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Mensaje 20

EL REGATEO SUTIL DE FARAÓN

  Antes de que comencemos a considerar el conflicto final entre Dios y Faraón, debemos considerar el regateo sutil de Faraón. Faraón no representa solamente a Satanás, sino también el yo y el hombre natural. Además, nuestros parientes y amigos también pueden ser un Faraón para nosotros hoy en día. No sólo esto, nuestra mente natural, voluntad y parte emotiva pueden ser un Faraón que se revela en contra de Dios o que regatea sutilmente con El.

I. LAS EXIGENCIAS DE DIOS

A. Permitir que Su pueblo viajara tres días por el desierto

  La exigencia de Dios para con Faraón se menciona en 5:1. Según este versículo, el Señor habló a Faraón por medio de Moisés y de Aarón: “Deja ir a Mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto”. Además, el Señor exigía que Su pueblo viajara tres días por el desierto para celebrarle fiesta (5:3). Este viaje de tres días no sólo representa una distancia importante, sino también la sepultura y la resurrección. En la Biblia, el tercer día representa la resurrección. El Señor Jesús fue resucitado en el tercer día, y según Génesis 1, la tierra seca, que tipifica a Cristo en resurrección, apareció al tercer día. Por consiguiente, el viaje de tres días aquí representa la sepultura y la resurrección. El hombre natural debía ser sepultado para que el pueblo de Dios pudiera ser levantado de la muerte e intoducido en la resurrección. El cruce del mar Rojo representaba el proceso de sepultura y resurrección. A los ojos de Dios y de Satanás, los hijos de Israel pasaron por la sepultura del mar Rojo y entraron en resurrección. Nosotros los que hemos sido llamados por Dios y Su pueblo escogido, debemos pasar también por este proceso de sepultura y de resurrección. Esto significa que debemos viajar durante tres días para ser sepultados y resucitados. Por medio de este viaje, el pueblo de Dios no sólo sale de Egipto, sino que también entra en la resurrección, dentro de un nuevo entorno.

  Por el lado negativo, el desierto representa un lugar de vagancia, pero por el lado positivo, representa una esfera de separación. Cuando los hijos de Israel entraron en el desierto, fueron separados de todo lo que es egipcio, de todo lo que es mundano. Esta separación está relacionada con la sepultura y la resurrección. Antes estábamos en Egipto, es decir, en el mundo. Pero mediante la sepultura y la resurrección hemos salido del mundo y hemos entrado en el desierto, donde estamos separados para el Señor. Al disciplinar a Faraón, Dios exigía esta separación para Su pueblo.

B. Para que Su pueblo le celebrara fiesta y le presentara un sacrificio

  Sin embargo, la separación no era la meta. La meta de Dios era que los hijos de Israel le celebraran fiesta. El deseaba que ellos estuvieran felices con El en Su presencia. Celebrar una fiesta para Dios consiste en disfrutar a Dios con Dios. Todo aquel que ha sido verdaderamente salvo ha experimentado tiempos de reboso de alegría en la presencia del Señor. Estos tiempos son verdaderas fiestas. Si usted no ha disfrutado esta fiesta con el Señor y solamente se ha conformado con participar en los entretenimientos mundanos, entonces quizá usted no ha sido salvo. La salvación no depende de este disfrute. No obstante, todo aquel que es salvo experimentará, por lo menos una vez en su vida cristiana, la celebración de una fiesta para el Señor, el disfrute del Señor en Su presencia. Algunas veces he estado tan eufórico de alegría en el Señor que parece como si bailara delante de El. Esta no es una doctrina ni una teoría, sino un disfrute maravilloso de nuestra salvación.

