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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Hechos»
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Mensaje 53

LA PROPAGACION EN ASIA MENOR Y EUROPA MEDIANTE EL MINISTERIO DE LA COMPAÑIA DE PABLO

(19)

  Lectura bíblica: Hch. 20:13-38

  En este mensaje, examinaremos Hechos 20:13-38. En dicha sección, vemos que Pablo va a Mileto, donde se reúne con los ancianos de la iglesia en Efeso.

  Leamos el versículo 16: “Porque Pablo se había propuesto pasar de largo a Efeso, para no detenerse en Asia, pues se apresuraba por estar el día de Pentecostés, si le fuese posible, en Jerusalén”. Pablo deseaba estar en Jerusalén el día de Pentecostés, probablemente para conocer personas de diferentes países que venían a Jerusalén en ese día (véase Hch. 2:1, 5).

PABLO LES ANUNCIO TODO EL CONSEJO DE DIOS

  El apóstol Pablo, “enviando, pues, desde Mileto a Efeso, hizo llamar a los ancianos de la iglesia” (v. 17). Cuando éstos vinieron, les dijo: “Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que puse pie en Asia, sirviendo al Señor como esclavo con toda humildad, y con lágrimas, y pruebas que me han venido por las confabulaciones de los judíos; y cómo nada de cuanto os pudiera aprovechar rehuí anunciaros y enseñaros, públicamente y de casa en casa” (vs. 18-20). En el versículo 20, Pablo declara que no rehuyó anunciar ni enseñar a los santos de Efeso todo lo que les pudiese servir de provecho; luego, en el versículo 27, revela que no rehuyó anunciarles todo el consejo de Dios. Estos versículos aluden a los tres años que Pablo estuvo enseñando en Efeso, y revelan la esfera de su enseñanza.

  Según el versículo 20, Pablo enseñó a los santos de Efeso, públicamente y de casa en casa. Esto indica que en los tiempos de Pablo, los santos se reunían en las casas. El no sólo enseñó públicamente, en reuniones grandes, sino también de casa en casa. Por tanto, las iglesias de aquel entonces tenían pequeñas reuniones en las casas, y reuniones grandes en sitios públicos.

TESTIFICO ACERCA DEL ARREPENTIMIENTO Y DE LA FE

  En 20:21 Pablo agrega: “Testificando solemnemente a los judíos y a griegos acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesús”. Una vez más, vemos el uso de la palabra “testificar”. Para testificar es necesario ver, participar y disfrutar de aquello que se testifica, lo cual difiere de impartir meras enseñanzas. El apóstol usó el término testificar, para indicar que él mismo había experimentado el arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesús, y que por lo tanto, tenía la base para testificar de ello. No se limitó a predicar y a enseñar, sino que también testificó de su propia experiencia en cuanto al arrepentimiento y la fe.

LIGADO EN ESPIRITU, IBA A JERUSALEN

  En el versículo 22, Pablo declara: “Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer”. Hemos visto que Pablo originalmente tenía la intención de ir a Jerusalén pasando por Siria desde Acaya, en Grecia (19:21; 1 Co. 16:3-7), pero que debido al complot que los judíos tramaban en su contra, se vio obligado a cambiar su ruta e ir hacia el norte, a Macedonia, y de allí regresar a Jerusalén. El sabía que los judíos conspiraban en su contra y que esto le traería sufrimientos (v. 19). Quizá ésta haya sido la razón por la que el apóstol estaba ligado en espíritu para ir a Jerusalén. El espíritu mencionado en el versículo 22 se refiere al espíritu regenerado de Pablo, en el cual servía a Dios. Fue en su espíritu, el cual estaba unido al Señor Espíritu (1 Co. 6:17), en donde Pablo presintió que algo le sucedería en Jerusalén, y el Espíritu Santo también le dio testimonio de ello (v. 23).

  El sabía muy bien que le esperaban dificultades. Esto podía percibirlo en su espíritu. Los judíos de toda el área del mar Mediterráneo tramaban un complot para atraparlo. No solamente los judíos de Jerusalén, sino también los de Asia, Macedonia, y los Acaya. Quizás todos ellos se habían confabulado para este fin. Finalmente, en su última visita a Jerusalén, el apóstol cayó en manos de unos judíos que habían venido desde Asia Menor.

  Pablo sabía lo que ellos tramaban, pero en realidad no tenía escapatoria, pues había judíos en todas partes: en Asia Menor, Macedonia, Acaya, y principalmente en Judea. ¿Cómo no iba a estar ligado en espíritu? ¿Adónde más podía ir? Debemos entender cuán difícil era la situación en la que se encontraba.

  El no había hecho nada indebido que provocara la oposición de los judíos; la oposición que experimentaba se debía a su fidelidad a la economía neotestamentaria de Dios y a su obediencia a la visión celestial. Esta era realmente la razón por la cual Pablo recibía tanta oposición a dondequiera que iba.

