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Mensaje 142

La santificacion de Aarón y de sus hijos para ser los sacerdotes

(10)

  Lectura bíblica: Éx. 29:29-46

  En el pasado mensaje mencionamos que si queremos ser uno con Dios, debemos ofrecer la ofrenda por el pecado. Esta ofrenda no es, de forma directa, comida para Dios. Más bien, resuelve el problema que existe entre nosotros y Dios a fin de que podamos tener comunión con El.

LA PROPICIACION HECHA SOBRE EL ALTAR

  Exodo 29:35 y 36 dicen: “Así pues, harás a Aarón y a sus hijos, conforme a todo lo que yo te he mandado; por siete días llenarás sus manos. Cada día ofrecerás el becerro del sacrificio por el pecado, para las expiaciones; y purificarás el altar cuando hagas expiación por él, y lo ungirás para santificarlo” (lit.). Los siete días que se mencionan en el versículo 35 representan un periodo de tiempo completo, o sea, toda nuestra vida. Cada día necesitamos ofrecer a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado. Según el versículo 36, el becerro de la ofrenda por el pecado, era ofrecido como propiciación. Aquí el énfasis es la propiciación sobre el altar.

  El altar se purifica por medio de hacer propiciación sobre él. Debemos recordar que el altar es una mesa de comedor. Siempre que vamos a servir los alimentos, limpiamos primero la mesa. Queremos quitar todo el sucio y purificar la mesa. La ofrenda por el pecado purifica nuestra mesa de comedor, o sea, el altar, haciéndolo un lugar limpio para comer.

  El versículo 36 dice que el altar debía ser ungido a fin de ser santificado. En este versículo no se menciona nada de la sangre. Pero en todos los escritos de Moisés se revela el principio de que la santificación es por medio del rociar de la sangre. No queda duda de que el altar es purificado por la sangre. Sin embargo, aquí, el altar es santificado por el aceite de la unción. La sangre representa la muerte de Cristo, y el aceite, la unción del Espíritu. Tenemos la sangre que nos purifica y el Espíritu que nos unge. Podemos usar nuevamente el ejemplo de la mesa de comedor. Cuando limpiamos la mesa queremos que esté reluciente. La sangre nos purifica, y el aceite hace que brillemos. Por lo tanto, necesitamos tanto la sangre que nos purifica como el Espíritu que nos hace brillar. Este es ser santificado.

  Debemos recordar que ser santificado es estar separado y marcado. Todas las demás mesas tal vez estén sucias y opacas. Están sucias y no brillan. Pero hay una mesa, el altar, que está purificada y y ungida. Por tanto, está limpia y reluciente. Como resultado, esta mesa es diferente de todas las otras mesas y está separada de ellas.

  El versículo 37 dice: “Por siete días harás expiación por el altar, y lo santificarás, y será un altar santísimo: cualquiera cosa que tocare el altar, será santificada”. Aquí vemos que todos los días se debía hacer la propiciación sobre el altar. Después de que el altar había sido santificado, llegaba a ser más santo. Cualquiera que tocara el altar era santificado. Esto quiere decir que el altar donde se llevaba a cabo la propiciación y que había sido ungido con el aceite llegaba a ser más santo. De tal manera que el altar mismo podía santificar a aquel que lo tocara. Cualquiera que toca el altar es santificado, y cualquier cosa que se ponga sobre el altar también es santificado. Por ende, cualquier cosa ofrecida sobre el altar automáticamente era santificada.

  Todos los días debemos ofrecer la ofrenda por el pecado. Cuando hacemos esto tenemos una mesa de comedor que está completamente limpia y ungida. Cualquier cosa que se coloque sobre esta mesa será santificada.

