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Mensaje 52

LA LEY ES LA PALABRA VIVIENTE DE DIOS QUE INFUNDE SU SUSTANCIA EN AQUELLOS QUE LO BUSCAN CON AMOR

  Lectura bíblica: Éx. 20:1-17; 34:28; 31:18; Dt. 4:13; Sal. 19:7-8.

  Al considerar la ley dada en Exodo 20:1-17, debemos estar conscientes de que este acontecimiento se produjo en el monte de Dios, donde Su pueblo fue llevado a tener comunión con El.

I. LA LEY

  Cuando era joven, recibí influencia de ciertos libros de la teología sistemática y consideraba la ley como algo negativo. En cuanto a la ley, recibí una impresión negativa no sólo en mi mente, sino en todo mi ser y durante muchos años, pensé que la ley era algo negativo. Como persona bajo la gracia de Dios, no bajo la ley, no me preocupaba la ley. En cuanto a mi, la ley en la Biblia no era algo positivo. No obstante, gradualmente llegué a darme cuenta, especialmente al leer el libro de Exodo, de que nada procedente de Dios podría ser negativo. Por el contrario, todo lo que procede de Dios debe ser positivo. Entonces, eso debe suceder también con los Diez Mandamientos mencionados en 20:1-17.

  Si consideramos la ley solamente según nuestro conocimiento mental, la veremos de manera negativa. Pero si consideramos que la ley fue dada en una situación positiva, veremos que la ley es la palabra viviente de Dios que infunde Su sustancia en los que lo buscan con amor. Pablo declara que la ley fue ordenada por medio de ángeles (Gá. 3:19). No obstante, Exodo 20 no menciona ningún ángel. Este capítulo afirma que la ley fue dada directamente por Dios mismo.

  En cuanto al hecho de dar la ley, el versículo 1 de Exodo 20 tiene mucho significado: “Y habló Dios todas estas palabras”. La conjunción “y” une el capítulo veinte al capítulo diecinueve. Hemos visto que en Exodo 19, Dios llevó Su pueblo a Su monte para que tuvieran comunión con El. Dios sacó a Su pueblo de Egipto y lo congregó en Su monte. Esto significa que Dios bajó del cielo a la tierra para tener comunión con Su pueblo. Por supuesto, era imposible que el hombre ascendiera a los cielos, donde estaba Dios. Pero en Exodo 19, Dios descendió a un monte en particular, donde El podía reunirse con Su pueblo. La ley fue dada en el mismo lugar donde Dios se reunió con Su pueblo y donde ellos tuvieron comunión. Algunos teólogos descuidan este cuadro de la ley que fue dada. Tienen la tendencia de excluir a Dios y de concentrarse en la ley de manera negativa. Esta fue la razón por la cual, como joven, recibí la impresión de que Dios en los cielos dio la ley a través de los ángeles a Su pueblo en la tierra. Según este concepto, Dios estaba muy lejos de Su pueblo cuando la ley fue dada, y ellos no tuvieron ninguna posibilidad de tener contacto con El. Según esta manera de ver, el Dios que da la ley no tuvo contacto con la gente, y la gente que recibió la ley no se reunió con El.

  Cuando yo era joven, me enseñaron que según Juan 1, la ley fue dada por medio de Moisés, pero que Dios no vino al hombre antes de la encarnación de Cristo. No obstante, en Exodo 19 y 20, vemos que Dios no bajó a reunirse con Su pueblo antes de la encarnación de Cristo. Aún antes de la época de Exodo 20, Dios se había aparecido a Abraham, pero esta aparición se produjo en una escala muy reducida. En Exodo 19 y 20, más de dos millones de personas fueron congregadas en el monte de Dios cuando El bajó a visitarlos y a darles Su ley.

  Después de sacar al pueblo de Egipto y llevarlos al monte de Dios, El empezó a tener comunión con ellos y hablar con ellos. Exodo 31:18 indica que El tuvo comunión con ellos. Allí en el monte de Dios, El hablaba, conversaba, tenía comunión con el hombre. Conforme a Exodo 19:4-6, Dios dijo que El los llevó sobre alas de águilas y los trajo a Sí mismo. El dijo también que ellos serían Su posesión personal, Su tesoro peculiar, y serían para El un reino de sacerdotes y una nación santa. Estas palabras formaban parte de la conversación muy positiva entre Dios y Su pueblo. Esta conversación no fue la promulgación de ciertas leyes, sino un tiempo de comunión en el cual Dios habló con Su pueblo.

