Lectura bíblica: Sal. 51:10b, 12b, 17a; Is. 57:15; 66:2; 1 P. 3:4; Gá. 6:1; 1 Co. 4:21; Mt. 5:3; Lc. 9:55
En las lecciones anteriores, vimos que necesitamos ejercitar nuestro espíritu para la piedad. Ahora quisiéramos presentar el hecho de que necesitamos tener un espíritu apropiado.
Primero, necesitamos tener un espíritu recto (Sal. 51:10b, KJV), no en el sentido de tener un espíritu que esté en lo correcto en vez de estar errado. Un espíritu recto denota rectitud. Esto significa que puede permanecer constante. Algunas versiones hablan de un espíritu que es estable, constante o firme. Un espíritu recto es un espíritu inconmovible, inalterable, que permanece firme y constante.
David escribió el salmo 51 para expresar su arrepentimiento. Tuvo que arrepentirse porque su espíritu no fue recto, en otras palabras, no se mantuvo firme. Su espíritu no era estable ni firme, y debido a ello, pudo ser seducido, tentado, y caer. Cuando se arrepintió oró pidiendo que el Señor renovara dentro de él un espíritu recto, constante, firme y estable. Al orar por restauración, rogó al Señor que renovara tal espíritu en él. Nosotros necesitamos siempre un espíritu recto que sea estable, firme, constante, inconmovible e inalterable, de manera que no demos lugar a ser tentados, seducidos ni desviados.
En el salmo 51, mientras David expresaba su arrepentimiento y confesaba su pecado, también oró para que Dios le diera un espíritu dispuesto (v. 12). David relacionó el espíritu dispuesto con la alegría de la salvación. Le pidió al Señor que le devolviese la alegría de la salvación y que le sostuviera con un espíritu dispuesto, el cual depende de la alegría de la salvación. Cuando tenemos la alegría de la salvación, espontáneamente tenemos un espíritu dispuesto a cooperar con el Señor. Tendremos un espíritu dispuesto con el cual podemos responderle debidamente obedeciendo lo que el Señor anhela, desea y nos pide. El espíritu dispuesto proviene del regocijo que sentimos en nuestra salvación. Necesitamos la alegría de la salvación.
Sin duda, cuando David cayó, perdió la alegría de su salvación. Cuando se arrepintió, le pidió a Dios que le devolviera la alegría de la salvación. Esto significa que Dios le traería de regreso al deleite que tenía en la salvación. Desde este deleite y ese gozo, podría tener un espíritu dispuesto. El espíritu dispuesto proviene de estar feliz y gozoso en el Señor. Romanos 14:17 dice: “El reino de Dios [...] es [...] justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”. Cuando tengamos gozo en el Espíritu de Dios, nuestro espíritu estará dispuesto. Tendremos un espíritu dispuesto para tener comunión con el Señor, adorarle y elevarle nuestras oraciones. Además estaremos gozosos de hacer todo lo que a Él le complazca. Esto es lo que significa tener un espíritu dispuesto.
En Salmos 51:17 David dice que los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado. En otras palabras, a los ojos de Dios un espíritu quebrantado es más valioso que los sacrificios. En la última parte del versículo 17, David añade que Dios no menosprecia un corazón quebrantado y contrito. Un espíritu quebrantado es un espíritu que se arrepiente y se lamenta en gran manera por cualquier indicio de pecado. En otras palabras, un espíritu quebrantado es un espíritu que se arrepiente.
Estar quebrantado significa no estar intacto; no significa que alguien está roto en pedazos, sino que no se considera perfecto ni completo. Si uno se considera perfecto y completo, no se arrepentirá ni confesará sus debilidades ni sus fracasos. Cuando el espíritu de uno se arrepiente, está quebrantado, contrito y abatido. Hay muchas personas que después de pecar no tienen un espíritu quebrantado, sino uno que se obstina en permanecer intacto. Debido a que tales personas sienten que son perfectas y completas, no se arrepienten ni confiesan sus faltas. No debemos ser así; debemos tener un espíritu que siempre esté quebrantado.
Aunque no sintamos que hayamos pecado, de todos modos necesitamos un espíritu quebrantado. Si no hemos cometido un pecado grave, es posible que hayamos cometido una leve falta. Muchas veces, aunque no nos demos cuenta, estamos equivocados en nuestras palabras, nuestra actitud, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, y en lo que decimos a otros. Por eso, siempre necesitamos tener un espíritu quebrantado. No pensemos que estamos completos, enteros y perfectos. Nadie es perfecto; por consiguiente, todos necesitamos un espíritu que sea quebrantado continuamente para arrepentirnos y confesar nuestras faltas.
