En la historia de los estudios teológicos sobre la Trinidad Divina se han utilizado tres términos: esencia, hipóstasis y sustancia. Es necesario aclarar el significado de estas tres palabras, las cuales ya mencionamos en relación con la Trinidad Divina.
Podemos comprender el significado que la palabra esencia tiene en el estudio de la Trinidad Divina al definir otras dos palabras relacionadas con este término, que son: elemento y naturaleza. Un elemento es una sustancia. En la Nueva Jerusalén hay tres elementos: el oro, las perlas y las piedras preciosas. Por tanto, en la edificación de la Nueva Jerusalén se usan tres sustancias o elementos. Todo elemento posee su propia naturaleza, y en la naturaleza propia de un elemento se halla la esencia. En consecuencia, la esencia denota la cosa en sí misma. Ahora podemos percatarnos de que existe una diferencia significativa entre estas dos palabras: esencia y sustancia; no es posible referirnos a la sustancia de la esencia, pero sí a la esencia de la sustancia. Así pues, toda sustancia, todo elemento sustancial, posee su propia esencia.
En la Biblia se nos revela claramente que Dios es el Dios eterno. El Dios eterno tiene Su propia existencia, y tal existencia deberá poseer su respectiva esencia. Despojada de tal esencia, no habría tal existencia. Todo aquello que existe posee esencia, así que la esencia se refiere mayormente a la existencia misma de Dios. Nuestro Dios es el Dios eterno, que existe desde la eternidad y hasta la eternidad. Su existencia nos indica que Él posee esencia, a la cual llamamos la esencia divina.
Otra palabra que se ha usado en relación con la Trinidad es hipóstasis. Esta palabra procede del griego y se compone de dos términos: hypo, que significa “debajo de”, y stasis, que significa “soporte sustancial”. Por tanto, esta palabra se refiere al soporte sustancial y subyacente. Es como las cuatro patas de una mesa, que proveen el soporte sustancial debajo de la mesa. Así pues, la acepción más sencilla de la palabra hipóstasis es soporte sustancial. El Padre, el Hijo y el Espíritu son las tres hipóstasis o sustancias de la Trinidad Divina, de la Deidad.
Sin embargo, gradualmente, al utilizar esta palabra se le ha atribuido el significado de “persona”. Este entendimiento se aleja mucho de lo correcto y acarrea muchos problemas. Afirmar que el Padre, el Hijo y el Espíritu son tres hipóstasis es correcto, pero afirmar categóricamente que el Padre, el Hijo y el Espíritu son tres personas es ir demasiado lejos. Griffith Thomas ya había indicado que si bien, debido a lo inadecuado del lenguaje humano, podíamos tomar prestada una palabra como “persona”, el problema residía en que si abusamos de dicho término, ello habría de llevarnos al triteísmo. Incluso al usar la palabra hipóstasis no estamos exentos de riesgo, pues siempre que tenemos que valernos de cualquier término, de cualquier vocablo o de cualquier ilustración para definir la Trinidad Divina, se corre un riesgo. La Trinidad Divina es misteriosa en gran manera. Nuestra mentalidad finita no puede entender cabalmente la Trinidad Divina. Tampoco poseemos el vocabulario adecuado para describir a Dios, pues en nuestra cultura humana no hay nada tan misterioso como la Trinidad Divina. Debido a que no poseemos tal realidad en dicho ámbito, no solamente carecemos del vocabulario correspondiente sino que incluso carecemos de la lógica según la cual podamos entender la Trinidad Divina.
En la historia del estudio de la Trinidad Divina, primero se usó la palabra hipóstasis y después la palabra sustancia. En el campo de los estudios teológicos, hipóstasis y sustancia son sinónimos. Después, se empezó a usar el término esencia. Toda sustancia posee una esencia. En el estudio de la Trinidad Divina se hizo la siguiente aseveración crucial: el Dios Triuno posee tres sustancias, pero una sola esencia. Esta aseveración es mucho más precisa y segura. El Dios Triuno es esencialmente uno, pero sustancialmente tres. El Dios Triuno es uno en cuanto a Su esencia, pero es tres en cuanto a Su sustancia. Afirmar que Dios tiene tres esencias es erróneo, pero afirmar que Dios tiene tres sustancias es correcto. Las tres sustancias equivalen a las tres hipóstasis y, según algunos, las tres hipóstasis equivalen a tres “personas”. Por tanto, en relación con Su sustancia, Dios es tres, mientras que en relación con Su esencia, Dios es uno. Éste es el aspecto esencial de la Trinidad. En relación con Su esencia, el Padre, el Hijo y el Espíritu son uno; pero en relación con Su sustancia (persona), ellos son tres. En realidad, la palabra “personas” no nos parece la más adecuada. Es preferible utilizar el término hipóstasis. Espero que esta breve comunión les haya provisto a ustedes un mapa simplificado a fin de que entiendan las palabras elemento, naturaleza, esencia, sustancia, hipóstasis y persona.
