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Mensajes del libro «Estudio-Vida de Mateo»
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Mensaje 33

SE INICIA EL RECHAZO AL REY

(2)

  Hemos visto que Mateo es un libro relacionado con la doctrina del reino. Mateo no presenta en su evangelio una narración de la historia, sino que reúne los hechos de la historia con el fin de usarlos para revelar la doctrina del reino. Hasta aquí hemos visto que Cristo nació, fue ungido, fue puesto a prueba, inició Su ministerio, atrajo multitudes, promulgó la constitución celestial, y continuó Su ministerio. Su ministerio produjo el ambiente que le permitió revelar muchos aspectos de Su persona. Además, Su ministerio le causó ser plenamente rechazado por aquella generación maligna. También vimos que el Señor hizo un llamamiento a todos los que trabajaban arduamente y estaban cargados, a que vinieran a El para que encontraran reposo. El les mostró que la manera de descansar es quebrantar las regulaciones de la religión y ocuparse de la Cabeza y de los miembros del Cuerpo. Es de esta manera que el reino de los cielos se establece entre los hombres. Todos debemos dejarnos impresionar con esta clara visión.

  Ahora debemos ver que una batalla espiritual, es decir, una contienda espiritual, se necesita para que sea establecido el reino de los cielos. Esta contienda queda implícita en Mt. 12:22-37. En el establecimiento del reino se está librando una gran batalla. Aunque hasta ahora hemos abarcado muchos puntos [en el Evangelio Mateo], no hemos visto que se necesita una guerra espiritual para facilitar el establecimiento del reino. Cristo, el Rey celestial, luchaba mientras establecía el reino de los cielos en la tierra entre los hombres. No obstante, la gente no veía esta batalla; sólo veía lo que el Señor hacía externamente, pero no entendía lo que se estaba llevando a cabo interiormente. Así que Mateo seleccionó otro hecho histórico para señalar la batalla que se estaba librando mientras el Rey establecía el reino celestial.

III. EL PUNTO CULMINANTE DEL RECHAZO

  En los tiempos descritos en Mateo 12:22-37 el ministerio del Señor ya no se realizaba mucho en público. En vez de llevar a cabo Su ministerio públicamente, prefirió hacerlo de una manera cautelosa y calmada. Sin embargo, lo que el Señor hizo en el versículo 22 al sanar a un endemoniado, fue un hecho histórico y no pudo ser ocultado.

A. Un endemoniado es traído al Rey celestial, y El lo sana

  El versículo 22 dice: “Entonces fue traído a El un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el mudo hablaba y veía”. El hombre ciego y mudo representa a una persona que no tiene visión espiritual, es decir, que no puede ver a Dios ni los asuntos espirituales, y que como resultado es incapaz de alabar a Dios ni hablar por El. Esta es la verdadera condición de todas las personas caídas. Tal fue la clase de hombre traído al Rey. Cuando el Rey echó fuera el demonio del hombre, éste pudo ver y hablar, y habló lo que veía. Indudablemente, esto fue un milagro y una señal. En el Antiguo Testamento no deja constancia de que un ciego recibiera la vista milagrosamente; por eso, el hecho de que un ciego reciba la vista es una gran señal.

B. Todas las multitudes están atónitas, preguntándose si el Rey es el Hijo de David

  El versículo 23 dice: “Y todas las multitudes estaban atónitas, y decían: ¿No es éste el Hijo de David?” El milagro realizado en la sanidad del hombre ciego y mudo asombró a las multitudes, y éstas se preguntaron: “¿No es éste el Hijo de David?” Esto indica que reconocieron a Cristo como su Mesías y su Rey.

C. Los fariseos acusan al Rey de echar fuera a los demonios por Beelzebú, príncipe de los demonios

  Aunque las multitudes estaban maravilladas, los fariseos estaban ofendidos, incapaces de permitir el hecho de que el Señor Jesús, por medio de un extraordinario milagro, se hubiera ganado a las multitudes. De manera que los fariseos tenían que decir algo para enfrentar esta situación. En el versículo 24 ellos dijeron: “Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios”. Esta fue la más grande blasfemia que los opositores fariseos profirieron contra el Rey celestial. Beelzebú significa señor de las moscas. Los judíos le cambiaron el nombre por Beelzebul, nombre despectivo que significa señor del muladar y se usaba para referirse al príncipe de los demonios (Mr. 3:22; Lc. 11:15, 18-19). El rey del muladar, el lugar más sucio y lleno de moscas, era Satanás. Por lo tanto, para los antiguos judíos, Beelzebú se refería a Satanás como el rey de los demonios y como el rey del muladar y las moscas. Decir que Cristo echaba demonios por Beelzebú era decir que los echaba por Satanás. ¡Qué terrible blasfemia para acusar al Rey celestial!