  Ni Jacobo ni Pedro afrontaron tal oposición. Jacobo era muy transigente y Pedro, bastante débil. En realidad, se esperaba que Pedro hubiera provocado más la oposición de los judíos debido a que su ministerio había empezado antes que el de Pablo. Sin embargo, no fue así. Indudablemente Pedro sufría cierta oposición, pero ésta sólo venía de parte de los incrédulos, mientras que los sufrimientos de Pablo provenían tanto de creyentes como de no creyentes.

  Si leemos detenidamente Gálatas 2, veremos que incluso Jacobo y Pedro eran causa de sufrimiento para Pablo. El fue franco cuando escribió su Epístola a los Gálatas. En ella manifestó que aun tuvo que resistir a Pedro cara a cara. Si Pedro hubiere sido fiel, no habría necesitado ser reprendido, y por otra parte, habría participado de los mismos sufrimientos de Pablo.

  No intento subestimar a Pedro. De hecho, era muy difícil vencer la pesada atmósfera judía que prevalecía en Jerusalén. Como veremos más adelante, incluso Pablo, cuando fue por última vez a Jerusalén, fue arrollado por esta atmósfera. Pese a que en ese tiempo ya había escrito las Epístolas a los Gálatas y los Romanos, accedió a unirse a los que hacían un voto, y fue con ellos al templo para purificarse.

  La atmósfera religiosa de Jerusalén era tan densa y prevaleciente, que nadie era capaz de resistirla, ni siquiera Pedro y Jacobo. Pedro fracasó al no reaccionar a la situación y Jacobo al ser tan tolerante. Como veremos en Hechos 21, Jacobo le recalcó enfáticamente a Pablo que en Jerusalén había miríadas de judíos que habían creído, y que todos ellos eran celosos por la ley (21:20). Esto revela que dichos creyentes se encontraban bajo la fuerte influencia judaica, la cual generaba una mezcla entre la economía neotestamentaria de Dios y la dispensación del Antiguo Testamento. Si examinamos a conciencia este asunto, nos daremos cuenta de que la situación en que Pablo se encontraba era sumamente adversa.

LE ESPERABAN PRISIONES Y AFLICCIONES

  Examinemos nuevamente Hechos 20:22 juntamente con el versículo 23: “Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da solemne testimonio, diciendo que me esperan prisiones y aflicciones”. Pablo no sabía lo que le esperaba en Jerusalén, pero sí sabía una cosa: que el Espíritu Santo le daba solemne testimonio de que le esperaban prisiones y aflicciones. El testimonio del Espíritu Santo era sólo una profecía, una predicción, no un mandato. Por eso, Pablo no lo tomó como una orden, sino como un aviso. El no sabía exactamente lo que le esperaba en Jerusalén, pero mediante el aviso del Espíritu Santo, se daba cuenta que le esperaban prisiones y aflicciones.

  En el versículo 24, Pablo añade: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera, y el ministerio que recibí del Señor Jesús para dar solemne testimonio del evangelio de la gracia de Dios”. Estas palabras están relacionadas con el mover neotestamentario del Señor que consiste en propagar al Cristo resucitado mediante la predicación del evangelio.

  En 20:24, la palabra griega traducida “vida” significa también alma. Las palabras de Pablo en este versículo dan a entender que presentía que iba a ser martirizado.

LA ESFERA DE LA ENSEÑANZA DE PABLO

  El versículo 25 declara: “Y ahora, he aquí; yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado proclamando el reino, verá más mi rostro”. Este versículo indica que en Efeso, Pablo proclamó el reino de Dios. Hemos visto que el reino de Dios era el tema principal de la predicación de los apóstoles en Hechos (1:3; 8:12; 14:22; 19:8; 28:23, 31). Este no era un reino material ni visible, sino un reino constituido de la vida divina.

  En 20:25, Pablo declaró a los ancianos de la iglesia en Efeso que no verían más su rostro. Esto indica que sabía de antemano que sería martirizado.

  Leamos Hechos 20:26 y 27: “Por tanto, yo os testifico en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no rehuí anunciaros todo el consejo de Dios”. La palabra griega traducida “en el día de hoy” significa literalmente “hoy mismo” y es una expresión muy enfática. Sus palabras en el versículo 27 acerca de que no rehuyó anunciar todo el consejo de Dios, indican que realizó una gran labor en Efeso. Este versículo nos permite ver la esfera de la enseñanza de Pablo, la cual recibieron los queridos santos de Efeso.

EL ESPIRITU SANTO HA PUESTO A LOS QUE VIGILAN EN MEDIO DEL REBAÑO

  Las palabras del apóstol en 20:28 son muy importantes: “Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño, en medio del cual el Espíritu Santo os ha puesto como los que vigilan, para pastorear la iglesia de Dios, la cual El ganó por Su propia sangre”. Al igual que en 1 Pedro 5:2, la palabra griega traducida “rebaño” significa literalmente “pequeño rebaño”. Este rebaño es pequeño en número (Lc. 12:32) en comparación con el mundo. La iglesia como pequeño rebaño de Dios es una hierba pequeña que sirve como provisión de vida, y no un gran árbol en donde se albergan las aves (véase Mt. 13:31-32 y las notas), una religión inmensa como lo es la cristiandad.