Además, Dios actúa en función de Su propósito. Efesios 1 nos revela el beneplácito de Dios, el deseo de Su corazón (vs. 5, 9). Dios se propuso realizar algo en conformidad con Su beneplácito, que es el deseo de Su corazón. Él es el Dios viviente que actúa con un determinado propósito. Puesto que Él tiene un propósito, ello demuestra que Él ciertamente debe tener un deseo. Él desea algo y se ha propuesto realizar algo, por lo cual hizo un plan. Es necesario que este plan sea llevado a cabo, para lo cual es necesario realizar muchas obras. Así pues, Dios hizo un plan con ciertas provisiones, cuyo fin es llevar a cabo Su propósito en conformidad con Su beneplácito. Este plan, este arreglo o provisión, es la economía de Dios, Su oikonomía, Su provisión doméstica, Su administración familiar.
En la economía de Dios podemos distinguir tres pasos, o tres etapas. El primer paso lo dio el Padre, el segundo lo dio el Hijo y el tercero lo dio el Espíritu. En cada paso de esta economía que se realiza en sucesión, hay algunas obras que tienen que ser llevadas a cabo.
En el primer paso, había la necesidad de conocimiento anticipado, de presciencia. En segundo lugar, Dios debía seleccionar a ciertas personas en conformidad con Su presciencia. Y en tercer lugar, Él debía predestinar o marcar de antemano a Sus elegidos. Esto es conforme a la revelación del Nuevo Testamento. En el primer paso de la economía de Dios, las obras fueron realizadas en la eternidad pasada por el Padre. Sin embargo, esto no quiere decir que el Hijo no estuviera presente ni que el Espíritu estuviera ausente cuando el Padre llevó a cabo estas tres cosas. Si dijéramos esto daríamos cabida a que se ponga en duda tanto el aspecto esencial de la Trinidad como la esencia única de la Trinidad. En otras palabras, pondríamos en duda la existencia del Dios Triuno. Esta clase de interpretación conduce al modalismo, pues el modalismo afirma que el Padre, el Hijo y el Espíritu existen de manera sucesiva; es decir, que ellos existen en sucesión. De ser así, cuando el Padre estaba presente, no había Hijo ni Espíritu; cuando el Hijo vino, el Padre dejó de ser y el Espíritu todavía no era; y cuando el Espíritu vino, tanto el Padre como el Hijo habían dejado de existir. En esto consiste la herejía que se conoce como modalismo. En realidad, cuando el Padre actuaba al ejercer Su presciencia para elegir a los Suyos y para marcar de antemano a Sus elegidos predestinándolos para filiación, el Hijo estaba con Él y el Espíritu estaba con Él. Él hizo todo ello en el Hijo y con el Espíritu.
Después de este primer paso de Su economía, Dios vino primero para crear, segundo para encarnarse, tercero para llevar una vida humana en la tierra, cuarto para morir una muerte todo-inclusiva en la cruz, quinto para entrar en resurrección y, finalmente, para entrar en ascensión, ser exaltado. Éstas son las seis obras principales que se llevaron a cabo al darse el segundo paso en la economía de Dios, y todas estas obras fueron realizadas por el Hijo con el Padre y por el Espíritu. En la Biblia dice que: “Todas las cosas por medio de Él llegaron a existir, y sin Él nada de cuanto existe ha llegado a la existencia” (Jn. 1:3). La obra de creación fue realizada por el Hijo con miras a que Dios se hiciera carne en Él.