D. La respuesta del Rey celestial

  La acusación de los fariseos le proporcionó a Cristo una oportunidad para revelar algo más. Una vez más Su ministerio le presentaba una oportunidad para revelar algo que de otra manera no hubiéramos podido ver. Aparentemente, el Señor había echado fuera un demonio, pero en realidad, eso no era todo; se estaba desatando una batalla.

1. Si Satanás echara fuera a Satanás, su reino no permanecería

  Los versículos 25 y 26 dicen: “Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, será desolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no quedará en pié. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido, ¿cómo, pues, quedará en pie su reino?”. Es como si el Señor les dijera a los fariseos: “¿Cómo podría Yo echar fuera un demonio por Satanás? Si Yo hiciera esto, entonces Satanás estaría peleando contra Satanás, y su reino no podría permanecer”. El versículo 26 es único en toda la Biblia, pues ningún otro versículo como éste abra el secreto de que Satanás tiene su reino. Satanás es el príncipe de este mundo (Jn. 12:31) y el príncipe de la potestad del aire (Ef. 2:2). Tiene su autoridad (Hch. 26:18) y sus ángeles (Mt. 25:41), los cuales son subordinados como principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este mundo (Ef. 6:12). Así que, él tiene su reino, la potestad de las tinieblas (Col. 1:13). El reino de Satanás está establecido en la tierra, entre los hombres. Pero el Rey celestial ha venido a establecer un reino celestial, también en la tierra, entre los hombres. Por tanto, los dos reinos se encuentran en conflicto. El reino de Satanás es el reino antiguo, pero el Rey celestial está por establecer un nuevo reino, el reino de los cielos. Con esto vemos que se está librando una gran batalla.

2. Son los hijos de los fariseos quienes echan fuera demonios por Beelzebú

  En el versículo 27 el Señor dijo a los fariseos: “Y si Yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros jueces”. En realidad eran los hijos de los fariseos quienes echaban fuera demonios por Beelzebú y no el Señor Jesús. Al decir esto, el Señor indica que los fariseos eran uno con Satanás, el príncipe de los demonios.

3. El Rey echa fuera los demonios por el Espíritu de Dios para traer el reino de los cielos

  El versículo 28 dice: “Pero si Yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, entonces ha llegado a vosotros el reino de Dios”. El Espíritu de Dios es el poder del reino de Dios. Donde el Espíritu de Dios se manifiesta con poder, allí está el reino de Dios y allí los demonios no tienen terreno. Aquí podemos ver por la Palabra del Señor que la batalla que se pelea por el reino no es una batalla librada por un hombre solo, sino por uno que tiene al Espíritu de Dios. En el versículo 28 el Señor dijo que El echaba fuera los demonios por el Espíritu de Dios y que esto equivale a la llegada del reino de Dios. Siempre que el Espíritu de Dios ejerce Su autoridad sobre la situación contraria, se manifiesta el reino de Dios.

  El Señor es siempre cuidadoso de Sus palabras. En el versículo 28 El habla del reino de Dios, y no del reino de los cielos. Aun en aquel tiempo el reino de los cielos no había venido. No obstante, el reino de Dios ya estaba ahí.

4. El Señor menciona que para saquear la casa del hombre fuerte, primero hay que atarlo y así entrar a su casa

  El versículo 29 revela que antes de que el Señor echara fuera al demonio, primeramente peleó contra Satanás. Este versículo dice: “O ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y arrebatar sus bienes, si primero no ata al hombre fuerte? Entonces saqueará su casa”. La casa aquí representa el reino de Satanás. El hombre fuerte es Satanás, el maligno. La palabra griega que aquí se traduce como “bienes”, también significa instrumentos, utensilios; por lo tanto, significa bienes o enseres. Las personas caídas, quienes están bajo la potestad de Satanás, son sus vasos, sus instrumentos y están disponibles para su uso. Son los bienes guardados en su casa, su reino. La palabra que menciona el atar al hombre fuerte, indica que cuando el Señor echaba fuera demonios, primero ataba a Satanás. La gente sólo vio que el Señor echó el demonio, pero no vio que ató a Satanás, el hombre fuerte. Así que, el Señor aprovechó la oportunidad que se le presentó por la acusación de los fariseos, para revelar el secreto de la batalla espiritual existente. Aparentemente el Señor sólo estaba echando fuera a un demonio, pero en realidad estaba luchando, atando al hombre fuerte. Esto nos muestra que, si nosotros hemos de edificar el reino hoy, primero debemos atar al hombre fuerte.

