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Mensaje 76

La promulgacion del pacto

(1)

  Lectura bíblica: Éx. 24:1-8; He. 9:18-20, 22

  En este mensaje llegamos a 24:1-8. Después de la promulgación de la ley y de las ordenanzas, Dios le dijo a Moisés que llevara a los líderes de Israel al monte a fin de que permanecieran con El para que recibieran la visión del tabernáculo que debían construir como Su morada en la tierra. Como dijimos, el libro de Exodo empieza con la redención de Dios y concluye con Su morada. Dios necesita que Su pueblo sea Su morada en la tierra. No obstante, como el pueblo creado por Dios cayó, El necesitaba venir y cumplir la redención. Dios no sólo redimió a Su pueblo, sino que los rescató, los liberó del cautiverio egipcio, y los llevó al desierto para tener una comunión íntima con El. En los mensajes acerca de los capítulos diecinueve al veintitrés, vimos la comunión íntima y completa que Dios tenía con Su pueblo escogido y redimido. En esta comunión, Dios se reveló a ellos. El dio a conocer la clase de Dios que es El. Muchos cristianos piensan que el dar los Diez Mandamientos era simplemente un decreto de la ley. Aparentemente, esto es cierto; pero no una realidad. Dar la ley era la revelación de lo que Dios es. Esto significa que por medio de la promulgación de la ley, Dios se reveló a Su pueblo escogido y redimido.

  Ya mencionamos que en el Antiguo Testamento, la ley es llamada el testimonio (Éx. 31:18). Este testimonio es un cuadro, una fotografía de Dios. La ley con sus ordenanzas nos muestra la clase de Dios que tenemos. Al leer los Diez Mandamientos y todas las ordenanzas de la ley, podemos apreciar la semejanza de Dios.

  La clase de ley que promulgan los legisladores siempre revela la clase de personas que son. De hecho, la ley que promulga una persona, siempre revela a esa persona. En el mismo principio, la ley en el capítulo veinte con las ordenanzas en los capítulos veintiuno al veintitrés nos dan un cuadro detallado de Dios, mostrándonos lo que El es. Por esta razón, no debemos conformarnos con sólo recitar los Diez Mandamientos. Conocer los mandamientos acerca de no tener dioses ajenos, no hacer imágenes ni adorarlas, ni usar el nombre de Dios en vano, guardar el sábado, honrar a sus padres, no cometer homicidio ni adulterio, no robar, no dar falso testimonio ni codiciar, no es suficiente. Es crucial entender que la ley es un cuadro que revela la clase de Dios que nos escogió, llamó y redimió. Le damos gracias al Señor por el cuadro claro de Sí mismo que El nos ha dado en los capítulos veinte al veintitrés. Aquí vemos que Dios es santo y justo, y que El está lleno de amor y luz. Por ser santo, no hay nada común en El. Por ser justo, no hay ninguna injusticia en El. Puesto que El es amor y luz, no hay odio ni tinieblas en El.

  En las ordenanzas que encontramos en los capítulos veintiuno al veintitrés, vemos claramente la economía de Dios. Ya dijimos que en esas ordenanzas tenemos la cruz, y la redención de Cristo. Por consiguiente, mediante la ley y las ordenanzas, tenemos una revelación de Dios y Su economía. ¡Cuán maravilloso es esto! Que quedemos impresionados por el hecho de que las ordenanzas promulgadas por Dios en el monte Sinaí presentan una visión clara de El y Su economía.

  Después de dar esta revelación de Sí mismo y Su economía a Su pueblo, la intención de Dios era revelar el deseo de Su corazón. El deseo del corazón de Dios consiste en tener una morada con el hombre en la tierra. Después de un tiempo de comunión íntima con Su pueblo redimido, Dios deseaba abrir Su corazón y darle a conocer el deseo de Su corazón, el cual es tener una morada en la tierra.

  Es una lástima que hoy muchas personas redimidas por Dios ni siquiera tienen una comunión íntima con El. Muchos cristianos apenas conocen a Dios, y no saben nada de Su economía. No obstante, por la misericordia de Dios, algunos santos han entrado en comunión íntima con El. En esta comunión, han llegado a conocer lo que Dios es, y por lo menos hasta cierto grado, lo que constituye Su economía. Sin embargo, en muy pocas ocasiones encontramos a cristianos que realmente han sido introducidos en el deseo del corazón de Dios y ven que Su deseo consiste en tener una morada en la tierra.