El hecho de que Dios llevara una vida humana y perteneciera al linaje humano en esta tierra como miembro de una familia humilde ciertamente representa una obra muy particular. Esto no parece ser una obra importante, pero, en realidad, no hay adjetivo humano capaz de describir esta obra. Rara vez los cristianos han reflexionado al respecto. No consideramos que sea una gran obra la vida que Dios llevó aquí en la tierra en la persona de Jesús el hombre durante treinta y tres años y medio. Cuando las personas enseñan sobre Cristo, en su mayoría no enfatizan este aspecto. Ellas recalcan Su obra de creación, Su encarnación, Su crucifixión, Su resurrección y Su ascensión, pero pasan por alto Su vivir humano. Sin embargo, tenemos que darnos cuenta de que entre estas seis obras, Su vivir humano fue lo que le tomó más tiempo. El Señor no dedicó treinta y tres años y medio a la creación del universo. Asimismo, requirió de apenas nueve meses para hacerse carne, solamente seis horas para sufrir en la cruz una muerte todo-inclusiva y probablemente requirió menos de treinta y seis horas para efectuar Su resurrección. Además, Su obra de exaltación posiblemente requirió apenas unos cuantos minutos. Sin embargo, Él dedicó treinta y tres años y medio a llevar a cabo Su vivir humano. ¡Esto es maravilloso!
La mayor parte de la revelación contenida en los cuatro Evangelios consiste en el vivir humano de Jesús. Su concepción, Su nacimiento, Su muerte, Su resurrección y Su ascensión conforman los dos extremos de esta revelación, mientras que la parte principal está constituida por Su vivir humano. Por ejemplo, en el libro de Mateo, el primer capítulo trata sobre la concepción y el nacimiento del Señor, y los capítulos 27 y 28 tratan sobre Su muerte y resurrección. Por tanto, veinticinco capítulos del Evangelio de Mateo tratan sobre el vivir humano del Señor. El grueso de la revelación contenida en los cuatro Evangelios trata sobre el vivir humano de nuestro Salvador.
Espero que ninguno de nosotros, especialmente los más jóvenes entre nosotros, vayan a pensar que ya hemos agotado el estudio del Nuevo Testamento. Quisiera contar con diez años más para realizar un Estudio-vida del Nuevo Testamento. Muchos de los cristianos de hoy apenas recogen “la rebusca” del fértil campo de la revelación divina y con ello se sienten orgullosos de sí mismos. Ciertamente esta situación denota una gran deficiencia. Incluso lo que la mayoría de nosotros ha captado de la revelación divina contenida en la Palabra santa podría también considerarse apenas “la rebusca” a los ojos del Señor. Quizás todavía no hayamos entrado a cosechar lo contenido en la revelación del Señor. Es sólo comparativamente hablando que nuestro Estudio-vida de la Biblia puede ser considerado como el mejor que hay.
Ahora podemos percatarnos de la magnitud de esta gran obra, de esta obra muy detallada y paciente, realizada por Aquel que dedicó treinta y tres años y medio a realizar la labor silenciosa que representa Su vivir humano. Esta obra fue realizada en su integridad por el Hijo. Sin embargo, debo reiterar que esto no quiere decir que cuando el Hijo realizaba esta obra, el Padre hubiera estado ausente y que, después, el Espíritu vendría a reemplazarlo. Entender así las cosas es caer en el modalismo. Por el contrario, el Nuevo Testamento nos dice que todo cuanto el Hijo hizo, lo hizo con el Padre y por el Espíritu. El Hijo fue enviado por el Padre e, incluso, nos fue dado por el Padre, pero cuando Él vino, vino con el Padre. Él no solamente vino con el Padre, sino que también vino en el nombre del Padre. Esto quiere decir que Él vino como el Padre. Si yo asisto a una reunión en nombre de otra persona, ello quiere decir que asisto como tal persona. Si voy al banco a retirar dinero en nombre de otra persona, voy allí como aquella persona. El banco no me llamará por mi nombre, sino por el nombre de la otra persona. Del mismo modo, el Hijo vino con el Padre y en el nombre del Padre.
