CREYENTES ESPIRITUALES

  En el versículo 3, Pablo continúa diciendo: “Porque nosotros somos la circuncisión, los que servimos por el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne”. En este caso específico, la circuncisión se refiere a los creyentes neotestamentarios, quienes verdaderamente fueron circuncidados por la crucifixión de Cristo. Ellos son completamente diferentes de los judaizantes, pues sirven como sacerdotes por el Espíritu de Dios, no por las ordenanzas de la ley; se glorían en Cristo, no en la ley; y no tienen confianza en la carne, sino en el Espíritu.

  En los versículos 2 y 3 vemos un triple contraste: el contraste entre los creyentes que sirven por el Espíritu de Dios y los perros; entre los creyentes que se glorían en Cristo y los malos obreros; y por último entre los creyentes que no confían en la carne, y los mutiladores del cuerpo. Mientras que los judaizantes vivían por su naturaleza caída, los creyentes de Cristo sirven por el Espíritu de Dios. Esto significa que el Espíritu de Dios está en contraste con la naturaleza de los “perros”. Los judaizantes hacían obras malignas, e incluso se gloriaban de ellas; en cambio, los verdaderos creyentes se glorían en Cristo. La palabra “gloriarse” implica jactarse y regocijarse. Nosotros no nos gloriamos ni nos regocijamos ni nos jactamos de las obras que hacemos en público, ni de nuestro propio comportamiento, sino únicamente en Cristo. Finalmente, los judaizantes tenían puesta su confianza en la carne, mientras que los verdaderos creyentes no tenemos ninguna confianza en la carne.

  La carne mencionada en 3:3 incluye todo lo que somos y tenemos por naturaleza. El hecho de que los judaizantes confiaran en la circuncisión, indica que su confianza se basaba en la carne, y no en el Espíritu. En lugar de confiar en el Espíritu, ellos confiaban en sus cualidades naturales, en lo que eran por naturaleza, es decir, en el hecho de que eran judíos. Por el contrario, Pablo declara que nosotros, los que creemos en Cristo, no tenemos ninguna confianza en la carne, sino única y exclusivamente en el Señor.

  ¡Qué contraste tan marcado hay entre los versículos 2 y 3! Nosotros servimos por el Espíritu de Dios, nos gloriamos en Cristo y no confiamos en la carne, sino únicamente en el Señor. Ya que rechazamos nuestra vieja naturaleza, somos la verdadera circuncisión. Negar o rechazar la carne es la verdadera circuncisión, es la manera en que verdaderamente cortamos la carne. Esto es lo que revela Colosenses 2:11.

IV. SAULO DE TARSO ERA UN MODELO PARA LOS JUDAIZANTES

  Conforme a los versículos del 4 al 6, Pablo había sido un modelo entre los judaizantes: “Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, llegué a ser irreprensible”. Pablo había sido un judaizante muy activo, y sus logros eran sobresalientes.

A. Pablo tenía de qué confiar en la carne

  Pablo, quien anteriormente se había destacado como judaizante, tenía más que ningún otro motivos para confiar en la carne. En Gálatas 1:14, él dijo: “Aventajaba a muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres”. En realidad, Pablo había sido el “mejor perro” de entre los judaizantes.

B. Fue circuncidado el octavo día

  En el versículo 5 Pablo declara que él fue circuncidado al octavo día. Este era el día en que un verdadero israelita debía ser circuncidado (Gn. 17:12). Eso lo distinguía de los ismaelitas y de prosélitos, quienes eran circuncidados posteriormente. Pablo era un judío típico; no era un prosélito. Esto le había sido motivo de jactancia en el pasado.

C. Era del linaje de Israel

  Pablo pertenecía al linaje de Israel, el linaje llamado por Dios, los verdaderos descendientes de Abraham (Ro. 11:1; 2 Co. 11:22). El no era descendiente de los prosélitos, quienes habían sido injertados en el linaje del pacto de Dios.

D. De la tribu de Benjamín

  Además, Pablo podía confiar en el hecho de pertenecer a la tribu de Benjamín. Esta era una tribu preciosa y fiel, en medio de la cual estaba la ciudad real de Jerusalén y el templo de Dios (Dt. 33:12).

E. Hebreo, hijo de hebreos

  Pablo declaró también que era hebreo, hijo de hebreos. El había nacido de padres hebreos, con antepasados hebreos por ambas partes; es decir, que sus abuelos, tanto paternos como maternos, eran hebreos. Sólo una persona como él podía decir que era hebreo, hijo de hebreos. Por lo tanto, él podía gloriarse de tener sangre hebrea pura, de ser un auténtico hebreo.

F. Era un fariseo que observaba la ley

  En cuanto a la ley, Pablo declaró que era fariseo (v. 5). La ley de Moisés era respetada por todos los judíos ortodoxos. Como fariseo, Pablo era miembro de la secta más estricta de la religión judía (Hch. 26:5; 23:6), una secta extremadamente celosa por la ley de Moisés. Los fariseos estaban orgullosos de su vida religiosa superior, de su devoción a Dios y de su conocimiento de las Escrituras.

G. Su celo por la ley lo había incitado a perseguir a la iglesia

  Pablo persiguió a la iglesia por causa de su celo por la ley y el judaísmo. El mismo declaró: “En cuanto a celo, perseguidor de la iglesia”, él se refiere a su celo por la ley de Moisés y por la religión judía (Gá. 1:14). Los judíos que perseguían a la iglesia eran ciertamente los líderes del judaísmo. Nadie los podía superar en su celo. Pablo se jactaba del celo con el cual perseguía a la iglesia.