Un espíritu contrito y humilde es muy parecido a un espíritu quebrantado. Tanto Isaías 57:15 como 66:2 indican lo mismo, que ni aun el cielo como morada trae suficiente gozo a Dios. Él desea morar con las personas que tienen un espíritu contrito y humilde, lo cual no es insignificante. Si estamos contritos y humillados en nuestro espíritu, estamos quebrantados, y podemos disfrutar la presencia de Dios. De este modo, Él está con nosotros y además mora con nosotros.
Si nuestro espíritu es orgulloso y nos protegemos a nosotros mismos, manteniéndonos intactos, enteros y completos, y si no estamos dispuestos a arrepentirnos y confesar nuestros pecados, perderemos la presencia del Señor. En cierto modo, sentimos, por experiencia propia, que la presencia del Señor nos abandona. Por eso, necesitamos un espíritu contrito, humilde y quebrantado, un espíritu que se arrepiente y confiesa los pecados. Si tenemos un espíritu así, el Señor estará con nosotros y morará con nosotros. Isaías 57:15 y 66:2 son versículos maravillosos que debemos mostrar a los santos.
También necesitamos un espíritu manso y sosegado. En 1 Pedro 3:4 se nos dice que el hombre escondido de nuestro corazón es un espíritu manso y sosegado. Gálatas 6:1 dice que debemos restaurar al hermano caído con espíritu de mansedumbre. En 1 Corintios 4:21 Pablo pregunta a los corintios si querían que él fuera a ellos con vara o con un espíritu de mansedumbre.
El Nuevo Testamento menciona muchas veces la virtud de la mansedumbre. En Mateo 5:5 el Señor dice: “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”. Basándonos en éste versículo, podemos ver el verdadero significado que da el Nuevo Testamento a la mansedumbre. En el mundo se pelea, se lucha, para vencer sobre los demás y así obtener posesiones o herencia. Pero la Biblia dice que si queremos heredar algo, debemos ser mansos. La mansedumbre consiste en no resistir la oposición que presenta el mundo, sino sufrirla voluntariamente. Cualquiera que sea la situación, debemos ser mansos, y no pelear contra los demás. Ser mansos significa no pelear por nosotros mismos. Necesitamos un espíritu manso y sosegado. Si peleamos por algo, es imposible tener un espíritu sosegado. La única manera en que podemos tener un espíritu sosegado es no pelear por nuestro beneficio ni buscar nada para nosotros mismos.
En Mateo 5:3 el Señor dijo: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Podemos hablar de que necesitamos un espíritu rico, pero no debemos decir que necesitamos un espíritu pobre, ya que eso sería un error. Si alguien tiene un espíritu pobre, su espíritu no es un espíritu recto ni apropiado. Aquí, en Mateo 5:3, ser pobres en espíritu significa no tener nada que nos preocupe. Los fariseos, los escribas, los sacerdotes y los ancianos del pueblo judío no eran pobres en espíritu. Ellos estaban preocupados por muchas cosas. Por esa razón, el Señor Jesús dijo que la primera bienaventuranza es ser pobres en espíritu. Los fariseos no pudieron tener parte en el reino, porque no eran pobres en espíritu. Debemos ser pobres en nuestro espíritu siempre, y no permitir que nuestro espíritu tenga ninguna preocupación ni que sea lleno de lo que no es el Señor mismo. Tenemos que vaciar nuestro espíritu y desechar todo aquello que nos preocupa, a fin de ser pobres en nuestro espíritu.
Lucas 9 nos dice que cierta aldea de samaritanos no recibió al Señor ni a Sus discípulos. Entonces, Jacobo y Juan dijeron: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma?” (v. 54). El Señor, volviéndose, los reprendió, diciendo: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (v. 55). Nosotros siempre debemos aprender a saber qué clase de espíritu tenemos. En otras palabras, siempre necesitamos tener un espíritu apropiado para con Dios y para con el hombre. Si nuestro espíritu no es apropiado, no podremos avanzar en lo que a Dios respecta. Necesitamos saber en qué condición se halla nuestro espíritu. La Biblia nos dice que consideremos nuestros caminos (Hag. 1:7) y también tenemos que considerar nuestro espíritu. No solamente debemos considerar nuestros caminos externos, o sea, nuestra conducta y nuestra actitud, sino también nuestro espíritu, el cual está en nuestro interior. Necesitamos un espíritu apropiado.