El Hijo vino mediante la concepción divina, la cual fue realizada por el Espíritu, del Espíritu y con el Espíritu. La concepción divina de Jesús fue realizada por el Espíritu Santo, procedió del Espíritu Santo y se llevó a cabo con el Espíritu Santo. El Espíritu Santo era la esencia misma de la concepción de Jesús. La esencia humana de Jesús procedió de la virgen María y Su esencia divina procedió del Espíritu Santo. Su concepción representó la mezcla de la esencia divina con la esencia humana, y esta mezcla produjo un Dios-hombre. Éste era un hombre producto de dos esencias y dos naturalezas distintas: la divina y la humana. Él vino con el Padre y vino por el Espíritu. Él realizó esta obra con el Padre y por el Espíritu. Cuando Él fue bautizado en agua, fue bautizado con el Padre y por el Espíritu. Cuando Él fue juzgado y crucificado, Él fue juzgado y crucificado con el Padre y por el Espíritu. Si no vemos esto, damos cabida a que se ponga en duda la existencia de la Trinidad. Las obras hechas por el Hijo fueron realizadas con el Padre y por el Espíritu.
Hemos visto que Jesús fue concebido del Espíritu y que el Espíritu era una de las dos esencias de Jesús. Después de Su bautismo, Jesús estaba de pie en medio de las aguas del bautismo con la esencia del Espíritu Santo y, sin duda, con el Padre; no obstante, el Espíritu descendió como paloma y se posó sobre Él, y el Padre habló desde los cielos con respecto a Él. Esto nos muestra el aspecto económico de la Trinidad, lo cual tiene como fin llevar a cabo la economía de Dios. Bajo este mismo principio, cuando Jesús fue crucificado y colgado del madero, Dios lo abandonó (Mt. 27:46). Ciertamente esto no quiere decir que Dios lo hubiese abandonado en relación con Su esencia, sino que Dios lo dejó en relación con Su economía.
En la economía de Dios podemos distinguir estos tres pasos, y cada uno de ellos implica cierta cantidad de obras. Ya abarcamos dos de esos pasos y ahora hablaremos sobre el tercer paso, a saber, el paso que corresponde a la aplicación realizada por el Espíritu. En este paso se realiza una gran cantidad de obras. Después de realizadas las obras que corresponden al segundo paso, el Hijo fue hecho el Espíritu vivificante. En realidad, el Espíritu vivificante es el resultado de las obras realizadas por el Hijo en el segundo paso. Él dio consumación a la encarnación, a Su vivir humano, a Su muerte todo-inclusiva, a Su resurrección y a Su ascensión. En resurrección, Él fue hecho el Espíritu vivificante, y este Espíritu vivificante es el resultado de la encarnación del Hijo, de Su vivir humano, de Su muerte y de Su resurrección. Esto no quiere decir que el Espíritu vivificante sea un Espíritu separado del Espíritu Santo. Sin embargo, esto significa que la muerte y resurrección del Hijo hizo que todo cuanto Él realizó en el segundo paso llegue a formar parte de la constitución intrínseca del Espíritu. Por tanto, antes de la muerte del Hijo “aún no había el Espíritu” (Jn. 7:39), pero después de Su resurrección, el Espíritu fue producido con todos los constituyentes de la divinidad, la humanidad, el vivir humano, Su muerte todo-inclusiva y Su excelente resurrección. El tercer paso, el que corresponde a la aplicación realizada por el Espíritu, no consiste en que el Espíritu opera juntamente con el Hijo, sino en que el Hijo opera como el Espíritu y con el Padre.
Según la totalidad de la revelación contenida en los sesenta y seis libros de la Biblia, la Trinidad de la Deidad tiene como propósito la impartición de Dios. El deseo de Dios y Su determinación es impartirse a Sí mismo en Su pueblo escogido para ser su vida, su suministro de vida y su todo. Para realizar esto, es decir, para realizar tal impartición, es necesario que Él sea triuno. Si no existiera Su Trinidad, Él no podría llevar a cabo Su impartición divina. Por tanto, Su Trinidad definitivamente tiene como propósito llevar a cabo la impartición divina. El primer versículo en el que claramente se hace alusión a la Trinidad Divina es Génesis 1:26. Cuando Dios iba a crear al hombre, debió haber habido un concilio en la Deidad (tal como el concilio al que se hace alusión en Hechos 2:23, véase la nota 1 de este versículo en la Versión Recobro). En aquella conferencia, Ellos conversaron así: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”. Ciertamente esto se asemeja a la conversación sostenida por los participantes de un concilio. Al crear los cielos y la tierra tal concilio, tal deliberación, no fue necesaria. Dicha conversación implica un sujeto tácito: “nosotros”; éste es el “nosotros” de la Trinidad Divina: el Padre, el Hijo y el Espíritu. La primera mención que se hizo de la Trinidad Divina se refiere al impartir divino. Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza a fin de posibilitar la obra venidera, la cual consistiría en impartirse Él mismo al hombre.
