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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Mateo»
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Mensaje 17

LA PROMULGACION DE LA CONSTITUCION DEL REINO

(5)

  La enseñanza y predicación acerca del reino de los cielos comenzó con el arrepentimiento (Mt. 3:2; 4:17). El arrepentimiento significa experimentar un cambio en el modo de pensar. Por lo tanto, el reino comienza en nuestra mente. El reino pasa de nuestra mente a nuestro espíritu (Mt. 5:3). Necesitamos arrepentirnos en nuestra mente y ser pobres en nuestro espíritu. Después de esto, nuestro corazón debe ser puro para que podamos ver a Dios (Mt. 5:8). La mente, el espíritu y el corazón son los tres aspectos principales de nuestro ser interior. Si juntamos Mt. 4:17 y Mt. 5:3-12, veremos varios puntos relacionados con el reino de los cielos. Los tres primeros, como hemos visto, son la mente, el espíritu y el corazón. Luego necesitamos emociones normales, correctas y elevadas. Esto se ve en el lloro (Mt. 5:4), que viene de nuestras emociones equilibradas. También necesitamos ser mansos, lo cual requiere una voluntad fuerte, normal y recta. Tener hambre y sed de justicia, que se menciona en Mt. 5:6, depende de un deseo puro y recto. Debemos desear esta justicia por el bien del reino. Ser misericordioso para con otros tiene que ver con nuestra actitud (Mt. 5:7). Nuestra actitud para con otros debe ser misericordiosa. Si nuestra parte emotiva, nuestra voluntad, nuestros deseos y nuestra actitud son correctos, podremos hacer la paz con otros. Así que, todo nuestro ser —mente, espíritu, corazón, parte emotiva, voluntad, deseo y actitud— debe ser ejercitado para la vida del reino. Cuando tenemos todas estas virtudes, estamos capacitados para ser perseguidos. Si no las tenemos, no podremos soportar la persecución. Finalmente, los que están capacitados por haber obtenido todas estas virtudes, no sólo serán perseguidos por causa de la justicia, sino que serán vituperados por causa de Cristo. Esta es la naturaleza que posee el pueblo del reino.

  Cada una de las nueve bienaventuranzas en Mt. 5:3-12 tiene una recompensa. Por ejemplo, si usted es pobre en espíritu, el reino de los cielos es suyo. Esto es una recompensa. Si llora, recibirá consolación, y si es manso, recibirá la tierra por heredad. Así que, la consolación y la tierra también son recompensas. Según el versículo 12, la recompensa es grande para los que son perseguidos y vituperados por causa de Cristo. Es difícil darle nombre a esta recompensa. Si somos vituperados, perseguidos y calumniados por causa de Cristo, nuestra recompensa en los cielos es grande, tan grande que va mas allá de nuestro entendimiento. Hebreos 13:13 y 1 Pedro 4:14 hablan de ser vituperados por causa de Cristo. Hebreos 13:13 dice: “Salgamos, pues, a El, fuera del campamento, llevando Su vituperio”. Dice en 1 Pedro 4:14: “Si sois vituperados en el nombre de Cristo, sois bienaventurados”. El vituperio también se menciona en Romanos 15:3. Hay una gran recompensa que les espera a los que son vituperados por causa de Cristo. Necesitamos ser los ciudadanos del reino, los que tienen la naturaleza revelada en estos versículos. Entonces podremos llevar el vituperio por causa de Cristo.

IV. CON RESPECTO A LA LEY DEL PUEBLO DEL REINO

  En este mensaje llegamos a la tercera sección de la palabra proclamada por el Rey en el monte (Mt. 5:17-48), la cual está relacionada con la ley del pueblo del reino de los cielos. La constitución del reino celestial ciertamente debe abarcar la ley. Anterior a los tiempos del Señor Jesús, los hijos de Israel tenían la ley de Moisés. También tenían a los profetas. La profecía siempre sirve a la ley. Cuando el pueblo es débil y no puede cumplir la ley, es necesario que los profetas intervengan para fortalecerlos a fin de que cumplan la ley. Así que, el cumplimiento de la ley necesita el fortalecimiento efectuado por los profetas. Por lo tanto, en el Antiguo Testamento se hallan la ley y los profetas. Esta es la razón por la cual el Señor habló de la ley y de los profetas en el versículo 17.