  Todas las mañanas necesitamos ofrecer a Cristo como la ofrenda por el pecado. Esto propiciará que tengamos un buen día. Por lo general, la gente se saluda con un “buenos días”. Cuando hablamos de un buen día, no debemos referirnos a un saludo, sino a tener un buen día por medio de ofrecerle a Dios la ofrenda por el pecado. Si presentamos a Cristo como la ofrenda por el pecado cada mañana, tendremos un buen día, una mañana de propiciación. El resultado será que ese buen día santificará todo el día.

  En el mensaje anterior usamos el ejemplo de un hombre que invita a Dios a comer. Cuando ofrecemos Cristo como la ofrenda por el pecado, no existirá ningún problema entre nosotros, los que invitamos, y Dios, aquel que es invitado. En lugar de problemas, tendremos la sangre redentora y aceite de unción los cuales representan la propiciación y la santificación. Ahora hay paz entre el que invita y el invitado, y podemos servirle la comida a Dios para Su satisfacción.

  Necesitamos entender el asunto de la propiciación según el trasfondo de la practica en los tiempos antiguos. Especialmente entre los judíos, cuando dos grupos tenían algún problema, era necesaria la propiciación. Luego de que se llevaba a cabo la propiciación, estos grupos podían comer juntos. Debido a la propiciación podían estar en paz. En paz podían disfrutar de la comida juntos. Este es un cuadro, un tipo, de la relación entre Dios y nosotros. A causa de nuestro pecado, tenemos un problema con Dios. El origen de este problema es Satanás. El introdujo el pecado en nosotros, y esto ha llegado a ser un problema. Pero Cristo vino como el Cordero de Dios para quitar el pecado. De esta forma el resolvió el problema y llevó a cabo la propiciación. Por lo tanto, siempre que lo ofrecemos a Dios como la ofrenda por el pecado, podemos disfrutar lo que El hizo por nosotros. De esta manera, debido a que El hizo propiciación con Dios de nuestra parte, ya no tenemos problemas con Dios. Más bien, tenemos paz, y y en paz podemos festejar con Dios.

LA COMIDA QUE SE OFRECIA A DIOS

  Los versículos 38 al 41 hablan acerca de la ofenda de los dos corderos cada día como la comida, de forma directa, para Dios. El versículo 38 dice: “Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente”. Según el versículo 39, se ofrecía un cordero en la mañana, y el otros en la tarde. Junto con cada cordero se ofrecía una décima de una efa de harina fina con un cuarto de un hin de aceite de olivas machacadas y un cuarto de un hin de vino para la libación (v. 40). Todo esto era ofrecido a Dios por los sacerdotes, quienes habían sido lavados, vestidos y satisfechos.

  Ahora consideremos “los víveres” que se usaban en la preparación de la comida para Dios. Estos incluyen dos corderos, harina, aceite y vino. Los corderos, claro está, pertenecen al reino animal; la harina, el aceite el vino al reino vegetal. Todos estos víveres tipifican aspectos de Cristo. Cristo es nuestro cordero, nuestro trigo, nuestra vid que produce el vino, y el olivo que produce el aceite.

  ¿Cómo puede Cristo, por medio de estos cuatro aspectos llegar a ser nuestros víveres? Si queremos contestar esta pregunta, debemos darnos cuenta de que estos asuntos no eran simplemente objetivos para los israelitas. Más bien, eran muy subjetivos, ya que eran cosas cultivadas, criadas y cosechadas por los hijos de Israel. Una décima parte de la cosechase separaba y durante las fiestas, se ofrecía a Dios. Debido a que estas cosas se producían de esta manera, eran subjetivas para los hijos de Israel. En otras palabras, estas cosas eran el producto de su labor, un producto que les pertenecía.

  El pueblo de Dios en el Antiguo Testamento ofrecía lo que producían. Esto indica que el Cristo que nosotros ofrecemos a Dios como Su comida debe ser muy subjetivo para nosotros. El debe ser nuestro producto, lo que hemos producido por medio de nuestra labor y experiencia diaria.