  Como lo indica Exodo 20:1, dar los Diez Mandamientos fue la continuación de esta comunión. Este versículo no afirma: “Y Dios dio mandamientos a Su pueblo”. Afirma: “Y habló Dios todas estas palabras”. Lo que tenemos en el capítulo veinte no es solamente una lista de mandamientos. El hecho de que 20:1 declara que “Dios habló todas estas palabras” demuestra que los Diez Mandamientos son las palabras de Dios. En 34:28, los mandamientos aún se llaman “las diez palabras”. Según 2 Timoteo 3:16, toda la Escritura es el aliento de Dios. Esto indica que las escrituras son el aliento de Dios. El hablar de Dios es Su aliento. Cuando Dios habla, Su aliento lleva Su elemento dentro de los que reciben Su palabra.

  La conjunción “y” al principio de 20:1 es muy importante, pues conecta el capítulo veinte con el capítulo diecinueve. Por tanto, el capítulo veinte es la continuación del hablar de Dios en el diecinueve. Como lo hemos visto, los Diez Mandamientos son la palabra de Dios y aún son llamados las palabras de Dios. ¿Ha oído alguna vez que los Diez Mandamientos son las diez palabras? Existe una diferencia importante entre palabras y mandamientos. Los mandamientos son requisitos que debemos guardar y cumplir. Sin embargo, las palabras de Dios son Su aliento, pues el hablar de Dios es Su aliento. Al hablar, El exhala algo de Sí mismo dentro de los que escuchan Su palabra. El hecho de que los Diez Mandamientos son llamados las diez palabras significa que no son solamente leyes que debemos obedecer. Estos mandamientos no son solamente numerosos decretos de legislación divina. Dios no dio solamente a Su pueblo diez leyes, diez mandamientos; en comunión con ellos, El declaró las diez palabras. Si los mandamientos no fueran más que leyes, el pueblo de Dios no podría hacer más que intentar obedecerlas. Puesto que los Diez Mandamientos son también las palabras de Dios, Su aliento, los que buscan de El pueden recibir estas palabras como el aliento mismo de Dios.

  Con esta luz, pido que consideremos la experiencia de Moisés cuando pasó cuarenta días en comunión con Dios en el monte. Cuando El bajó del monte, él tenía algo más que los Diez Mandamientos inscritos en dos tablas de piedra. El fue un hombre plenamente infundido con el elemento de Dios. Durante estos días de comunión en el monte, Moisés experimentó una infusión divina, la infusión de la sustancia de Dios dentro de su mismo ser. No obstante, este asunto no recibe una atención adecuada por los cristianos, pues afirman básicamente que Dios le dio a Moisés los Diez Mandamientos y que cuando Moisés vio que los hijos de Israel adoraban a los ídolos, él se enojó, tiró las tablas de piedra y éstas se rompieron. La Biblia indica que Moisés había recibido no solamente dos tablas de piedra, sino que el elemento mismo de Dios había sido infundido dentro de él y que hacía resplandecer Su rostro. Aunque Moisés tiró las dos tablas y las rompió, no pudo negar la transfusión que había recibido durante su comunión con Dios en el monte.

  En principio, pasa lo mismo en nuestra experiencia con el Señor. Quiza no podamos obedecer los mandamientos, tampoco podemos negar lo que fue infundido dentro de nosotros cuando oímos las palabras de Dios en nuestra comunión con El.