  En las reuniones de los cristianos contemporáneos, en las congregaciones, y “servicios” raras veces oímos un mensaje sobre el edificio de Dios, aunque si hablen de la comunión entre Dios y el hombre. Se puede exhortar a los creyentes a pasar tiempo en la presencia del Señor y tener comunión con El. ¿Pero dónde están los mensajes sobre la edificación? Antes de entrar en el recobro del Señor, ¿Escuchó algún mensaje sobre el edificio de Dios? Este asunto está descuidado por los cristianos contemporáneos.

  Alabamos al Señor porque el libro de Exodo no tiene solamente veintitrés o veinticuatro capítulos, sino cuarenta capítulos. El capítulo veinticuatro es un puente que conecta los veintitrés primeros capítulos con los últimos dieciséis. En este mensaje y en los siguientes, caminaremos sobre este puente y pasaremos de una sección de Exodo a otra. Cuando lleguemos al otro lado, que se compone de los capítulos veinticinco al cuarenta, veremos el deseo del corazón de Dios acerca del tabernáculo construido por Su pueblo en la tierra. Aunque anhelemos llegar al otro lado, no podemos hacerlo sin pasar cierto tiempo en el puente.

  Exodo 24:1-2 dice: “Dijo Jehová a Moisés: sube ante Jehová, tú, y Aaron, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel, y os inclinaréis desde lejos. Pero Moisés solo se acercará a Jehová; y ellos no se acerquen, ni suba el pueblo con él”. Dios tenía un propósito determinado al requerir que estos líderes subieran a la montaña, quería mostrarles la visión, el diseño, el plano, del tabernáculo como Su edificio. Después de recibir esta exhortación de Dios, Moisés descendió del monte. Pero antes de subir nuevamente al monte con los líderes del pueblo, Moisés promulgó la ley. Por consiguiente, en los versículos 1 y 2, tenemos la exhortación de Dios sobre la cual Moisés fue al monte con algunos líderes del pueblo para que tuvieran comunión con Dios y para que Dios les revelara el deseo de Su corazón. Luego en los versículos 3 al 8, tenemos la promulgación de la ley por parte de Moisés.

  Después de ser promulgada, la ley llegó a ser un pacto. Sin esta promulgación, la ley simplemente habría quedado como ley; no habría sido un pacto. Pero tan pronto la ley fue promulgada, llegó a ser un pacto entre Dios y Su pueblo.

  Un pacto involucra a dos o más personas. Aquí el pacto era entre Dios y Su pueblo. El hacer un pacto era un asunto muy importante. Con palabras modernas, diríamos que este pacto era un acuerdo o un contrato. La manera adecuada de promulgar un contrato hoy en día es que los participantes lo firmen. Se establece la hora, y se prepara un documento oficial. Luego todas las partes involucradas quizás acompañadas por testigos, firman este documento. En algunos casos, las partes hacen juramento o dan una garantía. Sin esta promulgación oficial, el contrato existiría como declaración escrita, pero sin comprometer a ninguna persona.

  La ley había sido decretada en el monte de Dios, pero todavía se necesitaba promulgar la ley y sus ordenanzas. Por tanto, antes de que Moisés volviera a subir al monte con los líderes para recibir más revelaciones, él tomó cuidado de la promulgación de la ley.

  Quisiera señalar que la revelación que recibió Moisés en el monte de Dios constaba de dos partes: la primera parte era la promulgación de la ley en comunión íntima con Dios; la segunda era la revelación del diseño de Su edificio. Antes de que fuera dada la segunda parte de la revelación, se le pidió a Moisés que bajara, llamara a los líderes, y los subiera al monte. Esto indica que la segunda parte de la revelación era aún más crucial que la primera. Moisés no debería recibirla solo, él tenía que llevar a Aarón, Nadab, Abihu y los setenta ancianos. Dios le mostraría solamente en ese momento el plano de su edificio. Además, el hecho de que Moisés promulgara la ley antes de subir al monte de nuevo muestra que esta promulgación era muy importante.