  Además, los hijos de Israel debían presentar un sacrificio al Señor. Según nuestra experiencia, cuando celebramos una fiesta al Señor, disfrutándole en Su presencia, nuestro corazón es profundamente tocado por el Señor Jesús. El se hace muy querido y precioso para nosotros, y sentimos un amor fresco por El. Simplemente no encontramos las palabras para describir lo dulce que El es para nosotros. El toca lo profundo de nuestro ser, y respondemos agradeciendo al Padre por Su querido Hijo. Este es el significado de ofrecer un sacrificio a Dios, presentar a Dios el precioso Cristo como sacrificio. Cuando ofrecemos Cristo al Padre, el Padre está complacido, feliz y satisfecho con nosotros por medio de nuestro sacrificio de Cristo. Por consiguiente, la exigencia que hizo Dios a Faraón era que dejara ir a Su pueblo tres días por el desierto para que ellos le celebraran una fiesta y le presentaran un sacrificio. Este es el disfrute de la salvación de Dios.

II. EL REGATEO SUTIL DE FARAÓN

A. Rechazó la exigencia de Dios

  Al principio, Faraón rechazó la exigencia de Dios y dijo: “¿Quién es Jehová, para que yo oiga Su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel” (5:2). Satanás es sutil. El yo y el hombre natural también son sutiles. Además, nuestra mente, voluntad, y emociones naturales, son sutiles. De hecho, todo lo natural es sutil. Así vemos que Faraón se encuentra en todas partes. Faraón no reconoce a Dios e ignora Su exigencia de dejar ir a los hijos de Israel.

  Yo no creo que Faraón en realidad ignoraba que existía un Dios como Jehová. Al contrario, Faraón debe haber conocido la existencia de Jehová, pero él la negaba a propósito. Con insolencia, preguntó por qué debía escuchar la palabra de Dios. El hombre natural hace lo mismo hoy en día. Por ejemplo, la esposa de un hermano quizá sepa que existe un Dios, pero a lo mejor ella rechaza Su exigencia. El hermano quizá diga a su esposa que él ha recibido un llamado del Señor. La esposa quizá reaccione diciendo: “¿Quién es Dios? ¿por qué debería escuchar el llamado que te hace?” En ese momento, ella es un Faraón que rechaza a Dios y Su exigencia.

  En realidad, fue Satanás en Faraón el que negó a Dios. Satanás sabía muy bien que existía un Dios, pues en un momento dado él estuvo en la presencia de Dios. No obstante, Satanás obró en Faraón para negar a Dios y para rehusar escucharlo. Esta fue la primera etapa del regateo sutil de Faraón.

  Muchos salvos regateaban con el Señor de esta manera cuando oyeron por primera vez el evangelio. En lo profundo de ellos mismos, se preguntaron: “¿Quién es Dios? ¿por qué debería escucharlo? ¿por qué El no me escucha a mi? ¿por qué lo necesito a El? El es Aquel que me necesita. En cuanto a mi, los cielos y la tierra deberían pertenecerme”. Muchos han razonado con Dios de esta manera.

  La respuesta de Dios a este regateo sutil consiste en mandar una plaga. Lo he visto muchas veces. Por ejemplo, un estudiante muy inteligente de medicina puede argumentar con Dios cuando él oye la palabra del evangelio. El quizá argumente con Dios y le diga que él no tiene ninguna intención de escucharle. En lugar de argumentar, Dios manda alguna clase de plaga, quizá una enfermedad que ningún médico pueda diagnosticar, para que este joven se arrepienta y tenga fe en Cristo. Al mandar esta plaga, Dios usa Su dedo. Los magos egipcios reconocieron que una de las plagas fue provocada por el dedo de Dios (8:19). Faraón argumentó con Dios hasta que las plagas empezaron a llegar. No obstante, en cuanto se acababa cada plaga, Faraón volvía a argumentar con el Señor. Por lo tanto, Dios mandó plaga tras plaga.

  Muy poca gente recibe el evangelio sin vacilar o sin pensarlo dos veces. Dios manda plaga tras plaga para acabar esta clase de regateo.

B. Propuso que Israel presentara un sacrificio a Su Dios en Egipto

  Vemos la segunda etapa del regateo de Faraón cuando les dijo a Moisés y a Aarón: “Andad, ofreced sacrificio a vuestro Dios en la tierra” (8:25). Aquí Faraón les decía que ellos podían presentar un sacrificio a su Dios a condición de quedarse en el país de Egipto. Ellos no necesitaban viajar por el desierto. Faraón reconoció que había un Dios y que Su pueblo debía servirle y presentarle un sacrificio. Pero él no estaba dispuesto a que dejaran el país. Ellos podían presentar un sacrificio a Dios, a condición de quedarse en Egipto.