A. Ni la ley ni los profetas fueron abolidos, sino cumplidos

  El versículo 17 dice: “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir”. Aquí “cumplir la ley” tiene tres aspectos: significa que, 1) en el sentido positivo, Cristo guardó la ley, 2) en el sentido negativo El satisfizo lo requerido por la ley al morir como nuestro sustituto en la cruz, y 3) Cristo complementa la vieja ley con Su nueva ley, lo cual El afirma repetidas veces con la expresión “Pero Yo os digo” (vs. 22, 28, 32, 34, 39, 44).

  Con respecto a la ley, hay dos aspectos: los mandamientos de la ley y el principio de la ley. Los mandamientos de la ley fueron cumplidos y complementados por la venida del Señor, mientras que el principio de la ley es reemplazado por el principio de la fe según la economía neotestamentaria de Dios.

  Antes de que Cristo viniera, se hallaban la ley y el fortalecimiento realizado por los profetas. Entonces, ¿por qué se necesitaba la ley del reino de los cielos? Porque los requisitos de la vieja ley no eran lo suficientemente elevados y no estaban completos. Tomemos por ejemplo el asesinato. La ley antigua exigía que no matásemos (Ex. 20:13), pero no decía nada, ni siquiera una palabra, acerca del enojo. Si una persona mataba a otra, era condenada por la ley de Moisés. Pero sin considerar cuán enojada estuviera con otro, mientras no cometiese el asesinato, no sería condenada por la ley de Moisés. Aquí vemos cuán deficiente e incompleta es la vieja ley. Sin embargo, el requisito de la ley del reino de los cielos es mucho más alto que el de la ley de Moisés. Según la ley del reino de los cielos, se nos prohíbe enojarnos con nuestros hermanos. En los versículos 21 y 22 el Señor dijo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: ‘No matarás; y cualquiera que mate será reo de juicio’. Pero Yo os digo que todo el que se enoje con su hermano será reo de juicio”. Por lo tanto, la ley del reino de los cielos es más elevada que la ley de la antigua dispensación.

  Otro ejemplo es la ley respecto al adulterio. Bajo la ley antigua se prohibía cometer adulterio, pero bajo la nueva se prohíbe mirar a una mujer para codiciarla (vs. 27-28). Así que, el principio básico de la ley del reino de los cielos consiste en que es más elevada que la ley antigua. Nosotros no anulamos la vieja ley; la complementamos para hacerla más alta. Por esta razón, el Señor Jesús dijo que El no había venido para abolir la ley, sino para cumplirla.

  Muchos cristianos no entienden adecuadamente el significado de la palabra “cumplir” en el versículo 17. A través de muchos años de estudiar, observar y experimentar, hemos visto que en este versículo la palabra “cumplir” tiene tres aspectos.

1. Por el lado positivo: guardar la ley

  Primeramente, en términos positivos significa que Cristo vino para guardar la ley. Cuando El vivió en la tierra, guardó todos los aspectos de la vieja ley. Ninguno jamás había guardado los diez mandamientos; el Señor Jesús los guardó por completo. El guardó la ley de la antigua dispensación en un sentido muy positivo.

2. Por el lado negativo: cumplir los requisitos de la ley por medio de la muerte substitutiva de Cristo en la cruz

  Debido a que Cristo guardó la ley, llegó a ser el único perfecto. Su perfección lo capacitó para morir por nosotros en la cruz. Esto es guardar la ley en cuanto a lo negativo. También es la segunda manera en que Cristo cumplió la ley. Todos nosotros hemos quebrantado, violado la ley. Pero nuestras transgresiones han sido tratadas mediante la muerte substitutiva del Señor. En la cruz El fue nuestro substituto; El murió por nosotros para cumplir el requisito de la ley por el lado negativo.

3. Complementar la vieja ley con la nueva

  El hecho de que Cristo cumpliera la ley también significa que complementa la vieja ley con Su nueva ley. Esto se expresa con las palabras: “Pero Yo os digo” (vs. 22, 28, 32, 34, 39, 44). El hecho de que Cristo guardara la ley lo capacitó para cumplir el requisito de la ley mediante Su muerte substitutiva en la cruz. El hecho de que Cristo cumpliera el requisito de la ley por medio de Su muerte substitutiva en la cruz, trajo la vida de resurrección para complementar la ley, o sea, para cumplirla en plenitud. Se acabó la ley antigua, la ley inferior, junto con su exigencia de que el pueblo la guarde y su requisito de que sea castigado por no hacerlo. Ahora los ciudadanos del reino, como hijos del Padre, sólo deben cumplir la nueva ley, la ley más elevada, por medio de la vida de resurrección, la cual es la vida eterna del Padre.