  La promulgación de la ley no era misteriosa, pero había algo un tanto en ella. La Biblia no relata ningún mandato de Dios pidiendo que Moisés bajara al pueblo para promulgar la ley. No obstante, esto es exactamente lo que hizo Moisés. Además, la promulgación de la ley por la cual llegó a ser un pacto, corresponde con toda la economía de Dios. Este es un asunto muy significativo. Si Moisés no hubiera recibido el mandato del Señor de promulgar la ley, ¿cómo habría sabido lo que debía de hacer? También, Dios reconoció lo que Moisés hizo al promulgar la ley y al hacer de ella un pacto. El libro de Hebreos lo indica claramente (9:19-20). Como veremos, todos los principios involucrados en la promulgación de la ley por medio de Moisés corresponden a la economía de Dios.

  No debemos pensar que todo lo que sucedió en el momento de la promulgación de la ley ha sido registrado en la Biblia. Algunas cosas se produjeron, pero no se menciona nada de ellas en las Escrituras. Indudablemente, Dios le dijo a Moisés que bajara del monte y promulgara la ley que El había decretado, y de una manera específica. Si Dios no hubiera dado este mandamiento, ¿por qué Moisés habría promulgado la ley de la manera en que lo hizo, la cual es una manera totalmente distinta a la práctica humana común?

  Antiguamente, cuando dos personas hacían un pacto, usaban generalmente alguna clase de pájaros o animales como sacrificio. Luego promulgaban el acuerdo o el pacto. No obstante, con la promulgación de la ley por medio de Moisés, hay algunos puntos particulares y extraordinarios. Primero, había un altar, y había doce columnas “según las doce tribus de Israel” (v. 4). Luego se presentaban dos clases de ofrendas: los holocaustos y los sacrificios de paz (v. 5). No había sacrificio por el pecado, sacrificio expiatorio, ni ofrenda de harina. Finalmente “Moisés tomó la mitad de la sangre, y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar” (v. 6). Por consiguiente, tenemos el altar, las columnas, los sacrificios y la sangre. En el transcurso de los siglos de historia, no se promulgó ningun pacto de esta manera. Esto demuestra que la promulgación del pacto en Exodo 24 es algo único. En este pacto entre Dios y el hombre, la promulgación se hizo por medio de un altar, doce columnas, holocaustos y sacrificios de paz y con la sangre. Debemos ver el significado de todas estas cosas.

  Si queremos entender el significado espiritual del altar, las columnas, los sacrificios y la sangre, debemos entender que en la promulgación de la ley, la intención de Dios no fue exhortar a Su pueblo escogido para que guardara la ley. No obstante, muchos cristianos piensan que la intención de Dios al dar la ley era que la obedecieran. Ellos dicen que si Dios no esperaba que Su pueblo guardara la ley, ¿entonces por qué se la dio? Como joven cristiano, yo también tenía este concepto. Pero si esto hubiera sido la intención de Dios, El hubiera actuado de una manera muy insensata. Esperar que un pueblo caído guarde la ley de Dios puede compararse con pedirle a un perro que vuele como un pájaro. Supongamos que alguien le dijera a un perro: “perrito, debes entender que de ahora en adelante tú me perteneces. Por tanto, te mando a que vueles como un águila”. ¡Cuán absurdo sería esto! Dios jamás sería tan insensato como para pedir tal cosa.

  Debemos recordar que en realidad la ley es un retrato de una persona todopoderosa y divina: Dios mismo. Hemos visto que la ley revela que, como Aquel que es único, Dios es santo, perfecto, totalmente único. Además, El es recto y lleno de amor y luz. Las leyes que El promulgó en realidad son descripciones de sus numerosas virtudes y atributos. En contraste claro con Dios, quien es santo, recto, lleno de amor y de luz, el pueblo era caído, pecaminoso, vil y totalmente corrupto. La caída y la corrupción de ellos fueron expuestos por medio de las ordenanzas, y especialmente aquellas que se refieren a la fornicación, el robo, y la brujería. ¿Cómo podría este pueblo caído guardar la ley divina de un Dios santo y recto? ¡Imposible! Todo aquel que cree esto posiblemente sea una persona muy superficial y no es sana en su manera de pensar. Dios jamás cometería el error de asumir que el hombre caído pueda guardar Su ley santa. El no dio la ley con esta intención.