  En mi ministerio, a menudo dije que si permanecíamos en el Señor según Juan 15, expresaremos espontáneamente la vida de la vid. Indudablemente las ramas de una vid no necesitan esforzarse para obedecer un mandamiento. Simplemente permanecen en la vid y expresan la vida de ésta. Aunque he ministrado en esta línea, me he preguntado acerca de Juan 14:21 y 23, dos versículos que se parecen mucho a los mandamientos de Exodo 20. Juan 14:21 dice: “El que tiene Mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama”, y el versículo 23 declara: “El que me ama, Mi palabra guardará”. Hasta cierto punto por lo menos, estas palabras del Señor Jesús parecen ser una repetición de las palabras de Exodo 20. La razón para esto es que en cuanto al principio básico de vida concierne, el Antiguo Testamento y el Nuevo son idénticos. Por nosotros mismos, no somos capaces de obedecer los mandamientos de Dios en el Antiguo Testamento ni del Señor en el Nuevo. En cuanto a este asunto, Pablo dijo en Romanos 7 que no podemos obedecer a la ley. En particular, él habla del mandamiento sobre la codicia, un mandamiento que concierne no solamente nuestro comportamiento exterior, sino también nuestra condición interior. Aunque por nosotros mismos no podemos cumplir todo los mandamientos, podemos permanecer en el Señor y experimentar que El permanezca en nosotros a fin de infundirnos con El mismo. Considere una vez más la experiencia de Moisés en el monte. Por haber recibido una transfusión maravillosa de Dios, él pudo permanecer en El, y Dios podía permanecer en él. Como resultado de esta infusión y morada mutua, Moisés pudo obedecer los mandamientos de Dios, no por sus propios esfuerzos, sino por la sustancia de Dios que fue infundida en él.

  Ahora quisiera que prestaran atención al título de este mensaje: “La ley es la palabra viviente de Dios infundiendo Su sustancia en los que lo buscan con amor”. La ley no es solamente una lista de mandamientos divinos, sino la palabra viviente de Dios que infunde la sustancia de Dios dentro de los que lo buscan con amor. Si consideramos los Diez Mandamientos sólo como leyes y luego intentamos obedecerlos, no nos acercamos a la ley adecuadamente. No debemos aplicar los Diez Mandamientos de esta manera. Por el contrario, debemos amar a Dios y buscarlo a El. En este asunto, debemos ser como Pablo en Filipenses 3, es decir, como una persona que persigue a Cristo en amor, y aún correr tras El. Con amor por el Señor, debemos perseguirle a El, tener comunión con El, y permanecer en Su presencia, juntamente con El. Si lo hacemos, día tras día Dios nos infundirá. Luego automáticamente andaremos conforme a la ley de Dios. Obedeceremos los requisitos de la ley, no por nuestros propios esfuerzos, sino por lo que fue infundido de Dios en nosotros a través de nuestro contacto con El. Cuando Dios infunde totalmente Su sustancia en nosotro, El mismo dentro de nosotros guardará Su propia ley. Debemos recordar que la ley fue dada en el monte de Dios, donde el pueblo de Dios pudo ser infundido con Su substancia. Por tanto, no debemos considerar la ley solamente como Sus mandamientos, sino como la palabra de Dios y testimonio, que no solamente lo expresan a El, sino que también infunden Su sustancia dentro de los que lo buscan con amor.

II. DOS CLASES DE PERSONAS RELACIONADAS CON LA LEY

A. Los que buscan a Dios con amor

  Continuaremos viendo las dos clases de personas que tomaron la ley. Estas dos clases son los que buscan a Dios con amor (Mt. 22:36-38) y los que guardan la letra de la ley, los judaizantes. Entre los que buscan a Dios con amor, consideremos la experiencia de los salmistas en el Antiguo Testamento y la de Simeón y Ana en el Nuevo Testamento.

1. Los salmistas

  El libro de Salmos nos muestra que los salmistas amaban sumamente la ley. Algunos enseñan que la ley es algo negativo, pero los salmistas atesoraban la ley. Durante años, eso me molestó. Menosprecié un poco la ley en el libro Christ and the Church Revealed and Typified in the Psalms [Cristo y la iglesia según los revelan y tipifican los Salmos], donde señalé el contraste entre la ley en Salmo 1 y Cristo en Salmo 2. Sigo creyendo que es correcto hacer un contraste entre la ley de las letras y Cristo. Si amamos la ley fuera de Cristo, erramos al blanco. No obstante, es correcto amar la ley como testimonio de Dios y como tipología de Cristo. Consideremos ahora muchos pasajes de los Salmos que indican cómo los Salmistas consideraban a la ley de Dios.

