Lectura bíblica: Jn. 1:4a; 10:10b; 1 Co. 15:45; Ef. 2:5; Ro. 5:10b; 8:2
Punto central: la salvación que Dios nos otorga no se realiza solamente por la muerte de Cristo, sino también por Su vida a fin de salvarnos del pecado así como de la muerte.
En las lecciones anteriores hemos abarcado el tema desde el lado negativo. Ahora quisiéramos ver el lado positivo. Esta lección consta de quince puntos principales.
Primero, queremos hacer notar el hecho de que Satanás tiene el imperio de la muerte. Hebreos 2:14b dice que el diablo tiene el imperio de la muerte.
La muerte es el resultado final del complot que Satanás usa en contra del hombre. El complot de Satanás consiste en darle muerte al hombre. En Génesis 2:17 Dios le advirtió al hombre que si tomaba del árbol del conocimiento, moriría. De hecho, esta advertencia implicaba que el hombre no debía relacionarse con Satanás. Si el hombre entraba en contacto con Satanás, el resultado, el fruto, sería la muerte.
Romanos 5:12b nos dice la muerte entró en el hombre por medio del pecado. Satanás sedujo al hombre induciéndolo a cometer pecado, y fue por medio del pecado que la muerte entró en el hombre. Por consiguiente, el verdadero resultado de la caída del hombre no fue el pecado sino la muerte.
Efesios 2:1 dice que el hombre está muerto en pecados. Satanás llevó al hombre a la muerte por medio del pecado, y ahora mantiene a todos los hombres en los pecados a fin de que la muerte siga obrando en el hombre y a través de él. Todos los hombres están muertos debido a que están bajo el pecado.
El cuerpo del hombre es un cuerpo de muerte. Romanos 7:24 se refiere al cuerpo como el “cuerpo de esta muerte”. Ésta es la muerte que debilita e incapacita por completo el cuerpo corrupto de modo que no puede guardar los mandamientos de Dios. El cuerpo del hombre se caracteriza por dicha muerte y, por eso, Pablo declara que “el cuerpo está muerto” (8:10). Romanos 7 muestra que a pesar de que la mente del hombre desea hacer el bien, su cuerpo, por ser un cuerpo de muerte, impide que la mente del hombre lleve a cabo lo que desea. En Romanos 7 se ve la guerra entre la mente del hombre y su cuerpo. Ya que el cuerpo del hombre es un cuerpo de muerte, prevalece sobre la mente del hombre.
Romanos 8:6a dice: “La mente puesta en la carne es muerte”. La mente del hombre desea hacer el bien, pero si su mente está puesta en la carne, en el cuerpo corrupto, la mente del hombre se convierte en muerte. Por lo tanto, basándonos en lo que acabamos de presentar, vemos que el hombre está muerto en sus pecados, que su cuerpo se caracteriza por la muerte y que su mente también puede ser muerte si está puesta en el cuerpo corrupto. Satanás tiene el imperio de la muerte y condujo al hombre a dicha muerte. Ahora el hombre está muerto, su cuerpo es un cuerpo de muerte, y su mente, si es puesta en la carne, también es muerte.
A fin de salvar al hombre del pecado y de la muerte, el Hijo de Dios vino como vida (Jn. 1:4a; 10:10b; 11:25a; 1 Jn. 5:12a). En términos generales, los cristianos mayormente hacen énfasis en que el Hijo de Dios vino a fin de efectuar la redención para nosotros; no hacen hincapié en que el Hijo de Dios vino como vida para salvarnos por Su vida. Debemos subrayar los versículos que acabamos de citar de los escritos de Juan, para demostrar que el Hijo de Dios vino como vida para que nosotros tuviéramos vida.
El Hijo de Dios anuló la muerte y destruyó a Satanás, quien tenía el imperio de la muerte. En 2 Timoteo 1:10 se nos dice que el Hijo de Dios anuló la muerte, y Hebreos 2:14b dice que el Hijo de Dios destruyó al diablo, quien tenía el imperio de la muerte. Estos dos versículos nos presentan una clara visión de que cuando el Hijo de Dios vino, Él anuló la muerte y destruyó el origen de la misma, o sea al diablo, quien tenía el imperio de la muerte.