  La respuesta de Moisés a esta propuesta sutil fue la siguiente: “No conviene que hagamos así, porque ofreceríamos a Jehová nuestro Dios la abominación de los egipcios. He aquí, si sacrificáramos la abominación de los egipcios delante de ellos, ¿no nos apedrearían?” (8:26). Moisés sabía que lo que el pueblo sacrificara al Señor sería una abominación para los egipcios. Lo que Dios aceptara, los egipcios lo rechazarían. Por tanto, ellos no podían presentar un sacrificio a Dios en Egipto.

  Faraón endureció su corazón y rehusó escuchar a Moisés. Entonces Dios mandó otra plaga. ¡Ciertamente Satanás y el hombre natural deberían ver cuan inútil es argumentar con Dios! El es grande, y El tiene la manera de disciplinarnos. Cuando acabamos de argumentar con Dios, El simplemente usa Su dedo para disciplinarnos por medio de otra plaga.

C. Que recorrieran una distancia corta y ofrecieran sacrificios a su Dios en el desierto

  En la tercera etapa de su regateo sutil, Faraón dijo: “Yo os dejaré ir para que ofrezcáis sacrificios a Jehová vuestro Dios en el desierto, con tal de que no vayáis más lejos” (8:28). Si los hijos de Israel hubieran aceptado no ir muy lejos, Faraón los habría alcanzado cuando quisiese. A veces los faraones de hoy nos permitirán creer en el Señor Jesús, mientras no lleguemos a lo que ellos consideran ser un extremo. Nos alientan a ser equilibrados y a no ir muy lejos. Por ejemplo, los padres pueden decir a sus hijos: “Cuando yo era joven, yo también creía en Jesús, pero tú eres demasiado extremista al seguir al Señor. No necesitas ir a las reuniones varias veces por semana. ¿Acaso una hora el domingo por la mañana no es suficiente? Está bien creer en Jesús, pero no seas fanático.

  Después de que Faraón argumentó con Dios de esta manera, el Señor mandó otra plaga. El hace lo mismo con los faraones de hoy. Cuando el hombre natural se esfuerza en contra de Dios, El le manda una plaga.

D. Que sólo los hombres fuesen a servir a su Dios

  Faraón no soportaba las plagas, y estaba dispuesto a dejar que los hombres de Israel fueran a servir a su Dios, pero sin los jóvenes ni los ancianos (Éx. 10:8-11). Cuando Faraón preguntó quien iría a servir al Señor, Moisés contestó: “Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas; con nuestras ovejas y con nuestras vacas hemos de ir” (10:9). Entonces Faraón empezó a argumentar una vez más diciendo que el mal estaba delante de ellos (v. 10). Faraón siguió diciendo: “No será así; id ahora vosotros los varones, y servid a Jehová” (v. 11). Faraón fingía que los amaba, que los cuidaba, y que no quería que ningún mal les sucediera. ¡Qué sutil!

  Muchos son así actualmente. Los padres de un joven quizá le digan: “Como adulto, yo conozco las pruebas de la vida humana. Tú no sabes todo lo malo que puedes encontrar en el futuro. Por tanto, te aconsejo creer en el Señor Jesús, y seguirlo, pero no completamente. Si tú lo sigues totalmente, no sabes lo que te sucederá”. Aquí Faraón usó el amor para apartar a la gente del Señor. Mientras Faraón pudiera retener a las esposas, a los niños, a los ancianos; los hombres en realidad no dejarían Egipto, pues sus corazones seguirían allí. Puesto que faraón rehusó dejar ir a todos los hijos de Israel, cayó sobre los egipcios una plaga más grave, la de las langostas.