  La muerte substitutiva de Cristo introdujo la vida de resurrección. Cuando ésta entra en nosotros, es capaz de hacer la maravillosa obra de cumplir la ley. Nos capacita para cumplir la ley más elevada. Por medio de la vida de resurrección, la cual está en nosotros, no sólo podemos ser preservados de asesinar a otros, sino incluso no nos enojamos con ellos ni los odiamos. La vida de resurrección es superior a la vida natural, porque es en realidad la vida divina, la vida eterna, o sea, es la vida que está en el nivel más elevado. Esta vida en nosotros puede cumplir los requisitos de la ley más elevada.

  En el Nuevo Testamento, Mateo, el libro del reino, viene primero con los requisitos. Luego Juan, el libro de la vida, viene con la vida que cumple estos requisitos. No podemos cumplir los requisitos dados en Mateo 5 por medio de nuestra vida natural. No obstante, en el Evangelio de Juan tenemos la vida más alta que nos capacita para que cumplamos los requisitos más altos. Todos los cristianos aman el libro de Juan, pero muy pocos aman el libro de Mateo. No sé si he oído alguna vez a un cristiano decir que ama el libro de Mateo. Tal vez algunos de ustedes dirían que el Evangelio de Mateo es muy problemático y que Juan es muy sencillo. Este dice que en el principio era el Verbo y el Verbo era Dios y el Verbo se hizo carne, lleno de gracia y realidad (Jn. 1:1, 14). El Evangelio de Juan tiene muchos versículos de oro, tales como Juan 3:16. En este Evangelio se encuentran pocos requisitos y exigencias, pero sí se halla el rico suministro de vida. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, Mateo viene primero, y no Juan. No podemos pasar por alto el libro de Mateo. No obstante, muchos cristianos han recibido tal enseñanza. Hace treinta y cinco años me enseñaron que los creyentes nuevos no deben leer el Evangelio de Mateo. Yo mismo mandé que los creyentes nuevos no leyeran Mateo primero. Les dije que si primero leían el capítulo uno de Mateo, ellos se sentirían frustrados en la lectura de la Biblia pensando que es muy difícil de leer. Por consiguiente, les dije a los creyentes nuevos que comenzaran a leer el cuarto libro, el Evangelio de Juan. Luego les dije que leyeran Romanos o algún otro libro, pero no Mateo. Pero necesitamos regresar a Mateo. Mateo necesita a Juan y Juan es para Mateo. Mateo nos da los requisitos más elevados del reino, los cuales sólo se pueden cumplir por la vida divina revelada en Juan. Debemos recibir el suministro de vida que se encuentra en el Evangelio de Juan si queremos cumplir los requisitos del reino de los cielos revelados en Mateo.

  Jesús, el nuevo Rey, no vino a abolir la ley de Moisés, sino a elevar el nivel de la vieja ley. Desde que el requisito ha sido elevado tan grandemente, ya no es la ley antigua, sino la ley del reino de los cielos. Cristo elevó el nivel de la ley antigua en dos maneras: complementó la ley antigua y la cambió. En los versículos del 17 al 30 vemos la ley vieja complementada. El cambio de la ley comienza con el versículo 31. En este mensaje sólo podremos abarcar el complemento de la vieja ley.

  El versículo 18 dice: “Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”. Después del reino milenario, el primer cielo y la primera tierra pasarán y vendrán el cielo nuevo y la tierra nueva (Ap. 21:1; He. 1:11-12; 2 P. 3:10-13). Lo que la ley abarca sólo se extiende hasta el final del reino milenario, mientras que lo que abarcan los profetas se extiende hasta el cielo nuevo y la tierra nueva (Is. 65:17; 66:22). Esta es la razón por la cual en el versículo 17 se habla de la ley así como de los profetas, mientras que en el versículo 18 sólo se menciona la ley, y no los profetas.

