Lectura bíblica: Pr. 20:27; 1 P. 3:4; Ef. 3:16; Esd. 1:1, 5; Ro. 12:11; Hch. 18:25; Ef. 6:18; Jn. 4:24; Lc. 1:46-47; 1 Co. 14:32; 2:11a; Mr. 2:8a; Hch. 19:21a; 1 Co. 5:3-5a; Ap. 1:10
Ya que hemos visto algo con respecto al espíritu humano, tenemos que seguir adelante para ver lo que es el ejercicio de nuestro espíritu.
Proverbios 20:27 dice que nuestro espíritu es lámpara de Jehová, que escudriña lo más profundo del ser. Esto indica que en el hombre hay algo de Dios, y ese algo es el espíritu humano cuyo fin es ser lámpara de Dios. Sabemos que en la lámpara se halla la luz, por tanto el significado implícito de este pasaje es muy importante. Dentro del hombre hay una lámpara, pero la lámpara tiene necesidad de luz; esa luz es Dios. Lo que el hombre tiene es una lámpara vacía. Dicha lámpara necesita luz para poder brillar. Esto muestra que Dios como luz tiene algo en el hombre, el vaso que puede contenerle y expresarle, del mismo modo que la lámpara contiene la luz y la expresa.
El segundo punto que tenemos que recalcar es que la lámpara de Dios, la cual es nuestro espíritu, escudriña lo más profundo del ser. Sin duda, esto significa que nos examina internamente, y no se trata de una reprensión ni instrucción externa. Debemos ayudar a los santos a comprender cuán importante es el espíritu humano. Podemos usar Proverbios 20:27 para explicar claramente a los santos que el espíritu del hombre es muy parecido a Dios y que es algo de Dios en el hombre. Éste es un punto muy decisivo. El espíritu humano es el recipiente que puede contener a Dios y expresarle. Toda lámpara tiene estos dos propósitos: contener la luz y expresarla. Sólo cuando hace esto, ejerce su debida función, que consiste en iluminar, resplandecer y escudriñar.
En 1 Pedro 3:4 se revela que nuestro espíritu es el hombre interior escondido en nuestro corazón. El hombre escondido es un espíritu manso y sosegado. Cuando nuestro espíritu es manso y sosegado, está escondido. En 1 Pedro 3:4 se indica que cada parte de nuestro ser puede ser considerada como un hombre. Nuestro cuerpo físico es nuestro hombre exterior, nuestra alma es nuestro hombre expresado o manifestado, y nuestro espíritu es nuestro hombre escondido.
Según 1 Pedro 3, la parte más hermosa de nuestro ser y el adorno más hermoso a los ojos de Dios es un espíritu manso y sosegado. Éste es el hombre escondido de nuestro corazón, lo cual muestra que nuestro espíritu es la parte más profunda de nuestro ser. Por lo tanto, si deseamos ser hermosos a los ojos de Dios, debemos ser hermosos en lo profundo de nuestro ser, y no necesariamente por fuera o físicamente. Debemos ser hermosos interiormente, en el hombre escondido. Este hombre está escondido a los ojos de los hombres, pero no a los ojos de Dios, porque tal hombre escondido, o sea, un espíritu manso y sosegado, es hermoso a los ojos de Él.
Debemos mostrar que 1 Pedro 3:4, por un lado, afirma que nuestro hombre interior está escondido, pero, por otro, está a la vista de Dios. Esto indica que este espíritu manso y sosegado está escondido para los ojos humanos, pero no lo está para Dios, quien lo ve. Por tanto, ésta es la verdadera belleza que una persona piadosa, que vive para Dios, debe tener.
Debemos ayudar a los santos a comprender que el espíritu humano es lámpara de Dios y que sirve a Dios con un propósito. Además, a los ojos de Dios este espíritu es un hombre hermoso y escondido. También, cuando nuestro espíritu es regenerado, llega a ser el hombre interior (Ef. 3:16). El sentido de la palabra interior es más significativo que el de la palabra escondido. El hombre escondido no se manifiesta, pero el hombre interior puede ser activo y dinámico. Según Efesios 3, el hombre interior debe ser muy activo y dinámico para poder expresar al Señor en su vivir. Cuando el hombre interior es fortalecido, Cristo puede hacer Su hogar en nuestros corazones. Esto indica que el hombre interior no sólo está escondido, no sólo es manso y sosegado, sino que está vivo y es activo y dinámico, por lo que Cristo puede usarlo para Sí mismo y hacer Su hogar en nuestros corazones.