a. Amaban a Dios

  Los Salmistas amaban a Dios. El Salmo 18:1 dice: “Te amo, oh Jehová, fortaleza mía”. En 73:25, vemos el testimonio de alguien que amaba a Dios de manera absoluta: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Y fuera de Ti nada deseo en la tierra”. El escritor de este Salmo amaba a Dios al punto de que sólo tenía a Dios, en el cielo y en la tierra.

b. Buscaban a Dios

  Los salmistas también buscaban a Dios. Salmos 42:1 y 2 dice: “Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por Ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” El autor de este salmo tenía sed de Dios, lo buscaba como el siervo brama por las corrientes de las aguas. El Salmo 43:4 muestra cómo el salmista buscaba a Dios como su alegría suprema, y Salmos 119:2 y 10, muestra cómo él buscaba a Dios con todo su corazón.

c. Moraban con Dios

  En Salmos 27:4, vemos el deseo del salmista de morar con Dios: “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en Su templo”. El salmista anhelaba morar en la casa de Dios toda su vida. Se expresa un deseo parecido en 84:1-7. Los que lean estos versículos ciertamente serán impresionados por la dulzura de morar con Dios. El Salmo 90:1 declara: “Señor, Tú nos has sido refugio de generación en generación”. Una vez más, vemos el deseo del salmista de morar con Dios y aún en Dios. Salmo 91:1 expresa el mismo deseo, pues el salmista declara: “El que habita al abrigo del santísimo morará bajo la sombra del Omnipotente”. En estos versículos, vemos algo que va más allá del cuidado por la letra de la ley. El salmista aspiraba a morar en el lugar secreto de la presencia de Dios. Ciertamente los que tengan esta aspiración serán infundidos del elemento de Dios.

d. Contemplaron Su belleza

  El Salmo 27:4 expresa también el anhelo de los salmistas por contemplar la hermosura del Señor. Contemplar la hermosura del Señor consiste en verlo a El cara a cara. Vemos el mismo anhelo en 105:4: “Buscad a Jehová y Su poder, buscad siempre Su rostro”.

e. Las riquezas de Dios nos infunden

  En su experiencia, los salmistas también recibieron la infusión de las riquezas de Dios. El Salmo 52:8 dice: “Yo estoy como olivo verde en la casa de Dios; en la misericordia de Dios confío eternamente y para siempre”. Así como un árbol absorbe las riquezas del suelo, los salmistas absorbían las riquezas de Dios. Se parecían a los olivos plantados en la casa de Dios, y Sus riquezas los infundían a fin de que crecieran espiritualmente. Así como olivos, crecían con las riquezas que fueron infundidas dentro de ellos.

  Salmo 92:13 y 14 también revelan que las riquezas de Dios también infundían a los salmistas: “Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán. Aún en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes". Aquí vemos cuatro aspectos del recibir la infusión de las riquezas de Dios: plantados en la casa, floreciendo, fructificando, y estar vigoroso y verde. Lo que vemos aquí no es una enseñanza ni una teología, sino la experiencia del Dios viviente como suministro de vida. Los salmistas no eran simplemente personas que guardaban la ley, sino aquellos que buscaban a Dios y recibían la infusión de Sus riquezas. Por consiguiente, ellos estaban plantados, florecían, fructificaban, y estaban vigorosos y verdes. Mediante esta infusión de Dios, espontáneamente fueron fortalecidos y guardaron la ley y la expresaron. En principio la experiencia de los salmistas era la misma que se revela en el mismo testamento. Según el evangelio de Juan, cuando permanecemos en el Señor, El nos infunde con Su elemento, y absorbemos el jugo de vida de la vid dentro de nosotros. Luego fructificaremos. Esto no es un asunto de guardar la ley, sino de expresar la ley.