E. Que Israel fuese a servir a su Dios, pero sin sus ovejas ni sus vacas

  La plaga de las langostas hizo que Faraón regateara una vez más con el Señor. Esta vez, él dijo: “Id, servid a Jehová; solamente queden vuestras ovejas y vuestras vacas; vayan también vuestros niños con vosotros” (10:24). Esta sugerencia también fue sutil. Moisés le contestó a Faraón de manera excelente: “Tu también nos darás sacrificios y holocaustos que sacrifiquemos para Jehová nuestro Dios. Nuestros ganados irán también con nosotros; no quedará ni una pezuña; porque de ellos hemos de tomar para servir a Jehová nuestro Dios” (10:25-26). Moisés no dijo que el pueblo necesitaba vacas para su vivir; se necesitaba el ganado para proveer sacrificio al Señor. Esto indica que Moisés no estaba preocupado por el vivir del pueblo, sino por tener algo que ofrecer a Dios. Ellos se preocupaban por la necesidad de Dios, y no por la suya. Por tanto, no podían aceptar que sus ovejas y sus vacas permanecieran en Egipto. Faraón se enojó por la respuesta de Moisés y les prohibió regresar.

  Muchos de nosotros hemos pasado por las cinco etapas del regateo con el Señor. Primero negábamos al Señor, y luego creímos pero queríamos permanecer en Egipto. Luego estábamos dispuestos a dejar Egipto, pero sin ir demasiado lejos. Después de eso siguió la negociación acerca de lo que quedaría en Egipto. Faraón sabe que donde se hallan las riquezas de uno, allí está su corazón (Mt. 6:21). Si Faraón puede guardar nuestros bienes, nuestros corazones estarán en su mano.

  Muchos cristianos hoy en día creen en el Señor Jesús, pero lo hacen sin cambiar de posición. Permanecen en Egipto, en el mundo. No obstante, si permanecemos en Egipto después de creer en el Señor, nuestros pecados pueden ser perdonados, pero no seremos rescatados de la tiranía de Satanás. Permanecer en Egipto significa quedar bajo la tiranía de Satanás.

  Otros cristianos están dispuestos a alejarse un poco de Egipto. Al hacer eso, pueden jactarse de su inteligencia, pensando que son sabios y equilibrados. Se complacen en señalar que no son extremistas.

  Otros se encuentran en la tercera, cuarta, o quinta etapa del regateo con Dios. Satanás está dispuesto a dejarlos ir, pero sin sus niños. Muchísimos cristianos todavía tienen sus posesiones y bienes en el mundo. Esto indica que todavía no han emprendido ningún éxodo. Su bautismo debió haber sido el cruce del mar Rojo, pero fue para ellos solamente un ritual que llegó a formar parte de la religión. Agradecemos al Señor porque la mayoría de los que están en el recobro del Señor han emprendido el éxodo fuera de Egipto.

  Estas cinco etapas del regateo se repiten cuando se predica el evangelio. Es raro que alguien se salve la primera vez que oye el evangelio. La mayoría de la gente lucha, vacila y regatea. Finalmente, Dios usa Su para con ellos. Podemos usar nuestra mente para regatear con el Señor y argumentar con El. Pero Dios no presta ninguna atención a nuestros argumentos. Cuando terminamos nuestro regateo, El ejerce una vez más Su poder sobre nuestra situación.

III. LA INSISTENCIA DE DIOS

A. En Su exigencia absoluta

  Por mucho que Faraón haya regateado con Dios, El es persistente. Nada puede cambiarle. Cuando El exige algo de nosotros, El no se dará por vencido. Al contrario, El insistirá en que Su exigencia se cumpla. Es inútil argumentar con El. El es paciente, y a veces espera años hasta que estemos dispuestos a someternos a Sus requisitos. Podemos pensar que después de mucho tiempo, el Señor cambiará de opinión, pero descubrimos que el Señor persiste más que nunca. Los cielos y la tierra pueden pasar, pero Su voluntad permanece. Faraón debe reconocer el hecho de que Dios existe y de que no retirará Su exigencia absoluta.