  El cumplimiento de la ley durará hasta el final del milenio, durante cuyo tiempo los cielos y la tierra pasarán. Antes de aquel tiempo, ni una jota ni una tilde de la vieja ley será abolida. Sin embargo, lo que abarcan los profetas se extiende más allá del milenio, hasta el cielo nuevo y la tierra nueva.

  Cristo cumplió la ley en tres maneras. El mismo guardó la ley. Sin embargo, debido a que nosotros no la guardamos, El murió en la cruz por nuestras transgresiones. Su muerte substitutiva introdujo la vida de resurrección, la cual ha sido impartida en nuestro ser. Por medio de Su vida de resurrección podemos cumplir los requisitos de la nueva ley elevada. Por estos tres pasos Cristo ha hecho más que cumplir la vieja ley: El la guardó, murió por nosotros, y Su muerte nos trajo la vida de resurrección que nos fortalece para cumplir los requisitos de la nueva ley. Ahora no estamos tratando de guardar la ley inferior; al contrario, estamos guardando la ley elevada por medio de la vida más elevada, que está en nosotros. Ahora estamos capacitados para guardar la ley más elevada.

B. Guardar el más pequeño de los mandamientos de la ley es el requisito para ser grande en el reino

  El versículo 19 dice: “Por tanto, cualquiera que anule uno de estos mandamientos aunque sea uno de los más pequeños, y así enseñe a los hombres, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos; mas cualquiera que los practique y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos”. La palabra “mandamientos” aquí se refiere a la ley mencionada en el versículo 18. El pueblo del reino no sólo cumple la ley, sino que también la complementa. En realidad, no anulan ningún mandamiento de la ley, ni siquiera uno de los más pequeños. El que seamos grandes o pequeños en el reino de los cielos depende de si guardamos o no aun los mandamientos más pequeños de la ley. En este versículo Cristo recalcó el hecho de que si no guardamos aun los mandamientos más pequeños, sino que los anulamos y enseñamos a otros a anularlos, vendremos a ser los más pequeños en el reino de los cielos. En otras palabras, parece que Cristo decía: “Si quieres ser grande en el reino de los cielos, debes tener la moralidad más elevada. Si el nivel de su moralidad no llega al nivel de la nueva ley, usted será el más pequeño en el reino de los cielos”. La moralidad de ningún otro pueblo es tan elevada como la del pueblo del reino. Nunca debemos pensar que sólo nos ocupamos de la vida y no de la moralidad. La vida debe tener su propia expresión, y la vida más elevada tiene la expresión más elevada. La moralidad es simplemente la expresión de la vida. Así que, si usted tiene la vida más elevada, ciertamente tendrá la moralidad más elevada como la expresión de esta vida. Necesitamos orar: “Señor, concédeme la expresión más elevada de la vida. Concédeme el nivel más alto de la moralidad. Señor, no sólo somos un pueblo de buena moralidad, sino el pueblo del reino”.

  Debido a que el nivel del reino es más elevado que el nivel de la moralidad, debemos hacer más que simplemente estar conformes con guardar la ley antigua. Según la norma de la moralidad, no debemos matar ni cometer adulterio. Si nos abstenemos de matar y de cometer adulterio, somos personas morales. Pero éste es un nivel que es muy inferior al del reino de los cielos. Según el nivel del reino de los cielos, no debemos enojarnos con nuestro hermano ni tampoco mirar a una mujer para codiciarla. Esta no es la norma de la moralidad, sino la norma del reino, la cual es mucho más elevada que la de la moralidad. La norma de la moralidad dice: “Ojo por ojo, diente por diente” (Ex. 21:24; Lv. 24:20; Dt. 19:21). Pero la norma del reino ordena que amemos a nuestros enemigos, que oremos por los que nos persiguen, y que no resistamos al que es malo (39, Mt. 5:44). Si alguien nos abofetea en la mejilla derecha, debemos volverle también la otra (v. 39). ¡Cuán elevado es este nivel! ¡Mucho más que el de la moralidad!

  El punto crucial que Cristo recalca en estos versículos es éste: el pueblo del reino debe tener el nivel más alto de moralidad. Si vemos esto, podremos entender Mateo 5:17-48. Tenemos una ley superior, una vida superior, la norma moral más alta. Por medio de esta vida cumplimos la ley más elevada y mantenemos la norma más elevada.