Según la Biblia, creo que los tres puntos que acabamos de mencionar son la descripción básica de lo que es el espíritu. Nuestro espíritu es lámpara del Señor; es un hombre hermoso y escondido a los ojos de Dios; y es el hombre interior, el cual está vivo, activo y es dinámico, de modo que el Señor pueda cumplir Su propósito. Estos tres puntos nos enseñan lo que es nuestro espíritu.
Partiendo de este punto, veamos lo que debe hacer nuestro espíritu. Esdras 1:1 dice que el Señor despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia. Luego, el versículo 5 dice que Dios despertó el espíritu de un remanente de israelitas para que fueran a edificar Su casa en Jerusalén. Nuestro espíritu necesita ser despertado para que se ocupe de los intereses de Dios (cfr. Éx. 35:21). No debemos esperar que otros despierten nuestro espíritu, sino que debemos despertar nuestro espíritu al ejercitarlo (cfr. 2 Ti. 1:6-7). Por un lado, el Señor es Aquel que despierta nuestro espíritu, pero nosotros no debemos quedarnos pasivos. Nosotros, por nuestra propia cuenta, tenemos que cooperar con el Señor con miras a despertar nuestro espíritu.
Nuestro espíritu debe ser ferviente. Romanos 12:11 nos exhorta a ser fervientes en espíritu, y Hechos 18:25 dice que Apolos era ardiente, ferviente, en espíritu.
Orar es la manera de ejercitar nuestro espíritu, pero muchos cristianos oran sin hacer uso de su espíritu; oran usando solamente la boca, la mente y sus emociones. No se valen de su espíritu cuando oran. Si una persona le pide a otra que le haga un favor, sólo debe expresar su deseo con la boca, según se lo dicta su mente y sus emociones, y no necesita ejercitar su espíritu. Muchos cristianos hoy en día oran al Señor exactamente de la misma manera; no usan su espíritu.
En el pasado orábamos mucho, mas sin ejercitar nuestro espíritu, pero Efesios 6:18 dice que debemos orar en todo tiempo en nuestro espíritu. Debemos usar nuestro espíritu como la facultad de oración. No podemos oír sonidos usando los ojos, ni percibir olores con los oídos. Debemos usar la facultad apropiada para oír y para oler respectivamente. De la misma manera, debemos orar ejercitando nuestro espíritu, pues éste es la facultad apropiada para hacerlo. La facultad con la que oramos no es la mente ni la parte emotiva, sino nuestro espíritu. Cuanto más recalquemos esto, mejor. Muchos santos y muchos jóvenes entre nosotros deben aprender a usar su espíritu en oración.
Un buen ejemplo de cómo usar el espíritu es el caso de una persona que pierde la paciencia. Cuando se enoja y grita, no está usando su mente. En ese momento aflora su verdadera persona, o sea, su espíritu. Si no gritamos desde nuestro espíritu, esa acción es una falsedad. Un verdadero grito, proviene de nuestro espíritu. Usamos este ejemplo por el lado negativo, porque cuando uno se enoja, su espíritu brota con crueldad y aspereza. Pero, como principio general, debemos aprender a usar así nuestro espíritu en oración. Cuando oremos, debemos orar en el espíritu, usando nuestro espíritu para decir algo al Señor. Nuestro espíritu, donde mora el Espíritu Santo, debe ser la facultad de nuestra oración.
Según Juan 4:24, nuestro espíritu debe ser el medio de nuestra adoración. Debemos adorar a Dios el Espíritu en nuestro espíritu y con nuestro espíritu. Muchos santos se reúnen con el simple fin de juntarse con otros, pero no para adorar. Es posible estar formalmente en una reunión sin rendir al Señor la adoración verdadera que Él desea. Adorar es ejercitar el espíritu. La adoración comienza en el momento en que empezamos a ejercitar nuestro espíritu. Podríamos pensar que la adoración comienza cuando alguien pide un himno o cuando alguien empieza a orar, pero en realidad nuestra adoración comienza cuando nuestro espíritu se activa y empieza a ejercitarse.