  Desde el punto de vista humano, puesto que existía un pacto entre Dios y el hombre, la ley sirvió como la condición de este pacto. Moisés sirvió de intermediario para la promulgación del pacto. Según el concepto natural, Dios debía haber exigido que el pueblo hiciera un juramento, y lo sellara con su sangre, y luego que hiciera un voto de obedecer la ley divina bajo pena de muerte. Esto quizá sea la manera humana, pero no fue la manera en que lo hizo Moisés. Moisés no dijo: “Oh hijos de Israel acabo de bajar del monte donde recibí la ley santa promulgada por Dios. Ahora ustedes deben ser fieles en obedecer la ley. Deben hacer un juramento. Les pido que sellen este compromiso con su propia sangre”. Ciertamente esta no fue la manera en que el pacto fue promulgado por medio de Moisés.

I. MEDIANTE EL ALTAR

  Exodo 24:4 dice: “Y Moisés escribió todas las palabras de Jehová, y levantándose de mañana edificó un altar al pie del monte”. El altar indica que no podemos guardar la ley de Dios y que necesitamos ser redimidos. En realidad, antes de que el pueblo se enterara de la ley, ya habían quebrantado sus requisitos. Porque no podían salir de su situación, ellos necesitaban un altar para ser redimidos.

  El altar indica que ellos debían ser aniquilados y reemplazados por los sacrificios. Inicialmente los sacrificios ofrecidos en el altar eran su sustituto, pero finalmente este sustituto llegó a ser su reemplazo. Por consiguiente, el altar simboliza la cruz e indica que debemos ser redimidos, aniquilados, y reemplazados. La cruz de Cristo nos redime y nos aniquila. Entonces como un sacrificio y nuestro sustituto, Cristo se convierte en nuestro reemplazo. El es nuestro redentor, sustituto y reemplazo.

  Los hijos de Israel no debieron pensar que podían guardar la ley de Dios, ya que ellos eran pecaminosos, caídos y corruptos, esto les era imposible. En lugar de intentar guardar la ley, debían ser redimidos, aniquilados y reemplazados. Esta es la manera de promulgar la ley divina decretada por Dios.

  Es inútil que tratemos de guardar la ley de Dios, ya que no tenemos tal capacidad. Romanos 8:3 y 4 lo indica claramente: “Porque lo que la ley no pudo hacer, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a Su Hijo en semejanza de carne de pecado y en cuanto al pecado, condenó al pecado en la carne”. Puesto que la ley es débil por nuestra carne, Dios mandó a Su Hijo en semejanza de carne de pecado para redimirnos, aniquilarnos y reemplazarnos. Entonces, nosotros los que somos redimidos, aniquilados y reemplazados, ahora tenemos a Cristo en nuestro espíritu. Mientras caminamos conforme al espíritu mezclado, nuestro espíritu mezclado con el espíritu que mora en nosotros, cumplirá en nosotros el requisito justo de la ley. Romanos 8:3 incluye el asunto de la promulgación, pues la cruz está implícita aquí. El Cristo que redime y reemplaza también está implícito. ¡Aleluya, tenemos la cruz, los medios, y también el Redentor, el sustituto y el reemplazo!

  Espero que todos quedemos impresionados por el hecho de que es totalmente imposible que el hombre caído guarde la ley de Dios. Pensar que el hombre lo puede hacer es totalmente insensato. Moisés no era tan insensato como para pensar que los hijos de Israel podían obedecer la ley de Dios. Por el contrario, según la revelación de Dios y Su requisito, El promulgó la ley al construir un altar. Al hacer esto, tal parece que dijera: “Ustedes hijos de Israel deben entender que necesitan ser redimidos, aniquilados y reemplazados”.

II. CON LAS DOCE COLUMNAS QUE REPRESENTAN A LAS DOCE TRIBUS DE ISRAEL COMO EL TESTIMONIO DE LA LEY DE DIOS

  En Exodo 24:24, vemos también que Moisés edificó “doce columnas, según las doce tribus de Israel”. Según el uso bíblico, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, una columna significa un testimonio. Primera de Reyes 7:21 dice: “Estas columnas erigió en el pórtico del templo; y cuando hubo alzado la columna del lado derecho, le puso por nombre Jaquin, y alzando la columna del lado izquierdo, llamó su nombre Boaz”. Jaquín significa “El establecerá” y Boaz significa “la fuerza está en El”. Estos pilares permanecieron como un testimonio de que Dios establecería el edificio, el templo, y que Su fuerza estaría en El. Estas columnas no fueron erigidas para apoyar el templo. No, en lugar de ser usados como apoyo, permanecían como testimonio. El Nuevo Testamento habla también de columnas. Primera de Timoteo 3:15 afirma que la iglesia es la columna y el fundamento de la verdad. Esto significa que la iglesia lleva el testimonio de la realidad divina de la economía de Dios. En 24:4, las doce columnas son también un firme testimonio de lo que Dios es. Además, estas columnas representan las doce tribus de Israel: indican que a los ojos de Dios, las doce tribus deben ser columnas que testifican de lo que Dios es. En otras palabras, los hijos de Israel deberían permanecer como testimonio que refleja a Dios y a lo que El es.