  El Salmo 92:10 dice: “Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo; seré ungido con aceite fresco”. En el Antiguo Testamento, el aceite tipifica al Dios Triuno como el Espíritu. Por tanto, ser mezclado con aceite fresco significa ser mezclado con el Espíritu fresco. No se trata simplemente de aprender la ley ni de esforzarnos en obedecerla. Se trata de buscar a Dios para ser plenamente mezclados con el Espíritu fresco a fin de que le vivamos espontáneamente y que tengamos un andar diario que corresponda con lo que El es. Repito: esto no es guardar la ley, sino expresar a Dios y por tanto tener un andar diario que corresponda con la ley de Dios. En lugar de intentar obedecer a la ley, debemos vivir la ley al recibir la infusión de las riquezas de Dios.

f. Disfrutaban de las riquezas de vida

  Los salmistas también disfrutaban de las riquezas de vida. Salmos 36:8 y 9 dice: “Serán completamente saciados de la grosura de Tu casa, y Tu los abrevarás del torrente de Tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida; en Tu luz veremos la luz”. Estos versículos se parecen mucho a una versión del Nuevo Testamento. En principio, los salmistas disfrutaban del Dios Triuno así como nosotros hoy en día. Estar satisfechos con la grosura de la casa de Dios y beber de los ríos de Sus deleites significa disfrutar del Dios Triuno. Decir que con El está la fuente de vida significa que en El se halla la fuente del suministro de vida. Una vez más vemos que los salmistas no intentaban obedecer los requisitos de la ley, sino que buscaban a Dios. En su búsqueda de Dios, El los infundía. Espontáneamente ellos no sólo vivían según la ley dada por Dios, sino también según Su naturaleza. Su vivir correspondía automáticamente a la ley de Dios, la cual era una expresión de Su naturaleza, la expresaban. Por consiguiente, vivían la naturaleza de Dios. En lugar de ser los que intentaban guardar la ley, eran los que vivían la ley. Agradecemos al Señor por mostrarnos este asunto importante.

g. Recibieron el suministro de Dios para obedecer Su palabra

  Además, los salmistas recibieron el suministro de Dios para obedecer Su palabra, la ley. El Salmo 119:57 dice: “Mi porción es Jehová; he dicho que guardaré Tus palabras”. Cuando juntamos los dos puntos de este versículo, vemos que los salmistas recibieron el suministro de Dios como su porción y por tanto pudieron obedecer Sus palabras. El uso de la palabra “porción” nos recuerda Colosenses 1:12, donde Pablo nos declara que Cristo es la porción de los santos. Puesto que Dios era la porción de los salmistas, ellos podían obedecer a la palabra de Dios, la cual llamaban la ley.

  Para obedecer a la palabra de Dios, la palabra de la ley, los salmistas lo tomaron a El como su porción. No debemos pensar que por nosotros mismos podemos obedecer la ley de Dios. Obedecer los mandamientos de la ley es algo importante, y nosotros no podemos hacerlo. Si queremos obedecer la ley, necesitamos que Dios sea nuestra porción. Sólo cuando lo disfrutemos a El y recibamos Su suministro, podremos obedecer a la ley. Vemos nuevamente que en este principio, la experiencia de los salmistas en el Antiguo Testamento era la misma que nuestra experiencia hoy en día.

h. Atesoraban la ley de Dios

  Los salmistas buscaban a Dios con amor y por tanto atesoraban la ley de Dios. 119:14 dice: “Me he gozado en el camino de tus testimonios más que toda riqueza”. Los salmistas atesoraban el testimonio de Dios como bienestar de ellos. El Salmo 119:72 continua: “Mejor me es la ley de Tu boca que millares de oro y plata”. Luego en 119:127, el salmista continua: “Por eso he amado Tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro”. Estos versículos revelan que los salmistas no solamente amaban a Dios, sino que también atesoraban Su ley, la cual era para ellos la palabra y el testimonio de Dios. Ellos valoraban la ley de Dios más que la plata y el oro. Atesoraban la palabra de Dios.

i. Probaron la dulzura de la ley

  Salmo 119:103 dice: “¡Cuán dulces son a mi paladar Tus palabras! Más que la miel a mi boca”. Este versículo indica que los salmistas probaron la dulzura de la ley. ¡Cuán precioso era para ellos el dulce sabor de la palabra de Dios!

j. Esperaban en la palabra de Dios y moraban en ella

  Los salmistas también esperaban en la palabra de Dios, la ley, y moraban en ella. El Salmo 119:147 y 148 lo indican: “Me anticipé al alba, y clamé; esperé en Tu palabra. Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en Tus mandatos”. Temprano por la mañana, antes del alba, los salmistas esperaban en la palabra de Dios y moraban en ella. Así vemos que los salmistas disfrutaban la palabra de Dios en el avivamiento matutino.