En otras palabras, en una reunión podemos cantar muchos himnos, sin adorar a Dios. Es posible que leamos muchos versículos de la Biblia sin rendir a Dios ninguna adoración. Incluso podemos orar sin adoración alguna. En muchos presuntos servicios cristianos, ellos cantan, leen la Biblia, oyen un sermón y reciben bendiciones, todo ello sin el ejercicio del espíritu. Allí no hay adoración porque nadie ejercita su espíritu.
Nuestras reuniones deben estar llenas del ejercicio del espíritu. Cuando nos reunimos, antes de cantar, orar, leer, o iniciar cualquier actividad, todos debemos ejercitar nuestro espíritu. Es necesario que en todas nuestras reuniones prevalezca un espíritu de adoración. Muchas veces los ancianos ejercitan su espíritu para comenzar la reunión. Luego, ellos despiertan el espíritu de otros. Eso no es lo más recomendable. Todos los santos deben ejercitar su espíritu. Debemos ayudar a los santos a comprender que necesitamos ejercitar el espíritu para adorar. Nuestro espíritu debe adorar a Dios directamente por encima de los cantos, la lectura y oraciones elaboradas.
Es necesario que nuestro espíritu tome la delantera en disfrutar al Señor. Esto se ve claramente en Lucas 1:46-47. En estos versículos María dijo: “Mi alma magnifica al Señor; y mi espíritu ha exultado en Dios mi Salvador”. Estos dos versículos describen el disfrute que se tiene del Señor, en el cual nuestro espíritu debe tomar la delantera. Primero, el espíritu de María exultó en Dios, y luego su alma magnificó al Señor. Su alabanza a Dios provenía de su espíritu y fue expresada mediante su alma. Pero hoy en día nosotros, por lo general, usamos primero nuestra alma. Debemos aprender a usar directamente nuestro espíritu y permitir que el alma siga al espíritu. Nuestro espíritu debe tomar la delantera con determinación para que disfrutemos al Señor. Nuestro espíritu debe subyugar a nuestra alma y hacer que ésta lo siga.
En 1 Corintios 14:32 se nos dice: “Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas”. En nuestro ministerio espiritual, nuestro espíritu tiene que tomar la iniciativa. Si nuestro espíritu está pasivo, esto significa que está dormido. En toda ocasión nuestro espíritu debe tomar la iniciativa para ministrar.
No podemos depender de nuestra mente para conocer las cosas del hombre. Para conocer al hombre necesitamos nuestro espíritu. En 1 Corintios 2:11a se nos dice que sólo el espíritu del hombre conoce las cosas del hombre. Si no sabemos cómo ejercitar el espíritu, no podremos conocer a las personas. Para conocer a las personas, necesitamos ejercitar nuestro espíritu. Una persona puede venir a nosotros y contarnos algo, pero si solamente la entendemos con nuestra mente según lo que sus palabras nos dicen, seremos engañados. Tenemos que ejercitar nuestro espíritu para conocer el espíritu de la otra persona y el motivo que yace detrás de sus palabras.
También necesitamos percibir las cosas en nuestro espíritu (Mr. 2:8a). Al observar las cosas conforme a nuestra visión y comprensión, no obtenemos una percepción real. La verdadera percepción se obtiene al ver las cosas y conocerlas exhaustivamente al ejercitar nuestro espíritu.
Pablo se propuso en su espíritu (Hch. 19:21a). Podemos pensar que proponernos algo o tomar una decisión son actos exclusivos de nuestra voluntad. Pero debemos proponernos algo y tomar decisiones en nuestro espíritu, y sólo entonces seremos hombres espirituales.
En 1 Corintios 5 se nos dice que Pablo en su espíritu juzgó a un pecador de la iglesia en Corinto (vs. 3-5a). No debemos juzgar a nadie superficialmente según nuestro sentir ni según nuestra comprensión. Cuando juzguemos a alguien, debemos hacerlo en nuestro espíritu.
Necesitamos ser personas que permanecen en el espíritu. Juan dice que estaba en el espíritu en el día del Señor (Ap. 1:10). Para ser personas que permanecen en el espíritu, es necesario ejercitar continuamente el espíritu.
Para ejercitar nuestro espíritu, debemos hacer todo lo mencionado anteriormente.