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Mensaje 88

El arca del testimonio

(5)

  Lectura bíblica: Éx. 25:17-22

  En este mensaje, seguiremos viendo el significado del arca del testimonio, particularmente la cubierta propiciatoria sobre el arca, en nuestra experiencia espiritual. En el mensaje anterior, vimos que el arca con la cubierta propiciatoria rociada con la sangre redentora es un cuadro del Cristo que mora en nuestro espíritu.

ABRE EL CAMINO AL ARBOL DE LA VIDA

  El relato en 25:17-22 es breve, pero presenta un amplio trasfondo histórico. En la eternidad, Dios creó los cielos y la tierra con el hombre en el centro, para cumplir Su propósito eterno. Según Zacarías 12:1, el Señor extendió los cielos, puso el fundamento de la tierra, y formó el espíritu del hombre dentro de él. El espíritu del hombre es el órgano que recibe a Dios y que lo contiene. Puesto que la intención de Dios es impartirse a Sí mismo dentro del hombre, éste necesita un espíritu para recibir a Dios.

  Antes de que Dios se dispensara a Sí mismo dentro del espíritu humano, Satanás intervino para entrar en el hombre que Dios había creado. Cuando el hombre comió del árbol del conocimiento del bien y del mal, Satanás entró en él. En los capítulos cinco, seis y siete de Romanos, el pecado que mora se refiere a Satanás que se metió en el hombre. Romanos 5:12 dice: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron...” El árbol de la vida que estaba en el jardín indica que la intención de Dios era impartirse en el hombre para ser su vida. No obstante, Dios sabía que Su enemigo actuaría primeramente para forjarse a sí mismo dentro del hombre. Satanás como esta fuente maligna es representado por otro árbol, llamado el árbol del conocimiento del bien y del mal. Cuando el hombre comió de este árbol, él fue envenenado por Satanás. De hecho, Satanás se convirtió en la naturaleza pecaminosa del hombre caído. Puesto que el hombre había caído al comer del árbol del conocimiento, Dios cerró el camino al árbol de la vida. Génesis 3:24 declara: “Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida”.

  En el libro de Apocalipsis, se menciona también este árbol. En Apocalipsis 2:7, el Señor Jesús declara: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venza, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en el Paraíso de Dios”. Apocalipsis 22:2, 14 y 19 hablan también del árbol de la vida. El versículo 14 dice: “Bienaventurados los que lavan sus vestiduras, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad”. Todos estos versículos indican que algo ocasionó la reapertura del camino al árbol de la vida.

  ¿Quién abrió el camino? ¿Cómo se abrió el camino, y cuándo? En Hebreos 10:19-20, tenemos la respuesta a estas preguntas: “Así que, hermanos, teniendo firme confianza para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, entrada que El inauguró para nosotros como camino nuevo y vivo a través del velo, esto es, de Su carne”. El camino viviente, el camino al árbol de la vida, ha sido abierto por la sangre de Jesús. Este camino abierto se ha convertido ahora en el camino nuevo y viviente por el cual podemos entrar en el Lugar Santísimo. Por consiguiente, mediante la sangre redentora de Cristo, podemos disfrutar una vez más del árbol de la vida.

  Un maestro bíblico muy conocido ha dicho que el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal eran árboles extraños, pero que él no podía decir mucho acerca de estos árboles porque ya no existen. Según él, estos dos árboles ya no existen. Pero la Biblia enseña que el árbol de la vida existirá por la eternidad. Hace diecinueve siglos atrás, cuando el Señor escribió las epístolas a las siete iglesias, él prometió que daría de comer del árbol de la vida a los vencedores. Si este árbol ya no existiera, ¿cómo podrían los vencedores comer de él? ¿cómo podrían todos los creyentes tener acceso a él en la Nueva Jerusalén?

  Hoy en día muchos creyentes tienen religión, ética y moralidad. Pero en su experiencia, no tienen el árbol de la vida. Parece que el árbol de la vida no existe para ellos. ¡Aleluya, tenemos el árbol de la vida, y comemos de este árbol y lo disfrutamos! Alabamos al Señor por el camino nuevo y viviente para regresar al árbol de la vida por medio de la sangre redentora de Cristo. Si queremos apreciar correctamente al Cristo que vive en nosotros, debemos entender este trasfondo histórico.