  Todos estos versículos muestran que los salmistas buscaban a Dios con amor. Espontáneamente Dios los infundió y expresaron Su ley. Nos debe suceder lo mismo hoy en día. Si recibimos la infusión de Cristo, le viviremos a El. Así como la ley era la palabra de Dios, también Cristo, tipificado por la ley, es la palabra de Dios. Así como los salmistas amaban la ley de Dios, la atesoraban, la probaron, esperaban en ella, y meditaban en ella, también nosotros hoy en día debemos amar a Cristo, atesorarlo, probarlo, esperar en El, y morar en El y sobre El. Lejos de ser negativa, la ley como la palabra viva de Dios es muy positiva.

2. Simeón y Ana

  Simeón y Ana también buscaban a Dios con amor. Mientras esperaban a Cristo, el Espíritu Santo estaba sobre ellos (Lc. 2:25). También tuvieron la revelación del Espíritu Santo (Lc. 2:26) y caminaron por el Espíritu (Lc. 2:27). Moraban en el templo y servían a Dios con ayunos y oraciones (Lc. 2:37). Por tanto, disfrutaban a Dios y recibían Su infusión. Así como los salmistas, ellos vivían espontáneamente la ley de Dios, y su vivir correspondía a la expresión de Dios. Al recibir la infusión de la sustancia de Dios, pudieron llevar una vida que correspondía con la ley como expresión de Dios.

B. Los que guardan la letra de la ley

1. Los judaizantes

  Ahora llegamos a una categoría de gente totalmente distinta, gente relacionada con la ley de Dios: los judaizantes. Cuando la ley estaba en manos de los salmistas, era algo agradable. Pero cuando estaba en manos de los judaizantes, se hizo algo negativo. Según Mateo 15:8, los judaizantes no tenían un corazón por Dios. Según Gálatas 6:12-13, ellos eran legalistas y dogmáticos en las letras de la ley. ¡Cuán diferentes eran de los salmistas, quienes amaban a Dios y tenían un corazón para El! Puesto que los salmistas eran vivientes y ricos en la experiencia de Dios, no eran legalistas ni dogmáticos como los judaizantes.

2. Saulo de Tarso

  Antes de ser salvo, Saulo de Tarso era celoso por la ley (Fil. 3:5-6). Como judaizante, él aún blasfemaba contra el Señor y perseguía a los hombres (1 Ti. 1:13). Cuando Sualo fue judaizante, él no amaba verdaderamente a Dios. Por el contrario, él estaba afanado con la ley conforme a la tradición religiosa. Por esta razón, cuando Saulo se convirtió a Cristo, él repudió la ley. Por consiguiente, Pablo menospreció la ley que usaban erróneamente los judaizantes.

III. LOS VERDADEROS ADORADORES DE DIOS

  Mientras hacemos el contraste de la situación de los que buscaban a Dios con amor y de los que guardaban la letra de la ley, vemos que en este asunto, el principio es el mismo tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Si amamos al Señor, si lo buscamos de todo corazón, si moramos con El, y si disfrutamos de Sus riquezas, Su sustancia se infundirá dentro de nosotros. Espontáneamente El se convertirá en nuestro vivir. Por tanto, lo que expresemos será la expresión de Dios. Esta clase de vivir corresponde a la ley de Dios. Como resultado, llegamos a ser verdaderos adoradores de Dios. Los verdaderos adoradores de Dios son aquellos que se conforman a lo que El es, que corresponden a lo que El es, y que reflejan lo que El es. La observancia de la ley no hace de nadie un verdadero adorador. Un verdadero adorador es aquel que es infundido con Dios y lo expresa, y que por tanto se convierte en una persona conforme a lo que Dios es y corresponde a lo que El es. El vivir de esta persona corresponde al vivir de Dios y refleja lo que El es. Este es el testimonio viviente de Jesús.