Una vez que la obra correspondiente al primer y segundo paso de Su economía fue realizada, el Señor retornó a Sus discípulos y les encargó ir y hacer discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt. 28:19). Todo esto definitivamente tenía como propósito la impartición divina, pues para entonces la propia Trinidad Divina había completado plenamente Su proceso. Juan 7:39 dice que el último elemento de la Trinidad Divina todavía no era, todavía no estaba completo. Después de la muerte y resurrección del Señor, sin embargo, la Trinidad Divina estaba plenamente completa y lista para que el pueblo escogido por Dios fuese bautizado en dicha Trinidad con miras al impartir divino. En su estudio expositivo de palabras, Vincent nos dice que el bautismo al que se hace referencia en Mateo 28:19 lleva a las personas a una unión espiritual y mística con el Dios Triuno. Posteriormente, yo me referí a esta unión como una unión orgánica. Así pues, el bautismo introduce a las personas en el propio Dios Triuno, en una unión espiritual con el Dios Triuno, todo lo cual se halla implícito en la preposición en. Ésta es, pues, una unión orgánica, cuya finalidad es la impartición divina.
Siempre que nos encontramos con cualquier versículo o expresión referida a la Trinidad Divina, tenemos que ser impresionados con la impartición de la Trinidad Divina. Efesios 2:18 dice: “Porque por medio de Él los unos y los otros tenemos acceso en un mismo Espíritu al Padre”. En este versículo la Trinidad Divina es mencionada con relación a la impartición divina. Así también, en Efesios 3:14-17 Pablo nos dice que él doblaba sus rodillas ante el Padre para que seamos fortalecidos con poder en el hombre interior por Su Espíritu a fin de que Cristo haga Su hogar en nuestros corazones. Nuevamente, esto hace referencia a la Trinidad Divina con miras a la impartición divina. En 2 Corintios 13:14 dice: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros”. Una vez más, en este versículo podemos ver a la Trinidad Divina con relación a la impartición divina.
Ya vimos que la Trinidad Divina es el principal atributo divino de nuestro Dios. En el pasado, al estudiar teológicamente la persona de Dios, se acuñó el término triuno. Triuno es un adjetivo de la misma manera en que santo es un adjetivo. Así pues, el Dios Triuno manifiesta un atributo, el cual es la trinidad. Así como lo santo produce santidad, lo triuno produce trinidad. La santidad es un atributo de Dios, y la trinidad es también un atributo de Dios. En 2 Corintios 13:14 la gracia, el amor y la comunión son atributos del Dios Triuno, pero el principal atributo de nuestro Dios es la trinidad. Afirmar que Él se imparte a nuestro ser es hablar en términos todavía muy generales; en términos más específicos, tenemos que comprender que Él imparte Su Trinidad, pues Su Trinidad es el atributo más importante y todo-inclusivo en el cual se incluyen Su amor, Su gracia, Su comunión, Su santidad y todo lo que Él es.
Si Dios no fuese triuno —Padre, Hijo y Espíritu—, no habría manera de que Él se imparta a nosotros. Muchas obras han sido realizadas en la economía de Dios, la cual consiste en tres pasos, y esta economía es la economía del mismo Dios que, en Su esencia, es uno solo. Él ha realizado muchas obras. El Padre, ejercitando Su presciencia, nos eligió y predestinó en el Hijo y con el Espíritu. Como el Hijo, el Dios Triuno realizó muchas obras en Su obra de creación, Su encarnación, Su vivir humano, Su crucifixión, Su resurrección y Su ascensión. Ahora, Él realiza una obra mucho más detallada y minuciosa como el Espíritu al llevar a cabo la regeneración, la santificación, la transformación, la conformación y la glorificación. Además, Él vive en nosotros y, como el Espíritu, nos guía en muchas, muchas cosas.