B. Usó la última plaga para obligar a Faraón a sacar a Israel fuera de Egipto

  Al insistir en que Su exigencia se cumpla, el Señor usó la última plaga, la matanza de los primogénitos, para obligar a Faraón a sacar a Israel fuera de Egipto (12:29-33). Por muy terco que haya sido Faraón, él no pudo resistir a esta plaga. Faraón dijo a Moisés y a Aarón: “Salid de en medio de mi pueblo vosotros y los hijos de Israel, e id, servid a Jehová, como habéis dicho” (12:31). Además, Faraón les dijo: “Tomad también vuestras ovejas y vuestras vacas, como habéis dicho, e idos” (v. 32).

C. Los egipcios estaban dispuestos a dar a Israel alhajas y vestidos

  Exodo 12:35 y 36 dice: “E hicieron los hijos de Israel conforme al mandamiento de Moisés, pidiendo de los egipcios alhajas de plata, y de oro, y vestidos. Y Jehová dio gracia al pueblo delante de los egipcios, y les dieron cuanto pedían; así despojaron a los egipcios”. Dios hizo que los egipcios estuviesen dispuestos a dar a Israel estas alhajas y estos vestidos. De esta manera, los hijos de Israel despojaron a los egipcios. Por tanto, cuando llegó el tiempo de edificar el tabernáculo, ellos tenían los materiales necesarios.

  Algunos pensarán que Dios no fue justo al permitir que Israel despojara a los egipcios de esta manera. Recuerde que Faraón había obligado a los israelitas a construir ciudades de almacenamiento para él. Por esta labor, él no les pagó nada. Por tanto, el despojo de los egipcios fue en realidad una manera de pagar el precio justo. En Su justicia y rectitud, Dios tuvo una manera de aclarar las cuentas. ¡Cuán maravilloso es ver que la última plaga no sólo obligó a Faraón y a los egipcios a sacar a los hijos de Israel, sino que por medio de ella estaban dispuestos a dar a los israelitas todo lo que pidieran!

  Aún el asunto del despojo de los egipcios tiene aplicación hoy en día. Yo conozco muchas personas que al principio regatearon con el Señor y que luego fueron verdaderamente salvas por El. Al ser salvas, despojaron totalmente al mundo y llevaron muchas cosas con ellos fuera del mundo para el Señor. Muchos pueden testificar que después de ser llamados y salvos, no dejaron nada en el mundo. Por el contrario, todo lo que tenían lo sacaron del mundo para el propósito de Dios.

  Hemos señalado que los materiales dados a los israelitas por los egipcios fueron usados en la construcción del tabernáculo. La plata fue usada para hacer basas, y el oro fue usado para cubrir las tablas y otros muebles del tabernáculo. A los ojos de los egipcios, el uso que se le dio a su oro y plata parecía un desperdicio. No obstante, a los ojos de Dios, esto no fue ningún desperdicio. Los bienes de Egipto fueron despojados para el propósito de Dios.

  En el transcurso de los siglos, muchos fueron llamados por el Señor y rescatados por El del mundo y le han traído muchas cosas que se convirtieron en desperdicio para bien de El y de Su propósito. Por ejemplo, cuando María ungió al Señor Jesús con un aceite de nardo muy costoso, Judas consideró eso como un desperdicio. Dijo que pudo haber sido vendido y el dinero dado a los pobres (Jn. 12:3-5). El se preguntaba por qué se desperdiciaba tanto sobre el Señor Jesús. Pero todo el despojo del mundo debe ser llevado al Señor Jesús y desperdiciado sobre El. Hacer esto significa ser salvo a lo sumo. Esta es una señal de nuestro amor profundo por el Señor, una señal de que hemos sido totalmente salvos. Finalmente, lo que despojamos del mundo es usado para la morada de Dios.

  Esta es nuestra experiencia actual. No sólo hemos dejado Egipto, sino que no permitiremos que nada relacionado con nosotros permanezca en el mundo. Por el contrario, despojamos los bienes del mundo y los desperdiciamos en el Señor como señal de nuestro amor por El. Entonces estos bienes son usados en la morada de Dios sobre la tierra.

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