CULTIVAR Y CRIAR CRISTO

  Recientemente hemos hablado mucho acerca de vivir Cristo. Vivir a Cristo es en realidad cultivar a Cristo. Esto quiere decir que a medida que vivimos a Cristo, El crece en nosotros. En Mateo 13 el Señor Jesús se compara a Sí mismo con una semilla y a nosotros con la tierra. El vino a sembrarse, como la semilla, en nosotros, como la tierra a fin de que le cultivemos. Este pensamiento es ampliamente elaborado en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, en 1 Corintios 3:9 Pablo dice: “Vosotros sois labranza de Dios”. Literalmente, la palabra griega usada como labranza en este versículo significa tierra cultivada. Nosotros somos la tierra donde Dios cultiva a Cristo. Por lo tanto, es crucial que produzcamos Cristo.

  Podemos hablar de vivir a Cristo, pero tal vez no nos hayamos dado cuenta de que vivir a Cristo es cultivarlo y criarlo. Por un lado, como creyentes somos labranza; por otro, somos una granja. Una labranza produce cereales y vegetales, pero una granja se usa para criar ganado. Por lo tanto, estamos cultivando Cristo como la vida vegetal, y criándolo como la vida animal. Ahora debemos preguntarnos como lo cultivamos y lo criamos.

  Si queremos criar a Cristo como un becerro para nuestra ofrenda por el pecado, debemos poner en practica cada mañana, el ofrecer a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado. Mientras mas ofrecemos a Cristo como ofrenda por el pecado, más crecerá en nosotros en este aspecto. Es posible que cuando comencemos a ofrecer a Cristo de esta manera, El será un becerro pequeño. Pero poco a poco, a medida que continuemos ofreciéndolo, llegará a ser un becerro grande.

  Por medio de la experiencia he comprendido que cada vez que tenemos contacto con Dios, necesitamos ofrecer a Cristo como la ofrenda por el pecado. Sin embargo, al orar con otros, he observado que muy pocos ofrecen a Cristo como tal ofrenda en su oración. Me pregunto porque los hermanos y hermanas no ofrecen a Cristo de esta manera. ¿No tienen pecado? Por supuesto que todos somos pecaminosos, pero muchos no se han dado cuenta de su pecado. Del mismo modo en que necesitamos las manos antes de comer, debemos lavarnos a nosotros mismos por medio de ofrecer a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado. Todos los días debemos ofrecer Cristo a Dios como nuestra ofrenda por el pecado. No debemos hacer esto como un simple hábito o rutina. Por el contrario, debe ser el resultado de la fuerte impresión y estar conscientes de que en nuestra naturaleza caída, somos pecado. Cuando estamos conscientes de que somos pecaminosos, que en realidad somos el pecado mismo, y por ende ofrecemos a Cristo como nuestra ofrenda por el pecado, Cristo crecerá en nosotros poco a poco hasta llegar a ser un becerro grande.

  Tal vez piense que las reuniones de la iglesia en su localidad son muy buenas o que están mejorando. Sin embargo, ¿están presentes los víveres en las reuniones? En especial, se ofrece a Cristo como un becerro como una ofrenda por el pecado? En las reuniones de la iglesia deberíamos escuchar oraciones como estás: “Señor, confesamos que somos pecaminosos. Señor, aún somos el pecado mismo. Aunque no sintamos que hayamos hecho nada malo, somos pecaminosos en naturaleza. Señor, siempre que entramos en tu presencia para tener comunión contigo, debemos darnos cuenta profundamente de que somos pecado. Necesitamos a tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como nuestra ofrenda por el pecado”. En la reunión de la mesa algunos deberían orar de esta forma: “Señor, frente a Tu mesa, te miramos como nuestra ofrenda por el pecado. Gracias, Señor porque eres nuestra ofrenda por el pecado”. Sin embargo, actualmente entre los cristianos existe una pobreza espiritual. La religión muerta ha privado de las riquezas de Cristo a muchos entre el pueblo de Dios.