Es siempre seguro utilizar un término tan general y amplio como: Dios. Dios nos eligió, Dios nos predestinó, Dios nos creó, Dios se hizo carne, Dios efectuó la redención y nos redimió, Dios nos regeneró, Dios nos santificó y Dios lo hace todo en nosotros, por medio de nosotros y para nosotros. Dios es el título divino y todo-inclusivo. Siempre estaremos en lo correcto al usar tal título, un título divino y todo-inclusivo. Para usar títulos divinos tales como el Padre, el Hijo y el Espíritu, debemos tener mucho cuidado.
No hay nada errado en decir que fue Dios quien nos conoció de antemano, nos eligió, nos predestinó y creó el mundo. Dios también se hizo carne y efectuó la redención. Él nos regeneró y ahora nos santifica y dirige. Sin embargo, no podríamos decir que el Hijo nos eligió y que el Espíritu nos predestinó; tampoco podríamos decir que el Padre se hizo carne, murió en la cruz por nuestros pecados, resucitó y ascendió. Hechos 20:28 dice que Dios ganó la iglesia por Su propia sangre. Podemos afirmar, de un modo general, que Dios compró y redimió la iglesia; pero no podríamos decir que el Padre nos compró. La Biblia no habla de la iglesia del Padre ni de la iglesia del Espíritu, sino de la iglesia de Cristo y de la iglesia de Dios. Sin embargo, es el Padre quien nos regeneró, pues la función que Él cumple es la de engendrar. Podríamos decir que el Hijo nos regeneró como el Espíritu, pero no podemos decir que el Espíritu nos redimió. Tampoco podemos decir que el Espíritu creó al mundo. Ni tampoco podríamos declarar que el Espíritu nos eligió. Ahora, tenemos que preguntarnos: ¿quién redime nuestro cuerpo? Filipenses 3:21 nos da a entender que el Señor Jesucristo, el Hijo, nos transfigurará.
Esta comunión deberá ayudarles a comprender cómo usar, entender y aplicar muchos versículos en la Biblia, especialmente en el Nuevo Testamento, que tratan sobre la Trinidad Divina, pues la Biblia en su conjunto está construida con la Trinidad Divina. Éste es un tema muy importante. Creo que si somos fieles a Él en los años venideros, recibiremos más luz con respecto a este tema. Espero que nuestra comunión en este capítulo nos ayudará a entender y experimentar la Trinidad Divina más fácilmente.
Hasta ahora hemos abarcado apenas una pequeña parte de la verdad contenida en la Biblia. Hasta cierto punto, hemos hecho que las personas desperdicien tiempo valioso y hemos detenido su progreso, todo ello debido a que no poseíamos un conocimiento adecuado de la verdad. Año tras año les presentábamos prácticamente las mismas cosas a las personas. Tenemos que darnos cuenta de que el problema fundamental es el de no poseer un conocimiento adecuado de la verdad básica. Debido a que carecemos del conocimiento adecuado de la verdad, estamos bajo la influencia de “las buenas cosas”. El conocimiento adecuado de la verdad es una salvaguardia para nosotros. A lo largo de la historia de la iglesia, la cristiandad ha venido adquiriendo muchos conceptos que no concuerdan con la verdad de la revelación divina. Pero una vez que se empezó a adquirir el conocimiento adecuado de la verdad, muchos de esos conceptos erróneos fueron abandonados y “echados en el basurero”. Antes que surgiera Martín Lutero, la Iglesia Católica ya había hecho suya una gran cantidad de “impurezas” consistentes en prácticas paganas y doctrinas que no eran bíblicas. Fue entonces que surgió Lutero a fin de proclamar una verdad fundamental: la justificación por la fe. Esta verdad hizo que muchas impurezas fuesen eliminadas. La Iglesia Católica se había contaminado debido a que carecía del conocimiento de la verdad. Si descubro alguna impureza, es mi responsabilidad eliminarla valiéndome de la verdad. Muchos de nosotros carecemos del debido conocimiento respecto al recobro del Señor, lo cual significa que nos hace falta tal protección y salvaguardia. Es imprescindible que eliminemos toda “impureza”, no mediante nuestros esfuerzos humanos, sino al presentar la verdad. Cuando los santos ven la verdad, ellos saben dónde están y saben en qué consiste el recobro del Señor.