  La manera de atar al hombre fuerte es orar. Cuando lleguemos al capítulo diecisiete, veremos que los discípulos acudieron al Señor y le preguntaron por qué El podía echar fuera demonios y ellos no. En Mateo 17:21 el Señor dijo a Sus discípulos: “Pero esta clase de demonios no sale sino con oración y ayuno”. Si no oramos ni ayunamos, simplemente no podemos echar fuera esta clase de demonios. Lo que el Señor dijo a Sus discípulos indica que, antes de que El echara fuera a un demonio, ciertamente ayunaba y oraba. Para atar al hombre fuerte primero necesitamos orar y ayunar. El Señor oraba y ayunaba secretamente, pues los discípulos no veían esto. Debemos aprender del Señor a orar y ayunar en secreto. Creo que cuando el Señor Jesús estaba en la tierra, muy a menudo ayunaba y oraba para pelear la batalla y atar al hombre fuerte. Todos debemos estar en este mismo espíritu hoy en día. Diariamente nuestro espíritu debe ser un espíritu de ayuno y oración, para poder atar cada día al hombre fuerte, que es Satanás, el rey del reino de las tinieblas.

  Satanás tiene un reino de tinieblas sobre la tierra, y toda la tierra está bajo su usurpación. No es fácil rescatar a uno de las manos de Satanás. Cada persona caída es un vaso en la casa de Satanás. La casa de Satanás es su reino, y en su casa hay muchos vasos, que son las numerosas personas caídas. Para rescatar a una persona caída, de la casa de Satanás, debemos primero atar al hombre fuerte por medio de la oración y el ayuno. Esto significa pelear la batalla espiritual para establecer el reino de loa cielos.

  El capítulo doce de Mateo ocupa un lugar especial en el Nuevo Testamento, porque revela que Satanás tiene un reino, que él es el hombre fuerte que ha usurpado a todo hombre creado por Dios, y que para rescatar a los hombres de su mano usurpadora, es necesario atarlo. La manera de atar al hombre fuerte es ayunar y orar. En ninguno de los once capítulos anteriores se ve la batalla revelada en el capítulo doce. En esos capítulos vemos el descanso, y el quebrantamiento de las regulaciones por la Cabeza y por los miembros del Cuerpo, pero no vemos el reino de tinieblas. Existen dos reinos sobre la tierra: el reino de tinieblas y el reino de los cielos, en luz. Los dos se están confrontando hoy, sobre la tierra. Por lo tanto, es menester que peleemos la batalla. Todos nosotros debemos ayunar y orar para poder atar al hombre fuerte; entonces podremos saquear su casa.

  Esta es una verdadera revelación. Muy pocos cristianos han leído de esta manera el capítulo doce de Mateo, porque no ven el reino. Para ellos el reino es simplemente o un término doctrinal o algo en suspenso para un tiempo futuro. Pero nosotros entendemos que todo lo que el Señor está llevando a cabo con nosotros hoy en día, tiene como fin el establecimiento del reino celestial. Somos el pueblo del reino, y hoy se está librando una gran batalla entre los dos reinos. La continuación del ministerio del Señor produjo la oportunidad para esta revelación adicional.

5. El que no está con el Rey está en Su contra y el que no recoge con el Rey, desparrama

  En el versículo 30 el Señor dice: “El que no está conmigo, está contra Mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”. En aquel tiempo los fariseos no eran uno con el Rey celestial; por el contrario, se oponían a El. No estaban recogiendo con El, sino desparramando de El; así que, estaban completamente separados de El y unidos a Satanás, Su enemigo.

6. La blasfemia contra el Espíritu no será perdonada

  En el versículo 31 el Señor dijo a los fariseos: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada”. Blasfemar contra el Espíritu no es lo mismo que ofender al Espíritu (He. 10:29). Ofender al Espíritu es desobedecerle intencionadamente. Muchos creyentes hacen esto. Si ellos confiesan este pecado, serán perdonados y limpiados por la sangre del Señor (1 Jn. 1:7, 9). Pero blasfemar contra el Espíritu es calumniarlo, como lo hicieron los fariseos en el versículo 24. Era por el Espíritu que el Señor echaba fuera un demonio; pero al ver esto, los fariseos dijeron que echaba fuera los demonios por Beelzebú, el príncipe de los demonios, lo cual constituyó una blasfemia contra el Espíritu. Con esta blasfemia el rechazo al Rey celestial por parte de los fariseos llegó a su punto culminante.

  El Señor parecía estar diciendo a los fariseos: “Vuestra blasfemia no tiene perdón. Yo echo fuera al demonio por el Espíritu de Dios, pero vosotros decís que lo hago por Satanás, el rey de los demonios. Fuisteis muy atrevidos al decir esto. Habéis dicho una blasfemia que es imperdonable; no únicamente habéis insultado y desobedecido al Espíritu, sino que habéis blasfemado contra El. El es el Espíritu de Dios, aun Dios mismo. Yo echo fuera el demonio por Dios mismo, por el Espíritu; aunque vosotros decís que este Dios es Satanás, el rey de los demonios y el rey de las moscas viles del muladar. Al decir esto, habéis cometido un pecado imperdonable.