DISFRUTAR A CRISTO COMO EL ARCA EN EL LUGAR SANTISIMO

  Supongamos que un día un pecador oye el evangelio, se arrepiente, confiesa sus acciones pecaminosas y cree en el Señor Jesús. Después de arrepentirse, confesar y creer, Dios se reúne con el y él con Dios. Además, Cristo entra dentro de él como Aquel que es tipificado por el arca con todos sus aspectos. Cuando Cristo murió en la cruz, El era el Cordero para la redención. Pero cuando El entra en el espíritu de un creyente, El viene no solamente como el Cordero, sino también como el arca. Hoy en día, debido a su comprensión limitada y a lo inapropiado de la predicación del evangelio, la mayoría de los cristianos entienden solamente que Cristo es el Cordero. Son muy pocos los que saben que este Cordero se ha convertido en el arca que mora en ellos con muchos aspectos maravillosos.

  Puedo testificar que disfruto ricamente a Cristo como el arca. Para mí, Cristo como testimonio de Dios es un recipiente precioso con el cuadro de Dios escondido adentro. El también tiene una cubierta con una corona. Esta corona es la parte superior de mi Cristo. En esta parte superior, la sangre redentora fue rociada. Por muchos fracasos que tenga y por muchos errores que cometa, todavía puedo disfrutar a Cristo porque permanezco en la sangre.

  Si carecemos del conocimiento apropiado, podemos hablar de estar bajo la sangre. En realidad, la Biblia no dice que los creyentes están bajo la sangre. Tenemos la sangre como nuestro fundamento y base. Del mismo modo, según la tipología del arca del testimonio con la cubierta propiciatoria, Dios no está bajo la sangre, sino que su base es la sangre. Si tenemos a Cristo como el arca, también tenemos la sangre redentora.

  Faltan palabras para describir la gloria que experimentamos cuando nos reunimos con Dios sobre Cristo como cubierta propiciatoria. Quizás no tengamos la comprensión ni las palabras, pero sentimos profundamente la paz y la comprensión y estamos experimentando algo glorioso. A menudo cuando nos reunimos con el Señor, nos arrepentimos y le decimos: “Oh Señor, perdóname. Soy tan maligno. He sido cristiano durante muchos años pero sigo siendo pecaminoso”. Pero aún al arrepentirnos y al pedir perdón al Señor, sentimos algo glorioso dentro de nosotros. Por una parte, confesamos que somos malignos, despreciables y llenos de fracasos. Por otra parte, dentro de nosotros sentimos paz y gozo. Exteriormente quizás lloremos, pero interiormente, sentimos un gran regocijo. Este sentido interior proviene de la sangre y de la gloria en medio de la cual Dios se reúne con nosotros.

  Cuando pasamos tiempo con el Señor en el Lugar Santísimo, somos infundidos por El con todo lo que El es. Un ejemplo de esto es el caso de un joven que pasa una hora conversando con un profesor famoso. Después de una hora con él, muchas cosas de esa persona se infundirán en el joven. Aún puede imitar inconscientemente la manera de hablar del profesor. ¡Cuánto más se infundirá el Señor dentro de nosotros si pasamos una hora de comunión con El!

  Debemos disfrutar a Cristo como el arca en nuestro espíritu, el cual es el Lugar Santísimo en nuestra experiencia. Cuando llegamos a Cristo, al arca en el Lugar Santísimo, nuestros ojos ven dos cosas: la sangre redentora y los querubines de gloria. Puesto que tenemos la sangre como nuestro fundamento y base, podemos reunirnos con Dios en gloria. Es imposible llegar al arca con la sangre y los querubines y no reunirse con Dios. Por experiencia, sabemos que cuando llegamos a Cristo con la comprensión de la sangre y de la gloria, sentimos que Dios está presente. Aunque no tengamos muchas palabras delante del Señor, somos infundidos con El.