C. La justicia insuperable es el requisito para entrar en el reino

  En el versículo 20 el Rey dijo: “Porque os digo que si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. La justicia insuperable es la condición que debemos cumplir para entrar en la manifestación del reino de los cielos en el milenio. Al guardar la ley más elevada conforme al nivel más elevado satisfacemos la condición por la cual entramos en la manifestación venidera del reino de los cielos.

  La justicia mencionada en el versículo 20 no se refiere a la justicia objetiva, la cual es el Cristo que recibimos cuando creemos en El para que seamos justificados ante Dios (Fil. 3:9; 1 Co. 1:30; Ro. 3:26); se refiere más bien a la justicia subjetiva, la cual es el Cristo que mora en nosotros expresado en nuestro vivir como nuestra justicia para que podamos vivir en la realidad del reino hoy y entrar en su manifestación en el futuro. Esta justicia no es obtenida simplemente al cumplir la ley antigua, sino al completar la ley antigua mediante el cumplimiento de la nueva ley del reino de los cielos, la ley dada por el nuevo Rey en este pasaje de la Palabra. La justicia del pueblo del reino, la cual es conforme a la nueva ley del reino, supera a la de los escribas y fariseos, que es conforme a la ley antigua. Es imposible que nuestra vida natural obtenga esta justicia insuperable; la cual puede ser producida sólo por una vida superior, la vida de resurrección de Cristo. Esta justicia, la cual es comparada al traje de boda (22:11-12), nos capacita para participar en las bodas del Cordero (Ap. 19:7-8) y para heredar el reino de los cielos en su manifestación, es decir, para entrar en el reino de los cielos en el futuro.

  Para entrar en el reino de Dios se requiere la regeneración, la cual constituye un nuevo comienzo de vida (Jn. 3:3, 5); pero para entrar en el reino de los cielos se requiere que, después de que somos regenerados, tengamos la justicia insuperable en nuestro vivir. Entrar en el reino de los cielos significa vivir en su realidad hoy y participar en su manifestación en el futuro.

D. Con respecto al asesinato

1. La ley antigua: no matarás

  El versículo 21 dice: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: ‘No matarás; y cualquiera que mate será reo de juicio’”. La ley antigua dio el mandamiento de no matar. Lo “que fue dicho” en los versículos 21, 27, 33, 38, y 43 es la ley de la antigua dispensación, mientras que lo que “Yo os digo” en los versículos 22, 28, 32, 34, 39, y 44 es la nueva ley del reino, la cual complementa la ley de la antigua dispensación.

2. La nueva ley que complementa a la vieja: no enojarse con el hermano, no menospreciar al hermano, y no condenar al hermano

  En el versículo 22 el Rey dijo: “Pero Yo os digo que todo el que se enoje con su hermano será reo de juicio; y cualquiera que diga: Racá, a su hermano, será culpable ante el sanedrín; y cualquiera que le diga: Moreh, quedará expuesto a la Gehena de fuego”. La ley de la antigua dispensación se dirige al acto de asesinar, pero la nueva ley del reino se dirige al enojo, el cual puede llevar a uno a asesinar. Por lo tanto, la exigencia de la nueva ley del reino es más profunda que los requisitos de la ley de la antigua dispensación. La palabra “hermano” del versículo 22 comprueba que lo dicho por el Rey aquí fue dirigido a los creyentes.

  Para nosotros lo más difícil es controlar nuestro enojo. Algunos, aunque considerados muy dóciles, tienen un genio igual que un caballo salvaje cuando se enojan. Cuando nuestro enojo se libera, nadie puede frenarnos ni controlarnos. Por muchos años no pude pasar de este capítulo debido al problema de mi mal genio.