  Hemos señalado repetidas veces que en principio, el disfrute de los santos del Antiguo testamento era el mismo que el de los santos del Nuevo Testamento. Hemos visto que si moramos con Dios y El nos infunde, automáticamente lo expresaremos a El. Entonces nuestro vivir corresponderá a la ley de Dios, pues seremos uno con El y lo viviremos a El. Por consiguiente, en nuestra experiencia, la ley, Dios, y Cristo, serán uno.

  Si leemos Exodo 20 con esta luz, este capítulo será totalmente nuevo para nosotros. Veremos que los Diez Mandamientos, dados al pueblo de Dios en el monte cuando tenían comunión con Dios, son palabras recibidas en comunión con Dios. Estas palabras traen la transfusión del elemento de Dios, que permite a Su pueblo tener un vivir que corresponde con lo que El es.

  Existe una diferencia crucial entre los salmistas y los judaizantes: los salmistas guardaban la ley con Dios, mientras que los judaizantes perseguían la ley completamente fuera de Dios. La situación es la misma hoy en día en la manera en que los cristianos usan la Biblia. Si queremos ser los salmistas contemporáneos, buscaremos la Biblia, la palabra de Dios, con amor por el Señor y por Su palabra. No obstante, es posible que los estudiantes de la palabra lean la Biblia sin tener realmente un corazón por el Señor. Su intención puede ser ganar conocimiento con el cual formulan una teología sistemática. Por consiguiente, los estudiantes de las Escrituras pueden convertirse en los judaizantes de hoy.

  Cuando el Señor Jesús estaba en la tierra, los judaizantes no estaban dispuestos a tomar contacto con El de manera positiva. Ellos querían conocer la Biblia, pero buscaban el conocimiento de las Escrituras fuera de Cristo. Por esta razón, el Señor les dijo: “Escudriñáis las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mi. Pero no queréis venir a Mi para que tengáis vida” (Jn. 5:39-40). También podemos ser aquellos que buscan el conocimiento de la Biblia fuera del Señor mismo. Queda claro que podemos leer la Biblia fuera de Cristo. Pero si oramos-leemos la Palabra, estaremos en contacto con el Señor. Esta es la razón por la cual atesoramos el orar-leer.

  Si vemos que la ley es la Palabra de Dios y si estamos conscientes de que la Palabra de Dios es Su aliento, entonces veremos que la ley es la expresión de Dios mismo. La ley tipifica a Cristo, pues El es Aquel que expresa verdaderamente a Dios. Algunos estudiantes de la Biblia no han visto que la ley es la Palabra de Dios y que ésta es Su aliento. En realidad, la ley, la palabra, el aliento, y Dios son uno. Cristo mismo es el dador de la ley de Dios. Para nosotros, Cristo es la verdadera ley, la palabra de Dios, Su expresión, y Su aliento. Podemos ser regulados por El y vivir conforme a El. En el corazón de Dios, la ley en realidad es Cristo mismo. Dios no nos da una ley separada de Cristo. La ley que El da es Cristo como Su expresión y Su aliento. Por consiguiente, Cristo es nuestra ley, el Cristo que es la Palabra de Dios, Su aliento, y Su expresión.

  Es un error lamentable seguir el estudio de la teología sistemática que separa la Biblia o la revelación de Dios mismo. Hoy en día, debemos prestar atención a la advertencia de no separar la Palabra de Dios, de Cristo. La Palabra de Dios es Su aliento, procede de El y no sólo lo expresa a El, sino que también nos lo imparte a El mismo a fin de que lo recibamos. Si tomamos la Palabra de Dios solamente como letras muertas, nos convertiremos en los judaizantes contemporáneos, celosos por el conocimiento de la ley sin buscar sinceramente a Dios con un corazón amante. Pero si tomamos la Palabra como el aliento de Dios y la infusión de Su sustancia, llegaremos a ser los salmistas de hoy, Sus buscadores llenos de amor.

  Al leer 20:1-17, debemos prestar atención al hecho de que los cinco últimos mandamientos son dados de una manera diferente de los cinco primeros. En el caso de los cinco últimos, vemos simplemente que no debemos matar, cometer adulterio, robar, dar falso testimonio, ni codiciar. No obstante, los primeros cinco mandamientos son dados en un ambiente lleno de amor, aún de intimidad. En los versículos 2 y 3, el Señor no dice: “El primer mandamiento es que no tengas dioses ajenos fuera de Mi”. Por el contrario, el Señor se presenta a Sí mismo a Su pueblo de una manera especial: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de Mi”. Esta es una palabra de amor. Al recordar al pueblo que El los salvó y los liberó del cautiverio, Dios les habla como si El fuese un joven cortejando a una muchacha. Con palabras de amor.