VIVIR A CRISTO

  Hace poco hablamos mucho de vivir a Cristo. No obstante, si no experimentamos a Cristo como el arca que mora en nosotros y si no somos infundidos con El, no podremos vivirlo a El. Vivir a Cristo es el resultado espontáneo de ser infundido con El. Según 25:22, Dios no solamente se reúne con el hombre sobre la cubierta propiciatoria sino que habla con él “desde encima de la cubierta propiciatoria, desde los dos querubines que están sobre el arca del testimonio”. Cada vez que se reúne Dios con nosotros, El también nos habla. No podemos reunirnos con Dios sin tener Su hablar. Por consiguiente, no solamente somos infundidos por El, sino que también somos iluminados. Recibimos instrucción en cuanto a lo que debemos hacer y a dónde debemos ir. Como resultado, nuestro vivir y actividades se conforman a la revelación de Dios. Entonces no viviremos de una manera simplemente moral o ética, religiosa o devocional. Los que tienen solamente un comportamiento religioso o actividad devocional no experimentan a Cristo como el arca viviente. Esta es la razón por la cual decimos que Cristo es diferente de la religión, moralidad, ética, y de tantos buenos aspectos de la cultura. Cristo, y Cristo solamente es el arca viviente.

  Me pregunto cuánto han visto de Cristo como el arca que mora en nosotros y cuán impresionados han quedado con esto. En nuestra vida espiritual, debemos referirnos a Cristo de esta manera. Debido a la influencia de nuestra cultura, tradición, trasfondo y terminología, descuidamos este hecho. Podemos tener un poco de disfrute de Cristo como el arca, para luego regresar automáticamente a vivir según la ética, moral, religión, o devoción. También podemos intentar vivir conforme a las Escrituras, sin vivir conforme al Cristo que se ha infundido en nosotros. ¡Qué situación lamentable! Una cosa es ser ético, religioso, moral y devocional, y otra muy diferente es entrar en el Lugar Santísimo y disfrutar a Cristo como el arca viviente.

  En Colosenses 1:25, Pablo habla de completar la palabra de Dios, de completar la revelación divina. En realidad, el ministerio completador de Pablo es revelar a Cristo como el arca que mora en nosotros con todos sus aspectos.

EL ARCA COMO LA PRESENTA JUAN EN SU MINISTERIO REMENDADOR

  No obstante, ni siquiera el ministerio completador de Pablo aclaró estas cosas como lo hizo el ministerio que remienda de Juan. El ministerio que remienda se necesitaba por el daño causado a la vida de la iglesia en las últimas décadas del primer siglo. El evangelio de Juan empieza con las palabras: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (1:1). Juan 1:14 declara que este Verbo se hizo carne y fijó tabernáculo entre nosotros, lleno de gracia y de verdad, y Juan 1:29 declara: “¡He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”. Como Cordero de Dios, Cristo derramó Su sangre para nuestra redención. En Juan 17 tenemos la gloria, los querubines. El versículo 1 dice: “Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado glorifica a Tu Hijo, para que Tu Hijo te glorifique a Ti”. Según el versículo 22, el Señor oró: “La gloria que me diste, Yo les he dado, para que sean uno, así como Nosotros somos uno”. En el versículo 24, el Señor Jesús siguió orando que estaríamos con El donde El está en gloria: “Padre, en cuanto a los que me has dado, quiero que donde Yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean Mi gloria que me has dado". En su primera epístola, Juan habla de la Palabra de vida y de la comunión con el Padre y el Hijo (1 Jn. 1:1-.3). Después de eso, El declara: “Pero si andamos en luz, como El está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado” (v. 7). Todos estos versículos recalcan la vida, sangre, comunión y gloria.

  Como dijimos, el libro de Apocalipsis habla del árbol de la vida, además, al leer este libro, podemos ver la sangre redentora y también a Cristo con los querubines. Por ejemplo, Apocalipsis 1:5 afirma que Cristo nos ha liberado de nuestros pecados por Su sangre, y 5:9 declara que El nos compró para Dios con Su sangre. Según Apocalipsis 12:11, por la sangre de Cristo el Cordero, podemos vencer al enemigo, el acusador de los hermanos. En cuanto al Cristo con Su gloria, debemos considerar la visión de Cristo en Apocalipsis 1. Aquí vemos a Cristo no con una corona de espinas, sino con el resplandor de Su gloria.