  También es muy difícil para nosotros evitar de menospreciar o condenar a otros. En el versículo 22 el Señor habla de dirigirnos a nuestro hermano con las palabras: “Raca” o “Moreh”. La palabra “Raca” es una expresión de menosprecio que significa estúpido, inútil. “Moreh”, o sea, insensato, es una expresión hebrea de condenación usada en referencia a un rebelde (Nm. 20:10). Esta expresión es más grave que la expresión de menosprecio, “Raca”. ¡Cuán difícil es no condenar a un hermano ni menospreciarlo! Tal vez ni siquiera por una semana pueda usted dejar de condenar o menospreciar a alguien. Parece que casi todos los días condenamos o menospreciamos a alguien. Los cónyuges se condenan y se menosprecian los unos a los otros. No creo que haya excepciones. Cada esposa ha menospreciado o condenado a su marido, y cada esposo ha hecho lo mismo a su esposa. Este es un verdadero problema. Cuando usted lee esto, ¿puede seguir diciendo que es un vencedor, un ciudadano del reino? No se desanime. Al contrario, cobre ánimos. Recordemos que tenemos una vida vencedora. ¿Acaso el Rey no está dentro de usted? Somos el pueblo del reino y tenemos al Rey dentro de nosotros. Este Rey es la vida regia y vencedora. No se mire a sí mismo. Si usted lo hace, será completamente desanimado. Olvídese de sí mismo y mire la vida regia que está en usted. Esta vida es la que nos hace el pueblo del reino. Olvídese de su vida natural y siga esta vida real.

  El versículo 22 contiene tres clases de juicio. El primer juicio se efectúa en la puerta de la ciudad, y es un juicio por distrito. El segundo es el juicio del sanedrín, un juicio más alto. El sanedrín era un concilio compuesto de los principales sacerdotes, los ancianos, los intérpretes de la ley y los escribas. Es la corte más elevada de los judíos (Lc. 22:66; Hch. 4:5-6, 15; 5:27, 34, 41). El tercer juicio es el que Dios lleva a cabo mediante la Gehena de fuego, el juicio supremo. El nuevo Rey mencionó estas tres clases de juicio usando ejemplos de la historia judía, debido a que todo Su auditorio era judío. No obstante, con respecto al pueblo del reino, los creyentes del Nuevo Testamento, todos estos juicios se refieren al juicio del Señor ejecutado en el tribunal de Cristo, según lo revelado en 2 Corintios 5:10; Romanos 14:10, 12; 1 Corintios 4:4-5; 3:13-15; Mateo 16:27; Apocalipsis 22:12; y Hebreos 10:27, 30. Esto revela claramente que los creyentes neotestamentarios, aunque han sido perdonados por Dios para siempre, siguen sujetos al juicio del Señor, un juicio que no es para perdición sino para disciplina, si ellos pecan contra la nueva ley del reino presentada en este pasaje. Sin embargo, cuando pecamos contra la nueva ley del reino, si nos arrepentimos y confesamos nuestros pecados, somos perdonados y limpiados por la sangre del Señor Jesús (1 Jn. 1:7, 9).

  En el versículo 22 el nuevo Rey habla de la Gehena de fuego. La palabra “Gehena” es el equivalente en el griego de la palabra hebrea Gehinnom, la cual significa “valle de Hinom”. Era un valle profundo y estrecho cerca de Jerusalén, que sirvió como el basurero de la ciudad, en el cual los cuerpos de los criminales y toda clase de inmundicias eran arrojados. También era llamado Tofet (2 R. 23:10; Is. 30:33; Jer. 19:13). Debido a su fuego continuo, vino a ser el símbolo del lugar de castigo eterno, el lago de fuego (Ap. 20:15). Esta palabra también se usa en Mateo 5:29, 30; 10:28; 18:9; 23:15, 33; Marcos 9:43, 45, 47; Lucas 12:5; y Jacobo 3:6.

a. Antes de presentar la ofrenda a Dios uno debe reconciliarse con el hermano

  Los versículos 23 y 24 dicen: “Por tanto, si estás presentando tu ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. El sacrificio, como el sacrificio por el pecado, se hace para expiar el pecado, mientras que una ofrenda se presenta para tener comunión con Dios. El altar mencionado en el versículo 23 era un mueble (Ex. 27:1-8) que estaba en el atrio del templo (1 R. 8:64). En este altar eran ofrecidos todos los sacrificios y ofrendas (Lv. 1:9, 12, 17). El Rey, al promulgar la nueva ley del reino, se refiere aquí a la ofrenda y al altar de la antigua dispensación porque, durante Su ministerio en la tierra, un período de transición, la ley ritual de la antigua dispensación todavía no se había terminado. En los cuatro Evangelios, antes de la muerte y resurrección del Señor, El trataba a Sus discípulos como a judíos conforme a la ley antigua en los asuntos relacionados con las circunstancias exteriores; mientras que en asuntos referentes al espíritu y a la vida, los consideraba creyentes, quienes constituían la iglesia, conforme a la economía neotestamentaria.