  En 20:28 Pablo les dijo a los ancianos de la iglesia en Efeso, que el Espíritu Santo los había puesto como los que vigilan el rebaño. Los apóstoles designaban ancianos en cada iglesia (14:23). Pero aquí Pablo, el apóstol principal, quien había designado a estos ancianos, declara que fue el Espíritu Santo quien lo hizo, lo cual indica que el Espíritu Santo era uno con los apóstoles cuando éstos designaban ancianos, y también, que los apóstoles hacían esto conforme a la dirección del Espíritu Santo.

  Lo dicho por Pablo respecto a que el Espíritu Santo es quien designa a los que vigilan en medio del rebaño, revela que la existencia de las iglesias se debe absolutamente al Espíritu Santo, y no a los apóstoles. Los apóstoles ciertamente designaban a los ancianos, pero Pablo indicó que esto lo hacía el Espíritu Santo. Esto revela que la iglesia llega a existir únicamente por la obra del Espíritu Santo. En otras palabras, la labor que realizan los apóstoles para las iglesias debe ser enteramente la labor del Espíritu Santo. Puesto que el Espíritu Santo es quien establece a los ancianos, El también es quien establece a las iglesias.

  Los que vigilan el rebaño en el versículo 28 son los ancianos mencionados en el versículo 17. Esto comprueba que los que vigilan y los ancianos son términos sinónimos. Constituir a uno que vigila en obispo de un distrito para que ejerza autoridad sobre los ancianos de varias localidades de dicho distrito es un grave error. Esto fue lo que hizo Ignacio. Su enseñanza errónea sentó la base para establecer rangos, e introdujo un sistema jerárquico.

  La palabra griega traducida “los que vigilan” es epískopos, la cual se compone de epí, sobre, y skopon, aquel que ve, y por ende denota uno que observa o vigila (la palabra obispo se deriva del latín episcopus). Uno que vigila (1 Ti. 3:2) en una iglesia local es un anciano. Las dos expresiones aluden a la misma persona: anciano denota una persona con madurez; y el que vigila, alude a la función del anciano. Fue Ignacio en el segundo siglo quien enseñó que, uno que vigila, un obispo, tiene una posición más alta que un anciano. A raíz de dicha enseñanza errónea se infiltró la jerarquía de los obispos, arzobispos, cardenales y el papa. Además, de esta enseñanza se originó el sistema episcopal de gobierno eclesiástico. La jerarquía y el sistema mismo son abominables a los ojos de Dios.

PASTOREAR EL REBAÑO

  En Hechos 20:28 Pablo se refiere a los ancianos como aquellos que pastorean el rebaño. La principal responsabilidad de los ancianos como aquellos que vigilan, no consiste en gobernar, sino en pastorear, es decir, en cuidar de una manera tierna y absoluta al rebaño, la iglesia de Dios. El Espíritu Santo pone a los ancianos en la iglesia para que sean pastores, no gobernantes. Pastorear el rebaño de Dios requiere sufrir por el Cuerpo de Cristo, tal como sufrió Cristo mismo (Col. 1:24). Todo el que lleve a cabo esta labor, será recompensado con la corona inmarcesible de gloria (1 P 5:4).

  Según 1 Pedro 5:1-3, los ancianos no deben enseñorearse del rebaño, es decir, no deben ejercer señorío sobre los gobernados (Mt. 20:25). Entre los creyentes, aparte de Cristo, no debe haber otro señor; todos deben de ser siervos, e incluso esclavos (Mt. 20:26-27; 23:10-11). Los ancianos de la iglesia solamente pueden guiar, pero no ejercer señorío, y el resto de los creyentes deben honrar su labor, y seguirlos (1 Ts. 5:12; 1 Ti. 5:17).

LA IGLESIA, EL TESORO DE DIOS

  En Hechos 20:28 Pablo declara que Dios ganó la iglesia “por Su propia sangre”. Esta frase revela el profundo amor que Dios tiene por la iglesia, y el extraordinario valor que ella representa para El. En este versículo el apóstol no menciona la vida ni naturaleza divinas de la iglesia, como lo hace en Efesios 5:23-32, sino el valor que tiene la iglesia como tesoro especial de Dios, un tesoro que El adquirió con Su preciosa sangre. Pablo esperaba que los ancianos, los que vigilan, también la valoraran como un tesoro, de la misma manera que Dios.

  Tanto el Espíritu Santo como la propia sangre de Dios son provisiones divinas dadas a la iglesia, que Dios tanto valora. El Espíritu Santo es Dios mismo, y la sangre de Dios alude a Su obra. La obra redentora de Dios adquirió a la iglesia; ahora Dios mismo, el Espíritu vivificante todo-inclusivo (1 Co. 15:45), cuida a la iglesia por medio de los que vigilan.

  La propia sangre de Dios es la sangre de Jesucristo (1 Jn 1:7), lo cual implica que el Señor Jesús es Dios mismo. En el siguiente mensaje estudiaremos más a fondo lo que significa que Dios haya ganado la iglesia por Su propia sangre.

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