  Debemos leer el evangelio de Juan, la primera epístola de Juan y Apocalipsis para ver cómo estos libros cubren cada aspecto de Cristo como el arca del testimonio. En lugar de concentrarnos en cosas como el lavamiento de los pies en Juan 13 y los cuernos en Apocalipsis 13, debemos prestar atención a las palabras vida, sangre, comunión y gloria. Por supuesto yo no niego que la Biblia mencione el lavamiento de los pies y las siete cabezas con los diez cuernos. No obstante, no presto tanta atención a estas cosas; prefiero centrarme en Cristo. Cuando estemos en la Nueva Jerusalén, estaremos totalmente ocupados con Cristo, y no con el lavamiento de los pies, las enseñanzas, ni la profecía. ¡Cuán lamentable es el hecho de que tantos cristianos prestan más atención a estas cosas que a Cristo como el arca viviente de Dios!

  Apocalipsis 22:1-2 dice: “Y me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle”. Apocalipsis 21:11 habla de la gloria de la Nueva Jerusalén “Teniendo la gloria de Dios y su resplandor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal”. Vemos en Apocalipsis 21:21 que “a uno y a otro lado del río, estaba el árbol de la vida”, y en 21:23, que la ciudad “no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lámpara”. En la Nueva Jerusalén, el Cordero-Dios está sentado en el trono y del trono fluye un río de agua viva. En ambos lados del río crece el árbol de la vida, y toda la ciudad transparente resplandece con la gloria de Dios. Si estudiamos este cuadro con una desde la perspectiva espiritual, veremos que la Nueva Jerusalén será el resultado final y consumado de la experiencia de Cristo como el arca. Incluso tendrá una gorra, una corona: Cristo resplandeciendo con la gloria de Dios.

  ¡Oh que todos recibamos esta visión celestial! Que todos veamos más allá de esta descripción. Todos debemos ver algo que va más allá de nuestra capacidad de describir correctamente. Si ésta es nuestra experiencia, entonces lo que hemos visto es genuino.

CRISTO COMO LA CUBIERTA PROPICIATORIA

  Tanto el ministerio completador de Pablo como el ministerio que remienda de Juan hablan de las cosas relacionadas con Cristo como el arca con la cubierta propiciatoria. En un mensaje anterior, vimos que en Romanos 3:25, Pablo habla acerca de Cristo: “a quien Dios ha presentado como propiciatorio por medio de la fe en Su sangre”. Dios ha establecido a Cristo Jesús como cubierta propiciatoria. Como cubierta de propiciación, Cristo es Aquel que derramó Su sangre y que resplandece con la gloria de Dios.

  La palabra griega traducida por cubierta de propiciación en Romanos 3:25 es ilastérion. Se refiere al lugar de propiciación. Por esta razón, se usa para la tapa, la cubierta del arca en Hebreos 9:5. En Exodo 25:17-22 y Levítico 16:12-16, la septuaginta usa también esta palabra para denotar la cubierta del arca. En Hebreos 2:17, Pablo usa la palabra griega iláskomai que significa apaciguar, reconciliar a una persona al satisfacer los requisitos de otra; por consiguiente, significa propiciar. Según Hebreos 2:17, el Señor Jesús hizo propiciación por nuestros pecados para reconciliarnos con Dios al satisfacer los justos requisitos de Dios para con nosotros. En 1 Juan 2:2 y 4:10, se usa la palabra griega ilásmos. Esta palabra denota algo que propicia, es decir, un sacrificio propiciatorio. En 1 Juan 2:2 y 4:10, el Señor Jesús es el sacrificio propiciatorio para nuestros pecados. Por consiguiente, dos apóstoles, el apóstol que completa y el apóstol que remienda usaron palabras griegas relacionadas con la propiciación. Ambos se preocuparon por asuntos relacionados con Cristo como el arca viviente.

  A veces los traductores han tenido dificultad con las palabras ilastérion, ilásmos, e iláskomai. Ilastérion denota el lugar de propiciación; ilásmos denota un sacrificio propiciatorio; e iláskomai significa propiciar. La propiciación es necesaria cuando una persona tiene una deuda con otra y no puede satisfacer los requisitos de la otra persona ni sus exigencias. Si se presenta una tercera persona, puede solucionar el problema entre las otras dos personas al pagar lo que la primera persona debía a la segunda, satisfaciéndola con este pago. Esto es precisamente lo que el Señor Jesús hizo al ofrecerse a Sí mismo como sacrificio propiciatorio, solucionando nuestro problema con Dios.