7. Al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado ni en este siglo ni en el venidero

  En el versículo 32 el Señor añade: “Y cualquiera que diga alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero”. En la economía del Dios Triuno, el Padre concibió el plan de redención (Ef. 1:5, 9), el Hijo realizó la redención conforme al plan del Padre (1 P. 2:24; Gá. 1:4), y el Espíritu llega a los pecadores para aplicarles la redención realizada por el Hijo (1 Co. 6:11; 1 P. 1:2). Si un pecador blasfema contra el Hijo, como lo hizo Saulo de Tarso, el Espíritu todavía puede obrar en él y motivarle a arrepentirse y creer en el Hijo para así ser perdonado (véase 1 Ti. 1:13-16). Pero si un pecador blasfema contra el Espíritu, el Espíritu no tiene base para obrar en él, y no queda nadie que lo haga arrepentirse y creer. Por lo tanto, es imposible que tal persona sea perdonada. Esto no sólo es lógico, según el raciocinio humano, sino también está en la esfera gubernamental, según el principio administrativo de Dios, como lo revela aquí la palabra del Señor.

  En la administración gubernamental de Dios, Su perdón está relacionado con la dispensación específica en que se halla uno. Dios, con miras a llevar a cabo Su administración, planeó diferentes eras o épocas. El período que abarca desde la primera venida de Cristo hasta la eternidad, se divide dispensacionalmente en tres eras: (1) esta era, el siglo presente, que se extiende desde la primera venida de Cristo hasta Su segunda venida; (2) la era venidera, el milenio, que consta de mil años y se dedica a la restauración y el reinado celestial, desde la segunda venida de Cristo hasta la terminación del primer cielo y la primera tierra; y (3) la eternidad, la era eterna del cielo nuevo y la tierra nueva. En la era actual Dios perdona al pecador con miras a salvarlo eternamente. Este perdón se les da tanto a los pecadores como a los creyentes. El perdón de Dios en la era venidera está relacionado con la recompensa de los creyentes en aquella dispensación. Si un creyente comete un pecado después de ser salvo y rehusa tratarlo por medio de la confesión y del lavamiento de la sangre del Señor (1 Jn. 1:7, 9) antes de morir o antes de que el Señor venga, el pecado no le será perdonado en esta era sino que permanecerá, y él será juzgado ante el tribunal de Cristo (2 Co. 5:10). En tal caso, el creyente no recibirá el reino como galardón, es decir, no participará con Cristo en la gloria y el gozo de la manifestación del reino de los cielos, sino que será disciplinado para que el pecado sea eliminado; luego él será perdonado en la era venidera (18:23-35). Esta clase de perdón permitirá que el creyente mantenga su salvación, pero no le capacitará para participar en la gloria y el gozo del reino venidero.

8. El árbol se conoce por el fruto

  En el versículo 33 el Señor dijo: “O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol”. Un árbol se conoce por su fruto. El hecho de que los fariseos eran malignos se hizo manifiesto por sus obras malignas.

9. De la abundancia del corazón habla la boca

  Los versículos 34 y 35 dicen: “¡Cría de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, de su buen tesoro saca buenas cosas; y el hombre malo, de su mal tesoro saca malas cosas”. Los fariseos tenían el corazón lleno de la abundancia del mal. Por lo tanto, sus bocas expresaban la maldad de sus corazones.

10. En el día del juicio los hombres darán cuenta de toda palabra ociosa que hablen

  El versículo 36 dice: “Y Yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio”. La palabra griega traducida “ociosa” significa que no trabaja. Una palabra ociosa es una palabra que no trabaja, es una palabra inoperante, inútil, la cual no tiene función positiva; carece de provecho, es infructuosa y estéril. En el día del juicio, los que han hablado tales palabras, darán cuenta de cada una de ellas. Ya que tal es el caso ¡cuánto más debemos dar cuenta de cada palabra maligna!

  El Señor parecía estar diciendo a los opositores: “Tengan cuidado con su hablar, pues de cada palabra ociosa y sin provecho, serán juzgados. Habrá un día de juicio, y todo lo que digan será juzgado en ese tiempo”. Este es un asunto muy delicado.

11. Nuestras palabras nos justificarán o nos condenarán

  En el versículo 37 el Señor concluye: “Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”. ¡Qué advertencia es ésta! Debemos aprender a controlar y a restringir lo que decimos.

  Los opositores fariseos no sólo perdieron el caso, sino que ni siquiera tenían uno, así que fueron subyugados. Siempre que el Señor Jesús da una respuesta, no existe más argumento.

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