La Biblia revela que el Hijo de Dios liberó Su vida y la impartió al pueblo que Dios escogió. Juan 12:24 presenta a Cristo como el grano de trigo que murió y liberó Su vida a fin de producirnos a nosotros, los muchos granos. En 19:34b vemos que no sólo salió sangre del costado traspasado de Cristo, sino también agua, lo cual significa que la vida divina fue liberada mediante Su muerte. En 2 Timoteo 1:10 leemos que el Hijo de Dios sacó a luz la vida, es decir, liberó la vida divina y la manifestó. En 1 Pedro 1:3b se nos dice que Dios nos regeneró mediante la resurrección de Cristo. Esto significa que después que Cristo liberó, por medio de Su muerte, la vida que estaba en Él, impartió la vida de resurrección en los escogidos de Dios.
Cristo llegó a ser el Espíritu vivificante (1 Co. 15:45). Después que Cristo liberó Su vida mediante la muerte e impartió esta vida a los escogidos de Dios mediante la resurrección, Él mismo llegó a ser el Espíritu vivificante. Por eso, 2 Corintios 3 dice que el Espíritu da vida (v. 6b) y que ahora el Señor es el Espíritu (v. 17). Él vino como vida; luego, en la cruz, destruyó la muerte y el origen de la misma y liberó Su vida para impartirla a los escogidos de Dios. Por último, en Su resurrección llegó a ser el Espíritu vivificante a fin de poder impartirse como vida en nosotros, entrar en nuestro ser y vivir en nosotros.
Dios nos salvó vivificándonos. Efesios 2:5 afirma que fuimos salvos por gracia, pero los cristianos han usado mal este versículo. Ellos lo aplican a la salvación que se recibe por la muerte de Cristo. De hecho, este pasaje no alude a ser salvos por la muerte de Cristo, sino a ser salvos por Su vida. Esto se debe a que Efesios 2 nos dice que fuimos salvos cuando se nos dio vida juntamente con Cristo y fuimos resucitados de entre los muertos (vs. 5-6). Por consiguiente, Efesios 2 no revela una salvación efectuada por la muerte de Cristo, sino por Su vida. Dios usa la vida de resurrección para salvarnos de la muerte, no del pecado. Romanos 1 nos dice que estamos bajo pecado y que somos pecadores, pero Efesios 2 nos dice que nos hallamos bajo la muerte y que somos personas muertas en nuestros pecados. Cuando estábamos muertos en los pecados, Dios nos vivificó, esto es, nos dio vida por la vida de resurrección de Cristo. Por tanto, esta salvación es la salvación por la vida de Cristo, no la salvación por Su muerte.
Dios ahora nos salva en la vida de Su Hijo. Romanos 5:10 dice: “Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos en Su vida”. Aquí no se habla solamente de ser salvos por la vida, sino de ser salvos en nuestra vida diaria. Efesios 2:5 también dice que cuando creímos fuimos salvos siendo vivificados. Romanos 5:10 afirma que después que fuimos salvos al haber sido vivificados, Dios sigue salvándonos por la vida de Cristo. Esto constituye nuestra salvación diaria. La salvación en la vida divina mencionada en Efesios 2 es la salvación que recibimos en el momento cuando creímos, y en Romanos 5 se habla de la salvación continua en nuestra vida diaria. Esta vida salvadora nos salva constantemente.
Cristo ahora es nuestra vida y vive en nosotros. Colosenses 3:4a habla de Cristo nuestra vida, y Gálatas 2:20 dice que Cristo vive en nosotros. Cristo ahora es nuestra vida y actualmente también vive en nosotros para salvarnos continuamente todo el día.
Romanos 8:2 dice que la ley del Espíritu de vida nos libra de la ley del pecado y de la muerte. La ley del Espíritu de vida es la función espontánea de la vida de resurrección de Cristo. La realidad de la vida de resurrección es el Espíritu; por eso, se le llama el Espíritu de vida. La función espontánea de la vida de resurrección de Cristo es llamada la ley del Espíritu de vida. Esta ley, esta función espontánea, nos libra de la ley del pecado y de la muerte. Ésta es la salvación que se efectúa por la vida y se caracteriza por la vida misma.
Nosotros debemos comer el pan de vida, beber el agua de la vida y vivir por el Hijo de Dios como nuestra vida (Jn. 6:35, 57b; 7:37-39; Ap. 21:6b; 22:17b). En este último punto tenemos que recalcar que lo que necesitamos para participar en esta salvación de vida es comer el pan de vida, beber el agua de la vida y vivir por Cristo como nuestra vida. Entonces disfrutaremos y experimentaremos la salvación de la vida divina.
Debemos prestar atención al punto central de esta lección: la salvación que Dios nos otorga no se realiza solamente por la muerte de Cristo, sino también por Su vida a fin de salvarnos del pecado así como de la muerte.