  Las palabras “algo contra ti” en el versículo 23 deben referirse a una ofensa causada por el enojo o reprimenda del versículo 22. Según el versículo 24, primero debemos reconciliarnos con nuestro hermano para que ya no quede recuerdo de la ofensa y nuestra conciencia esté libre de ofensa. Luego podemos acercarnos con nuestra ofrenda al Señor y tener comunión con El, con una conciencia pura. El Rey del reino nunca permitirá que dos hermanos que no se hayan reconciliado participen de la realidad del reino ni reinen en su manifestación. Si usted, al hacer contacto con el Señor, siente que un hermano o una hermana tiene motivo para quejarse de usted, debe interrumpir su comunión con el Señor e ir a este individuo para reconciliarse con él. Luego, podrá regresar y seguir teniendo comunión con el Señor. Aunque ésta es una cosa pequeña, no es fácil hacerla. Sin embargo, debemos hacerla.

b. Antes de morirse, antes de que se muera el opositor o antes de que regrese el Señor

  Los versículos 25 y 26 dicen: “Ponte a buenas con tu adversario cuanto antes, mientras estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo: De ningún modo saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante”. Necesitamos ponernos a buenas con nuestro adversario cuanto antes, no sea que nos muramos, nuestro adversario se muera, o el Señor regrese, porque en tal caso no habrá oportunidad para que seamos reconciliados con nuestro oponente. Las palabras “en el camino” significan “mientras estamos en esta vida”. El asunto de ser entregados al juez, al alguacil, y echado en la cárcel se llevará a cabo en el tribunal de Cristo cuando El regrese (2 Co. 5:10; Ro. 14:10). El juez será el Señor, el alguacil será el ángel, y la cárcel será el lugar de disciplina. Salir de allí, es decir, salir de la cárcel, se refiere a ser perdonado en la edad venidera, el milenio.

  Un cuadrante romano era una pequeña moneda de bronce, equivalente a la cuarta parte de un asarion, el cual equivalía a un centavo, lo cual da a entender que debemos resolver aun el asunto más insignificante. Así se ve lo estricta que es la nueva ley.

  Debemos reconciliarnos con nuestro adversario antes de morirnos, antes de que el se muera o antes de que el Señor regrese. Si no resolvemos el asunto ahora, tendremos que hacerlo en la edad venidera. No esperemos la era venidera, porque en ese entonces la solución del asunto nos costará más. Debemos resolver todos los problemas ahora, antes de morirnos o antes de que nuestro adversario se muera. Mientras que ambos están vivos, tenemos la oportunidad de reconciliarnos. Además, si esperamos, el Señor podría regresar antes de que nos reconciliemos. Por un lado, el regreso del Señor será maravilloso. Por otro, será algo muy serio, porque cerrará la oportunidad para resolver los problemas en esta edad y nos obligará a resolverlos en la edad venidera. Por lo tanto, es mucho mejor solucionar todos los problemas antes de la edad venidera. Esto significa que debemos resolver cada problema antes de morirnos, antes de que la otra persona se muera, o antes de que el Señor regrese.

E. Con respecto al adulterio

1. La vieja ley: no cometer adulterio

  El versículo 27 dice: “Oísteis que fue dicho: ‘No cometerás adulterio’”. Esta es la vieja ley, el mandamiento acerca de no cometer adulterio (Ex. 20:14; Dt. 5:18).