LA EDUCACION ESPIRITUAL APROPIADA

  Conozco que debido a diferentes situaciones, muchos jóvenes en China no han recibido la educación apropiada. Del mismo, muchos cristianos de hoy tampoco han recibido la educación espiritual apropiada. Muchos predicadores son elocuentes, tiene mucho conocimiento y están muy aptos, pero son superficiales. Estoy descorazonado por esta situación. Queridos santos, todos necesitamos más de una educación espiritual genuina. Los cristianos en este país tal vez tengan una educación secular muy alta, pero en cuanto a lo espiritual carecen de mucho. Tal vez sepan mucho de ciencia, de las cosas materiales y de los asuntos de esta vida, pero les falta conocimiento de las cosas espirituales. Pero espero que los santos en el recobro del Señor adquieran la mejor educación espiritual. Por lo tanto, los animo a que empleen su tiempo estudiando los mensajes de los Estudios-vida. Estos mensajes los ayudarán a ser educados espiritualmente.

AL TRAER LOS VIVERES A LAS REUNIONES

  En las reuniones de la iglesia debemos tener el contenido apropiado. No debe haber gritos vacíos, gritos sin contenido ni realidad. No es suficiente que funcionemos en las reuniones de manera activa o lo que se conoce como manera viviente. Necesitamos tener un contenido espiritual. Esto requiere que cultivemos y criemos a Cristo diariamente. Si no cría a Cristo como la vida animal, ¿Cómo obtendrá el becerro o el cordero para ofrecer a Dios? Si no labra la tierra ni siembra la semilla ni lo riega, ¿cómo obtendrá la cosecha del trigo? ¿cómo podrá obtener el aceite y el vino? Es absolutamente necesario que cultivemos a Cristo como la vida vegetal y que lo criemos como la vida animal.

  Así como necesitamos criar a Cristo como un becerro para la propiciación, debemos criarlo como a un cordero para ser la comida que se le ofrece directamente a Dios. Esto quiere decir que debemos criar a Cristo como un becerro y también como un cordero. Cuando vamos a las reuniones, debemos llevar a Cristo como un becerro y como un cordero.

  También debemos cultivar a Cristo como el trigo que produce la harina, como las olivas que producen el aceite y como la vid que produce el vino. Cultivar el trigo es experimentar a Cristo diariamente como el suministro de vida. El trigo representa a Cristo en la encarnación, mientras que la cebada lo representa en resurrección (Para un estudio completo de estos aspectos de Cristo, vea El Cristo todo-inclusivo) Si experimentamos a Cristo como el suministro de vida, lo cultivaremos como el trigo y la cebada. Si vivimos a Cristo mediante el Espíritu en nuestro espíritu, lo cultivaremos como las olivas que producen el aceite. Además, si en nuestra experiencia derramamos el ser que vive a Cristo, cultivaremos la vida que produce el vino de la libación. Por tanto, para producir el aceite y el vino necesitamos vivir y morir a diario. Necesitamos una vida de vivir y morir. Pablo dijo que a diario era puesto a muerte. Día a día el era conducido a la muerte de Cristo. Esta debe ser también nuestra experiencia. Diariamente podemos ser conducidos a muerte por los demás, tal vez por nuestros familiares o por diferentes cosas de nuestro entorno. Si tenemos tal vida, de ser conducidos a muerte, produciremos el vino de la libación. Espero que esta breve y simple exposición les brinde algún entendimiento de los víveres espirituales que se describen en Exodo 29.

  Que todos experimentemos las riquezas de Cristo y ganemos la educación espiritual apropiada a fin de que vivamos una vida en un nivel más elevado, no en el bajo nivel en que se encuentran los cristianos hoy día. Que cultivemos y criemos a Cristo. Entonces podremos traer los víveres a las reuniones de la iglesia.

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