  Alabamos al Señor porque Cristo no es solamente Aquel que propicia y el sacrificio propiciatorio, sino también el lugar de propiciación, la cubierta propiciatoria. En la cubierta porpiciatoria Dios se puede reuinir con nosotros y hablarnos. Aquí Dios es satisfecho y nosotros estamos felices. Por consiguiente, con Cristo como cubierta propiciatoria del arca, Dios y el hombre pueden reunirse y tener comunión y recibir mutua satisfacción.

  Los dos querubines de gloria con sus rostros hacia la cubierta propiciatoria significan que la gloria de Dios ha quedado satisfecha con lo que Cristo ha hecho. La sangre propiciatoria, rociada sobre la cubierta propiciatoria (Lv. 16:14-15) satisface los requisitos de la ley de Dios bajo la cubierta y la gloria de Dios por encima de la misma y por tanto da paz a la conciencia del hombre.

  Dentro del arca, bajo la cubierta propiciatoria, se encuentra la ley con sus requisitos, que nos expone y nos condena. Además, encima de la cubierta propiciatoria se encuentra la gloria de Dios que vigila y observa todo lo que sucede. No obstante, por medio de Cristo, tanto los requisitos de la ley de Dios como los requisitos de Su gloria quedan satisfechos. Ahora podemos reunirnos con Dios en gloria sobre la cubierta propiciatoria rociada con la sangre. Por la tapa del arca con la sangre redentora rociada sobre ella toda la situación de parte del pecador está plenamente resuelta. Por tanto, sobre esta tapa como cubierta propiciatoria, Dios puede reunirse con el pueblo que quebrantó Su ley justa sin ninguna contradicción a Su justicia, en el ejercicio de Su gobierno, aun bajo la observación de los querubines, que llevan Su gloria cubriendo la tapa del arca. Puesto que la ley con sus requisitos está cubierta y la gloria de Dios queda satisfecha, El puede hablar con los pecadores, y éstos pueden estar en paz con El y recibir Su gracia. Por tanto, esta cubierta propiciatoria equivale al trono de la gracia (He. 4:16).

  Cuando miramos la sangre redentora sobre la cubierta propiciatoria, nuestra conciencia queda en paz. Sabemos que Cristo murió por nosotros y que la sangre, el emblema de Su muerte, fue rociada para satisfacer los requisitos de la justicia de Dios. En ese momento Dios puede preguntar: “¿Hijo, estás feliz?” Y podemos contestar: “Oh sí, estoy muy feliz, Padre”. Entonces el Padre puede decir: “Estoy mucho más contento que tú. Abracémonos y disfrutemos de una comunión íntima”. Esta es la experiencia del disfrute de Cristo como la cubierta propiciatoria del arca del testimonio.

  Esta visión de Cristo como el arca con la cubierta propiciatoria es maravillosa e inagotable. Espero que después de oír esto, apreciará más al Cristo que vive en usted. El Cristo que mora en nosotros no es simplemente el Cordero. El es el arca con la corona. Es el Cristo todo-inclusivo que vive en nosotros, que disfrutamos y experimentamos continuamente. Ya que tenemos este Cristo, nada nos debe molestar. La justicia de Dios no nos condena. Por el contrario, Su gloria nos justifica, y Dios mismo está contento, sabiendo que todo entre nosotros y El queda en armonía y que podemos disfrutar libremente de una comunión de mutua satisfacción.

  El resultado de esta comunión íntima con Dios sobre Cristo como el arca en el Lugar Santísimo es que somos infundidos con El. Cuando tenemos contacto con Dios de esta manera y somos infundidos con El, somos diferentes de lo que éramos antes. Finalmente, cuando entramos en el Lugar Santísimo y somos infundidos continuamente, somos transformados y llegaremos a ser transparentes. El resultado final será la Nueva Jerusalén. Esta es la experiencia de Cristo como el arca del testimonio.

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