  La Biblia es un libro que contiene muchos cuadros. Tenemos un excelente ejemplo de eso aquí en Exodo 24 con el altar y las doce columnas. El altar nos dice que debemos ser redimidos, aniquilados y reemplazados. Los pilares declaran que debemos ser un testimonio de lo que Dios es y también un reflejo de El. Por una parte, debemos ser redimidos, aniquilados y reemplazados. Por otra, debemos ser un testimonio de Dios y reflejarlo. Lo que reflejamos no debe ser nuestra capacidad de guardar la ley. Por el contrario, debemos reflejar las virtudes y atributos de Dios. Después de ser redimidos, aniquilados y reemplazados, llegamos a ser columnas, el testimonio de Dios, reflejando lo que El es.

  La ley no fue dada para que el pueblo de Dios la guardara u obedeciera. Fue dada para que el pueblo llegase a ser el testimonio de Dios. No obstante, los hijos de Israel pensaban que el propósito de ésta era obedecerla. Del mismo modo, por ignorar la economía de Dios, muchos cristianos contemporáneos piensan que el Nuevo Testamento les fue dado para que lo obedecieran. No, el Nuevo Testamento no fue escrito para que los cristianos cumpliesen sus requisitos; fue dado para hacerlos un reflejo de Dios. Existe una diferencia tremenda entre tratar de guardar la ley de Dios y llegar a ser reflejos de El.

  La mente de Dios es totalmente distinta a la mente del hombre caído. Según nuestro concepto, cuando Dios dio la ley, esto era señal de que El quería que la obedeciéramos. Pero ésta no era la intención de Dios. Su intención es hacer de nosotros un testimonio de Sí mismo. Ser un testimonio de Dios no sólo se relaciona con nuestras acciones; sino también nuestro ser mismo. Dios no quería que los hijos de Israel guardaran simplemente los mandamientos y observaran las ordenanzas. El quería hacer de ellos columnas que llevaran un testimonio de El mismo. Como la ley es un testimonio de Dios, también Dios deseaba que el pueblo de Israel llegase a ser un testimonio viviente de El. La ley es un cuadro, una fotografía, que muestra lo que Dios es. Como personas vivientes, los hijos de Israel debían ser un testimonio viviente de Dios. Por medio de la promulgación de la ley por parte de Moisés, Dios estaba diciendo al pueblo: “No quiero que ustedes guarden mi ley. Quiero hacer de ustedes un testimonio de la ley. Entonces ustedes serán un testimonio viviente de mí. Para que sean Mi testimonio, deben ser redimidos, aniquilados y reemplazados”.

  Quisiera recalcar continuamente que la ley no fue dada para que la cumpliésemos, ni para que la obedeciéramos; fue dada para que lleguemos a ser testimonio viviente de Dios conforme a lo que la ley describe. La manera en que llegamos a ser este testimonio consiste en ser redimidos, aniquilados y reemplazados. Esto puede ser cumplido solamente por Cristo mediante la cruz. Si vemos esto, entonces entenderemos la razón por la cual Dios envió a Su hijo en semejanza de carne de pecado y en cuanto al pecado y condeno al pecado en la carne para cumplir el justo requisito en nosotros mientras caminamos conforme al espíritu mezclado. Esta es la manera de llegar a ser un reflejo de Dios, un testimonio de El. Si llegamos a ser este reflejo y testimonio, ciertamente se cumplirá el justo requisito de la ley en nosotros. No obstante, esto no es un asunto de obedecer a la ley ni de cumplir sus requisitos. No, es un asunto de que Cristo sea nuestro sustituto y luego caminar conforme al espíritu mezclado. Eso nos hace reflejos de Dios.

  Dios no desea hacer de nosotros observadores de la ley. La intención de Dios consiste en hacernos columnas que permanezcan en la tierra como reflejo de El, una Persona divina, santa, justa y llena de amor y luz. No se trata de guardar la ley, sino de ser un testimonio viviente de lo que Dios es como lo describe la ley.

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