  En el versículo 6, la palabra amor es muy importante. En los versículos 5 y 6, el Señor habla de amor y de odio. Si aborrecemos al Señor, El visitará nuestras iniquidades hasta la tercera y cuarta generación. Pero si amamos al Señor, El mostrará misericordia durante mil generaciones. Esta palabra fue pronunciada en un ambiente de amor y de intimidad. El Señor quería saber si Su pueblo lo amaba o lo aborrecía. Aún los mandamientos acerca de no tomar el nombre del Señor en vano y de tomar el día del sábado fueron pronunciados en un ambiente de amor.

  Muchos cristianos descuidan este aspecto de la manera en que fueron dados los Diez Mandamientos. No han visto el hecho de que los primeros cinco mandamientos, los cuales se refieren a Dios mismo, fueron dados en un ambiente de amor y de intimidad. Por el contrario, al hablar de la ley, la mayoría de los estudiantes de la Palabra prestan toda su atención a la letra de la ley e ignoran totalmente el ambiente de amor en el cual la ley fue promulgada. No se dan cuenta de que la ley misma es la expresión de Dios.

  Hemos visto que la palabra del Señor Jesús en Juan 14:21 y 23 se parece a lo que dijo el Señor en 20:4-6. En 20:4-6, el Señor dijo que si lo amamos, El mostrará misericordia durante mil generaciones. En Juan 14, el Señor Jesús dijo que si lo amamos y guardamos Su Palabra, El y Su Padre nos amarán y harán Su morada con nosotros. En ambos casos, lo que se dice son palabras de amor. No exageramos cuando decimos que toda la Biblia fue escrita en un ambiente de amor y de intimidad. Incluso la Biblia puede ser considerada como el relato del cortejo de Dios hacia el hombre. El Cantar de Cantares es un hermoso ejemplo de esto. Este libro, escrito en un ambiente lleno de intimidad, es un libro de amor. Si amamos al Señor, ciertamente atesoraremos Su palabra y desearemos guardarla. Entonces el Señor nos mostrará misericordia durante mil generaciones.

  La ley es la Palabra de Dios, y ésta es Su aliento. Mediante Sus palabras, Dios pone Su aliento dentro de nosotros, infundiéndonos con Su sustancia para hacernos Su expresión. Con la sustancia divina infundida dentro de nosotros, automáticamente llevamos una vida que corresponde con lo que Dios es. Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo hablan de esto.

  Hemos visto que Cristo mismo es la verdadera ley, palabra, aliento, y expresión de Dios. Hoy en día, debemos considerar la Biblia como el aliento de Dios. Al orar-leer la Palabra, inhalamos el elemento de Dios dentro de nosotros. De esta manera, Dios nos infunde de lo que El es, y espontáneamente empezamos a vivir a Cristo. Entonces nuestro vivir corresponderá a lo que Dios es. Así llegamos a ser la expresión viviente de Dios, Su ley viva.

  Si oramos-leemos correctamente 20:1-17, estos versículos nos introducirán en Dios e infundirán Su sustancia en nosotros. Cuanto más contacto tengamos con Dios de esta manera, más seremos saturados con El. Por consiguiente, viviremos espontáneamente de una manera que corresponde con la ley de Dios. En lugar de intentar obedecer la ley, la expresaremos. En vez de ser judaizantes, seremos los salmistas contemporáneos, los que buscan al Señor con amor. Aquí la clave es nuestro amor por el Señor y por Su Palabra. Si lo amamos y guardamos Su Palabra, El vendrá a nosotros y hará Su morada con nosotros. ¡Cuán maravilloso es esto! Verdaderamente la Biblia es un libro de amor.

  En conclusión, permítanme repetir que la ley como la Palabra de Dios es Su aliento de Dios para que lo respiremos, y podamos expresar la ley, la cual corresponde con la naturaleza y la expresión de Dios.

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