2. La nueva ley que complementa: no mirar para codiciar

  La nueva ley, la cual complementa a la vieja, se encuentra en el versículo 28, donde dice con respecto al adulterio: “Pero Yo os digo que todo el que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. La ley de la antigua dispensación se dirige al problema del acto externo de adulterio, mientras que la nueva ley del reino se dirige a la motivación interior del corazón.

a. La gravedad de este pecado en relación con el reino

  Debemos considerar la gravedad de este pecado en relación con el reino. Lo dicho por el Señor en los versículos 29 y 30 nos muestra la seriedad de este pecado. Estos hablan de sacar nuestro ojo y echarlo de nosotros y de cortar nuestra mano y echarla de nosotros. En los dos versículos el Señor dijo: “Más provechoso te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado en la Gehena”. Sin embargo, no debemos observar esto literalmente; sólo se puede llevar a cabo espiritualmente, como se revela en Romanos 8:13 y Colosenses 3:5. Conozco los casos de algunos que aplicaron esta palabra de manera literal. Uno de los casos tenía que ver con un jugador de azar que realmente se cortó la mano después de leer esta porción de la Palabra. Con el tiempo, él descubrió que, con la mano cortada, todavía tenía por dentro una mano interior que deseaba el juego de azar. Aprendió que no le sirvió el cortarse la mano, porque el problema era su mano interior. Aunque esta palabra no debe tomarse literalmente, revela lo serio que es este pecado.

  Conforme a lo que dijo el Señor en los versículos 29 y 30, es posible que una persona salva sea echada en la Gehena. Esto significa que es posible que aun los salvos sean perjudicados por la segunda muerte. En Apocalipsis 2:11 el Señor Jesús dijo: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venza, no sufrirá ningún daño de la segunda muerte”. Como hemos indicado, la Gehena es un símbolo del lago de fuego, el cual constituye la segunda muerte (Ap. 20:15). Lo dicho por el Señor en Apocalipsis 2:11 indica que es posible que los creyentes sufran daño de la segunda muerte. Su palabra en Apocalipsis 2:11 corresponde a lo que dice en Mateo 5:29 y 30. Si usted, siendo persona salva, no toma en serio esta clase de pecado y no se guarda de ello ante el Señor, algún día sufrirá daño de la segunda muerte. Según lo que el Señor Jesús dice en este versículo, usted será echado a la Gehena. Esto no significa que perecerá, sino que será disciplinado. Además, la Gehena de fuego no alude al purgatorio del catolicismo. Sin embargo, esta palabra acerca de la Gehena le advierte a uno de que si no toma en serio este pecado y no lo resuelve hoy en día, cuando el Señor Jesús regrese, El le juzgará. (Véase el Estudio-vida de Apocalipsis, mensaje once, págs. 136-138 para leer algo más acerca del daño que uno puede sufrir de la segunda muerte).

  Hemos visto que las tres clases de juicio mencionadas en Mateo 5:22 se refieren al juicio que Cristo ejecuta en Su tribunal. Este juicio no tiene nada que ver con los que no son salvos, quienes serán juzgados en el gran trono blanco después del milenio (Ap. 20:12, 15). Ninguna persona no salva tendrá los requisitos para poder presentarse ante el tribunal de Cristo cuando El venga. Todos los que se presenten ante este juicio serán los que hayan sido salvos. Los creyentes serán juzgados allí, no con respecto a la salvación y la perdición, sino a la recompensa y el castigo.

  Las palabras que el Señor habló en referencia al juicio y a ser echado en la Gehena de fuego son muy serias. Deben de provocar en nosotros una actitud muy sobria y también deben de guardarnos de una actitud relajada con respecto a esta clase de pecado. Nunca debemos considerar este pecado como algo insignificante. La situación actual en cuanto a la fornicación es deplorable. Nunca debemos descuidarnos en cuanto a ésta. Las propias palabras del Señor nos muestran cuán serio es este asunto. Debemos ser sobrios y confrontarlo de manera muy seria. No obstante, no tratamos a los miembros de nuestro cuerpo de manera literal. Al contrario, debemos hacer morir nuestros miembros pecaminosos por la cruz de Cristo. Según se revela en Romanos 8:13, debemos por el Espíritu “hacer morir los hábitos del cuerpo”, y como dice Colosenses 3:5, debemos aplicar la muerte a nuestros “miembros terrenales”. Esta es la manera correcta de tratar nuestros miembros pecaminosos.

b. Quitar el motivo de tal pecado a toda costa

  Mateo 5:29 y 30 también indican que debemos quitar el motivo de esta clase de pecado a toda costa. La intención del Señor en este versículo es llevarnos a la sobriedad para que quitemos no sólo la acción, sino también el motivo de esta clase de pecado. Si no lo hacemos, El nos pondrá en la Gehena de fuego cuando regrese. Esta es una palabra muy seria.

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