H. En cuanto a la ley, era irreprensible

  Por último, Pablo declaró: “En cuanto a la justicia que es en la ley, llegué a ser irreprensible”, es decir, hallado o mostrado irreprensible. Por supuesto, esto era a los ojos de los hombres, según el juicio del hombre. A los ojos de Dios, según Su justa ley, ninguna carne es irreprensible (Gá. 2:16).

  Así, el apóstol presentó a los filipenses una lista de todo lo que había logrado, a fin de mostrarles que no debían confiar en los judaizantes. En el pasado, él mismo se había destacado como judaizante, pero tuvo un cambio radical. Ahora, él era muy distinto de como había sido anteriormente. Esto proveyó un ejemplo claro para que los filipenses no siguieran a los judaizantes.

  Lo expuesto por Pablo en 3:1-6, una vez más tiene que ver con el tema de experimentar de Cristo. Si Pablo hubiera seguido siendo judaizante, nunca habría podido experimentar a Cristo. Pero debido a que llegó a ser una persona diferente, una persona que servía por el Espíritu de Dios, que se gloriaba en Cristo Jesús y que no tenía confianza en la carne, él pudo disfrutar y experimentar a Cristo ricamente. Asimismo, nosotros tampoco debemos confiar en la carne, esto es, en nuestra capacidad natural, en nuestra herencia ni en nuestras tradiciones. Por el contrario, debemos formar parte de los que sirven a Dios por Su Espíritu, se glorían en Cristo y no confían en la carne. Entonces nuestra experiencia de Cristo será verdadera.

  Aunque no somos judaizantes, en principio podemos serlo. Ciertamente ya fuimos regenerados, pero es posible que aún sigamos viviendo en nuestra naturaleza caída, gloriándonos de nuestros logros según la carne y poniendo nuestra confianza en lo que somos por nacimiento. Como ya mencionamos, los perros, los malos obreros y los mutiladores del cuerpo en 3:2, se refieren respectivamente a la naturaleza, conducta y religión caídas. Por tanto, si seguimos viviendo conforme a nuestra vieja naturaleza, si nos gloriamos en lo que somos capaces de hacer, y si confiamos en lo que hemos obtenido, no sólo seremos iguales a los judaizantes, sino que causaremos problemas a la iglesia y nuestra experiencia de Cristo no prosperará. Si hemos de experimentar a Cristo, debemos servir por el Espíritu de Dios y no según nuestra naturaleza caída; debemos gloriarnos en Cristo y no de nuestras propias obras; y debemos basar nuestra confianza en el Señor y no en nuestros logros personales. Esta es la clave para experimentar a Cristo.

  Tal vez pensemos que somos muy diferentes de los judaizantes. No obstante, es posible que sigamos viviendo en nuestra vieja naturaleza, gloriándonos de nuestras propias obras y poniendo nuestra confianza en lo que hemos obtenido. No estoy tan seguro de que la mayoría de los santos verdaderamente aborrezca su naturaleza caída. Por el contrario, muchos aún vivimos y nos comportamos según nuestra naturaleza de “perro”. Además, hasta cierto grado, es posible que muchos continuemos gloriándonos de nuestras propias obras, pensando que somos muy listos y capaces. También es posible que muchos aún confiemos en la carne, es decir, en nuestra capacidad natural.

  Estos versículos de Filipenses 3 deben llegar a lo más profundo de nuestro ser. Necesitamos que la luz del Señor nos ilumine con respecto a nuestra naturaleza, nuestras obras, y la confianza que tenemos en la carne. Cuando seamos iluminados en este aspecto por el Señor, reconoceremos que a pesar de haber sido regenerados por Dios y llegar a ser Sus hijos, aquellos que poseen la vida y la naturaleza divinas, aún vivimos la mayor parte del tiempo en nuestra naturaleza de “perro”. Es verdad que tenemos derecho a proclamar que somos hijos de Dios. Pero si esta declaración no corresponde con nuestra experiencia diaria, será una simple doctrina. Cuando venga el día en que la luz del Señor brille sobre nosotros y nos ilumine en cuanto a este asunto, no podremos más que postrarnos ante el Señor y confesar que nuestra naturaleza aún es impura. Entonces aborreceremos todo lo que hacemos conforme a la naturaleza caída, y veremos que, a los ojos de Dios, los frutos de nuestra naturaleza caída son malignos y merecen ser condenados. Anteriormente nos gloriábamos de nuestras obras y nuestros logros. Sin embargo, llegará el día en que, en lugar de gloriarnos de nuestra carne, la juzgaremos y la repudiaremos. Entonces nos gloriaremos únicamente en Cristo y estaremos conscientes de que en nosotros mismos, no tenemos nada de qué gloriarnos.

  Si permitimos que Dios nos ilumine, podremos decir verdaderamente que no confiamos en nuestras cualidades, capacidades ni en nuestra inteligencia. Sólo entonces podremos testificar que confiamos únicamente en el Señor. Una vez que hayamos sido iluminados de esta manera, experimentaremos verdaderamente a Cristo. Espero que muchos de entre nosotros recibamos esta luz, y que no sólo entendamos estos versículos de una forma objetiva, sino que disfrutemos y experimentemos a Cristo de manera real y subjetiva.

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